La caridad es la puerta de entrada al cielo

Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta.

Seguimos en la celebración de los 70 años de vida diocesana con el lema pastoral: vayan y hagan discípulos imitando a la Vir­gen María, viviendo la alegría de la Pascua que nos fortalece en el cami­no de vida nueva en santidad. Reto­mando las virtudes teologales que han sido siembra en el corazón de muchas personas durante todo este tiempo de historia diocesana, hoy nos disponemos a reflexionar sobre la virtud de la caridad que Jesús Re­sucitado nos ha dejado como camino para llegar al cielo.

Todo el trabajo evangelizador en sa­lida misionera en nuestra Diócesis de Cúcuta, tiene como propósito llevar a las personas a reforzar el amor a Dios y el amor al prójimo. Tal como nos lo dice Jesús en su Palabra: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu cora­zón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primer manda­miento y el más importante. El se­gundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se basa toda la ley y los profetas” (Mt 22, 37 – 40); el Magisterio de la Iglesia lo refuerza cuando enseña: “amor a Dios y al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontra­mos a Dios” (Deus Caritas Est, 15).

La caridad es el fruto maduro de la fe en Jesucristo y la esperanza en Él que no defrauda; es la corona de todas las virtudes y precisamente el Señor nos indica que el juicio final será sobre las obras de misericordia, “vengan benditos de mi Padre, to­men posesión del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me die­ron de beber; era un extraño, y me hospedaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo y me visitaron; en la cárcel, y fueron a verme” (Mt 25, 34 – 36). Concluyendo que cada vez que un cristiano hace la caridad a un hermano necesitado, lo está ha­ciendo al mismo Jesucristo y por lo tanto podrá gozar con Él de la gloria de Dios.

Recibir el Evangelio de nuestro Señor Jesucris­to en el corazón, tendrá que llevarnos cada día a ser diócesis samaritana, en la que todos los cre­yentes nos agachamos a sanar las heridas del prójimo que ha caído en el camino de la vida y necesita una mano que lo levante, teniendo en cuenta que “mi prójimo es cualquiera que ten­ga necesidad de mí y que yo pue­da ayudar. El amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí mis­ma, sino que requiere mi compro­miso práctico aquí y ahora” (DCE, 15).

Vivir la caridad es un aprendizaje que se adquiere en la oración cons­tante, no se aprende en los centros académicos, ni se tiene de una vez para siempre. La caridad se constru­ye cada día en el corazón de un cre­yente que se dispone a amar a Dios y a extender el amor del corazón de Je­sús por todas partes, reconociendo a Jesucristo en todos los que sufren, en los que están excluidos y en los más vulnerables de la sociedad, “Jesús se identifica con los pobres: los ham­brientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, enfermos o encarce­lados. Cada vez que lo hicieron con uno de estos mis humildes herma­nos conmigo lo hicieron (DCE, 15).

El cristiano que se pone de rodillas frente al Santísimo Sacramento, que mira y contempla el Crucifica­do, es capaz de salir de sí mismo para volver­se prójimo del que su­fre. La caridad no es un simple acto social, sino que nace de la naturale­za misma de la Iglesia que anuncia el Evange­lio en salida misionera y cosecha el fruto del amor al prójimo, ya que “la naturaleza íntima de la Iglesia se expre­sa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios, celebración de los Sacramentos y servicio de la ca­ridad. Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separar­se una de la otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia” (DCE, 25).

La Iglesia predica el Evangelio a todos, por tanto la caridad se reali­za entre los miembros de la Iglesia, pero traspasa sus límites y va más allá de sus confines, llega incluso a los que no están en el redil o re­chazan el Evangelio o se convierten en nuestros opositores, “la caridad supera los confines de la Iglesia; la parábola del buen samaritano si­gue siendo el criterio de comporta­miento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el ne­cesitado encontrado casualmente, quien quiera que sea” (DCE, 25).

La caridad como puerta de entrada al cielo, sigue orientándonos la meta de nuestra vida, allá está la puerta del cielo, recorramos el camino hacien­do la caridad, que brota de un cristia­no que es capaz de ocupar el último lugar, ese que ocupó nuestro Señor Jesucristo en la cruz, haciéndose ser­vidor de toda la humanidad en el acto de caridad más grande, “Cristo ocu­pó el último puesto en el mundo, la Cruz, y precisamente con esta hu­mildad radical nos ha redimido y nos ayuda constantemente. Quien es capaz de ayudar reconoce que, precisamente de este modo, tam­bién él es ayudado; el poder ayu­dar no es mérito suyo ni motivo de orgullo. Esto es gracia” (DCE, 35).

Sigamos escribiendo juntos nuestra historia diocesana desde la caridad, que es el amor de Dios que se hace presencia a través de cada uno de los cristianos, que peregrinamos en esta Iglesia Particular, hasta llegar un día a la salvación eterna. Que la Santísima Virgen María, madre de la caridad y el Glorioso Patriarca San José, custodien la fe y esperanza en nosotros, para que produzca el fruto maduro de la caridad y en actitud de oración reconozcamos a Jesús en los más pobres y necesitados.

En unión de oraciones, reciban mi bendición.

Scroll al inicio