ROSARIO VIRGINIS MARIAE El Rosario de la Virgen María

CARTA APOSTÓLICA ROSARIUM VIRGINIS MARIAE DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES SOBRE EL SANTO ROSARIO 

Esta Carta Apostólica de San Juan Pablo II, fue publicada el 16 de octubre de 2002 en el marco del Año del Rosario, declarado por el pontífice desde octubre de 2002 hasta octubre de 2003. ​Juan Pablo II publicó esta carta apostólica en coincidencia con el inicio del vigésimo quinto año de su pontificado. Está conformada por tres capítulos y 43 numerales y la finaliza con una oración del Beato Bartolomé Longo, apóstol del Rosario, la cual fue compuesta por él en 1883. (n. 43).

Inicia recordándonos el Sumo Pontífice, cómo la devoción al Santo Rosario fu difundida en el segundo Milenio bajo la guía del Espíritu Santo y que es una oración apreciada por los santos y fomentada por el Magisterio, es una oración de gran significado destinada a producir frutos de santidad. A pesar de que el Rosario es Mariano está centrada en Cristo pues a lo largo de él se despliega el mensaje evangélico que bien lo sintetiza. Con esta oración el cristiano aprende de María a contemplar el rostro de Cristo y experimenta su amor, recibiendo así abundantes gracias de Nuestro Redentor.

Los Romanos Pontífices y el Rosario

En esta primera parte, se nos dice que en 1978 el Papa da testimonio que el Rosario es su oración predilecta por su sencillez y al mismo tiempo su profundidad, expresando el concepto de que “el rezo del Rosario marca el ritmo de la vida humana”, para armonizarla con el ritmo de la vida divina en gozosa comunión con la Santísima Trinidad, destino y anhelo de nuestra existencia (n. 25).  Por eso al recitar el Rosario se contempla el rostro de Cristo. El Rosario, comprendido en su pleno significado, conduce al corazón mismo de la vida cristiana y ofrece una oportunidad ordinaria y fecunda, espiritual y pedagógica para la contemplación personal, la formación del pueblo de Dios y la nueva evangelización. Por eso, el Papa proclamó el año que va del 16 de octubre de 2002 al 16 de octubre de 2003, Año del Rosario. Con esta oración se pedía especialmente la paz amenazada en el mundo y en la familia. Esta oración nos debe llevar a un encuentro personal con Jesús y con ello a un cambio profundo de la vida cotidiana, siendo así discípulos verdaderos de Cristo Jesús.

Familia que reza el Rosario no le falta lo necesario

No podemos llegar a infravaloración esta oración ni a una disminución de su importancia, por eso el Papa considera que esta oración del Rosario no sólo no se opone a la Liturgia, sino que le da soporte, ya que la introduce y nos recuerda que el culto a la Madre de Dios es cristológico y el Rosario, comprendido adecuadamente, es una ayuda, no un obstáculo para el ecumenismo, para la unidad de los cristianos. El Rosario forma parte de la mejor y más reconocida tradición de la contemplación cristiana. Fomentar el rezo del Rosario en las familias cristianas, es una ayuda eficaz para contrastar los efectos desoladores de la actual crisis de la familia, amenazada cada vez más por fuerzas disgregadoras. Con ello cabe recordar aquellos dichos o refranes de nuestros mayores: “familia que reza el Rosario no le falta lo necesario” “familia que reza unida, permanece unida” que no eran otra cosa que la invitación a permanecer en la oración como el camino seguro para estar en permanente gracia de Dios y así vencer el mal que busca destruir la vida humana, el Matrimonio y la Familia.

Por lo anterior el Papa nos recuerda que las apariciones de Lourdes y Fátima, en los siglos XIX y XX, han hecho notar de algún modo la presencia y la voz de la Santísima Virgen para exhortar al Pueblo de Dios a recurrir a esta forma de oración contemplativa. Innumerables santos han encontrado en el Rosario un auténtico camino de santificación, como san Luis María Grignion de Montfort, san Pío de Pietrelcina o el beato Bartolomé Longo, él difundía que “quien propaga el Rosario se salva” (n. 8). Cabe resaltar que en María encontramos un camino seguro para ir Jesús y Jesús es el único camino para ir al Padre. Por eso se convierte para los cristianos el Santo Rosario en una ayuda muy importante para encaminarnos a Cristo, para llevar una vida en gracia y santidad, porque la contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. Nadie se ha dedicado con el cuidado y el amor de María a la contemplación del rostro de Cristo. Su mirada no se apartó ni se apartará jamás de Él. María propone continuamente a los creyentes los “misterios” de su Hijo y su seguimiento radical.

María modelo de contemplación

El Rosario es una oración marcadamente contemplativa. El Papa Pablo VI subrayó: “Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: “cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos, que creen ser escuchados en virtud de su locuacidad” (Mt 6,7). Por su naturaleza, el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo de una forma pausada y reflexiva, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza. María nos invita a contemplar, a deleitarnos, a degustar la oración en cada momento que se hace.

Con María recorremos las escenas del Rosario y se nos asemeja como un ir a la “escuela” para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje. En el Rosario comprendemos a Cristo desde María y nos configuramos a Cristo con María. Poner nuestra vida en plenitud a la acción materna de la Virgen María, dejar que ella nos presente a su Hijo amado, siendo María, de todas las criaturas, la más cercana y agradable a Jesucristo.

De todas las devociones que podemos encontrar, la que más nos acerca y consagra a Jesucristo es la devoción a María, su Santísima Madre, y entre más pedimos su ayuda, más nos configuramos a su Hijo.

El Rosario, camino de asimilación del misterio

En un segundo capítulo, San Juan Pablo II, retoma lo descrito por el Papa Pablo VI, de que el Rosario, oración evangélica centrada en el misterio de la Encarnación redentora es, pues, una oración profundamente cristológica. Y para resaltar el carácter cristológico del Rosario, el Papa incorpora, dejando a la libre consideración de los individuos y de la comunidad, contemplar también los misterios de la vida pública de Cristo desde el Bautismo a la Pasión. Durante la vida pública es cuando el misterio de Cristo se manifiesta de manera especial como misterio de luz: “Mientras estoy en el mundo, Soy luz del mundo”, (Jn 9,5). Pasando de la infancia y de la vida de Nazaret a la vida pública de Jesús. La contemplación nos lleva a los misterios de la luz. En realidad, todo el Misterio de Cristo es luz porque Él es la luz del mundo (Jn 8,12).

El Papa, va describiendo en su capítulo dos, cómo esta oración milenaria, nos lleva a descubrir y contemplar a Cristo que es nuestra luz, nuestro gozo y cómo pasando por el dolor de la cruz nos lleva a la gloria del cielo. “De los muchos misterios de la vida de Cristo, el Rosario, tal como se ha consolidado en la práctica más común corroborada por la autoridad eclesial, sólo considera algunos. Dicha selección proviene del contexto original de esta oración, que se organizó teniendo en cuenta el número 150, que es el mismo de los Salmos.” (n.19). con esto queda claro que, al hablar del Santo Rosario, desde siempre se ha tenido la mirada fija en la Palabra de Dios, que es fuente de toda oración, una Palabra que es Cristo-céntrica, y por eso al contemplar cada misterio necesariamente ponemos la mirada en Jesucristo el Señor.

De los ‘misterios’ al ‘Misterio’: el camino de María 

Los misterios del Rosario, no abarcan completamente el contenido de la Palabra de Dios, pues son breves citas que nos motivan o llaman la atención sobre lo fundamental, nos preparan para llegar a un acercamiento y conocimiento más pleno de Cristo, por eso aquí encontramos son rasgos fundamentales de la vida de Jesús, pero la gran motivación que nos debe despertar es el acercamiento al texto bíblico. Por eso podemos hablar de un camino de María, ella nos va acercando cada vez más al Misterio del Verbo encarnado.

El Rosario promueve este ideal y nos ofrece el secreto, para luego abrirse más plenamente a un conocimiento profundo y serio de Cristo. Es al mismo tiempo el camino de una devoción mariana consciente de la inseparable relación que une a Cristo con su Santa Madre: los misterios de Cristo son también, en cierto sentido, los misterios de su Madre, incluso cuando Ella no está implicada directamente, por el hecho mismo de que Ella vive de Él y por Él. Haciendo nuestras en el Ave María las palabras del ángel Gabriel y de santa Isabel, nos sentimos impulsados a buscar siempre de nuevo en María, entre sus brazos y en su corazón, el «fruto bendito de su vientre» (cf. Lc 1, 42).

El Santo Rosario puede recitarse entero, y hay quienes así lo hacen de manera laudable, tomando uno de los misterios que se proponen para cada día.  De ese modo, el Rosario impregna de oración los días de muchos contemplativos, o sirve de compañía a enfermos y ancianos que tienen mucho tiempo disponible. Pero es obvio, y eso vale, con mayor razón, si se añade el nuevo ciclo de los misterios de luz, que muchos no podrán recitar más que una parte, según un determinado orden semanal. Esta distribución da a los días de la semana un cierto color espiritual, análogamente a lo que hace la liturgia con las diversas fases del año litúrgico.

En conclusión, el Santo Rosario es una cadena dulce que nos une a Dios, dice el Santo Padre, que nos da la paz en las dificultades y nos levanta o anima a seguir adelante cada día, es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla a Cristo, Príncipe de la paz y «nuestra paz» (Ef 2, 14). Pero además es también desde siempre, una oración de la familia y por la familia. Pues en numerosos hogares cristianos todos los días se reúnen para rezarla y esto favorece la comunión; conviene no descuidar esta preciosa herencia. Se ha de volver a rezar en familia y a rogar por las familias, utilizando todavía esta forma de plegaria. Con lo anterior decimos que es un tesoro que hay que recuperar, redescubrir la belleza de la oración y principalmente del Santo Rosario, que en cada familia se contemple a Cristo por María.

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