Tú eres Pedro

Por: Monseñor José Libardo Garcés Monsalve, Administrador Apostólico de la Diócesis de Cúcuta

Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará” (Mt 16, 18), son las palabras de Jesús a Pedro después de su profesión de fe, cuando el Señor les preguntó quién era Él para los discípulos que lo seguían. Esta es una ver­dad fundamental de nuestra fe, sobre la cual se basa la certeza que Jesucristo fundó la Iglesia y eligió a Pedro y a sus sucesores como piedra angular de la misma. “Te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tie­rra, quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo” (Mt 16, 19). Esto es lo que le da fuerza y soli­dez a la fe, por eso proclamamos con fervor que nuestra Iglesia es Apostólica.

En Pedro tenemos un testigo de Jesucristo y una columna viva de la Iglesia, cuyo ejemplo de fe, servicio y entrega total a la voluntad de Dios debe inspirar­nos a responder debidamente a la vocación recibida en la vida sacerdotal, religiosa, matrimo­nial y familiar. Pedro fue elegi­do para ser el primero entre los Apóstoles, él es la piedra sobre la cual se edificó la Iglesia; por ello, se le considera el primer Papa, que junto con los demás Após­toles y luego con los sucesores garantizan la Apostolicidad de la Iglesia, que llega hasta el Papa Francisco, quien actualmente es Pedro, para cada uno de los cre­yentes en Cristo, en comunión con todos los Obispos.

En el Papa, los católicos tene­mos un punto firme y seguro de nuestra fe, porque Jesucristo quiso edificar su Iglesia sobre Pedro y sus sucesores. En sus enseñanzas y en su Magisterio pontificio hallamos una roca fir­me, frente a los oleajes de confu­sión doctrinal que hoy en día apa­recen en muchos ambientes, que desorientan a los cristianos.

En el Papa, en los Obispos y en los sa­cerdotes fieles, que reconocen la autori­dad del Romano Pon­tífice, siguen su Ma­gisterio y transmiten sus enseñanzas, en­contramos al mismo Cristo, Buen Pastor, que guía a sus ovejas a la salva­ción eterna. Escuchemos su voz, sigamos sus huellas, imitemos su ejemplo de amor, de santidad y de entrega incondicional, para el bien de toda la humanidad y la Iglesia.

También cada uno de los cató­licos tienen hoy el compromiso de vivir, defender y proclamar la fe Católica, en obediencia al Papa y a los pastores de la Igle­sia, asumiendo en la propia vida a Nuestro Señor Jesucristo y dando testimonio de Él en los diferentes contextos en los que cada uno se encuentra a nivel familiar, parro­quial y laboral. De esta manera, cada uno se hace testigo de Cris­to, diciendo sí a Dios y deposi­tando plenamente su confianza en Él, dejándose guiar por la Iglesia que es madre y maestra del Evangelio, aun abrazando la Cruz del Señor, en medio de las dificultades y contradicciones que hoy conlleva defender la fe Cató­lica en obediencia a la Voluntad de Dios y en comunión de mente y de corazón con el Papa Francis­co y el Colegio Apostólico.

Así lo expresa Aparecida cuando dice: “No hay discipulado sin comu­nión. Ante la tentación muy pre­sente en la cultura actual, de ser cristianos sin Iglesia y las nuevas búsquedas espirituales individua­listas, afirmamos que la fe en Je­sucristo nos llegó a través de la comunidad eclesial y ella ‘nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia Católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión. Esto sig­nifica que una dimen­sión constitutiva del acontecimiento cris­tiano es la pertenen­cia a una comunidad concreta, en la que podemos vivir una experiencia permanente de discipulado y de comunión con los sucesores de los Apóstoles y con el Papa” (DA 156).

Esta comunión que tenemos que vivir todos los católicos, nos lleva a asumir y abrazar la Cruz del Se­ñor, que nos hace verdaderos dis­cípulos de Jesucristo y testigos de su Palabra, llenos de esperanza y de paz y en comunión con la Igle­sia Católica. Así como Jesucristo no estuvo en la Cruz desespera­do y angustiado, sino que abrió sus brazos serenamente, en co­munión perfecta con el Padre, el cristiano que sube a la Cruz con Cristo, tiene paz en el corazón, aprendiendo vivencialmente que la esperanza tiene sus raíces en la Cruz del Señor. Esforzarse por vivir en comunión, asumiendo la Cruz del Señor, significa vivir el martirio, antes que causar divi­sión en la Iglesia.

Esta verdad viene reforzada con el testimonio y ejemplo de vida de los últimos Papas que hemos teni­do, quienes han mantenido la fe, esperanza, paz y comunión, aún en medio de muchos sufrimientos y momentos de cruz en el cum­plimiento de su misión apostóli­ca, recibiendo del Espíritu Santo la fortaleza para no temer subirse a la Cruz con Cristo, en las con­trariedades de cada día que trae predicar y defender el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, en comunión con toda la Iglesia.

En este tiempo, celebrando a los santos Apóstoles Pedro y Pa­blo, nos unimos a la jornada del Óbolo de San Pedro y ora­mos particularmente por las intenciones del Papa Francisco, de modo que, en todo momento reciba la gracia del Espíritu San­to, que lo llene de sabiduría para continuar conduciendo a la Igle­sia, en este momento histórico de nuestro caminar, asumiendo la Cruz del Señor con fe, esperanza y paz, iluminando todas la reali­dades con la luz del Evangelio y trabajando por la comunión y la unidad de toda la Iglesia.

Que Nuestro Señor Jesucristo, por intercesión de la Santísima Virgen María y del glorioso Pa­triarca san José, nos concedan la gracia de vivir en comunión con la Iglesia Universal, unidos al Papa Francisco -hoy Pedro-, roca de la Iglesia para nosotros y que, ofrezcamos en este tiempo, nuestra oración y ayuda al Sumo Pontífice, para que el Señor lo ilumine en el cumplimiento de su misión.

Para todos, mi oración y bendición.

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