Palabras de Vida

Evangelio (Lc 13,18-21)

En aquel tiempo, Jesús decía: «¿A qué es semejante el Reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza, que tomó un hombre y lo puso en su jardín, y creció hasta hacerse árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas». Dijo también: «¿A qué compararé el Reino de Dios? Es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo».

«¿A qué es semejante el Reino de Dios?»

Hoy, los textos de la liturgia, mediante dos parábolas, ponen ante nuestros ojos una de las características propias del Reino de Dios: es algo que crece lentamente —como un grano de mostaza— pero que llega a hacerse grande hasta el punto de ofrecer cobijo a las aves del cielo. Así lo manifestaba Tertuliano: «¡Somos de ayer y lo llenamos todo!». Con esta parábola, Nuestro Señor exhorta a la paciencia, a la fortaleza y a la esperanza. Estas virtudes son particularmente necesarias a quienes se dedican a la propagación del Reino de Dios. Es necesario saber esperar a que la semilla sembrada, con la gracia de Dios y con la cooperación humana, vaya creciendo, ahondando sus raíces en la buena tierra y elevándose poco a poco hasta convertirse en árbol. Hace falta, en primer lugar, tener fe en la virtualidad —fecundidad— contenida en la semilla del Reino de Dios. Esa semilla es la Palabra; es también la Eucaristía, que se siembra en nosotros mediante la comunión. Nuestro Señor Jesucristo se comparó a sí mismo con el «grano de trigo [que cuando] cae en tierra y muere (…) da mucho fruto» (Jn 12,24).

El Reino de Dios, prosigue Nuestro Señor, es semejante «a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo» (Lc 13,21). También aquí se habla de la capacidad que tiene la levadura de hacer fermentar toda la masa. Así sucede con “el resto de Israel” de que se habla en el Antiguo Testamento: el “resto” habrá de salvar y fermentar a todo el pueblo. Siguiendo con la parábola, sólo es necesario que el fermento esté dentro de la masa, que llegue al pueblo, que sea como la sal capaz de preservar de la corrupción y de dar buen sabor a todo el alimento (cf. Mt 5,13). También es necesario dar tiempo para que la levadura realice su labor.

Parábolas que animan a la paciencia y la segura esperanza; parábolas que se refieren al Reino de Dios y a la Iglesia, y que se aplican también al crecimiento de este mismo Reino en cada uno de nosotros.

SAN PABLO DE LA CRUZ,  fundador de los clérigos descalzos de la Santa Cruz y la Pasión, 1694-1775

La vida de un santo no podrá nunca entenderse con criterios humanos. Según éstos, el santo podría aparecer como un loco o un desequilibrado. Según los datos históricos no se puede descubrir la verdadera imagen del santo. Debemos reconocer que cada santo es una nueva y original creación de la gracia de Dios por la cual Dios, desarrolla libremente las facultades especiales que le ha dado y nos deja un mensaje especial a nosotros. En el caso de Pablo Fran-cisco, tenemos que reflexionar con más frecuencia y profundidad, sobre el precio por el cual hemos sido rescatados: la pasión y la cruz de Cristo.

Pablo creció en un pueblo de Castelazo, cerca de Génova, y recibió de sus ejemplares padres, con sus 15 hermanos, una verdadera educación cristiana. El padre leía y explicaba en el hogar la Biblia y la vida de los santos. La madre enseñaba a sus hijos el valor del sufrimiento a los ojos de Cristo crucificado.

SAN PABLO DE LA CRUZ,  fundador de los clérigos descalzos de la Santa Cruz y la Pasión, 1694-1775

Pablo, con su hermano Juan Bautista, buscaba formar con otros jóvenes una confraternidad juvenil de vida espiritual. En el muchacho se observaba una inclinación a la penitencia, caso totalmente insólito para un joven entre los 15 y los 20 años. El motivo era la compasión personal que él sentía por los dolores de Cristo, pero también por los de cualquier ser humano que sufría.

Su párroco y las mujeres beatas del lugar no lo tomaban en serio; pero su obispo, el ordinario de Alejandría, le permitió, al llegar a los 25 años, llevar un hábito especial de penitente en señal de su vida voluntaria de mortificación.

En una celda primitiva, al lado de la sacristía de la iglesia de San Carlos, en Castelazo, pasó Pablo 40 días de oración y penitencia, redactando ya las reglas para la congregación que debía fundar en honor de la Pasión y Cruz de Cristo, siguiendo una voz interior. Sin embargo, hasta la fundación del noviciado, en el año de 1727, al pie del monte Argentaro, pasaron 7 años llenos de pruebas y experiencias apostólicas.

Nuestro santo estudió teología con su hermano Juan y ambos fueron ordenados sacerdotes. Con claridad reconocieron el camino para el futuro. Salvar almas por dos caminos: el interior, de una vida de santificación en el convento; y el exterior, por la predicación de retiros y misiones en las iglesias de una Italia perjudicada por continuas guerras.

Por la ejemplar amistad que había existido entre los dos hermanos sacerdotes, Pablo y Juan Bautista, el Papa le confió más tarde a Pablo la basílica romana de los santos Juan y Pablo, en el monte Celio.

La fundación de los sacerdotes de la Santa Cruz y la Pasión, llamados también «pasionistas», progresó cuando el papa Benedicto XIV mitigó la original rigidez de las penitencias físicas. Además de estas penitencias, Pablo soportaba una cruz especial: tremendas luchas interiores, tentaciones y abandono espiritual. Todo lo supo vencer por el amor a Cristo crucificado.

Cuando en muchos países de Europa, por las ideas del «iluminismo» y de la masonería, fueron atacados los votos religiosos y disuelta la Compañía de Jesús, el Papa concedió la dignidad de orden a los «pasionistas».

Predicando con la cruz en la mano e inspirando al pueblo a la piedad en sus misiones, con procesiones, cánticos, vigilias y penitencias comunitarias, el santo logró de nuevo enseñar al mundo la gran verdad de que la cruz es nuestra única esperanza para la salvación personal y comunitaria.

Al fin de su vida, pudo fundar también las religiosas pasionistas. Murió el 18 de octubre de 1775, a los 80 años de edad.

Homilia Dominical