Vengan a mí que yo los aliviaré

Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta.

Vamos caminando juntos en este mes de junio que es consagrado a contemplar el Sagrado Corazón de Jesús, que centra nuestra vida y misión en el amor mismo de Dios, que en nues­tro Señor Jesucristo, nos da fortale­za para seguir afrontando la misión confiada a cada uno de nosotros. La imagen del Sagrado Corazón de Je­sús nos recuerda el núcleo central de nuestra fe, todo lo que Dios nos ama con su corazón y todo lo que nosotros debemos hacer para amar­le. Jesús nos ha demostrado su amor entregándose en la cruz por noso­tros, quedándose en la Eucaristía y enseñándonos que Él es el camino para la salvación eterna, “Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie puede llegar al Padre, sino por mí” (Jn 14, 6); un camino que reco­rremos con la esperanza puesta en el destino que es la gloria de Dios, conscientes que el camino es cargar la cruz cada día.

Estamos viviendo en la actualidad en el mundo, en Colombia, en nues­tra región y en la ciudad momentos de incertidumbre y de división que causan violencia y muerte. Esto se debe a que en el corazón de muchas personas hay odio, resentimiento, rencor, venganza y muchos males que hacen que la sociedad esté en­ferma, porque el corazón de muchos está enfermo. El profeta Jeremías experimentó esta realidad cuando dijo: “nada más falso y enfermo que el corazón del hombre” (Jer 17, 9) y Jesús en el Evangelio nos previene de la enfermedad del co­razón cuando dice: “sin embargo lo que sale de la boca viene del corazón, y eso es lo que mancha al hombre. Porque del corazón vienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las injurias. Eso es lo que mancha al hombre” (Mt 15, 18 – 20); quedando claro que al revi­sar nuestra vida podemos encontrar nuestro corazón lleno de muchos males que causan división y violen­cia en cada familia y en la sociedad.

Esta realidad interior por la que pasa el ser humano tiene purifica­ción, alivio y descanso en Jesu­cristo. Poner nuestra vida en Él, es abandonarnos a la esperanza que no defrauda, porque nos ofrece su perdón y su misericordia que brotan de su corazón que está lleno de amor para con cada uno de nosotros. Él viene a sanar las dolen­cias internas y darnos paz y sosiego en medio de las tormentas por las que pasamos. Abramos el corazón a Jesús que con su gracia nos permite que des­cansemos en Él y en los momentos más difíciles de nuestra vida, ten­gamos la certeza que Él es nuestro alivio: “vengan a mí, los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontra­rán descanso para su vida” (Mt 11, 28- 30).

El pecado que dejamos entrar en nuestra vida agobia el camino y la misión que recorremos, causa desas­tres, destruye la propia existencia y deteriora la relación con Dios y con los demás. Por eso, hay que descan­sar en las manos de Dios, recibien­do la gracia del perdón por nuestros pecados y el alivio que brota del Corazón amoroso de Jesús, que es rico en misericordia, que sigue te­niendo compasión de nosotros y del mundo entero, para que ninguno se pierda, porque “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Ez 33, 11), ya que Él no vino al mundo para juz­gar y condenar, sino para salvar (Cf. Jn 12, 47) y ofrecer a todos una vida nueva que brota de su amor y mi­sericordia, hasta llevarnos al Padre a participar de la morada que tiene preparada para nosotros.

La Revelación nos ma­nifiesta que el Hijo único de Dios quiso asumir un corazón de carne, precisamente para convertirse en el mediador deseoso de la realización de nues­tra reconciliación. Este Corazón quiso conocer y experimentar la des­integración de la muer­te y el odio de la humanidad a fin de cumplir en nosotros su voluntad reconciliadora, reconciliándonos con nosotros mismos, con nuestros hermanos, con Él mismo y con su Padre. Aceptó, pues, detener, en la muerte, sus latidos amorosos para darnos, con la Sangre y el Agua de los sacramentos, el Espíritu, que es la reconciliación en forma de remi­sión de los pecados (Jn 19, 30, 34; 20, 22-23), el Espíritu de amor, que es el soplo vivificante de su corazón, que nos lleva a la verdadera paz.

Cristo no murió para dispensarnos de sufrir y morir, sino para que pu­diésemos con Él, amar al Padre, in­cluso en nuestros sufrimientos, en nuestras dificultades y en los mo­mentos de cruz, a pesar de nuestras debilidades y de nuestros pecados. De aquí, la institución del sacra­mento de la penitencia, reparadora de la gracia, que nos da la capacidad de amar con un corazón manso y hu­milde como el de Jesús. Cuando en los momentos difíciles no entenda­mos algo de lo que nos sucede, ten­gamos la certeza que Dios entiende y eso nos da paz y esperanza.

La gracia que Dios nos da gratui­tamente en Jesucristo al ser perdo­nados de todos nuestros pecados, la recibimos como Palabra de Dios que nos libera de todas las esclavi­tudes, de los males que sufrimos en el corazón y nos da la capacidad de amar y transmitir a los demás la mi­sericordia con el amor del Corazón de Jesús. Todo viene de Dios, que nos ha reconciliado consigo por el Corazón de Cristo. Alimentemos esta gracia con la Eucaristía, que es el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo que nos transforma en Él y fortalezcámonos diariamen­te con la oración, para que reciba­mos del Señor las palabras: “dicho­sos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). Que la Santísima Virgen María y el Glo­rioso Patriarca San José, nos alcan­cen del Señor la misericordia y el perdón, para transmitir a nuestros hermanos esta gracia, como un acto de caridad, cumpliendo con el man­dato del Señor, tal como lo vivimos este mes en nuestro trabajo misio­nero: vayan y hagan discípulos, viviendo la caridad.

En unión de oraciones, reciban mi bendición.

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