Defendiendo la vida desde la familia

Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta.

Avanzamos en el desarrollo del Proceso Evangelizador en la Diócesis de Cúcuta con el lema: vayan y hagan discípulos defendiendo la vida, celebrando 70 años de vida diocesana, trans­mitiendo el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, que es Evange­lio de la vida. El primer espacio y ambiente para proteger, defender y custodiar la vida es la familia; con la certeza que Jesucristo nuestra es­peranza, ilumina y unifica la vida familiar y con la gracia que derrama cada día sobre los hogares la cus­todia. Sabiendo que “el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia” (Amoris Laetitia 31).

Frente a todas las dificultades por las que pasa la familia en el momen­to actual, la llamada que nos hace Dios en su Palabra es a edificar la vida del hogar sobre Jesucristo, roca firme que sostiene el hogar; para re­cibir de Él la fuerza de afrontar los desafíos y tareas en la misión que ha recibido de Dios de custodiar y de­fender la vida humana. Al respecto Aparecida nos dice: “el ser huma­no, creado a imagen y semejanza de Dios, también posee una altísi­ma dignidad que no podemos pi­sotear y que estamos llamados a respetar y a promover. La vida es regalo gratuito de Dios, don y ta­rea que debemos cuidar desde la concepción, en todas sus etapas, y hasta la muerte natural, sin rela­tivismos” (DA 464). Esta fuerza se encuentra únicamente en Dios que regala su gracia y bendición a cada familia para cumplir con su misión.

Esta enseñanza del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia nos ayuda a ratificar la doctrina sobre la familia y la defensa de la vida, para respon­der a las ideologías que presentan el aborto, la eutanasia y demás atenta­dos contra la vida y la dignidad de la persona humana, como norma de comportamiento. Frente a esto, te­nemos que fortalecer la familia que protege la vida como regalo gratuito de Dios. En ese sentido, Aparecida afirma: “la familia cristiana está fundada en el sacramento del ma­trimonio entre un varón y una mujer, signo del amor de Dios por la humanidad y de la entrega de Cristo por su esposa, la Iglesia. Desde esta alianza de amor, se despliegan la paternidad y la ma­ternidad, la filiación y la fraternidad, y el compromiso de dos por una sociedad me­jor” (DA 433); esto nos permite construir perso­na y sociedad desde los valores del Evangelio de Jesucristo.

La familia que edifica su vida sobre la roca firme de Jesucristo recibirá la fuerza diaria para cumplir su mi­sión y se convierte en luz que ilumi­na el camino de otras familias, que se ven desanimadas en continuar con la lucha diaria, porque “la fami­lia cristiana, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradia­ción de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón. La familia cris­tiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del Reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada” (Familiaris Consortio 52), incluyendo el testi­monio cristiano al abrazar la cruz del Señor y contemplarla en medio de las dificultades que se viven en cada hogar y los desafíos que tiene que afrontar del mundo actual que quiere desestabilizar las familias.

Para afrontar los retos diarios, sa­bemos que no estamos solos, Jesu­cristo va con nosotros en la barca de nuestra vida y además tenemos la protección y amparo de la Santísima Virgen María, que nos enseña a es­tar junto a la cruz del Señor, a veces con dolor, pero de pie y con esperanza en Jesús que no defrauda, porque “los dolores y las an­gustias se experimen­tan en comunión con la cruz del Señor, y el abrazo con Él permite sobrellevar los peores momentos. En los días amargos de la familia hay unión con Jesús abandonado que pue­de evitar una ruptura. Las familias alcanzan poco a poco, con la gracia del Es­píritu Santo, su santidad a través de la vida matrimonial, partici­pando también en el misterio de la cruz de Cristo, que transforma las dificultades y sufrimientos en una ofrenda de amor” (AL 317); con el auxilio de la gracia de Dios que se nos ofrece en los sacramen­tos, sobre todo en la Confesión y la Eucaristía, que fortalecen y alimen­tan la vida familiar.

Con la certeza que Jesucristo ilumi­na y unifica la vida familiar, conti­nuamos en el Proceso Evangeliza­dor que hemos venido realizando durante todos estos años de historia diocesana, abiertos a la gracia de Dios y al don que viene de lo alto que nos fortalece, alienta, nos llena de esperanza, porque “Dios ama nuestras familias, a pesar de tan­tas heridas y divisiones. La pre­sencia invocada de Cristo a través de la oración en familia nos ayuda a superar los problemas, a sanar las heridas y abre caminos de es­peranza” (DA 119); con la garantía que no estamos solos en la vida fa­miliar, ya que la gracia de Dios y la compañía de la Iglesia, nos ayudan a fortalecer los vínculos de comu­nión familiar.

Las familias tienen la compañía de la Iglesia en cada una de las pa­rroquias, desde donde se ora por las necesidades familiares, por los miembros del hogar que estén pa­sando situaciones difíciles, pidien­do la gracia de la caridad y del amor conyugal, dando gracias a Dios to­dos los días por la vida y todo lo que acontece en la familia. Pongamos la vida personal y familiar bajo la protección y amparo de la Santísi­ma Virgen María, en todas las cir­cunstancias de la existencia, aún en los momentos de cruz. Que el Glo­rioso Patriarca San José, unido a la Madre del cielo, nos alcancen de Nuestro Señor Jesucristo la fortale­za en la fe, la esperanza y la caridad, para vivir en el hogar iluminados y unificados por Él, para que constru­yamos familias perdonadas, recon­ciliadas y en paz.

En unión de oraciones, reciban mi bendición.

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