El Adviento: Camino que nos renueva en la esperanza

El Adviento es un tiempo especial de preparación con el que se da inicio a un nuevo “Año Litúr­gico”, es decir, un nuevo año para la Iglesia Católica. El término “Advien­to” proviene del latín “adventus”, que significa “venida”, “llegada”.

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El Catecismo de la Iglesia Católica, lo remarca como un tiempo especial, invitando a todos los cristianos a es­perar con alegría y entusiasmo porque “La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos (…) Al celebrar anualmente la litur­gia del Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renue­van el ardiente deseo de su segunda venida” (CIC 522-524).

Historia del Adviento hasta el hoy de la Iglesia

La misma palabra latina adventus, aplicada primitivamente a la venida de un personaje, del emperador y ha sido asumida por la liturgia como la espera de la venida gloriosa y solem­ne de Cristo, que no puede ser más que su definitiva aparición en el mun­do al final de los tiempos.

  • Un canon del Concilio de Zarago­za, celebrado aproximadamente en los años 380-381, invita a los fieles a acudir a la asamblea durante las tres semanas que preceden la fies­ta de Epifanía, a partir del día 17 de diciembre. Parece que se trata de un período de preparación al sacramento del Bautismo que se celebraba, según el uso oriental, asumido también por España, en la fiesta de la Epifanía que celebraba el Bautismo del Señor.
  • En el siglo V en Francia, se encuen­tra una especie de cuaresma o tiem­po de preparación a la fiesta romana de Navidad del 25 de diciembre, que comienza seis semanas antes. Es la llamada cuaresma de san Martín, que empieza precisamente el 11 de noviembre, fiesta de san Martín de Tours.
  • Un efectivo tiempo de Adviento se conoce en Roma solamente hacia el siglo VI, si es válida la hipótesis que atri­buye su instauración al Papa Siricio. De las seis semanas ini­ciales, se pasa a las cuatro definitivas, propuestas por san Gregorio Magno.
  • Las normas univer­sales sobre el año litúrgico y el ca­lendario, del año 1969, presentan así el carácter propio del Adviento: «El tiempo de Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera ve­nida del Hijo de Dios a los hombres y es, a la vez, el tiempo en el que, por este recuerdo, se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estas dos razones el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre» (n. 39).

Teología: Adviento, tiempo de Cristo, la doble venida 

La teología litúrgica del Adviento se mueve en las dos líneas enunciadas por el Calendario romano:

  1. La espera de la Parusía, revivida con los textos mesiánicos escatoló­gicos del AT: El tema de la espera es vivido en la Iglesia con la misma ora­ción que resonaba en la asamblea cristiana primitiva: el Mara­na-tha (ven Señor) o el Maran-athá (el Señor viene) de los textos de Pablo (1 Co 16,22) y del Apoca­lipsis (Ap 22,20). La palabra del Antiguo Testamento invi­ta a revivir cada año en nuestra his­toria la larga espera de los justos que aguardaban al Mesías; la certeza de la venida de Cristo en la carne estimula a renovar la espera de la última apa­rición gloriosa en la que las promesas mesiánicas tendrán total cumplimien­to, ya que hasta hoy se han cumplido sólo parcialmente.
  1. La perspectiva de la Navidad re­nueva la memoria de las promesas ya cumplidas, aunque no definitiva­mente: La Iglesia se siente sumergi­da en la lectura profética de los orá­culos mesiánicos. Hace memoria de nuestros padres en la fe, patriarcas y profetas, escucha a Isaías, recuer­da el pequeño núcleo de los anawim del Señor, que está allí para esperar al Mesías: Zacarías, Isabel, Juan, José, María. Adviento resulta, así como una intensa y concreta celebración de la larga espera en la historia de la sal­vación, como el descubrimiento del misterio de Cristo presente en cada página del A.T., desde el Génesis hasta los últimos libros sapienciales.

En el hoy de la Iglesia, Adviento es una ocasión para redescubrir la cen­tralidad de Cristo en la historia de la salvación:

  • Pasada: La venida histórica a Pa­lestina, cuando asumió nuestra misma carne para hacer presente en el mun­do la Buena Noticia de Dios.
  • Presente: La que se realiza ahora, cada día, a través de la Eucaristía y de los demás sacramentos, y a través de tantos signos de su presencia, comen­zando por el signo de los hermanos pobres. Mediante el don de su palabra y de la eucaristía, Cristo se graba en nosotros. Nos hace su cuerpo.
  • Futura: La venida definitiva al final de los tiempos, cuando llegue a ple­nitud el Reino de Dios y nos abra a la vida eterna.

Adviento, tiempo del Espíritu: el precursor y los precursores 

Adviento es tiempo del Espíritu San­to. El verdadero Pródromos, precur­sor de Cristo en su primera venida, es el Espíritu Santo; él es ya el Precursor de la segunda venida. Él ha hablado por medio de los profetas, ha inspira­do los oráculos mesiánicos, ha antici­pado con sus primicias de alegría la venida de Cristo en sus protagonistas como Zacarías, Isabel, Juan, María. El protagonismo del Espíritu se trans­mite a sus órganos vivos que son los hombres y mujeres carismáticas del A.T. que ya enlazan la antigua alian­za con la nueva. Hombres y mujeres de ayer y de hoy que mantienen en la Iglesia la esperanza del Señor y acre­cientan en los cristianos su responsa­bilidad ante la historia. 

Liturgia: la Palabra de Dios en el Adviento

En este tiempo cabe distinguir con claridad dos periodos:

1. Un primer período que se extiende desde el primer Domingo de Adviento hasta el 16 de diciembre. En todo este primer periodo la Iglesia se esforza­rá al máximo por invitarnos a prepa­rar nuestros corazones para cuando venga el Señor “por segunda vez en el esplendor de su grandeza” será un tiempo de recogimiento penitente que nos hará reflexionar sobre su llegada; al mismo tiempo nos ayudará a hacer un examen del pecado personal y del pecado social. Porque es tiempo de compromiso. No es un tiempo para huir de las ta­reas del mundo y refugiarse en una esperanza fuera del mundo, sino un tiempo para celebrar el retorno de Cristo que desea vivir también en este “aquí y ahora”.

En lo referente a la Palabra de Dios, las lecturas que acompañan la liturgia entre semana, se lee de manera pro­gresiva, pero discontinua, el profeta Isaías, casi exclusivamente, en la pri­mera lectura, con pasajes mesiánicos y escatológicos. Pero a partir del jue­ves de la segunda semana se leen los pasajes evangélicos referentes a Juan Bautista, el Precursor, personaje típi­co del Adviento, puesto que indica la presencia del Mesías.

2. Segundo período que va del 17 hasta el 24 de diciembre: esta parte del Adviento es un tanto diferente, porque la Iglesia nos invita a prepa­rar con alegría el misterio de su na­cimiento, de una forma más directa, podría decirse que se habla un poco más claro de la Navidad.

En lo referente a la Palabra de Dios, las lecturas que acompañan la litur­gia entre semana, se leen progresiva­mente en la primera lectura oráculos mesiánicos del A.T. y se proclaman textos evangélicos de la infancia según Mateo y Lucas, evangelistas del nacimiento del Salvador y de su preparación. Es importante la lectura continuada del primer capítulo de Lu­cas con el anuncio a Zacarías, a Ma­ría, con la narración de la Visitación y el nacimiento del Bautista, con la preparación al nacimiento de Cristo.

La Lectura dominical en el Tiempo de Adviento y personajes bíblicos

Para este nuevo año litúrgico, corres­ponde las lecturas del ciclo A. En­contraremos que la primera lectura es del profeta Isaías que nos animará a la luz de las promesas mesiánicas. La segunda lectura (del Apóstol Pablo o Santiago), con exhortaciones a la vi­gilancia y a la vida digna.

1. El primer Domingo de Adviento conocido como el “de la espera”, con una invitación en su Evangelio de Mateo a estar en vela, donde el perso­naje bíblico de Isaías con su mirada escruta los tiempos mesiánicos y con sus profecías desvela el rostro escon­dido del Ungido del Espíritu.

2. El segundo Do­mingo de Adviento “de la conversión”, en su Evangelio, Ma­teo presenta la figura austera de Juan el Bautista, el Precur­sor, tiene la mi­sión de prepa­rar y allanar el sendero del Mesías, exhortando al pueblo de Israel a arrepentirse de sus pe­cados y corregir toda injusticia.

3. El tercer Domingo de Adviento o “Do­mingo de Gaudete”, el de “la acogida”, es una invitación a la alegría, a una vigilancia gozosa. Por ello, a través del Evangelio de Mateo se muestran los signos que realiza el Mesías y dan credibilidad a su envió, contemplando de esta manera como personaje bíblico a los pobres del Señor.

4. El cuarto Domingo de Adviento “del anuncio”, el Evangelio de Mateo nos relata los hechos que precedieron el nacimien­to de Jesús, presentán­dolo desde san José. La figura de la Virgen María ilumina este tiempo del Adviento, que desde los primeros días muestra elementos que recuerdan la espera y la acogida del misterio de Cristo por parte de la Virgen de Na­zaret. La Palabra de Dios la presenta como la llena de gracia, la bendita entre las mujeres, la Virgen, la Esposa de José, la sierva del Señor, es la Virgen del «fiat», la Virgen fecunda. Es la Virgen de la es­cucha y de la acogida. La Virgen de Adviento resume en sí las esperanzas de su pueblo y las relanza como espe­ranzas de la Iglesia.

Cinco claves espirituales en este Tiempo 

  1. Gozo y alegría: El reino de Cristo no es sólo algo social y externo, sino interior y profundo. La venida del Mesías constituye el anuncio del gran gozo para el pueblo, de una alegría que conmueve has­ta los mismos cielos cuando el pecador se arrepiente. No se con­sidera como un tiem­po de penitencia, sino más bien de alegre y gozosa espera, orientado hacia el tema de la esperan­za y del encuentro con el Señor.
  1. Actitud de espera: El mundo nece­sita de Dios. El Adviento nos ayuda a comprender mejor el corazón del hombre y su tendencia insaciable de felicidad. La espera es una de las ca­racterísticas del cristiano y el Advien­to la renueva, dado que la Iglesia es la comunidad de la esperanza. Velar en espera de Cristo es un sentimiento que se asemeja a la espera de un amigo.
  1. Es un tiempo propicio para dar gracias a Dios: Gracias por la misericordia divina, por la atenta escucha a los clamores de Su pueblo. Este tiempo nos invi­ta a implorar la venida del Salvador, invitados a vivir en una permanen­te actitud de conversión. Merece la pena aprovechar y vivir este tiempo en comunidad, como pueblo de Dios peregrino, preparándonos a celebrar la Navidad.
  1. Es un tiempo de compartir: Acompañar y dar, nos ayuda a darnos cuenta de que nuestra vida cristiana está basada en el amor fraterno que el mismo Jesús nos ha dado. La Iglesia hace la colecta para los pobres ya sea con alimentos o con dinero mediante las comunidades parroquiales.
  1. Revisión y la proyección: Apro­vechar este tiempo para pensar ¿qué tan buenos hemos sido hasta ahora?, y ¿qué vamos a hacer para ser me­jores que antes? Es importante saber hacer un alto en la vida para reflexio­nar acerca de nuestra vida espiritual y nuestra relación con Dios y con el prójimo. Todos los días podemos y debemos ser mejores, no solo en Ad­viento, sino siempre. Analizar qué es lo que más trabajo nos cuesta y hacer propósitos para evitar caer de nuevo en lo mismo.

Fuentes:

  • El año litúrgico: Memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia-Jesús Castellano- 5 edición- pg 63-80.
  • https://www.aciprensa.com/recursos/que-es-el-advien­to-1747
  • https://www.catholicherald.com/es/article/en-espanol/ opinion/aqua-es-el-tiempo-del-adviento/

Nuevo Año Litúrgico: San Mateo en el ciclo A

Por: Pbro. Víctor Manuel Rojas Blanco, biblista y párroco de Santa Laura Montoya

¿Qué es el Año Litúrgico?

Es la meditación de los misterios de la Vida, Muerte y Resurrec­ción de Cristo y de las celebra­ciones de los santos que propone la Iglesia a lo largo del año. Es un cami­no de fe que nos adentra y nos invita a profundizar en el misterio de la sal­vación para recorrer y vivir el amor divino. 

¿Cuántos tiempos litúrgicos hay en la Iglesia Católica? 

El Año litúrgico está formado por dis­tintos tiempos litúrgicos. Estos son tiempos en los que la Iglesia nos invita a reflexionar y a vivir de acuerdo con alguno de los misterios de la vida de Cristo. Comienza por el Adviento (27 de noviembre de 2022), luego viene la Navidad, Epifanía, primer Tiempo Ordinario, Cuaresma, Semana Santa, Pascua, Tiempo Pascual, Pentecostés, segundo Tiempo Ordinario y termina con la solemnidadde Cristo Rey. 

En cada tiempo litúrgico, el sacerdo­te se reviste con casulla de diferentes colores: Blanco, significa alegría, pu­reza y se utiliza en el tiempo de Na­vidad y de Pascua. Verde, significa esperanza y se utiliza en el Tiempo Ordinario. Morado, significa luto, penitencia y se usa en Cuaresma, Se­mana Santa y Adviento. Rojo, signi­fica el fuego del Espíritu Santo y el martirio. Se utiliza en las fiestas de los santos mártires y en Pentecostés. 

Las fiestas que cambian cada año, son las siguientes: Miércoles de Ceniza, Semana Santa, la Ascensión del Se­ñor, Pentecostés, solemnidad de Cristo Rey.

Las que nunca cambian de fecha: Na­vidad (25 de diciembre), Epifanía, Candelaria, fiesta de San Pedro y San Pablo, la Asunción de la Virgen, so­lemnidad de Todos los Santos.

¿Cómo se lee la Buena Noticia en el Año Litúrgico?

El año litúrgico cristiano pasa por tres ciclos, también llamados años A, B y C. Cada ciclo tiene su propia secuen­cia de lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento en la liturgia de la Iglesia, de modo que la distribución de textos bíblicos a lo largo de tres años brinda a los fieles una visión integral de toda la historia de la salvación.

El rito romano organiza las lecturas bíblicas de la celebración eucarística que se completarán cada tres años: En el año «A», el Evangelio de san Ma­teo; En el año «B», el Evangelio de San Marcos; En el año «C», el Evan­gelio de san Lucas. ¿Y el Evangelio de san Juan? Está reservado para ocasiones especiales, especialmente fiestas grandes y solemnidades, con énfasis en la Semana Santa.

¿Qué características particulares tiene el Evangelio de san Mateo?

  • El Evangelio de Mateo es el primer libro del Nuevo Testamento y uno de los tres evangelios sinópticos.
  • Como todos los Evangelios, este no expresa su autor directamente. Sin embargo, desde temprano en la histo­ria de la Iglesia se atribuye a Mateo, el recaudador de impuestos a quien Jesús eligió como uno de sus doce discípulos (Mateo 9, 9). Este es el mismo Leví de Marcos 2, 14 y Lucas 5, 27.
  • No se conoce la fecha precisa en que fue escrito. Algunos estudiosos argu­mentan que pudo haber sido escrito luego de la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C.
  • Este evangelio es estructurado y sis­tematizado, con un orden tópico, pero no necesariamente cronológico.
  • Pertenece al género de los Evange­lios, y su estructura es narrativa o his­toria. En la narrativa de Mateo en par­ticular, una gran cantidad de espacio es dedicada a los discursos de Jesús.
  • Su tema es la historia de Jesús como Mesías, redactada por Mateo como testigo ocular.
  • Se enfoca en los judíos, mostrándo­les que Jesús es el Mesías esperado. A pesar de este enfoque, el Evangelio muestra a los gentiles de manera clara que la salvación en Jesús está dispo­nible para todas las naciones.
  • El carácter judío de este Evangelio se ve en el uso de terminología judía, y el énfasis en el rol de Jesús como el “Hijo de David”.
  • Este Evangelio hace más citas y alusiones al Antiguo Testamento queningún otro autor del Nuevo Testa­mento.
  • Algunos temas encontrados en este Evangelio son: el Reino de Dios, la necesidad de la obediencia, las misio­nes, la Iglesia, y la vigencia de la ley.
  • Entre los cuatro Evangelios, el de Mateo es el que le da mayor im­portancia al nacimiento de Jesús y a los episodios relacionados con su primera infancia, como la huida a Egipto y la matanza de los inocen­tes. También le da mucho espacio a la misión dada por Jesús a Pedro de ser piedra para fundar la Iglesia. Pedro recibe de Jesús no solo la tarea de sentar las bases de su Iglesia, sino en cierto sentido las llaves del Reino de los Cielos.
  • En este Evangelio podemos encon­trar:
    • La historia de la llegada de Jesús (1, 1-2,23).
    • Juan el Bautista preparándose para la aparición del Reino Mesiánico (3, 1-17).
    • Jesús avanzando su Reino Mesiáni­co (4, 1-25).
    • El Sermón del Monte (5-7).
    • Demostraciones del poder del Me­sías: milagros (8-9).
    • Instrucciones misioneras (10).
    • Siete parábolas (13).
    • El sufrimiento del Mesías (16-17).
    • Advertencias contra los maestros de la ley y los fariseos (23).
    • El discurso del fin de los tiempos (24-25).
    • El Mesías Crucificado (26-27).
    • La Resurrección y el envío del Me­sías (28).

¿Jesús es relación, no religión? ¿Cristo sí, Iglesia no? ¿Cómo orientar a nuestros hermanos?

Por: Pbro. Wilson David Alba García, Vicario Episcopal de San Pío X; párroco de Santos Apóstoles

Foto: Centro de Comunicaciones de la Diócesis de Cúcuta 

Se ha tornado muy común hoy es­cuchar frases como: “Jesús es relación, no religión”, “Cristo sí, Iglesia no”, “Creo en Dios y no en la Iglesia”; dándonos erróneamente a en­tender que en el fondo la Iglesia no ten­dría nada que ver con Cristo y su misión redentora.

Para ello, sería bueno precisar varios puntos que nos ayudarán a compren­der la unidad que hay entre Dios y la Iglesia, ya que no puede haber espacio para una contraposición; o separar a Cristo de la Iglesia. Pues en definitiva lo que dichas frases nos dan a entender, es que algunos cristianos no practican­tes al descalificar la comunidad-Iglesia, pretenden “creer sin pertenecer”, o vivir una experiencia de fe sin compro­miso y a su manera. Por consiguiente, se debe tener claro:

  1. La Iglesia no se puede separar de Cristo 

La Iglesia no se explica desde sí mis­ma, sino desde la persona de Jesús, puesto que, afirmar a Cristo es afirmar a la Iglesia, ya que la Iglesia es el Cuer­po de Cristo, del cual Cristo es cabeza (cfr. Ef 5, 23). Del mismo modo que, en el hombre, cabeza y cuerpo forman una unidad integral, así también Cristo y la Iglesia constituyen un solo cuerpo místico; como lo afirmó Santo Tomás: “Cabeza y miembros son, por así decir, una sola persona mística” (STh., III, q.48, a. 2, ad 1). Ahora bien, el Concilio Vaticano II también nos ha mostrado la unidad que hay entre Cristo y la Iglesia a través de varias imágenes bíblicas: la Iglesia como el redil, cuya única y obli­gada puerta es Cristo (cf. Jn 10, 1-10); es también una grey, de la que el mismo Dios se profetizó Pastor (cf. Is 40, 11; Ez 34, 11ss), y cuyas ovejas, aunque conducidas ciertamente por pastores humanos, son, no obstante, guiadas y alimentadas continuamente por el mis­mo Cristo, Buen Pastor y Príncipe de los pastores (cf. Jn 10, 11; 1 P 5, 4), que dio su vida por las ovejas (cf. Jn 10, 11- 15), (cf. LG 6).

Por tanto, “entre el Hijo de Dios encar­nado y la Iglesia existe una profunda, inseparable y misteriosa unidad, en virtud de la cual Cristo está presente hoy en su pueblo” (Benedicto XVI, Au­diencia general, 15/03/06). Es siempre contemporáneo nuestro, y es siempre contemporáneo en la Iglesia construida sobre el fundamento de los Apóstoles: “Id y haced discípulos de todos los pue­blos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 16-20).

  1. La Iglesia es presencia sacramental de Cristo 

La Iglesia, enriquecida con los dones de su fundador y observando fielmente sus preceptos de caridad, humildad y ab­negación, recibe la misión de anunciar el Reino de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese Reino (LG 5). Pero no solamente anuncia el Reino, sino que además la Iglesia prolonga en la historia de la humanidad la perso­na de Jesús y su enseñanza; y al mis­mo tiempo comunica su mensaje y ad­ministra sus efectos salvíficos. Ya que, como indica Xavier Zubiri: “La Iglesia, ciertamente, es la vida misma de Cristo presente”. Es decir, la Iglesia actualiza desde la liturgia y la Palabra de Dios, la presencia viva y real de Cristo; espe­cialmente en la Eucaristía, y esto hace que Cristo mismo alimente de manera espiritual pero real su Cuerpo Místico, haciendo que dicha unión irrefutable entre Cristo y la Iglesia se vea refleja­da en la Esposa de Cristo, quien es al mismo tiempo su presencia sacramental para la humanidad. En definitiva, como afirma el Catecismo de la Iglesia Católi­ca: “Cristo y la Iglesia son, por tanto, el Cristo total [Christus totus]. La Iglesia es una con Cristo” (CEC 795).

  1. El cristianismo se vive en comunidad 

Y, por último, creer en Cristo nos debe llevar inmediatamente a tener una experiencia de comunidad, pues no se entiende un creyente que lleve una vida cristiana aislada, sin vivencia ecle­sial, ya que es en la comunidad-Iglesia donde se hace vivo el Evangelio, don­de se hace presente Cristo de manera sacramental y a través de cada uno de los creyentes: “donde dos o tres estén reunidos en mi nombre ahí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Pero esto ya no sería fruto de “un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad” (DCE 31), y une en el amor cristiano a todos los creyentes.

Así las cosas, la fe en Cristo, se con­cretiza no solo en relaciones sanas y maduras con nuestros semejantes, sino que va más allá: se concretiza en la unidad y comunión con la Iglesia, pues limitar la fe a una vida individua­lista y aislada sería limitar la acción del mismo Cristo que quiere que “todos sean uno”, como Él y el Padre celestial son uno (cf. Jn 17, 21). Aunque, como afirma Benedicto XVI: “el acto de fe es un acto eminentemente personal que sucede en lo íntimo más profundo y que marca un cambio de dirección, una con­versión personal”, también agrega que: “este creer mío no es el resultado de una reflexión solitaria propia, no es el pro­ducto de un pensamiento mío, sino que es fruto de un diálogo, en el que hay un escuchar, un recibir y un responder… No puedo construir mi fe personal en un diálogo privado con Jesús, porque la fe me es donada por Dios a través de una comunidad creyente que es la Iglesia y me introduce así, en la multi­tud de los creyentes, en una comunión que no es sólo sociológica, sino enrai­zada en el eterno amor de Dios que en sí mismo es comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; es Amor trinitario. Nuestra fe es verdaderamente personal sólo si es también comunitaria: puede ser mi fe sólo si se vive y se mueve en el «nosotros» de la Iglesia, sólo si es nues­tra fe, la fe común de la única Iglesia” (Audiencia general, 31/10/12).

Por tanto, ese nosotros se debe vivir concretamente en la comunidad parro­quial, pues como afirma el Documento de Aparecida: “Entre las comunidades eclesiales, en las que viven y se forman los discípulos misioneros de Jesucristo, sobresalen las Parroquias. Ellas son cé­lulas vivas de la Iglesia y el lugar pri­vilegiado en el que la mayoría de los fieles tienen una experiencia concreta de Cristo y comunión eclesial” (170); porque es en ellas donde los creyentes se reúnen para “partir el pan de la Pa­labra y de la Eucaristía y perseverar en la catequesis, en la vida sacramental y la práctica de la caridad”, pero especial­mente es en la celebración de la Euca­ristía en donde la comunidad creyente reunida en torno al altar del Señor, cada día “renueva su vida en Cristo” (DA 175).

Nuevos sacerdotes y diáconos con fervor apostólico para la Diócesis de Cúcuta

De izq. a der.: Pbro. Jesús Uriel Cristancho Torres; pbro. Yessid Rubio; diácono Samuel García; Mons. Óscar Urbina; Mons. José Libardo Garcés; diácono Jorge Higuera; pbro. Yhon Canedo; pbro Daniel Carreño; y pbro. Juan Carlos Lemus Torres. Fotos: Centro de Comunicaciones de la Diócesis de Cúcuta

Con la Sagrada Eucaristía, celebrada en la Catedral San José, se llevaron a cabo las ordenaciones diaconales y presbiterales, por imposición de manos y oración consecratoria del Obispo de la Diócesis de Cúcuta, Monseñor José Libardo Garcés Monsalve. Los nuevos diáconos ordenados el sábado 26 de noviembre son: Samuel Darío García Gómez y Jorge Enrique Higuera Guerrero; y los neopresbíteros: Yessid Fernando Rubio Rolón, Daniel Argenis Carreño Fuentes y Yhon Pablo Canedo Archila.

Candidatos para el diaconado: Jorge Higuera y Samuel García

El señor Obispo describió al diácono como un servidor a ejemplo de Cristo, y afirmó que los sacerdotes y Obispos, siguen siendo diáconos, porque no pierden el don del servicio.

Candidatos para el presbiterado: Yessid Rubio, Daniel Carreño y Yhon Canedo

A los nuevos presbíteros, Monseñor les aseguró que fueron elegidos por Jesucristo, para que sean presencia y acción viva en la Iglesia. Los invitó a que sean siempre discípulos, fieles y leales, porque lo manifestado en esta ordenación “no puede ser un “sí” circunstancial y emocional, el “sí” de hoy es para la vida, es un compromiso para caminar en gracia, oración, disciplina y mística sacerdotal, con fervor apostólico y en salida misionera», afirmó el Obispo.

A través de las redes sociales de la Diócesis de Cúcuta y la Emisora Vox Dei en el dial 1.120 A.M., fue transmitida la Santa Misa, que fue concelebrada por Monseñor Óscar Urbina Ortega, Arzobispo emérito de Villavicencio, con la compañía de los sacerdotes, religiosos, seminaristas, fieles bautizados y familiares de los candidatos.

Oración consecratoria

Monseñor José Libardo, pide atentamente a los fieles, encomendar en sus oraciones a los nuevos diáconos y presbíteros, para que el Espíritu Santo los guíe y la Santísima Virgen María, junto a su esposo, san José, los acompañe.

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Candidatos al diaconado y presbiterado realizaron su profesión de fe y juramento de fidelidad

Fotos: Centro de Comunicaciones de la Diócesis de Cúcuta

El martes 15 de noviembre, en la capilla del Seminario Mayor San José de Cúcuta, los seminaristas y diáconos próximos a recibir el diaconado y presbiterado, respectivamente, realizaron su profesión de fe y juramento de fidelidad, en celebración eucarística, presidida por Monseñor José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta.

El Código de Derecho Canónico pide a los candidatos que van a recibir una orden sagrada y a ejercer un oficio en nombre de la Iglesia, que emitan su profesión de fe y promulguen juramento de fidelidad a Cristo, manteniéndose siempre en comunión con la Iglesia Católica.

Los seminaristas Samuel Darío García Gómez, Jorge Enrique Higuera Guerrero; y los diáconos Yessid Fernando Rubio Rolón, Daniel Argenis Carreño Fuentes y Yhon Pablo Canedo Archila, juraron sobre la Sagrada Escritura vivir a ejemplo de Jesús, pidiendo que Dios y los santos Evangelios los ayuden a permanecer firmes en obediencia a todas las leyes eclesiásticas, por un servicio íntegro.

Monseñor José Libardo, en su homilía, los exhortó a vivir sus ministerios de una manera plena y libre -una libertad otorgada por Jesucristo, quien es Camino, Verdad y Vida-, buscando la salvación de las almas, renunciando a la acumulación de bienes propios.

Comunidades religiosas de la Diócesis de Cúcuta reciben distinción San Pedro Claver

Por su ejemplo de ser Iglesia en salida misionera, la Diócesis de Cúcuta a través de la Corporación de Servicio Pastoral Social (COSPAS), entregó la distinción San Pedro Claver a las congregaciones: Misioneras de la caridad de santa Teresa de Calcuta; Adoratrices esclavas del Santísimo Sacramento y de la caridad; Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena; y a las hermanas Hijas de María Auxiliadora.

Fotos: Centro de Comunicaciones de la Diócesis de Cúcuta

Este domingo 13 de noviembre, en la VI Jornada Mundial de los Pobres, se llevó a cabo la ceremonia en el centro comercial Unicentro, luego de compartir la celebración eucarística presidida por el Vicario General de esta Iglesia Particular, el presbítero William Aguilar Vargas, y concelebrada por los sacerdotes Abimael Bacca Vargas, director de COSPAS, y José del Carmen Chaustre Buitrago.

La entrega de estatuillas, en honor al primer defensor de los Derechos Humanos en el país, san Pedro Claver, es un reconocimiento que la pastoral social entrega cada año a las personas e instituciones que velan por la promoción de los mismos, y que, ante los diversos problemas sociales, aportan soluciones que expresan la caridad de Cristo y el mejoramiento de las condiciones sociales de la población vulnerable en esta Iglesia Particular.

Estas comunidades religiosas femeninas presentes en la Diócesis de Cúcuta, han extendido sus brazos a quienes han sido excluidos y marginados, por medio de sus acciones pastorales, son verdaderas discípulas misioneras en sus entornos y en cada uno de los lugares a los que acuden.

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Asamblea diocesana 2022: El compromiso de caminar juntos

Saludo de bienvenida del señor Obispo a los participantes de la asamblea diocesana 2022

Después de realizar el último encuentro en el año 2019, enfrentar la pandemia de la COVID-19, y poco a poco, retomar las acciones pastorales y evangelizadoras, de la mano del Obispo de la Diócesis de Cúcuta, Monseñor José Libardo Garcés Monsalve, el pueblo de Dios que peregrina en esta zona de frontera se dio cita nuevamente en una asamblea diocesana.

Fotos: Centro de Comunicaciones de la Diócesis de Cúcuta

Este sábado 12 de noviembre, delegaciones de las vicarías de esta Iglesia Particular, sacerdotes, seminaristas y movimientos apostólicos, atendieron la cita en el coliseo Toto Hernández, para examinar las rutas que se han tomado y fortalecer la acción misionera, impulsada desde el Proceso Evangelizador de la Iglesia Particular (P.E.I.P.).

Pbro. Fredy Ramírez Peñaranda, Vicario de Pastoral de la Diócesis de Cúcuta

El gran evento organizado por la Vicaría de Pastoral de la Diócesis de Cúcuta, convocó a los representantes de las fuerzas vivas de la Iglesia -signo de una Iglesia que camina unida-, para que se manifestara el ardor misionero, con el objetivo de proclamar la fe en Jesucristo y adquirir el compromiso de caminar juntos, para continuar la evangelización en esta Iglesia diocesana. El sacerdote Fredy Ramírez Peñaranda, Vicario de Pastoral, presentó los elementos constitutivos del plan pastoral 2023, hizo énfasis en la misión y señaló los frutos que se esperan alcanzar “caminando juntos”.

Así mismo, Monseñor José Libardo, afirmó que, en este día, “nos reunimos, como hijos de un mismo Padre, con la fuerza de su Espíritu, en torno al Señor Jesús, para evaluar el camino recorrido, mejorar y seguir adelante, fortaleciendo los consejos pastorales, las comisiones diocesanas y las visitas pastorales que estoy realizando en toda la Diócesis”.

Durante cinco horas y con transmisión en vivo por las redes sociales de la Diócesis de Cúcuta y la Emisora Vox Dei en el dial 1.120 A.M., se experimentó esta jornada, que expresa la vivencia de la fe de una Iglesia dinámica. Con el acompañamiento del ministerio musical del padre Álvaro Gutiérrez, se alabó al Señor y animó a los participantes.

Al finalizar la asamblea, el Obispo encendió una vela, como signo de la luz de Cristo, que es el camino que esta Iglesia está dispuesta a recorrer; esta luz Monseñor la compartió con el Vicario de Pastoral y él con los Vicarios Episcopales, quienes encendieron las velas de los sacerdotes de sus decanatos y estos, llevaron la luz a los seminaristas; todo un momento celebrativo y de oración. Expresó el presbítero Fredy Ramírez, que este es un signo comunitario” de la decisión de caminar juntos, “oramos juntos, aceptando la propuesta de ser hermanos que comparten la misma mesa, la vida y el camino”.

Ver galería.

“¿Caminan acaso dos juntos, sin haberse puesto de acuerdo?” (Am 3, 3) 

Al iniciar el año litúrgico 2022-2023, en la Diócesis de Cúcuta, se promulgará el lema: “Caminemos juntos”, iluminados por el profeta Amós; este el compromiso con el cual se va a fortalecer el P.E.I.P., el cual proyecta a los fieles bautizados a encontrarse con Jesucristo, consolidando su acción misionera, que procura la conversión, el servicio, la unidad y la fraternidad de los fieles del campo y la ciudad.

De acuerdo con el contexto del Sínodo de la sinodalidad, convocado por el Papa Francisco, para ser una Iglesia en comunión, participación y misión, mes a mes se vivirá este lema, para que todas las comunidades convivan como hermanos en Cristo, que se comprenden y llegan a acuerdos; trabajando juntos, para facilitar que el Reino de Dios se instaure en esta Iglesia Particular.

Biblia, tradición y magisterio: Los tres pilares de la Iglesia

Por: Diácono Yessid Fernando Rubio Rolón, licenciado en teología moral.

Muchas confesiones religiosas no católicas que profesan el cristianismo, proponen su teología desde un encuentro de inter­pretación personal, promoviendo el presupuesto de ‘sola escritura’, es de­cir, solo basta el Texto Sagrado para el conocimiento revelado o fuente úni­ca de su doctrina. Esto nos conlleva a preguntarnos: si esta protesta es tan pujante hacia la Iglesia Católica, ¿ha de ser que existen otras fuentes que son desvalorizadas para apreciar solo a una de ellas?

La Iglesia en su sabiduría, radica su es­tudio teológico en la Sagrada Escritura, la tradición y el magisterio de la Igle­sia, en una armoniosa proporción de la verdad de la fe, que no puede entrar en conflicto entre ella misma sobre el pro­yecto de la Revelación.

Iniciemos señalando que aparte de la existencia de la tradición escrita, existe una tradición oral que nos narra la exis­tencia de una realidad divina revelada a los hombres y que está manifestada dentro del mismo texto santo: “Jesús hizo muchas otras cosas, si se escribie­ran todas, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros” (Jn 21, 25) por lo tanto, todo lo dicho por Je­sús no está en los Evangelios y esto es a lo que la Iglesia llama tradición oral (la predicación o elementos que fueron pasando desde la primera comunidad cristiana a nuestros días). Subrayemos entonces la existencia de un criterio de fe que está a la luz de la ex­posición dogmática, llama­da hermenéutica continua, es decir, una interpretación del desarrollo dogmático de la Iglesia como proceso donde no se dé espacio a la ruptura o contradicción de una afirmación de fe y permita así iluminar su misterio. Recordemos cuáles son los tres pilares:

1. La Sagrada Escritura, hace parte de la tradición escrita, es decir, que “los mismos Apóstoles y los varones apostólicos pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo” (DV 7).

2. La tradición de los Apóstoles, es todo aquello que nos han trasmitido y que no son solo textos inspirados del canon bíblico, sino que también son fruto de la tradición antigua donde hemos recibido otras cosas como las reflexiones de los padres de la Iglesia o el símbolo de los Apóstoles que re­sume las verdade de nuestra fe. Esta tradición es infalible en cuanto que tie­ne como verdadera una cierta doctrina, esta es garantizada por Cristo cuando confirma el magisterio de la Iglesia por el Espíritu Santo.

Ante esto es necesario tener presente, que el Evangelio se conservará firme­mente íntegro y vivo en la Iglesia gra­cias a los Apóstoles que dejaron como sucesores suyos a los Obispos, “entre­gándoles su propio cargo del magis­terio”. Por consiguiente, esta sagrada tradición y la Sagrada Escritura de am­bos Testamentos son como un espejo en que la Iglesia, peregrina en la tierra, contempla a Dios, de quien todo reci­be, hasta que le sea concedido el Verbo cara a cara, tal como es (cf. 1 Jn 3,2). De hecho, la Sagrada Eucaristía se nos es dada por la tradición y es ga­rantizada desde el magisterio.

¿Cuál es la armonía existente den­tro de la Iglesia de estos tres pilares? Que la Escritura nos envía a la tradi­ción para su concreta interpretación y funda el magisterio para su custodia, que a su vez declara aquello que le pertenece a la Sagrada Escritura y a la tradición.

La ‘Dei verbum’ nos propone tres pre­supuestos importantes para esta coyun­tura hermenéutica: primero, que existe voluntad de escuchar atentos la Pala­bra Dios; segundo, se reconoce a la Escritura como verdadera fuente de la Iglesia, y tercero, que la concepción de revelación no se debe como una rea­lidad cerrada a una conciencia intelec­tual de la verdad, sino como elemento fundamental del diseño universal de la salvación concebido desde el Padre hasta la eternidad, a fin que el anuncio de la salvación llegue al mundo ente­ro para que los que escuchando crean, creyendo esperen, y esperando amen.

Como frase central debemos decir, que la tradición es indispensable para hacer viva la escritura y actualizarla. Bene­decito XVI afirmaba: “La tradición de la Iglesia es la que hace comprender en modo adecuado la Sagrada Escri­tura como Palabra de Dios”. De tal modo, que la Escritura puede ser con­siderada como el registro de la reve­lación divina más perfecto, una docu­mentación humana de la Palabra con la cual Dios se ha hecho conocer, antes por los profetas y luego en plenitud en su Hijo Jesús.

3. El magisterio de la Iglesia es el depósito de toda la revelación, llama­da a “conservar y custodiar” el dogma para poder proclamar a los hombres de todos los tiempos las verdades de fe. Esto significa que la acción de custo­diar es para no disminuir, ni ampliar ni modificar.

La Iglesia más allá de ser un lugar apropiado para la proclamación de la Escritura, constituye también el con­texto más adecuado para estudiar la inspiración y la verdad. Recordemos que el Evangelio antes de ser Escritura fue tradición. De los 12 Apóstoles solo dos escribieron Evangelios, los diez restantes no escribieron; Jesús no orde­nó escribir nada a sus Apóstoles, pero sí los envía a predicar. Todo esto queda radicado en que, la Iglesia Católica tie­ne sucesión y trasmisión, pues su exis­tencia se remonta al mismo Jesús. El resto de las iglesias surgen en el siglo XVI por lo tanto no tienen tradición. Ahora lo que es completamente impor­tante es que ni Jesús, ni los apóstoles definieron el canon de las escrituras que todas las iglesias utilizan hoy, fue­ron sus sucesores (los Obispos) que en el año 397 después que del edicto de Milán diera libertad al culto cristiano, reuniéndose en África en la ciudad de Cartago se dieron a la tarea de definir cuáles escrituras eran apostólicas y cuáles no.

Un ejemplo de esta realidad interpreta­tiva es la posición de la Iglesia frente al celibato de los sacerdotes (que sin duda es uno de los reclamos más fre­cuentes), pero es una tradición que se remonta a muchos siglos dentro de la Iglesia de occidente; es sorprendente ver que es una exhortación bíblica de san Pablo donde recomienda el celiba­to no solo para los ministros, sino para todos, radicando su importancia en una experiencia que se hace tradición. No es una obligación, pero sus razones han tenido un peso muy grande para la va­loración y vivencia que nuestra Iglesia tiene sobre el celibato. El punto central en la propuesta de Pablo es que, si uno está enamorado de Dios, convencido del poder del Evangelio y deseoso de servir a Cristo en toda circunstancia, esto es más fácil y mejor para la perso­na que no tiene que agradar a una pare­ja. No desconoce Pablo los bienes del matrimonio, ni habla nunca en contra de su dignidad y belleza, pero es evi­dente a todos que una persona casada, cuando de verdad quiere entregarse al Señor, a menudo halla dificultades en su propio cónyuge.

En conclusión, la Escritura nos envía a la tradición para su concreta interpreta­ción y funda el magisterio para su cus­todia, que, a su vez, declara aquello que le pertenece a la Sagrada Escritura y a la tradición.

Pecados intergeneracionales

Por: Diácono Yhon Pablo Canedo Archila, licenciado en teología dogmática

Fotos: Internet

Alguna vez una familia atrave­saba una difícil situación, uno de los hijos estaba viviendo una enfermedad, el otro sumido en la droga, el negocio familiar no les ha­bía funcionado y los esposos estaban a punto de separarse. En medio de su preocupación, compartieron su caso con un vecino, y le preguntaron: “¿por qué suceden tantas desgracias en la familia?”, el vecino respondió: “es porque alguno de sus antepasados ha pecado gravemente contra Dios y uste­des están pagando las consecuencias”.

A esta situación comúnmente se le conoce como “pecado intergeneracio­nal”, herencia o maldición ancestral, es decir, a la transmisión de las con­secuencias de la responsabilidad del propio pecado a las siguientes gene­raciones de la familia. Sin embargo, surgen en nuestra mente las siguientes preguntas, motivo por el cual se escri­be este artículo: ¿Qué es el pecado? ¿En cuáles citas bíblicas se basa esta teoría? ¿Es cristiano creer en los peca­dos intergeneracionales? ¿Tiene efecto en uno, los pecados cometidos por las generaciones anteriores, en cuanto a la culpa o a la pena? ¿Tiene la misericor­dia un límite generacional? ¿Hay algu­na diferencia entre el pecado original y los pecados intergeneracionales? ¿So­mos totalmente irresponsables e indi­ferentes al pecado de los hermanos?

¿Qué es el pecado? 

Antes de conocer el fundamento bíblico de los pecados intergeneracionales es necesario entender primero, ¿qué es el pecado?, para ello el Catecismo de la Iglesia Católica lo explica muy bien: “El pecado es una falta contra la ra­zón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bie­nes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna” (san Agustín, Contra Faustum manichaeum, 22, 27; San Tomás de Aquino, Summa theologiae, 1-2, q. 71, a. 6)” (CIC 1849).

En otras palabras, de acuerdo al Cate­cismo, el pecado es una falta contra el amor propio, el prójimo, la Creación y especialmente contra Dios, por lo tanto, esta ofensa se realiza en el pleno conocimiento y deliberado consenti­miento, con la voluntad y libertad.

¿En cuáles citas bíblicas se basa esta teoría? 

Es sobre todo en el Antiguo Testamen­to y existen diferentes ejemplos, por una parte encontramos Éxodo 20, 5-6: “No te postrarás ante ellas ni les da­rás culto, porque yo el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la ini­quidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian, y tengo misericordia por millares con los que me aman y guardan mis mandamientos”; así mismo, más adelante en Éxodo 34, 7: “que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes; que castiga la iniquidad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación”. 

Igualmente, en Números 14, 18: “El Señor es tar­do a la cólera y rico en bondad, tolera iniquidad y rebeldía; aunque nada deja sin castigo, casti­gando la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación”. También en Deuteronomio 5, 9: “No te postrarás ante ellas ni les darás culto. Porque yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la ter­cera y cuarta generación de los que me odian”. 

Del mismo modo, en Nehemías 9, 2-3: “La raza de Israel se separó de todos los extranjeros; y puestos en pie, con­fesaron sus pecados y las culpas de sus padres. (De pie y cada uno en su sitio, leyeron en el libro de la Ley del Señor su Dios, por espacio de un cuarto de día; durante otro cuarto hacían con­fesión y se postraban ante Yahveh su Dios)” Y en el Salmo 106, 6-7: “He­mos pecado como nuestros padres, hemos faltado, nos hemos hecho im­píos; nuestros padres, en Egipto, no comprendieron tus prodigios. No se acordaron de tu inmenso amor, se re­belaron contra el Altísimo junto al mar de Suf”. 

Por una parte, estos textos bíblicos a simple vista muestran que Dios castiga el pecado, y no solo a los que lo co­metieron sino también a sus sucesores: los hijos, incluso de la tercera y cuar­ta generación. Sin embargo, como lo hemos explicado primero, el pecado es un acto consciente, voluntario y libre, por lo tanto, no es posible trans­ferir la responsabilidad de las acciones sobre los demás; sería evadir el peso de las propias de­cisiones y no sería bon­dadoso Dios si hiciera pagar a otros lo que no han hecho.

Foto: Centro de Comunicaciones de la Diócesis de Cúcuta

¿Cuál será el sentido de los textos bíblicos que leímos? Una persona en la tierra puede durar de tres a cuatro gene­raciones, de este modo sus pecados cometidos tienen la probabilidad de ser aprendi­dos por sus hijos, nietos y bisnietos, en este sentido son comprendidas las citas bíblicas anteriores cuando repi­te: “Dios castiga la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación”, no en cuanto que la responsabilidad personal del pecado sea transmitida a las siguientes gene­raciones sino en cuanto que los peca­dos cometidos por los padres tienen la capacidad de influenciar sobre la vida de los hijos, nietos y bisnietos, hasta incluso ser cometidos también por ellos, es decir que los llamados peca­dos intergeneracionales solo existen en cuanto que son transmitidos por el mal ejemplo, los siguientes textos bí­blicos nos ofrecen una interesante luz y confirman lo que recientemente se ha afirmado: Por ejemplo, encontramos en Deutero­nomio 24, 16: “No morirán los padres por culpa de los hijos ni los hijos por culpa de los padres. Cada cual morirá por su propio pecado”. Y en 2 Reyes, 14, 5 – 6: “Cuando el reino se afianzó en sus manos, mató a los servidores que habían matado al rey su padre, pero no hizo morir a los hijos de los asesinos, según está escrito en el libro de la Ley de Moisés, donde el Señor dio una orden diciendo: «No harán morir a los hijos por los padres, sino que cada uno morirá por su pecado»”.

La siguiente cita es Jeremías, 30, 29- 30: “En aquellos días no dirán más: «Los padres comieron el agraz, y los dientes de los hijos sufren de dentera»; sino que cada uno por su culpa morirá: quien quiera que coma el agraz tendrá la dentera”. Y finalmente en Ezequiel, 18, 2-4: “¿Por qué andáis repitiendo este proverbio en la tierra de Israel: Los padres comieron el agraz, ¿y los dientes de los hijos sufren la dentera? Por mi vida, oráculo del Señor, que no repetiréis más este proverbio en Is­rael. Mirad: todas las vidas son mías, la vida del padre lo mismo que la del hijo, mías son. El que peque es quien morirá”. 

¿Es cristiano creer en los pecados intergeneracionales? 

De esta manera, el Antiguo Testa­mento reconoce la injusticia que hay si los hijos pagan por los pecados de los padres, por lo tanto, repite: “que cada uno morirá por su pecado”, con esto enseña la responsabilidad perso­nal de las acciones y decisiones libres. Igualmente, en el Nuevo Testamento Jesucristo nos enseña por qué permi­te la enfermedad: “Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: «Rabbí, ¿quién pecó, El o sus padres, ¿para que haya nacido ciego?» Respondió Jesús: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios”. Aunque se evidencia que algunos tenían la concepción de que la enfermedad o el mal era el castigo a causa del pecado de los padres o de la misma persona, no obstante, Jesús explica que ese no es el origen de la enfermedad, sino que, al contrario, en vez de ser un castigo, Dios manifiesta su obra a través de la sanación de la enfermedad que hace parte de nues­tra fragilidad, entonces no es cristiano creer en la maldición ancestral porque Jesús tampoco lo hizo y por lo tanto, tampoco hace parte de la fe que pro­fesamos como fieles bautizados en la Iglesia Católica.

¿Tiene efecto en uno, los pecados cometidos por las generaciones anteriores, en cuanto a la culpa o a la pena?

Ahora bien, el pecado posee dos di­mensiones: la culpa y la pena, por una parte, la culpa es la responsabi­lidad de quien lo comete consciente, libre y voluntariamente, mientras que la pena es la consecuencia del pecado que deja cicatrices o afecta a la propia persona y a las que están alrededor; de este modo, la culpa es intransferible porque la culpa es la responsabilidad de quien comete el pecado personal.

Sin embargo, la pena puede afectar y enseñarse a través del mal ejemplo durante varias generaciones, un caso concreto: son unos padres que guardan mucho rencor y viven vengándose de quien les ha hecho daño, esto con fa­cilidad lo aprenden sus hijos, nietos y bisnietos…etc., y existe un gran por­centaje que el mismo pecado de los pa­dres sea repetido por ellos. No obstan­te, es la pena la que se puede transferir o afectar a las futuras generaciones porque se convierten en estructuras de pecado. (CIC 1869). 

¿Hay alguna diferencia entre el pecado original y los pecados intergeneracionales? ¿La misericordia de Dios es limitada a una generación?

Por otra parte, no hay que confundir el pecado original de Adán y Eva, que, por realizar su proyecto de vida sin Dios en un acto de desobediencia, ocasionaron una ruptura universal del ser humano consigo mismo, con Dios y con la Creación, a diferencia del pe­cado de cada persona. Igualmente, no podemos limitar el poder de la miseri­cordia de Dios para una sola genera­ción, cuando las Sagradas Escrituras nos repiten lo contrario: “tengo mise­ricordia por millares con los que me aman y guardan mis mandamientos”; “El Señor es tardo a la cólera y rico en bondad, tolera iniquidad y rebeldía”. Por tanto, la misericordia de Dios es infinita y eterna, no está obligada a agotarse solo en una generación, sino que es suficiente, alcanza para todos y en cada momento.

¿Somos totalmente irresponsables e indiferentes al pecado de los hermanos? 

Sin embargo, aunque el pecado es un acto personal, nosotros tenemos una responsabilidad con nuestros herma­nos en los pecados cometidos por otros, primero cuando cooperamos a ellos: participando directa y volunta­riamente; ordenándolos, aconseján­dolos, alabándolos o aprobándolos; no revelándolos o no impidiéndolos cuando se tiene obligación de hacerlo; protegiendo a los que hacen el mal (CIC 1868), y segundo, en cuanto que somos parte del Cuerpo de Cristo, no podemos ser indiferentes a la salvación de nuestros hermanos, somos un solo cuerpo, el cuerpo místico de Cristo y si un miem­bro se alegra por vencer victorioso el pecado todos los demás miembros se alegran, y si un miembro sufre a cau­sa del pecado todo los demás también: “Dios ha formado el cuerpo dando más honor a los miembros que care­cían de él, para que no hubiera divi­sión alguna en el cuerpo, sino que todos los miembros se preocuparan lo mismo los unos de los otros. Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, to­dos los demás toman parte en su gozo. Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte” (1 Cor 12, 24-27).

Sinodalidad: llegar a la meta, pero haciendo camino

Por: Seminarista David Alexander Ochoa Vargas. Año de pastoral en la parroquia Santiago Apóstol (municipio de Santiago)

Foto: Cortesía

Al profesar nuestra fe, afir­mamos que creemos en la Iglesia que es “Una, San­ta, Católica y Apostólica”, aque­lla fundada por voluntad de Dios que como dice san Pablo: “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2, 4). Es por eso, que al hablar de sinodalidad, de­bemos primero fijar nuestra aten­ción en aquella llamada universal a participar de la vida divina. Una llamada que se concretiza en la Iglesia, misterio de comunión, que traza un camino para que to­dos podamos retornar a la Casa paterna y que existe para ser signo e instrumento de salvación.

Es la comunión con Dios o la participación en la vida divina, el fundamento central de nuestra esperanza. Comunión que viene de Dios y que Él la comunica a su Iglesia. Esta comunión significa ante todo “una mirada del corazón hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz debe ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Es la capacidad de sentir al hermano, como uno que me pertenece” (cf. ‘Novo Mille­nio Ineunte’ 43).

Por esta razón, la sinodalidad es una experiencia de fe que se vive sola y únicamente en comu­nión con los demás, no se puede pretender alcanzar la gracia de Dios “viendo al caído y dando un rodeo” (cf. Lc 10, 32), ignorando la realidad de aquel que está a mi lado y espera misericordia. No se trata de un camino individual, ya que la comunión es un aconteci­miento que se debe contemplar en la realidad, viendo ante todo la necesidad del otro para acogerlo y valorarlo como una oportunidad que tengo para mi salvación. El camino de la sinodalidad se trata pues, del camino que Dios espera de la Iglesia, donde comprende­mos como dice el Papa Francisco en su carta encíclica Fratelli tuti: “nadie se salva solo… únicamente es posible salvarse juntos” (FT 32).

Cuando hablamos de “Iglesia sinodal”, in­dicamos el camino que recorremos juntos los miembros del pue­blo de Dios. Es así que sinodalidad también señala el compromi­so y la participación que tenemos los bau­tizados en la vida y misión de la Iglesia. Es la experiencia del encuentro con Dios que se hace realidad en obras concretas. Por esta razón, debemos ver este itinerario como un compromiso que nos involucra a todos, es un llamado a la partici­pación, la unión, la fraternidad y la escucha recíproca.

Si bien es cierto, tenemos muy claro que la sinodalidad indica el hecho de caminar juntos en la misma dirección y hacia el mis­mo objetivo, la Salvación; pero a menudo olvidamos la importancia que tiene el proceso antes de lle­gar a la meta, es decir, olvidamos que es más necesario hacer que la sinodalidad sea un camino; don­de pueda tomar al otro de la mano para que me acompa­ñe en esta experien­cia, un camino donde no podemos hacernos los indiferentes con aquel que sale a mi encuentro, un cami­no donde entendamos que esta no es una ta­rea conceptual o abs­tracta, que no basta con decir que medita­mos y escuchamos la Palabra de Dios, que frecuentamos la ora­ción personal y profesamos nues­tra fe católica, ya que la verdadera escucha de la Palabra se traduce en obediencia, en hacer lo que exige el Evangelio, aplicándola a todas las circunstancias de nues­tra existencia, transformándola en vida como lo dice Santiago en su carta: “Pongan por obra la palabra y no se contenten sólo con oírla, engañándose a ustedes mismos” (St 1, 22).

Es una tarea en la que la escucha juega un papel fundamental, ya que es la manera como atende­mos y nos enteramos de la reali­dad que vive el hermano que está a mi lado. El Papa Francisco en su momento de reflexión previo a la misa de apertura del Sínodo de la Sinodalidad señalaba que “es un ejercicio lento, quizás fatigo­so, para aprender a escucharnos unos a otros, evitando respuestas artificiales y superficiales. No in­sonoricemos el corazón, no nos blindemos dentro de nuestras cer­tezas. Las certezas muchas veces nos encierran. Escuchémonos los unos a los otros”.

Sin embargo, en la realidad de la cultura contemporánea, donde nos invade un ruido externo, impreg­nado por nuestras preocupaciones e intereses, un ruido que nos hace perder el sentido profundo de nuestras vidas, se hace necesario silenciar todos esos afanes para poder escuchar la voz de Dios que habla en el hermano. Es así que para poder hacernos partíci­pes de este itinerario sinodal, de­bemos experimentar la cercanía, sintiendo que el otro es signo vivo de la presencia de Dios. Además, vivir siempre disponibles, genero­sos y diligentes, ya que hay mu­cha sed de escucha, de atención espiritual, sin olvidar que el in­grediente principal de este cami­no es el amor, entendiendo que los cristianos no somos de relaciones diplomáticas, sino que somos de relaciones marcadas por el amor.

De esta manera, podremos com­prender que la sinodalidad se puede traducir como un cami­no fraterno, una experiencia que exige siempre fijarnos en el pro­ceso antes que en la meta, donde descubrimos nuestro verdadero compromiso como bautizados de fijarnos en el rostro de aquel que sale a mi encuentro, y así poder decir que caminamos juntos ha­cia Dios.