Papa Francisco invita a vacunarse contra la COVID-19, como un acto de amor

Este martes 17 de agosto, se dio a conocer un video-mensaje del Papa Francisco, donde resalta la importancia de aplicarse las vacunas autorizadas contra la COVID-19, ya que “es necesario ser responsables del bienestar común, porque somos una única familia”, explica el Sumo Pontífice, quien expresa que vacunarse es “un acto de amor”, asimismo lo es, “ayudar a que otra gente lo haga”.

En el video también aparecen prelados de América Latina: Monseñor José Horacio Gómez, prelado mexicano y presidente de los Obispos de Estados Unidos; Cardenal Carlos Aguiar-Retes, Arzobispo de Ciudad de México; Cardenal Óscar Rodríguez Maradiaga, S.D.B., Arzobispo de Tegucigalpa (Honduras); Cardenal Claudio Hummes, O.F.M., prelado brasileño y presidente de la Conferencia Eclesial de la Amazonía; Cardenal Gregorio Rosa Chávez, Arzobispo Auxiliar de San Salvador; Monseñor Miguel Cabrejos Vidarte, O.F.M., Arzobispo de Trujillo (Perú) y presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM); quienes se unieron para hacer eco de las palabras del Papa Francisco y llamar a la unidad a los pueblos latinoamericanos ante la urgente necesidad de proteger la salud de todos y vacunarse contra el coronavirus.

Este mensaje audiovisual hace parte de una campaña llamada “De ti depende” organizada por el grupo estadounidense sin ánimo de lucro ‘Ad Council’ y la coalición de salud pública ‘COVID Collaborative’, con el objetivo de seguir aumentando la confianza en las vacunas contra la COVID-19.

Llevada en cuerpo y alma a la gloria del Cielo

Por: Pbro. Jean Carlos Medina Poveda, sacerdote de la Diócesis de San Cristóbal (Venezuela); licenciado en Teología Fundamental de la Universidad Gregoriana (Roma)

La Santísima Virgen María está asociada al Misterio de la encar­nación y redención. Ella, como mujer obediente y de fe, dijo SÍ al pro­yecto divino, con libertad y entrega res­pondió: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).

Desde su maternidad, también fue unida a la obra de la redención, pues «sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de Madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima» (LG 58). Es evidente desde la palabra y la acción, la unión de la Madre con el Hijo; por lo cual, no podía culminar en una entrega total de la madre al discí­pulo, (Cf. Jn 19, 26-27), sino que, des­de esta implicación en el proyecto de Dios, tal como lo señalaba el Papa san Juan Pablo II: “María pudo compartir el sufrimiento y la muerte con vistas a la redención de la humanidad” (Cf. Au­diencia general, 25 de junio de 1997).

El Antiguo Testamento nos va presen­tado de manera pedagógica la figura de una mujer, la figura de una Virgen que traerá al Salvador, que concebirá y dará a luz a un hijo que se llamará Emmanuel (Cf. Is 7, 14). Ya de manera explícita en el Nuevo Testamento no encontramos a la Hija de Sión como la presentaban los profetas, sino concretamente a María la madre de Jesús, la Madre en quien se cumplen las promesas y se inaugura el nuevo plan de salvación. Las mismas páginas del Nuevo Testamento nos pre­sentan a María como la llena de gracia (Cf. Lc 1, 28), como la mujer que dócil­mente se entregó para ser la esclava del Señor. La fe y obediencia a Dios le per­mitió experimentar una llamada única y particular, es decir, a una maternidad divina pues estaba predestinada a ser Madre de Dios.

Vivió la alegría de contemplar al Salva­dor, de mostrarlo a los pastores y magos como su Hijo Primogénito; pero tam­bién, experimentó la angustia y el dolor de situaciones que aún no comprendía y que solo desde la confianza y la fe, lo guardaba y lo meditaba en su cora­zón (Cf. Lc 2, 41-51). Evidentemente, en las obras de Jesús, María estuvo presente, como la Madre intercesora, como la Bienaventurada que peregrinó con su Hijo amado y, peregrinó hasta la cruz (Cf. Jn 19, 25). Con esperanza y confianza perseveró con los Apóstoles en la oración, disponiéndose a recibir el Espíritu Santo (Cf. Hch 1, 14).

Así pues, la Sagrada Escritura nos pre­senta a la Virgen María como Madre del Mesías y por tanto Madre de Dios Hijo. Concretamente el Nuevo Testamento haciendo referencia de María, no rese­ña nada sobre su muerte, ni da detalles de alguna enfermedad, ni situaciones de momentos de persecución (propias de la época), agonía o tragedia, senci­llamente deja entrever en un silencioso suponer, que se produjo normalmente.

Al respecto de esta interrogante, el papa Juan Pablo II señaló en una de sus au­diencias públicas, la importancia del tema y fundamentándose en la profun­didad de pensamiento de los Padres de la Iglesia, como testigos privilegiados de la Tradición, recalcó: “Cualquiera que haya sido el hecho orgánico y biológico que, desde el punto de vista físico, le haya producido la muerte, puede decirse que el tránsito de esta vida a la otra fue para María una maduración de la gracia en la gloria, de modo que nunca mejor que en ese caso la muerte pudo concebirse como una dormición” (Cf. Audiencia gene­ral, 25 de junio de 1997).

La Asunción de la Santísima Virgen

Hemos considerado entre líneas, di­versos aspectos donde también nuestra fe está cimentada, pues el amor y de­voción a la Virgen María es parte de nuestra experiencia de fe, creemos fir­memente que Ella nos refiere a Cristo y por tanto a su Hijo nos conduce.

El 1 de noviembre de 1950, Pio XII de­finía como dogma de fe la Asunción de María en cuerpo y alma a la gloria ce­leste, definición establecida en la Cons­titución apostólica ‘Munificentisimus Deus’. El Concilio Vaticano II resal­tando la función de la Bienaventurada Virgen en la historia de la Salvación, in­dicándonos: “La Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del Cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conforma­da más plenamente a su Hijo, Señor de los señores (Cf. Ap 19,16) y vencedor del pecado y de la muerte” (LG 59).

Ante esta realidad de la Asunción de la Virgen, queda claro que el cuerpo san­tísimo de la Madre de Dios no sufrió la más mínima corrupción y, el tenor de la definición dogmática antes señalada, permite concluir con certeza que, si de hecho el alma de María se separó algún momento de su cuerpo, fue para reu­nirse inmediatamente con Él. Tal como hemos indicado en los fundamentos bíblicos, María fue siempre unida a su Hijo, la Virgen acompañaba siempre a Jesús, compartiendo cada cosa, tanto en las alegrías como el dolor.

¿Qué significa celebrar a María?

Celebrar la Asunción de María, signifi­ca dar gracias a Dios, porque con su Sí generoso, permitió que el Verbo encon­trara un lugar privilegiado e incorrup­to para la propia encarnación de entre todos los hombres. Es celebrarla como la Madre del Dios vivo, pues es Ella un modelo de virtud especial que nos guía y «nos atrae a su Hijo, hacia su sacrifi­cio y hacia el amor del Padre» (LG 65).

Una vez más, fijamos nuestra mirada en esta creatura única y excepcional que Dios ha reservado toda para sí, en el esplendor del alma, del cuerpo y de la dignidad de Madre y Mujer. Es por ello que damos un culto especial, sincero y con devoción auténtica, pues al honrar a la Madre, estamos debidamente cono­ciendo, amando y glorificando al Hijo (Cf. LG 66).

En este día, particularmente nos dirigi­mos a la Virgen María con las mismas palabras de su prima Isabel en el mis­terio de la visitación: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vien­tre ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme?» (Lc 1, 42- 43). Es una oportunidad, poder reno­var nuestra fe y amor a la Virgen. Que siempre estemos dispuestos a cantar las alabanzas a María, que no hagamos y nos quedemos en la superficialidad de una simple devoción mariana, sino que estemos decididos y convencidos en proclamar siempre: Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor está contigo, bendita entre las muje­res y bendito es el fruto de tu vientre. Convenzámonos que María es bendita y que nosotros nos beneficiamos de tal bendición, pues la asunta al Cielo nos ha donado al Señor.

¡Verenable Berenice!

Por: Hna. Elia Julieth Pérez Rivera, Congregación Religiosa de las Hermanitas de la Anunciación de Cúcuta

La Venerable María Berenice, nació en Salamina (Caldas, Colombia) el 14 de agosto de 1898, sus padres fueron sus primeros educadores en la fe, le inculcaron una sólida devoción a la Virgen María con el rezo coti­diano del Santo Rosario y el amor a la Eucaristía.

Ana Julia, como era su nombre de bautismo, aprendió a orar y a contemplar a Dios en la natura­leza, en su familia, y esto fue despertando en ella el deseo de ser contemplativa. Buscó trabajar con las personas humildes, senci­llas y marginadas de la sociedad, experiencia que la llevó a descu­brir cómo el Corazón de Jesús le pedía la fundación de una comu­nidad con jóvenes sencillas que le ayudaran a hacer realidad este sueño. Es así como en 1943 funda la Congregación Religiosa de las Hermanitas de la Anunciación en Medellín.

Fundó otras obras, como: Las Hermanas Franciscanas Misio­neras de Jesús y de María, el 15 agosto de 1957. El 8 de diciembre de 1965, el Señor le puso delante otra obra, fundando los Misione­ros de la Anunciación.

La venerable Berenice, vivió con gran fidelidad y alegría su con­sagración al Señor, quiso inmo­larse, identificarse con Cristo, dirigirse al suplicio de la Cruz y acoger la muerte con un amor más fuerte y más grande. El lema de su vida fue: la voluntad de Dios. Se preparó con una larga enfermedad para subir al Calva­rio, consumiéndose como hostia de amor y reparación. Murió en Medellín, el 25 de julio de 1993.

Con motivo del natalicio de nuestra fundadora, las Hermani­tas de la Anunciación presentes en la Diócesis de Cúcuta, expre­samos gratitud a Dios por per­mitirnos ser continuadoras de su legado en esta Iglesia Particular.

Se gradúa primera promoción de Las Delicias de ‘La Niña María’

Fotos: Centro de Comunicaciones Diócesis de Cúcuta

Las Delicias de ‘La Niña María’, proyecto que se desarrolla en la Fundación Pía Autónoma Asilo Andresen, de la Diócesis de Cúcuta, ha culminado su primera fase del ciclo de formación en cocina, panadería y repostería.

En una ceremonia, con actos culturales a cargo de los niños que son atendidos en el Asilo, se llevó a cabo la clausura del curso, donde 18 graduandos, recibieron el pasado viernes 6 de agosto, sus diplomas, donde se certifica que cursaron y aprobaron 80 horas de aprendizaje en la elaboración de productos alimenticios de la región.

La graduación se llevó a cabo con el acompañamiento del Administrador Apostólico de la Diócesis de Cúcuta, Monseñor José Libardo Garcés Monsalve; el padre Israel Bravo Cortés, vicario general; padre José Elver Rojas Herrera, representante legal del Asilo Andresen; padre Omar Leonardo Arias Quijano, capellán del Asilo; padre Germán Omar Hernández Pinto, administrador; Luis Gerardo Molano, cocinero profesional y formador del proyecto; y las hermanas Agustinas Recoletas del Corazón de Jesús, quienes atienden a los niños del Asilo y colaboran con Las Delicias de ‘La Niña María’.

Para Monseñor, este primer curso es “la posibilidad de contribuir para que puedan sostener a sus familias, ya que después de aprender este arte, pueden emprender”. Manifestó que desde la Diócesis se hace el esfuerzo para ayudar a que estas familias en condición de vulnerabilidad, “puedan tener un pan cada día en sus mesas”. En su intervención, los animó para que “sigan de la mano del Señor que es quien nos levanta, custodia y nos ayuda”.

El chef y formador, Luis Gerardo, expresó su alegría por hacer parte de este proyecto, donde se “instruye para la autosostenibilidad”, ya que su objetivo fue enseñarles a preparar productos exquisitos sin usar equipos industriales, de esta manera, podrán encontrar la oportunidad de emprender sin limitaciones.

Por su parte, el padre Elver Rojas, aseguró que próximamente iniciará el segundo ciclo de formación con otro grupo de las 180 familias caracterizadas, entre quienes se encuentran migrantes venezolanos y colombianos retornados. Los grupos para cada ciclo son reducidos, con el fin de respetar los protocolos de bioseguridad, evitando la aglomeración y manteniendo el distanciamiento social. Finalmente, agradeció a Dios Todopoderoso y a la Santísima Virgen María, por permitir a esta Iglesia Particular, ejercer la caridad. “La caridad, cada día más renovada, y nosotros, la Iglesia, cada día más animada y motivada por la solidaridad y amor al prójimo”, puntualizó. De igual forma, en nombre de la Diócesis de Cúcuta, agradeció a todas las instituciones y personas de buena voluntad, que hicieron posible la materia prima para los estudiantes.

Durante el evento, los graduandos exhibieron sus preparaciones, orgullosos por haber logrado conocer los insumos, para preparar y transformar en alimentos de alta calidad, teniendo en cuenta que, en su mayoría, no tenían conocimiento alguno de panadería y repostería. Tal es el caso de Jessica Bolívar, oriunda del estado Carabobo (Venezuela), quien afirmó que, “hemos aprendido sin saber absolutamente nada, me siento afortunada (…) Gracias a la Diócesis de Cúcuta y a cada una de las personas que nos dieron esta gran oportunidad”.

A estos padres de familia, Monseñor José Libardo Garcés, les hizo entrega de un mercado, ya que esta fue la ocasión también para presentar los frutos de la Campaña de Comunicación Cristiana de Bienes 2021; de esta manera, se continúa ayudando a los niños del Asilo Andresen y a sus familias.

3.000 mercados es el fruto de la Campaña de Comunicación Cristiana de Bienes 2021

Mons. José Libardo Garcés Monsalve, Administrador Apostólico de la Diócesis de Cúcuta. Foto: Centro de Comunicaciones Diócesis de Cúcuta

Este año, durante la Cuaresma, se desarrolló la Campaña de Comunicación Cristiana de Bienes (CCCB) 2021, con el objetivo de contribuir con la alimentación de las familias más vulnerables del Anillo Vial Occidental de San José de Cúcuta.

El pasado viernes, durante la clausura del primer ciclo de formación del proyecto Las Delicias de ‘La Niña María’, en las instalaciones del Asilo Andresen, el Administrador Apostólico de la Diócesis de Cúcuta, Monseñor José Libardo Garcés Monsalve, dio a conocer cuáles fueron los frutos de la CCCB, cuyo lema fue: “Y les dio de comer a más de 5.000 hombres (Mt 14, 21)”. Gracias a la generosidad de los donantes, se lograron organizar tres mil mercados.

El padre Jaime Enrique Aparicio Rubio, director del Banco Diocesano de Alimentos -desde donde se articuló toda esta acción de caridad-, manifestó que el objetivo inicial era entregar cinco mil mercados, pero con el fin de proporcionar una ayuda más completa, se organizaron tres mil paquetes con un peso de 10,9 kilogramos cada uno, que constan de: Arroz San Andrés x 1.000 g; harina de maíz BJ x 1.000 g; aceite Arduvi x 450 cc; lenteja BJ x 500 g; arveja BJ x 500 g; sal Cristal x 1.000 g; azúcar Incauca x 1.000 g; panela x 450 g; pasta larga La Nieve x 1.000 g; atún BJ x 170 g; chocolate Quesada x 250 g; pasta larga x 500 g; pasta corta x 1.000 g.; arroz Mannapack x 1.000 g.

La Diócesis de Cúcuta agradece cada uno de los aportes de las comunidades parroquiales, empresas y personas de buena voluntad, que compartieron con alegría en la CCCB 2021. Fueron alrededor de 90 millones de pesos recolectados, con los cuales se pondrá el alimento en las mesas de 3.000 familias. “Que el Señor bendiga su generosidad y aumente los bienes que comparten”, expresó Monseñor José Libardo.

En la Transfiguración del Señor, el clero diocesano ofrece la Sagrada Eucaristía por el aniversario de fallecimiento del padre Pedro Álvarez

Fotos: Centro de Comunicaciones Diócesis de Cúcuta

Este viernes 6 de agosto, a un día de celebrar el primer aniversario de fallecimiento del padre Pedro Antonio Álvarez Contreras (18 de diciembre de 1978 – 7 de agosto de 2020), el Administrador Apostólico de la Diócesis de Cúcuta, Monseñor José Libardo Garcés Monsalve, junto al clero diocesano, ofrecieron el sacrificio de la Santa Misa por el eterno descanso del presbítero, quien fue la primera víctima mortal de la pandemia de la COVID-19, en el presbiterio diocesano.

En la parroquia Santa Margarita de Youville, comunidad que acompañó el padre Pedro en sus últimos tres años de vida (2017-2020), se celebró la Sagrada Eucaristía, donde asistieron sacerdotes de esta Iglesia Particular, familiares y amigos del padre Pedro, quienes cada mes lo han tenido presente en la mesa del altar, unidos en oración, “con la paz interior de saber que ya está gozando de la Gloria de Dios”, expresó Monseñor, al reconocer que en medio del dolor de experimentar la ausencia de este ser querido, reconforta tener “la certeza que está en la presencia de Dios, porque caminó como sacerdote siempre sirviendo al Señor y a la comunidad, siempre abrazando la Cruz del Señor, mirando al Crucificado, y Él nos redime, sana y perdona”.

La liturgia del 6 de agosto presenta la fiesta de la Transfiguración del Señor, explica Monseñor José Libardo, que es allí donde se muestra la meta de la vida: la Gloria de Dios, y esta Palabra ilumina la conmemoración del fallecimiento del padre Pedro Antonio, a quien “el Señor lo llamó en su sacerdocio joven, pero quizá encontró en él la madurez, para entregarle la corona de la Gloria; y eso nos da esperanza, saber que nosotros tenemos la misma meta que él ya alcanzó”.

El Administrador Apostólico manifestó que, aunque hay cosas que la razón humana no comprenda y atraviese por pérdidas que desconciertan -justamente en este año y medio de pandemia-, hay que reconocer que “siempre hemos sido vulnerables, sólo que ahora tomamos consciencia de lo vulnerable que es la existencia, pero ante este desconcierto nos ponemos delante de Dios, porque sabemos que hay una patria en el Cielo que Él nos entregará, cuando nos llame a participar de su Gloria”.

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La Transfiguración del Señor en la vivencia diaria de la fe

Por: Sem. Jhoel Arley Díaz Rodríguez, estudiante Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, Roma

Los misterios de la vida de Cristo son momentos espe­cíficos que transforman, for­talecen y guían la vivencia diaria de fe de toda la Iglesia. La transfi­guración del Señor es un momento dentro de la historia de salvación, donde Jesús junto con Pedro, San­tiago y Juan van a un monte alto, Jesús se transfigura frente a ellos, sus vestiduras se vuelven blan­quísimas y una voz desde la nube dice “Este es mi Hijo predilecto, escuchadlo”.

La Transfiguración del Señor, como afirma santo Tomás es una obra trinitaria, donde reconoce­mos al Padre en la voz, al Hijo en el hombre y al Espíritu Santo en la nube luminosa. Este suceso es narrado por los evangelistas Ma­teo, Marcos, Lucas y surge en el contexto en el que Jesús les anun­cia que debe ir a Jerusalén y que allí debía sufrir. San Lucas nos presenta en su Evangelio 9, 28-36, el hecho de que Jesús se transfi­guró mientras esta­ba orando y que los apóstoles estaban durmiendo, y al des­pertar vieron la glo­ria. Estos son deta­lles que encontramos solo en su escrito y que nos ayudan a comprender este suceso y lo que significa para nuestra experiencia diaria de fe.

En el Evangelio de Marcos 9, 2-10, que se nos presenta en la liturgia de esta fiesta podemos fijar algu­nos signos de la aparición glorio­sa. Reconocemos a Jesús que sube a un monte alto y se transfigura. El monte es el lugar para la reve­lación y las teofanías sobrenatura­les de Dios. Y la Transfiguración es ese momento en donde Jesús se muestra en su estado glorioso y deja ver a los Apóstoles que ese será el estado eterno tras la muerte y la resurrección, de todos los que se acogen y escuchen sus palabras.

El texto bíblico nos narra que aparecen Elías y Moisés. Elías la profecía y Moisés la ley, ambos representan el Antiguo Testamen­to y están de frente a la Nueva Alianza, a la Alianza perfecta en donde desde una nube se escu­cha una voz que dice: “Este es mi Hijo predilecto, escúchenlo”. La nube indica el Espíritu Santo. Cristo es reconocido como Hijo predilecto, como Nueva Alianza, como el nuevo Moisés, que goza de una relación especial y direc­ta con Dios, que tiene una nueva ley e inicia un nuevo pueblo. “Si la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” afirma san León Magno, en el sermón 51. La profesión de Hijo predilecto nos hace recordar la identificación de Jesús en el bautismo. Finalmente, el texto nos muestra que mientras bajaban del monte Jesús les pidió que no dijeran nada de lo sucedido.

Ciertamente esta ma­nifestación anticipada de la gloria del Señor pone al descubierto la dimensión escato­lógica de la vida de Jesús y de toda nues­tra vivencia diaria de la fe, invitándonos a escuchar, conocer y seguir al Hijo pre­dilecto, para hacernos hijos en el Hijo y así poder participar en la transfiguración eterna.

La escucha de la voz del Hijo predilecto consiste en dar un puesto principal a Dios en nues­tra vida, en dejar que sus palabras como muestra misericordiosa en­tren día a día en nuestra vida, la transformen y hagan de cada uno de nosotros hijos buenos con un nuevo corazón.

La Transfiguración del Señor re­gala al cristiano una seguridad en la escucha de la voz y los manda­mientos de Dios, en especial del amor y la caridad como un manan­tial generoso y una fuente donde el corazón de todo cristiano se llena de fuerza, se transforma y da el tiempo justo al encuentro con Dios. Subiendo al monte como lo hicieron los Apóstoles para escu­char su Palabra, encontrar allí la gloria y regresar trayendo el amor, la fuerza, paz y la tranquilidad que solo se encuentra en la escucha de la voz del predilecto.

Nosotros, como Pedro, Juan y Santiago, estamos también lla­mados a conocer y a contemplar día a día el rostro reluciente y las vestiduras blanquísimas de Jesús, que son signo de su in­menso amor y misericordia con cada uno de nosotros. Conocer el Hijo predilecto de Dios y escuchar su palabra, es un deber de todo cristiano. Es una experiencia con­tinua de hacer vida sus palabras y de dejarnos guiar por sus pasos y su amor. Un amor que como afir­ma el papa Francisco: “es capaz transfigurarnos y de hacer nuevas todas las cosas”.

El amor de Dios es un amor que transfigura y transforma nuestra vida, es un amor que implica un seguimiento y una vivencia diaria de nuestra fe, reflejada en buenas acciones y en un testimonio digno de una persona que cree y espera en el Señor. La fiesta de la transfi­guración de Jesús nos invita a cada uno de nosotros a escuchar, a co­nocer y a seguir el Hijo predilecto de Dios. Un Hijo que se entregó en la Cruz por amor a cada uno de nosotros y que nos dejó su palabra como un testimonio de cercanía sincera con el prójimo y una rela­ción directa con Dios. Por ello, se­guir al Hijo predilecto implica una escucha y un conocimiento de su vida y de su misión como redentor del mundo.

Finalmente, la fiesta de la Trans­figuración del Señor nos invita a cada uno de nosotros a preparar­nos para nuestra propia resurrec­ción, nos invita a revisar como es nuestra vivencia de fe frente a Dios y frente a nuestros hermanos.

Esta fiesta es un momento especial para reconocer cuál es la misión que Dios nos ha encomendado en este mundo y desde allí, empezar por entregar nuestra vida al amor de Dios, a la escucha de su pala­bra y al seguimiento sincero y dig­no, que se refleja en nuestro tes­timonio y en nuestra experiencia diaria de fe.

Diócesis de Cúcuta agradece al Señor por el servicio pastoral del padre Rigoberto Castrillón

Fotos: Centro de Comunicaciones Diócesis de Cúcuta

Este martes 3 de agosto, la Diócesis de Cúcuta despidió al padre Rigoberto Castrillón Restrepo, quien murió el domingo 1 de agosto. En la celebración de sus exequias en la Catedral San José, el clero diocesano acompañó a sus familiares y amigos, donde la muerte entristece, pero como cristianos, “nuestra fe nos conforta y nos asegura que Cristo vive eternamente y que su amor es más fuerte que la misma muerte”, aseguró el padre Israel Bravo Cortés, Vicario General de esta Iglesia Particular y quien presidió la Sagrada Eucaristía.

Las exequias, son una expresión de acción de gracias a Dios por la vida terrenal y la fe en que el paso siguiente, sea el descanso eterno. Explicó el padre Israel que, “un cristiano es alguien que quiere descansar fundamentalmente en Dios”, esto precisamente lo repetía el padre Rigoberto en su lecho de enfermedad, citando a diario frases del Evangelio según san Mateo en el capítulo 11, versículos 28 y 29: “¡Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso! ¡Pongan mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón! Así encontrarán descanso para su espíritu”. Este deseo por descansar en el Señor, “impulsa a esta Iglesia Particular a seguir su ejemplo de querer siempre vivir y descansar en Dios”, expresa el Vicario General, agradeciendo al Señor por todo su servicio pastoral, marcado por estar atento y vigilante a dar nuevas ideas, “con todas sus capacidades y limitaciones, y, sobre todo, con un profundo amor a Dios y a la Iglesia, el padre Rigoberto se arriesgó por el cambio, por la transformación del corazón y el espíritu”.

De esta manera, después de casi 59 años de ministerio sacerdotal, de cumplir con el llamado a servir a la Verdad, los fieles bautizados de la Diócesis de Cúcuta se unen en oración, pidiendo a Dios Todopoderoso que lo reciba en su Reino celestial.

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“El sacerdote es un regalo del corazón abierto de Cristo para la comunidad” (Santo Cura de Ars)

Por: Pbro. Javier Alexis Agudelo Avendaño, estudiante de Derecho Canónico de la Universidad Javeriana

Solemnidad de san José y Misa Crismal (año 2021). Fotos: Centro de Comunicaciones Diócesis de Cúcuta

“Porque todo sumo sacer­dote tomado de entre los hombres es consti­tuido a favor de los hombres en las cosas que a Dios se refieren, para presentar ofrendas y sacrifi­cios por los pecados” (Hb 5, 1).

Con ocasión de la fiesta de san Juan María Vianney, patrono de los sa­cerdotes y particularmente de los párrocos, queremos destacar la im­portancia del sacerdote dentro de la vida de la comunidad. El ministerio sacerdotal es esencialmente un ser­vicio a la edificación de la Iglesia y del Pueblo de Dios. El sacerdo­te está, por tanto, principalmente al servicio de los fieles laicos y de la misión que le corresponde. Ya en el Antiguo Testamento, particu­larmente en el libro del Levítico, el autor del libro sagrado destaca la importancia del sacerdote en la comunidad. Dice: “lo considerarás santo, pues él es quien ofrece el alimento para tu Dios. Considéralo santo porque yo, el Señor que los santifico, soy santo” (Lev 21, 8). La dignidad del sacerdote está en que son el puente entre Dios y el hom­bre, sus enseñanzas dadas son fruto de sabiduría con la cual ha sido do­tado, siendo instrumento para hablar de parte de Dios a su pueblo. Su fiel corazón está dispuesto a ayudar en cualquier momento a sus hermanos a encontrarse con Dios que los ama y les perdona sus faltas. Están dedi­cados a enseñar la verdad y explicar a aquel que no entienda el mensaje de salvación, para que al adherirse a Jesús encuentre la vida eterna.

Ante la grandeza de la gracia y del oficio sacerdotal, el santo cura de Ars decía con frecuencia: “el sacer­dote continúa la obra de la redención en la tierra…” “sí se comprendiese bien al sacerdote en la tierra, se mo­riría no de pavor sino de amor…” “el sacerdocio es el amor del cora­zón de Jesús” (Catecismo de la Igle­sia Católica # 1589).

El sacerdote: un hombre ungido para ofrecer sacrificios por él y sus hermanos

Imagen de san Juan María Vianney, en la parroquia San Juan María Vianney

Jesús es sacerdote, profeta y rey. En el bautismo Jesús es ungido en el Espíritu Santo por el Padre, como sacerdote que vive en comunión con Dios; como profeta, que conoce e interpreta la historia desde la óp­tica de Dios y habla en su nombre; y como rey que, en cuanto Hijo de Dios, vive en libertad.

El decreto Presbyterorum Ordinis del Concilio Vaticano II dice que: “el Señor Jesús ha hecho que todo su cuerpo participe de la unción del Espíritu Santo. Y en Él todos los fie­les quedan constituidos en sacerdo­cio santo y regio y ofrecen a Dios, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales y anuncian el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable” (PO #2). Pero es claro que no todos desempeñan la misma función dentro de la comuni­dad eclesial (Rm 12, 4). El mismo Jesús instituyó a unos para ofrecer sacrificios y perdonar los pecados.

En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo quien está presente en su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, Sumo Sacerdote del sacrifi­cio redentor, Maestro de la Verdad. Es lo que la Iglesia expresa al decir que el sacerdote, en virtud del sacra­mento del Orden, actúa ‘in persona Christi Capitis’ (Cf. LG 10; 28; SC 33; CD 11; PO 2, 6).

El único mediador entre Dios y los hombres es Cristo, y para prolongar esa mediación en el tiempo, el mis­mo Jesús elige y consagra a unos miembros de la comunidad para actuar en su nombre y ofrecer a Dios un sacrificio de alabanza.

Una comunidad sin sacerdotes es­taría privada de la me­diación de Cristo que opera a través del sacer­dote y de la oportunidad de ofrecer sacrificios a Dios y alcanzar el per­dón de sus pecados. Para la comunidad, la presencia del sacerdote es vital y de gran impor­tancia, pues por la gra­cia recibida en la orde­nación sacerdotal hace presente a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, ya que nadie en este mundo puede otorgarse ese título por sí mismo. Dice la consti­tución dogmática ‘Lumen Gentium’ del Concilio Vaticano II que, “por el ministerio ordenado, especialmente por el de los obispos y los presbí­teros, la presencia de Cristo como cabeza de la Iglesia se hace visible en medio de la comunidad de los creyentes” (#21).

El hombre de la Palabra y de los sacramentos

Solemnidad de san José y Misa Crismal (año 2021)

La doctrina que describe al sacerdo­te como maestro de la Palabra y mi­nistro de los sacramentos, constitu­ye un camino de reflexión sobre su identidad y su misión en la Iglesia. En Jesús, Per­sona y Misión tienden a coincidir. Toda su obra salvífica era y es expre­sión de su “Yo filial”, que está ante el Padre, desde toda la eternidad, en actitud de amorosa sumisión a su voluntad. De modo análogo y con toda humildad, también el sacerdote debe aspi­rar a esta identificación.

El Santo Cura de Ars emprendió en seguida esta humilde y paciente ta­rea de armonizar su vida como mi­nistro con la santidad del ministerio confiado, viviendo incluso material­mente en su iglesia parroquial. En cuanto llegó a su parroquia, consi­deró la comunidad como su casa.

Los sacramentos, como momentos privilegiados de la comunicación de la vida divina al hombre, ocupan el centro del ministerio de los sacer­dotes. Estos son conscientes de ser instrumentos vivos de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote. Su función corresponde a la de unos hombres capacitados por el carácter sacra­mental para secundar la acción de Dios con eficacia instrumental par­ticipada. Las celebraciones de los sacramentos, en la que los presbíte­ros actúan como mi­nistros de Jesucristo, partícipes en manera especial de Su sacer­docio por medio de Su Espíritu, constitu­yen esos momentos cultuales de singular importancia en re­lación con la santi­ficación del pueblo santo.

San Juan María Vianney explicando a sus fieles la importancia de los sacramentos decía: “Si desapareciese el sacra­mento del Orden, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas naci­dos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su pere­grinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacer­dote, siempre el sacerdote. Y si esta alma llegase a morir [a causa del pecado], ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote… ¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo!… Él mismo solo lo entenderá en el cielo”.

Un punto más para valorar la pre­sencia de los sacerdotes en la vida de la comunidad. Pues a pesar de ser hombre como todos los demás, es el instrumento del que se vale Jesús para derramar la gracia sacramental a su pueblo y abrirle las puertas a la vida sobrenatural. Quienes tienen la gracia del sacerdocio ministerial, deben entender que no son fuente de vida sobrenatural, pues la fuente de esa vida es el mismo Señor. Cristo da la gracia como Él quiere, a quien quiere, en la medida que quiere y cuando quiere. Los sacerdotes, por el contrario, solamente tienen el po­der de bendecir, consagrar y santifi­car las cosas que Cristo especificó, de la manera precisa que Él enseñó.

Al mismo tiempo, el sacerdote debe detenerse a pensar ¡qué gran poder es éste! Cristo mismo se obliga a dar la gra­cia a las almas cada vez que un sacerdo­te católico ejerce las funciones oficiales del sacerdocio. Aún más sorprendente es el hecho de que se obliga a hacerse pre­sente en la Sagrada Eucaristía cada vez que un sacerdote pro­nuncia las palabras de la consagración.

El sacerdote en la parroquia está siempre a su disposición. Para cele­brar la misa, visitar a un enfermo, hablar con quien no tiene quien le escuche y un montón de cosas más, dice el Papa Francisco. Pero no es un superhombre; es una persona que, como todos, también se siente a veces solo. En esos momentos de soledad es donde el feligrés puede hacer mucho por él. Escucharle, visitarle, sonreirle. Lo necesita. Ustedes se han convertido en su familia, es allí don­de pasará la mayor parte de su vida, se desgas­tarán constantemente acompañando a su co­munidad, consolando a los oprimidos, alen­tando a los que están en­fermos y alimentando a la comunidad con los bienes celestiales. Como seres humanos experimen­tan el cansancio. Los sacerdotes, con sus virtudes y sus defec­tos, desarrollan su labor en tantos campos. De la ca­tequesis a la liturgia, de la caridad a los compromisos pastorales e incluso admi­nistrativos.

La comunidad cristiana en la vida del sacerdote

La vida que debe carac­terizar a la comunidad cristiana es el amor. Esto se funda en la revelación que el único Dios verda­dero, vive en la Trinidad de personas: Dios es co­munidad en el amor. Je­sús es un creyente en el Dios-Amor (Mt 22, 34- 40; Lc 10, 25-37). Jesús hace del amor mutuo el mandamiento y la señal de sus seguidores (Jn 13, 34-35). En la comunidad de hermanos y herma­nas se cuida al que tiene más necesidad.

En esta reflexión hemos visto que son muchos los beneficios que la comunidad recibe del sacerdote. Pero ¿Cuál es beneficio que el sa­cerdote debe recibir de la comuni­dad? Dentro de tantos beneficios considero que la acogida debe ser uno de los principales. Que el sa­cerdote se sienta acompañado por su comunidad, evita que caiga en la soledad. Los sacerdotes son seres vulnerables; sublimes administradores de una gracia particular que nos trasciende, pero así mismo, frágiles se­res humanos. A veces se muestran tan duros que parecen impermea­bles, pasan como seres objetivos en todo senti­do, perfectos hasta en el más mínimo deta­lle. Pero no es así.

El sacerdote ne­cesita de su comu­nidad la oración y el acompañamiento. Los invito a que valoren su presencia en la comu­nidad. Cuántas comu­nidades desean tener un sacerdote y no lo tienen porque no hay ministros. En estos tiempos marcados por el relativismo y el laicismo las vo­caciones son difí­ciles. Recemos juntos para que los sacerdotes que viven con fatiga y en la soledad, que en el trabajo pastoral se sien­tan ayudados y confor­tados por la amistad con el Señor y los miem­bros de la comunidad.

Nuestro Señor le dijo a los Apóstoles que, el sacerdote tie­ne que ser tratado como a Él mis­mo: «Quien a ustedes los escucha, a Mí me escuchan. Quien a ustedes los desprecian, a Mí me desprecian» (Lc 10, 16).

Implicaciones éticas sobre la eutanasia

Por: Pbro. Félix Ramón Celis Gómez, Magíster en Bioética de la Universidad Anáhuac (México)

La eutanasia es una acción u omisión que, por naturaleza o en su intención, procura la muerte con el fin de eliminar el do­lor, constituye un desafío desde el punto de vista ético y también desde lo legal. Algunos enfermos desahu­ciados piden que los dejen morir con dignidad para que se acaben sus sufrimientos. Ahí se presenta todo un dilema para los médicos y familiares, quienes deben tomar una decisión final.

En la mayoría de los Estados, los códigos penales vigentes y la postu­ra académica adoptan una posición intermedia, de suavizar los supues­tos de muerte piadosa, consentida o muerte digna, pero sin llegar a su legalización o justificación. Sin em­bargo, Colombia se ha dado un paso adelante bajo una premisa de un estado moderno y progresista que va evolucionando de acuerdo a las necesidades de los enfoques ideo­lógicos vigentes. Dentro de las sen­tencias de la Corte Constitucional y la regulación del Ministerio de Sa­lud y Protección Social, (sentencia T-970 de 2014 y la resolución 971 de 2021, respectivamente) se esta­blece que son tres requisitos los que se deben cumplir para que la eutana­sia pueda llevarse a cabo: 1) Mani­festar el consentimiento de manera libre, informada y equívoca. 2) Ser diagnosticado con una enfermedad en estado terminal. 3) Considerar que la vida ha dejado de ser digna a causa de los dolores insoportables que genera la enfermedad.

De acuerdo con los criterios mencio­nados anteriormente, si una persona cumple con estos requisitos, podrá acceder o solicitar la eutanasia de manera legal y sin contratiempos. Ante esta realidad de la eutanasia, es necesario realizar un juicio ético desde una perspectiva antropológica centrada en el valor de la vida y de la persona humana en su digni­dad. Porque los juicios o apreciaciones éticas dependen de los mode­los antropológicos que lamentablemente van impulsando las ideolo­gías emergentes. Asi­mismo, la mayoría de dichos enfoques antro­pológicos son distantes de la realidad objetiva de la vida y de su na­turaleza humana. Sin embargo, considero que, los aspec­tos relacionados con la vida, la per­sona y su dignidad no son negocia­bles y no pueden derivar o depender de una ética de consensos, porque la vida posee un valor inalienable y un derecho fundamental del cual deri­van los demás derechos y deberes de los seres humanos.

Desde esta perspectiva la eutanasia, aunque esté legal y vigentemente aprobada en Colombia con todas sus connotaciones ya sea para mayores o niños o adolescentes (sentencia T-544 de 2017) (Corte Constitucio­nal de Colombia. Magistrada po­nente: Gloria Stella Ortiz Delgado, 2017) es y será siempre ilícita, aun­que se practique con fines “piado­sos” y a solicitud del paciente. “Se trata de la eliminación de un ser hu­mano, de la violación de un princi­pio de la defensa de la vida. Nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser inocente, feto o embrión, niño o adul­to, viejo, enfermo in­curable y agonizante. Nadie puede solici­tar un gesto homici­da para él mismo o para otro confiado a su responsabilidad, ni se puede consentir explícita o implícita­mente. Ninguna auto­ridad puede imponerlo o permitirlo.

Se trata de una viola­ción a la dignidad de la persona hu­mana, de un crimen contra la vida, de un atentado contra la humanidad. También cuando se practica por sen­timiento de piedad, la eutanasia es ilícita” (Lucas, explícame la bioéti­ca, 2013).

No obstante, la eutanasia genera una serie de problemas extremos en la vida de los seres humanos, pero la ley no es adecuada para resolver estos problemas, porque la ley está encaminada para gobernar y regular situaciones ordinarias y no situacio­nes de excepciones que tienen un valor en sí mismo y para sí mismo como es la vida.

Por tanto, “solo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término: nadie en ninguna circuns­tancia, puede atribuirse el derecho a matar de modo directo a un ser humano inocente” ni si quiera a pe­tición del mismo (EV #53). Porque quitar o eliminar la vida de un ser humano, “es pisotear la exigencia de la ley natural, radicada en la tenden­cia, común a todos los hombres, a la autoconservación” (santo Tomás de Aquino). De ahí que toda clase de atropellos contra la dignidad del ser humano (eutanasia, homicidio, suicido, aborto, encarnizamiento terapéutico, mutilación, esclavitud, secuestro y torturas) constituye una gravísima violación del derecho de la vida.

Finalmente, el hecho de ahondar sobre la realidad de la eutanasia en Colombia con sus implicaciones éti­cas suscita una serie de aprendiza­je sobre el valor sagrado de la vida humana. Entendiendo la vida como una realidad espontánea que se da antes de que el hombre o la persona humana pueda decidir o querer o co­nocer. La vida es dada y está rodea­da de misterios que ni la ciencia ha podido descifrarla en su totalidad, y cuando lo intenta, se aleja y des­cubre que es un misterio fascinante. La vida humana no existe en sí ni por sí, es una realidad que es propia de la persona, como sujeto viviente que subsiste que se autoposee y se autodetermina (Vázquez, Dicciona­rio de bioética, 2006).

Así mismo, el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 2258 afirma: “que la vida humana es sagrada, porque desde su inicio es fru­to de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo a su término; nadie en ninguna circunstancia, puede atri­buirse el derecho a matar de modo directo a un ser inocente” (Juan Pa­blo II, 1997). Por consiguiente, todo hombre tiene una relación singular con Dios, en donde descubre que su vida es don que se hace mandamien­to y un mandamiento que se hace don. Desde esta perspectiva surge la exigencia ética de la vida la cual implica la responsabilidad de prote­gerla y defenderla siempre.

Bibliografía

Corte Constitucional de Colombia. Magistrada ponente: Gloria Stella Ortiz Delgado. (2017). Sentencia T-544. Bogotá. Recuperado el 22 de Julio de 2021, de https://www.corteconstitucional.gov.co/ relatoria/2017/t-544-17.html

Juan Pablo II. (15 de agosto de 1997). Va­tican.va. Obtenido de https://www.vatican. va/archive/catechism_sp/index_sp.html

Lucas, R. (2013). Explícame la bioética. Madrid: Educon.

Vazquez, C. S. (2006). Diccionario de bioética. Burgos: Monte Carmelo.