Transformados en Cristo caminamos en comunión

Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta.

Avanzamos en el proceso evange­lizador de nuestra diócesis cele­brando este mes la fiesta dioce­sana. Agradeciendo a Dios la historia de salvación que durante 70 años se ha venido fortaleciendo con el anuncio del Evangelio y la celebración de los sa­cramentos, principalmente la Eucaris­tía que nos transforma en Cristo, para seguir caminando juntos en comunión, participación y misión. Hemos celebra­do en días pasados la Transfiguración del Señor, acontecimiento donde Jesús se manifiesta en su gloria, mostrándo­les por unos instantes a Pedro, Santia­go y Juan, como es la vida eterna en la presencia de Dios, invitándonos a todos a seguir transformando nuestra vida en Cristo, como paso superior del proceso de conversión permanente que nos esforzamos por vivir cada día.

La celebración de los 70 años de vida diocesana es momento propicio para dar gracias a Dios por nuestra historia evangelizadora en esta Iglesia Parti­cular, que se convierte en historia de salvación para todos los que peregri­namos en esta porción del pueblo de Dios. Este acontecimiento eclesial nos permite agradecer a los obispos, sacer­dotes, religiosos, religiosas, diáconos, seminaristas, agentes de pastoral y tan­tos fieles colaboradores en la misión de transmitir el Evangelio de nuestro Se­ñor Jesucristo; ellos han entregado toda su vida por causa del reino de Dios en esta región de frontera.

La historia de salvación vivida en nuestra Diócesis de Cúcuta ha sido una respuesta constante al llamado de Dios Padre por escuchar al Hijo enviado para la salvación de toda la humanidad. “Este es mi Hijo amado; escúchenlo” (Mc 9, 7); fue la voz que se escuchó desde la nube que los cubrió a todos en el episodio de la Transfiguración de Jesús delante de los apóstoles. Este pa­saje bíblico se convierte en un llamado permanente a conocer, amar y seguir a nuestro Señor Jesucristo y comunicar­lo a otros cumpliendo con el mandato misionero que nos ha dejado como mi­sión universal, que ilumina nuestra mi­sión pastoral durante este año: “vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos, bautícenlos consagrándolos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19 – 20).

En esta historia diocesa­na hemos caminado jun­tos respondiendo a este mandato del Señor, que en este hoy de la histo­ria lo queremos cumplir como diócesis en salida misionera, siendo fieles a la Iglesia que nos invita a salir a las periferias físicas y existenciales para anunciar el mensaje de la salvación y esto consiste “en salir de la propia co­modidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (Evangelii Gaudium 20).

El lema que nos convoca para celebrar la fiesta de la diócesis es “vayan y ha­gan discípulos, siendo casa y escuela de comunión”, una invitación a vivir en comunión, caminando juntos en el Proceso Evangelizador de la Iglesia en esta porción que Dios nos ha confiado para evangelizar, que tiene que tener como punto de partida transfigurarnos, es decir transformarnos en Cristo me­diante un proceso serio de conversión personal, pastoral y de las estructuras; de acuerdo con lo que nos enseña el Magisterio de la Iglesia, que signifi­ca un cambio profundo de actitud, que conlleva a una transformación de nues­tra vida en Cristo (Cf. DA 278b, 366), es decir, transfigurada en Él.

Caminar juntos con el propósito de la conversión personal, nos proporciona la gracia para vivir la audacia de ha­cer más evangélica, discipular y parti­cipativa, la manera como pensamos y realizamos la pastoral (Cf. DA 368). En este sentido “la conversión pasto­ral exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pas­toral decididamente mi­sionera. Así será posible que el único programa del Evangelio siga intro­duciéndose en la histo­ria de cada comunidad eclesial con nuevo ardor misionero, haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuen­tro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misione­ra” (Documento de Aparecida 370).

Todo este proceso tiene su culmen y realización en la conversión de las es­tructuras, que solo puede entenderse en tanto que ellas se vuelvan más mi­sioneras y que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta; colocando a todos los mi­nistros y a los agentes de pastoral en constante actitud de salida y favore­ciendo así la respuesta positiva de to­dos aquellos a quienes Jesús convoca a estar con Él y vivir en su presencia (Cf. EG 27), para que transformados en Cristo seamos signo de comunión para una Colombia dividida, fragmentada y violenta y podamos volver a vivir como hermanos siendo casa y escuela de comunión.

Transformados en Cristo estamos lla­mados a hacer presente la comunión en la familia y en las comunidades ecle­siales misioneras a las que pertenece­mos, no como islas, sino caminando juntos, con una espiritualidad sólida inspirada en la Palabra de Dios, ali­mentada con la Eucaristía y fortalecida por la caridad, en plena comunión de vida con la Iglesia universal y en total fraternidad con la parroquia que ayu­da a los creyentes a profundizar en los procesos de formación en la fe. Esto, para compartir la experiencia cristiana y ser testigos del Evangelio, en nuestra diócesis y parroquias que están en sa­lida misionera, sembrando las semillas del reino de Dios por todas partes.

Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, nos alcan­cen del Señor todas las gracias y bendi­ciones necesarias, para vivir la conver­sión como transformación de la vida en Cristo, en la familia y en la Iglesia, desde el caminar juntos, con la certe­za que es la respuesta adecuada para un mundo que se torna cada vez más confundido, dividido y en crisis. Por eso resuena en el corazón la invitación, “vayan y hagan discípulos, siendo casa y escuela de comunión”. En este momento de nuestra historia elevemos una oración por nuestro país, para que, superada toda división, caminemos por los senderos del perdón y la reconcilia­ción que nos llevan a la paz.

En unión de oraciones, reciban mi bendición.

Scroll al inicio