Dos Solemnidades que fortalecen nuestra fe

La liturgia de la Iglesia nos propone en estos días dos solemnidades  que tienen gran importancia para nuestra fe y que nos pueden ayudar a comprender mejor cuánto Dios quiere de nosotros.  Quisiera reflexionar con ustedes, queridos lectores de LA VERDAD.

La primera gran Solemnidad es la de la Santísima Trinidad que celebramos este domingo, después del domingo de Pentecostés.  Es una fiesta popular, que tiene su origen en una gran peregrinación en Italia a un lugar donde son conservados «iconos», imágenes de la Santísima Trinidad, de Cristo, de la Santísima Virgen y de los Santos, para protegerlas de frente a los que las querían destruir (los iconoclastas).  Una fiesta popular, una peregrinación que llevó a que en este día centremos nuestra atención en el misterio de la Unidad De Dios.

Una única realidad de Dios, pero que se manifiesta en tres personas distintas, en tres dimensiones: Dios Padre que es creador de todo lo que existe, el hacedor supremo de toda la realidad del mundo, de su Palabra creadora ha surgido todo cuanto existe y cuanto podemos contemplar y experimentar.  Un Dios Padre que ha creado al hombre, le ha dotado de inteligencia y libertad, regalándole su cuerpo y sus capacidades para que tenga el dominio sobre todas las cosas.  Un Dios que con su Palabra, guía y habla al hombre en momentos diversos de la historia para llevarle a si, para manifestarle su designio creador, luego del pecado y la decisión libre con la cual se separó de su voluntad.  El Supremo hacedor, que es quien ha ordenado, distribuido y establecido las leyes de la física y el ordenamiento del mundo en su infinitud.  El Altísimo que ha querido salvar al hombre y mirarlo con misericordia y con clemencia, sin castigarlo por su actitud al separarse de su designio y de su amor.  Dios que quiere llevar a plenitud su creación, concediendo al hombre un espacio particular y la supremacia sobre el mundo.

Celebramos a Dios Hijo, que es increpado y que es engendrado por el Padre, para ponerle como centro de todo lo creado y por su encarnación, salvar al hombre del pecado y del mal, para realizar su plan de salvación y redención del hombre que ha salido de las manos del Altísimo.   En un designio de amor y de vida, en un plan de salvación ha tomado la condición humana para salvarnos y reconstruir cuánto había creado un día.  Asume Dios Padre la humanidad del hombre en su realidad concreta.

Celebramos al Espíritu Santo, que no ha sido creado, no ha sido engendrado, sino que procede del Padre y el Hijo De Dios, fruto de su amor y realidad de profunda comunión entre ellos.

A la Santísima Trinidad ofrecemos nuestro culto, nuestra adoración y gloria, a ella, a la Trinidad Santa elevamos nuestra oración y nuestra acción de gracias, a ellos se dirige la creación entera y es la razón y realidad de nuestra existencia.

El jueves siguiente a la Santísima Trinidad celebraremos la Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, con devoción y fe, nos centraremos en este gran misterio de la presencia real de Jesucristo en su precioso Cuerpo y Santísima Sangre, en el gran misterio de la Eucaristía.

Desde el siglo undécimo, por dos grandes milagros, el de Orvieto y el Bolsena, donde se manifestó prodigiosamente la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas, la Iglesia deseo establecer esta Solemnidad para que adoráramos con fe y atención la presencia de Cristo en el pan y en el vino, después de la consagración.

Esta particular celebración nos lleva a mirar el amor de Dios manifestado en la Eucaristía, Pan de Vida, como el mismo Jesús nos enseña en los Evangelios (Juan 6), que es prenda de vida eterna.

El Cuerpo de Cristo que sufre y nos redime, nos perdona, lleva sobre si los pecados de la humanidad, pero que es también el cuerpo glorioso del resucitado.   Cuerpo de Cristo que es salvación y vida, el nuevo mana, que nos regala la vida eterna.

La Sangre preciosa de Cristo que nos redime y lava nuestros pecados y nuestra mandad, haciéndonos entrar en el Reino De Dios, estableciendo la nueva creación y el nuevo tiempo de Dios en la historia humana.

Por una bellísima tradición, la Hostia consagrada, el Cuerpo de Cristo, recorre nuestras calles, los invito a adorar al Señor y a pedir su bendición sobre nosotros, animando el espíritu de caridad y de servicio que debemos tener entre nosotros.

Aprovechemos con gran fe estas celebraciones, para fortalecer nuestra fe y nuestro camino de esperanza, con los cuales queremos ANUNCIAR A JESUCRISTO, CON AMOR.

¡ALABADO SEA JESUCRISTO!

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