Sacramentales: enriquecen la vida espiritual (I parte)

Por: Pbro. Víctor Manuel Rojas Blanco, biblista y párroco de Santa Laura Montoya

Fotos: Internet

Los sacramentales son signos sa­grados con los que, imitando de alguna manera a los sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espiri­tuales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se dispo­nen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida” (SC 60; CIC can 1166-67; CCEO can 867).

Comprenden siempre una oración, con frecuencia acompañada de un signo determinado, como la imposición de la mano, la señal de la cruz, la aspersión con agua bendita (que recuerda el Bau­tismo). Los sacramentales no confieren la gracia del Espíritu Santo a la manera de los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia preparan a recibirla y dispo­nen a cooperar con a ella.

Recordemos que los sacramentales se diferencian claramente de los sacramentos 

  • Los sacramentos producen efecto por su propia virtud (ex opere operato), los sacramentales, sólo por la devoción del que los recibe (ex opere operantis).
  • Los sacramentos contienen y confieren la gracia habitual o santificante, los sa­cramentales nos alcanzan tan sólo gra­cias actuales.
  • Sólo Cristo puede instituir e instituyó de hecho los sacramentos, los sacra­mentales, en cambio, han sido institui­dos por la Iglesia.
  • Los sacramentos son necesarios para la salvación, los sacramentales no.
  • Los sacramentos son siete y nada más que siete, como definió el Concilio de Trento: Los sacramentales son muchí­simos. Ejemplo: letanías, aspersión con agua bendita, limosnas, bendiciones, pan bendito, bendiciones de casas, cam­pos, coches, exorcismos.

En general los sacramentales dignamente recibidos producen los siguientes efectos: 

  • Obtienen las gracias actuales con es­pecial eficacia por la intervención de la Iglesia (ex opere operantis Ecclesiae).
  • Perdonan los pecados veniales por vía de impetración (ex opere operantis), en cuanto que por las buenas obras que ha­cen practicar y por la virtud de las ora­ciones de la Iglesia suscitan en el sujeto sentimientos de contrición y actos de caridad.
  • Nos obtienen gracias temporales si son convenientes para nuestra salvación (la salud corporal, defensa contra las tem­pestades, etc.).

Los sacramentales sirven para enri­quecer la vida espiritual, no para per­judicarla. Son extensiones de los siete sacramentos y ayudan a ver y acoger la gracia de Dios en nuestro día a día. Un lugar donde los sacramentales son espe­cialmente poderosos es el hogar: si se usa con espíritu de fe, los sacramentales pueden alejarnos de peligros espiritua­les e inspirarnos a vivir una vida santa, dedicada a Dios en la práctica de cada día.

El agua, la sal y el aceite exorcizados son 3 sacramentales muy usados en la lucha contra el demonio. El padre Ga­briele Amorth desde su experiencia como exorcista enseña acerca de estos. Lo cito porque es el más conocido y popular a nivel mundial por sus libros, conferencias e intervenciones radiofó­nicas y televisivas sobre la materia.

¿Quién es Gabriele Amorth?

Gabriele Amorth (1925-2016), más conocido como padre Amorth, fue un sacerdote italiano que se convirtió en exorcista oficial de Roma en junio de 1986, bajo la dirección del padre Can­dido Amantini.

El agua, el aceite y la sal exorciza­da son sacramentales que los exorcistas o los fieles podemos usar en la lucha contra el demonio. “[…] los sacramen­tales… son signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los sacra­mentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la interce­sión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida” (Ca­tecismo de la Iglesia Católica, n. 1667).

En referencia al agua

El agua bendita tiene ya un gran uso en todos los ritos litúrgicos. Su importancia nos relaciona de inmediato con la aspersión bautismal (cf. Is 44,3; Ez 36,25- 27; Sal 51,9). En la oración de bendición se pide al Señor para que la aspersión con el agua nos obtenga estos tres be­neficios: el perdón de nuestros pecados, la defensa de las insidias del maligno, el don de la protección divina.

La oración de exorcismo sobre el agua produce otros muchos efectos: hace huir todo poder del demonio, hasta desarrai­garlo y expulsarlo. También en el len­guaje popular, cuando se quiere decir que dos cosas no pueden ir nunca juntas, se dice que son como el diablo y el agua bendita. La oración prosigue subrayan­do otros efectos además de la expulsión de los demonios: curación de las en­fermedades, aumento de gracia divina, protección de las casas de todo influjo inmundo causado por el pestífero Sata­nás. (Amorth, Gabriele, Narraciones de un exorcista, Ed. San Pablo, Colombia, 1996, pág. 91).

 

En referencia al aceite

“El óleo exorcizado, empleado con fe, ayuda a poner en fuga el poder de los  demonios, sus asaltos, los fantasmas que suscitan. Además, ayuda a la salud del alma y del cuerpo; recordemos aquí el antiguo uso de ungir con aceite las heri­das y el poder dado por Jesús a los após­toles de curar a los enfermos con la im­posición de las manos ungiéndolos con óleo (cf. Mc 6, 13; St 5,14; Lv 8, 12).

El óleo exorcizado tiene también otra propiedad específica: alejar del cuerpo las adversidades. Muy frecuentemente me ha tocado bendecir a personas que han sufrido hechicerías al comer o beber al­guna cosa con ma­leficio (dice el padre Gabriele Amorth). Es fácil com­prenderlo por aquel característico mal de estómago que ya hemos descrito, o por el hecho de que estas personas tienen un modo particular de eructar en una forma de sollozo o de estertor, sobre todo en relación con acciones religiosas: cuan­do van a la iglesia, cuando oran y sobre todo mientras son exorcizados. En estos casos el organismo, para liberarse, debe expeler lo que de maléfico contiene. El óleo exorcizado ayuda mucho a descar­gar y liberar el cuerpo de estas impure­zas” (Amorth, Gabriele, Ibíd., pág. 91).

En referencia a la sal

“La sal exorcizada ayuda a expulsar los demonios y para la salud del alma y del cuerpo (cf. 2 Re 2, 19-22; Ez 43,24; Esd 6, 9). Pero una propiedad suya especí­fica es la de proteger los lugares contra las influencias o las presencias maléfi­cas. En estos casos he acostumbrado aconsejar que se ponga sal exorcizada en el umbral de la casa y en los cuatro ángulos de la habitación o habitaciones que se crean infestadas (dice el padre Gabriele Amorth)” (Amorth, Gabriele, Ibíd., pág. 92-93).

“Cuando la Iglesia pide públicamente y con autoridad, en nombre de Jesucristo, que una persona o un objeto sea protegi­do contra las asechanzas del Maligno y sustraída a su dominio, se habla de exor­cismo. Jesús lo practicó (cf. Mc 1,25- 26; etc.), de Él tiene la Iglesia el poder y el oficio de exorcizar (cf. Mc 3, 15; 6,7.13; 16,17)” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1673).

La Iglesia anima a los fieles a hacer uso de los sacramentales, porque como es­cribió San Pablo: “Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potes­tades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en el aire” (Efesios 6, 12).

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