Imitemos a María en la fe, esperanza y caridad

Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta.

Concluimos hoy el mes de mayo venerando a María que en salida misionera visita a su prima Santa Isabel, para anunciarle al Salvador del mundo. Durante 70 años de historia diocesana, en el anuncio gozoso del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, tenemos la certeza que María ha caminado con nosotros y nos ha fortalecido en el Proceso Evangelizador, siendo modelo de fe, esperanza y caridad, a quien queremos seguir imitando, cumpliendo con nuestra misión; tal como lo expresa el lema pastoral para este mes: vayan y hagan dis­cípulos, imitando a María.

Imitamos a María como mujer de fe, reconocida esta virtud en la vi­sita que le hace a su prima Isabel. Tal como lo narra el Evangelio: “¡dichosa tú que has creído¡ Por­que lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1, 45), palabras que reconocen la fe de María, en el acto de entrega a la voluntad de Dios que pronunció cuando el Arcángel Gabriel le anunció que iba a ser la madre del Salvador; respondiendo ella con palabras que expresan su fe entregada a la voluntad de Dios: “he aquí la esclava del Señor, há­gase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38), afirmando con ello el Evan­gelio la actitud de fe de María y que Isabel reconoce y lo exclama con entusiasmo cuando le dice: “¡di­chosa tú que has creído” (Lc 1, 45).

Imitando la fe de María, es posible que se engendre en nuestro cora­zón la virtud de la esperanza. En los momentos más oscuros y tor­mentosos de su vida, María “brilla como signo de esperanza segura y de consuelo” (Lumen Gentium 68). Desde la Anunciación, María sabe que Cristo es la roca firme so­bre la que se edifica la vida cristiana y la respuesta a Dios. María espera contra toda esperanza, incluso en el momento de la muerte de Jesús en la cruz, cuando continúa su ca­mino por la oscuridad, pero con el corazón lleno de esperanza. María enseña a cada cristiano a estar junto a la cruz del Señor, con dolor, pero de pie y con esperanza, “alcanzó así a estar al pie de la cruz en una comunión profunda, para entrar plenamen­te en el misterio de la Alianza” (Documento de Aparecida 266).

María mujer de fe y de esperanza nos enseña a vivir la caridad, ella puso en práctica la cari­dad con todos los que se encontró en el camino. Reconocemos que el amor oblativo, de caridad sin lími­tes de la Virgen, nace de la comu­nión que tenía con el corazón de Dios, que la llevó a aceptar ser la madre del Redentor para entregar­le la salvación a toda la humanidad. La caridad y el amor de María por cada uno de nosotros, conduce de inmediato hasta Jesús, una caridad silenciosa, prudente, que de nuevo al pie de la Cruz de su Hijo, calla y ofrece por la humanidad el acto de amor más grande de entrega. “La Virgen de Nazaret tuvo una misión única en la historia de sal­vación, concibiendo, educando y acompañando a su Hijo hasta su sacrificio definitivo” (DA 267); siendo esta misión la caridad más silenciosa, pero la más efectiva para cada uno de nosotros.

María al entregarnos a Jesús, nos trae con Él todo el amor, el perdón, la reconciliación y la paz, “como madre de tantos, fortalece los vín­culos fraternos entre todos, alien­ta a la reconciliación y el perdón, y ayuda a que los discípulos de Jesucristo se experimenten como una familia, la familia de Dios” (DA 267). Por eso, estamos llama­dos a imitarla en la vir­tud, que Ella misma vi­vió, acompañando a los discípulos y a la Iglesia como la madre de la fe, la esperanza y la cari­dad.

Esta es la tarea de la Iglesia en su vocación de evangelizar y en este compromi­so estamos en nuestra Diócesis de Cúcuta con el Proceso Evangeliza­dor de la Iglesia Particular (PEIP); con la certeza que transmitir a Je­sucristo a otros es la obra de cari­dad más grande que podemos hacer. Así nos lo enseñó el Papa Fran­cisco: “la Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sen­tirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (Evangelii Gaudium 14), recordando que la primera obra de caridad que hemos de hacer a nuestros hermanos será mostrarles el camino de la fe, la es­peranza y la caridad. Así lo indicó el Papa Francisco, retomando palabras de sus antecesores: “el anuncio de Jesucristo es el primer acto de ca­ridad hacia el hombre, más allá de cualquier gesto de generosa solidaridad” (Mensaje para las mi­graciones 2021). En esto la Virgen María, como maestra de la fe, la es­peranza y la caridad, nos da ejemplo de un amor total a todos nosotros, entregándonos a Jesús y llevándo­nos hasta Él.

La profunda vida interior y con­templativa de nuestra madre del cielo, nos exhorta a mirar fijamente a Jesucristo y a vivir con fe, espe­ranza y caridad, todo nuestro pere­grinar humano y cristiano, con las incertidumbres y tormentas diarias, poniendo nuestra vida en las ma­nos del Padre, con los ojos fijos en Jesucristo, hasta que lleguemos a participar de la Gloria de Dios. Los convoco a poner la vida personal y familiar bajo la protección y ampa­ro de la Santísima Virgen María, en todas las circunstancias de la exis­tencia. Que el Glorioso Patriarca San José, unido a la madre del cielo, nos alcancen de nuestro Señor Jesu­cristo la fortaleza en la fe, la espe­ranza que no defrauda y la caridad sin límites, para que sigamos siendo discípulos misioneros del Señor.

En unión de oraciones, reciban mi bendición.

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