Solemnidad de San Pedro y San Pablo

Por: Pbro. Juan Carlos Ballesteros Celis, párroco Santa María Rosa Mística.

El lunes 29 de junio se celebra la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, día en que se reconocen las virtudes cristianas de dos de los más grandes y reconocidos apóstoles que propagaron y defendieron con su vida el Evangelio, pero también, se tra­ta de una ocasión solemne para profe­sar nuestra fe en la Iglesia: Una, Santa, Católica y Apostólica. Hay que comen­zar por identificar las características propias de cada uno de ellos:

San Pedro: Apóstol del Señor, quien lo constituyó roca de la Iglesia: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edifica­ré mi Iglesia” (Mt 16, 18) y recibe el encargo de Jesús, de apacentar el reba­ño de Dios (cf. Jn 21, 15-17) a pesar de sus debilidades humanas. Efecti­vamente después de la Ascensión del Señor, Pedro asumió con humildad ser cabeza de la Iglesia, de ahí que se le co­noce como el primer Papa y se encargó que la Iglesia naciente mantuviera viva la verdadera fe.

San Pablo: Perteneciente a la clase re­ligiosa de los fariseos y conocido como Saulo de Tarso, inicialmente persegui­dor de los cristianos, después de su conversión al cristianismo, es recono­cido como el “Apóstol de los gentiles” y pasó el resto de su vida predicando el Evangelio a tiempo y destiempo, a las naciones del mundo mediterráneo con el firme convencimiento que su vida era Cristo (Flp 1, 21). Se trata de un modelo ardoroso de la evangelización.

Según el testimonio histórico del siglo I, se dice que Pedro y Pablo, fueron detenidos y martirizados en la prisión Mamertina, también llamada el Tu­llianum, ubicada en el foro romano en la Antigua Roma.

San Pedro que pasó sus últimos años en Roma liderando a la Iglesia durante la persecución, hasta su martirio en el año 64, fue crucificado cabeza abajo a petición propia, por no considerarse digno de morir como su Señor. Fue en­terrado en la colina del Vaticano y la Basílica de San Pedro está construida sobre su tumba. San Pablo fue deca­pitado en el año 67. Está enterrado en Roma, en la Basílica de San Pablo de Extramuros.

El origen histórico de la solemnidad

La celebración conjunta de estos dos personajes el 29 de Junio, en la liturgia romana, se remonta al siglo III proba­blemente al año 258, de acuerdo a las notas fechadas en ese año, contenidas en la lista de fiestas de mártires en el cronógrafo de Filócalo o también del Martyrologium Hieronyminanum. La celebración de la memoria de San Pe­dro y San Pablo, se realizaba en la vía Apia Ad catacumbas, (cerca de San Sebastiano fuori le mura), pues en esta fecha los restos de los Apóstoles fueron trasladados allí.

San Pedro y San Pablo, columnas espirituales de la Iglesia

El Papa Francisco en el rezo del Ángelus del 29 de Junio de 2015 afirmó: “María, Pedro y Pablo: son nuestros compañeros de viaje en la búsqueda de Dios; son nues­tras guías en el camino de la fe y de la santidad; ellos nos conducen a Jesús, para hacer todo lo que Él nos pide. Invoque­mos su ayuda para que nuestro corazón pueda estar siempre abierto a las sugeren­cias del Espíritu Santo y al encuentro con los hermanos”.

Benedicto XVI en su homilía del 29 de Junio de 2012, refiriéndose a la influencia espiritual de estos dos apóstoles, los ca­taloga como quienes “representan todo el Evangelio de Cristo” precisando de Pedro que “las palabras de Jesús sobre la auto­ridad de Pedro y de los Apóstoles revelan que el poder de Dios es el amor, amor que irradia su luz desde el Calvario” y subsi­guientemente de Pablo que “la tradición iconográfica representa a san Pablo con la espada, y sabemos que ésta significa el instrumento con el que fue asesinado. Pero, leyendo los escritos del apóstol de los gentiles, descubrimos que la imagen de la espada se refiere a su misión de evan­gelizador. Él, sintiendo cercana la muerte, escribe a Timoteo: «He luchado el noble combate» (2 Tm 4,7). No es ciertamente la batalla de un caudillo, sino la de quien anuncia la Palabra de Dios, fiel a Cristo y a su Iglesia, por quien se ha entregado to­talmente. Y por eso el Señor le ha dado la corona de la gloria y lo ha puesto, al igual que a Pedro, como columna del edificio espiritual de la Iglesia”.

Al fijar la mirada en estos dos modelos de santidad, hemos de contemplar el mis­terio de la unidad a la que Dios llama a su Iglesia, como una tarea que brote de su acción evangelizadora, reflejando la comunión de amor del misterio de Dios. Por ello Benedicto XVI, en su homilía del 29 de Junio de 2011, dirigiéndose a los obispos presentes les decía “tenemos que ser Pastores para la unidad y en la unidad, pues sólo en la unidad de la cual Pedro es símbolo, guiamos realmente hacia Cris­to”. Es esa unidad simbolizada en torno a la figura de Pedro, lo que ha de definir la identidad espiritual de la Iglesia, edifica­da sobre las columnas de los Apóstoles.

La fiesta del Papa: El Óbolo de San Pedro

A San Pedro se le considera como el pri­mer Papa de la historia de la Iglesia, debi­do a la popularidad de sus enseñanzas que aparecen en los escritos apócrifos, y ade­más, por las palabras que Jesús le dedica: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edifi­caré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las lla­ves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo” (Mateo 16, 18-19).

El “Tú eres Pedro…” se aplicará a todos los elegidos en cónclave para sentarse en la Cátedra de San Pedro, como el Sumo Pontífice. Así pues, murió Pedro pero no el Papa; y es alrededor del Papa que la Iglesia mantiene su unidad. Unidad que también San Pablo expresa “Sólo hay un cuerpo y un espíritu, como también una sola esperanza, la de vuestra vocación. Sólo un Señor, una fe, un bautismo, un Dios” (Ef 4, 4-6).

Con ocasión de la celebración de esta solemnidad se da lugar a la jornada del “Óbolo de San Pedro” o conocida tam­bién como “Jornada mundial de la caridad del Papa”. Se trata de una ayuda econó­mica que los fieles ofrecen al Papa, como expresión de apoyo a la solicitud del su­cesor de Pedro, por las múltiples necesi­dades de la Iglesia universal y las obras de caridad que realiza en favor de los más necesitados.

Considerando la situación actual de emer­gencia sanitaria, el Santo Padre ha esta­blecido que, en este año 2020, la colecta para el Óbolo de San Pedro se traslade en todo el mundo al domingo XXVII del Tiempo Ordinario, el 4 de octubre, día de­dicado a San Francisco de Asís. El cam­bio de fecha fue anunciado por el director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Matteo Bruni, el pasado 29 de abril.

Con el cristianismo nace la práctica de ayudar materialmente a quienes tienen la misión de anunciar el Evangelio, para que pue­dan entregarse enteramente a su ministerio, atendiendo también a los más necesita­dos (cf. Hch 4, 34; 11,29). Concretamente como dato histórico, a finales del siglo VII, los anglosajones, tras su conversión, se sintieron tan unidos al Obispo de Roma que decidieron en­viar de manera estable una contribución anual al Santo Padre. Así nació el “Dena­rius Sancti Petri” (Limos­na a San Pedro), que pronto se difundió por los países europeos. Ésta, como otras costumbres semejantes, ha pasado por muchas y diversas vicisitudes a lo largo de los siglos, hasta que fue regulada de manera orgánica por el Papa Pío IX en la Encíclica “Saepe Venerabilis” (5 de agos­to de 1871).

Hoy por hoy continúa repitiéndose este gesto, empleándose los donativos de los fieles al Santo Padre, en obras misioneras, iniciativas humanitarias y de promoción social, así como también en sostener las actividades de la Santa Sede. El Papa, como Pastor de toda la Iglesia, se preocupa también de las ne­cesidades materiales de dióce­sis pobres, institutos religiosos y fieles en dificultad (pobres, niños, ancianos, marginados, víctimas de guerra y desastres naturales; ayudas particulares a Obispos o Diócesis necesita­das, para la educación católica, a prófugos y emigrantes, etc.).

El Papa Benedicto XVI quiso subrayar en su primer año de pontificado el significado es­pecial del Óbolo: “El Óbolo de San Pedro es la expresión más típica de la participación de todos los fieles en las ini­ciativas del Obispo de Roma en beneficio de la Iglesia universal. Es un gesto que no sólo tiene valor práctico, sino también una gran fuerza simbólica, como signo de comunión con el Papa y de solicitud por las necesidades de los hermanos; y por eso vuestro servicio posee un valor muy eclesial” (Discurso a los Socios del Círcu­lo de San Pedro (25 de febrero de 2006).

Mediante esta colecta, todos los fieles en comunión espiritual con el Papa, pueden participar en su acción como Pastor de la Iglesia Universal y colaborar en el apoyo que brinda a los más necesitados y a las comunidades eclesiales que padecen difi­cultades y piden ayuda a la Sede Apostó­lica, porque la caridad es la insignia de los discípulos de Jesús: “Por esto todos sa­brán que ustedes son mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (Jn 13, 35).

Oremos por el Papa Francisco y la Iglesia

Es un día importante para poner al San­to Padre Francisco en nuestras oraciones, y en ellas pedir por su salud, su persona, sus intenciones, y también para que tenga un oído y corazón atento al deseo de Dios para su Iglesia. Estamos invitados a po­ner en oración a toda la Iglesia, para que pueda caminar como un solo cuerpo en la dirección en la que el Espíritu la vaya guiando. Esta será la mayor muestra de afecto pero también de comunión eclesial como bautizados, en torno a la figura del Papa, vicario de Cristo en la tierra.

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