Conozcamos a Jesús en la Sagrada Escritura

Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve, Administrador Apostólico de la Diócesis de Cúcuta

Cada año, durante el mes de septiembre se ha hecho un gran esfuerzo por reflexionar sobre la Palabra de Dios, buscando que los fieles tengan un profundo conocimiento de Nuestro Señor Je­sucristo y puedan orientar sus vidas con las enseñanzas contenidas en la Sagrada Escritura, respondiendo con ello a las propuestas que a lo largo de la historia se han hecho para avanzar en el conocimiento de la Palabra de Dios. Aparecida ha reforzado esta tarea cuando afirma: “Encontramos a Jesús en la Sagrada Escritura, leí­da en la Iglesia, la Sagrada Escri­tura, ‘Palabra de Dios escrita por inspiración del Espíritu Santo’, es con la tradición, fuente de vida para la Iglesia y alma de su acción evan­gelizadora. Desconocer la Escritura es desconocer a Jesucristo y renun­ciar a anunciarlo” (DA 247).

Se hace necesario seguir profundi­zando en el conocimiento de Jesu­cristo como Verdad suprema que nos conduce por los caminos del bien. La Palabra de Dios es la Verdad sobre la cual podemos fundamen­tar nuestras vidas, con la máxima seguridad, que vamos por el mejor de los caminos. En esa Palabra se habla de Jesucristo como “el Cami­no, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6), y de todo el bien que hace en nosotros cuando la escuchamos atentamente y la ponemos en práctica.

El Plan Pastoral de nuestra Dióce­sis de Cúcuta, tiene como prioridad conocer y amar a Jesucristo que es nuestra esperanza, centrando todo el contenido de la reflexión en la Palabra de Dios, con el objetivo de formar a los miembros de las comu­nidades eclesiales misioneras en el conocimiento del Señor Jesús; tal como lo pide Aparecida: “Sentimos la urgencia de desarrollar en nues­tras comunidades un proceso de ini­ciación en la vida cristiana que co­mience por el kerygma, guiado por la Palabra de Dios, que conduzca a un encuentro personal, cada vez mayor, con Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre, experimentado como plenitud de la humanidad, y que lleve a la conver­sión, al seguimiento en una comunidad eclesial y a una ma­duración de fe en la práctica de los sacra­mentos, el servicio y la misión” (DA 289).

Este proceso de con­versión a la luz de la Palabra de Dios, nos prepara para la celebración de la Eucaristía y para el ejercicio de la caridad, que requieren precisamen­te una transformación de la vida en Cristo, como meta de un proceso de conversión que se va fortaleciendo cada día con la escucha de la Palabra y la frecuencia de los sacramentos, sobre todo la Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana (Cf. LG 11), en donde se sirven el pan de la Palabra y el pan de la Eucaristía; tal como lo enseña el Concilio Vaticano II: “La Iglesia ha venerado siempre la Sagrada Escritura al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la liturgia” (DV 21).

La Palabra de Dios y la Eucaristía van sembrando en el creyente las se­millas del Reino de Dios, las cuales le permite llenarse de fervor pastoral, para luego comunicarlo con la vida y las palabras, en un deseo sincero de evangelizar, llevando el mensaje de la salvación a muchas personas. Un deseo evangelizador que brota del conocimiento y el amor por la persona, el mensaje y la Palabra de Nuestro Señor Jesucristo. Así lo en­seña el Papa Francisco cuando afir­ma: “La Palabra de Dios escuchada y celebrada, sobre todo en la Euca­ristía, alimenta y refuerza interior­mente a los cristianos y los vuelve capaces de un auténtico testimonio evangélico en la vida cotidiana. La Palabra proclamada, viva y efi­caz, prepara para la re­cepción del Sacramen­to, y en el Sacramento esa Palabra alcanza su máxima eficacia” (EG 174).

Un evangelizador es capaz de ponerse en actitud orante en torno a la Palabra de Dios, bro­tando de allí el deseo de comunicar a Jesús, cumpliendo con el mandato misionero del Señor de ir por todas partes a hacer discípulos del Señor (Cf. Mt 28, 19); comunicando el mensaje a través de la caridad, como fruto maduro de todo el proceso de iniciación cristiana, de recibir la fe como don de Dios y compartirla con los hermanos. Es por esta razón que la Iglesia siempre nos ha llamado a fortalecer la fe, mediante el cono­cimiento y la vivencia de la Sagra­da Escritura. Así lo expresa el Papa Francisco: “El estudio de las Sagra­das Escrituras debe ser una puerta abierta a todos los creyentes. Es fun­damental que la Palabra revelada fecunde radicalmente la catequesis y todos los esfuerzos por transmitir la fe. La evangelización requiere la familiaridad con la Palabra de Dios y esto exige a las diócesis, parro­quias y a todas las agrupaciones ca­tólicas, proponer un estudio serio y perseverante de la Biblia, así como proponer su lectura orante, perso­nal y comunitaria” (EG 175).

Un cristiano que profundice en la Sagrada Escritura y se alimente de ella en la oración diaria, tendrá con­tenido para comunicar a los herma­nos, mediante una vida coherente con el Evangelio y con sus pala­bras que resuenan como anuncio del Reino de Dios, en el corazón de muchos creyentes. Eso constitu­ye una siembra del Reino de Dios, que en el proceso evangelizador de la Iglesia corresponde a la acción misionera y a la catequesis, que pue­de hacer todo creyente que se siente interpelado por la Palabra de Dios y que siente en su corazón el deseo de comunicarla, primero en el ambiente del hogar, y luego en los lugares en los que Dios nos pone, para dar testi­monio de Él, entregando cada día la vida al Señor.

Los convoco a poner la vida perso­nal y familiar bajo la guía de la Pa­labra de Dios, que escruta nuestros corazones y nos permite renovar la vida interior; hasta el punto de con­vertir nuestra vida en Cristo, para decir, ya no soy yo quien vivo es Cristo quien vive en mi (Cf. Gal 2, 20), porque realmente es el centro de nuestra existencia y punto de apoyo en nuestras decisiones.

Para todos, mi oración y mi bendición.

Bienaventurados los que trabajan por la paz

Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve, Administrador Apostólico de la Diócesis de Cúcuta

La paz les dejo, mi paz les doy. Una paz que el mundo no les puede dar” (Jn 14, 27), son las palabras de Jesús en el discurso de despedida y que nos indican que tenemos que trabajar intensamente por tener en la vida a Nuestro Señor Jesucristo que nos conduce a la verdadera paz. Esta paz interior y exterior no depende de nuestro esfuerzo y méritos, sino de la gracia de Dios. Durante la celebración de la eucaristía el sacerdote dice: “Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles ‘la paz les dejo, mi paz les doy’, no mires nuestros pecados sino la fe de la Iglesia y conforme a tu palabra concédele la paz y la unidad”. Luego extiende las manos y nos dice: “La paz del Señor sea siempre con ustedes”. ¿Qué es esta paz? Es un maravilloso regalo que Jesucristo ha ganado con su Sangre para nosotros y que nos quiere dejar para que vivamos en comunión y unidad. De nuestra parte está la responsabilidad de aceptarla, acogiéndola como don de Dios para nuestra vida.

Cuando aceptamos a Jesucristo en la vida personal y familiar, brota del interior el deseo de trabajar y construir la paz; como consecuencia de ello seremos llamados por el mismo Señor, bienaventurados. Así lo expresa Jesús en el sermón de la montaña: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9), esta es la tarea de todo cristiano, ayudar a que todos vivamos en paz. Llegar a trabajar por la paz presupone que reinen en nuestro corazón las demás bienaventuranzas. Cuando tengamos la confianza puesta solo en Dios desde la pobreza evangélica, cuando tengamos el alma limpia de todo pecado, comenzamos a tener paz en nosotros mismos y también la podemos ofrecer a los demás.

Quienes trabajan por la paz son bienaventurados, porque primero tienen la paz en su corazón y después procuran ambientes de paz entre los hermanos que están en división y conflicto. Para trabajar por la paz y transmitirla a los otros, se necesita tener en el corazón todas las cosas ordenadas, dejar entrar todas las virtudes, desde la fe, la esperanza y la caridad que nos ponen en paz con Dios y luego las demás virtudes que rigen toda la vida del creyente y lo ponen en actitud de acogida del hermano. Desde un corazón que está limpio, que está en gracia de Dios, es posible trabajar por la paz, recibiendo cada uno la paz que Jesucristo nos ha dejado y que nos conduce al encuentro con Él.

Del 5 al 12 de septiembre celebramos la semana por la paz, en donde nos disponemos a rezar por la paz tan anhelada por todos y a trabajar para que vivamos en familias perdonadas, reconciliadas y en paz. Se necesitan corazones perdonados y reconciliados con Dios y con los hermanos para que podamos tener una paz verdadera, estable y duradera. Todos queremos la paz y hacemos grandes esfuerzos por conseguirla. En Colombia sabemos de la necesidad que tenemos de la paz, pero no podemos olvidar que es un don de Dios y que trabajar por la paz, nos hace hijos de Dios y hermanos entre sí. Mientras no tengamos este principio cristiano bien anclado en el corazón, todos los esfuerzos meramente humanos que hacemos por conseguir la paz, quedan a mitad de camino y desfallecen en la mitad del sendero.

Se necesita amar la paz, que en la vida concreta es amar a Jesucristo, príncipe de la paz y tenerlo en el corazón de hijos de Dios. En este trabajo intenso y desde el corazón, tenemos la certeza de un premio: “bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9), sabiendo que el Padre de todos es solamente Dios, y no se puede entrar a formar parte de su familia, si no vivimos en paz entre todos por medio de la caridad fraterna, trabajando por crear armonía y unidad en nuestro entorno.

Esta es la misión de Nuestro Señor Jesucristo, conducirnos a la paz, reunir a los que están dispersos y divididos y establecer la paz entre los que crean divisiones. Sobre todo, su misión es devolvernos la paz con Dios, perdida a causa del pecado, poniendo en nuestro corazón la gracia para vivir en la presencia permanente de Dios, sabiendo que somos pacíficos cuando en nosotros no hay nada que se oponga a Dios y todos estamos cerca del Señor, así lo expresa el Apóstol san Pablo:  “mas ahora, en Cristo Jesús, ustedes, los que en otro tiempo estaban lejos, han llegado a estar cerca por la sangre de Cristo.  Porque Cristo es nuestra paz…  para crear en sí mismo… un solo hombre nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la enemistad. Vino a anunciar la paz: paz a ustedes que estaban lejos, y paz a los que estaban cerca” (Ef  2, 13 – 15).

Nuevamente Jesucristo necesita que lo dejemos obrar en nuestro corazón y que lo dejemos entrar en nuestra vida: “mira que estoy a la puerta y llamo. Cuando alguien me oye y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y el conmigo” (Ap 3, 20), esta es la clave para vivir perdonados, reconciliados y en paz en nuestras familias y en la sociedad.

Para todos, mi oración  y mi bendición.

La Asunción de la Santísima Virgen María

Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve, Administrador Apostólico de la Diócesis de Cúcuta

El 15 de agosto tenemos el pri­vilegio de celebrar con toda la Iglesia la solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen Ma­ría al cielo, dogma de fe proclamado por el Papa Pío XII en la constitución apostólica ‘Munificentissimus Deus’ el 1 de noviembre de 1950, afirmando lo siguiente: “La Inmaculada siempre Virgen María, Madre de Dios, termi­nado el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial”.

La Virgen María nos indica la meta del peregrinar en esta tierra. Así lo expre­só el Papa Benedicto XVI en su homi­lía el 15 de agosto del 2010: “María, el arca de la alianza que está en el san­tuario del cielo, nos indica con clari­dad luminosa que estamos en camino hacia la verdadera Casa, la comunión de alegría de paz con Dios”. Esta es la fe que profesamos y la esperanza que tenemos todos los creyentes en Cristo, caminando como peregrinos hacia la Casa del Señor a participar de la gloria del Cielo.

En medio de las luchas de la vida dia­ria y de la tormenta por la que todos estamos pasando en el mundo, a causa de esta pandemia y de otras tantas di­ficultades, la solemnidad de la Asun­ción de María al Cielo, nos abre a la esperanza, a un futuro lleno de paz en el Cielo, y Ella misma nos muestra el camino para alcanzar la gloria de Dios, invitándonos a acoger por la fe a Nuestro Señor Jesucristo, a permanecer en comunión con Él me­diante la gracia de Dios, a dejar que su Palabra sea luz y guía para nuestros pasos; a seguirlo como Camino, Ver­dad y Vida (Cf. Jn 14, 6), sobre todo en los momentos más tormentosos de la vida, cuando sentimos que la cruz se hace más difícil de llevar.

Contemplamos a María al pie de la Cruz junto a su Hijo Jesucristo, que entrega la vida por nosotros. Ella está allí con dolor, pero de pie, con la Es­peranza firme puesta en Dios. Hoy la veneramos ya en la gloria del cielo, dándonos esperanza en medio de las tribulaciones y dificultades de cada día, con la certeza de la gloria del cielo. Así nos lo enseña el ca­tecismo de la Iglesia Católica: “La Asun­ción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resu­rrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos” (CCE 966). Tambien, en la oración colecta de la solemnidad de la Asunción, ora­mos de la siguiente manera: “Dios To­dopoderoso y Eterno, que has eleva­do en cuerpo y alma a los Cielos a la Inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo, concédenos, te rogamos, que aspirando siempre a las realidades di­vinas, lleguemos a participar con Ella de su misma gloria en el Cielo”. Esta oración litúrgica nos anuncia la gran noticia de la salvación, que nos invita a tener los ojos fijos en el Señor, pero los pies en la tierra, trabajando todos los días por nuestra propia salva­ción y la de los hermanos.

El camino para llegar al Cielo nos lo traza la Virgen María desde el mismo momento de la Anunciación, cuando recibe el anuncio del Arcángel Ga­briel, quien le comunica la misión de parte de Dios de ser la madre del Sal­vador y Ella responde con entrega y decisión: “Aquí está la esclava del Se­ñor, hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 38) y en las bodas de Caná lo reafirma: “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2, 5).

María siempre estuvo disponible a ha­cer y amar la voluntad de Dios, indi­cándonos que el camino seguro para llegar al cielo es hacer lo que Jesús nos diga. Nuestra condición humana tan marcada por el pecado y tan llena de luchas e incertidumbres, recibe al mismo tiempo todas las gracias del Señor, cuan­do abrimos la vida y el corazón a su voluntad y a su querer. Esa es la Esperanza cristiana que se abre para nosotros cuando somos capaces de decirle a Dios: “Há­gase tu voluntad así en la tierra como en el cielo” (Mt 6, 10), acogiendo en el corazón a Nuestro Señor Jesucristo, nuestra esperanza.

La esperanza no es un invento del ser humano, es una virtud y una gracia que viene de Dios, que cada uno se dispone a recibir. Jesucristo es nues­tra esperanza, es el lema de nuestro Plan Pastoral para este año y resulta muy oportuno hacer este itinerario de esperanza, en un momento de la histo­ria en el que la fragilidad humana, la incertidumbre y la cruz están tocando de cerca a toda la humanidad. Frente a la incapacidad nuestra para mante­nernos en pie, Jesucristo, nuestra es­peranza, viene en nuestro auxilio, nos sostiene y nos ayuda a seguir adelante, abrazando su Cruz.

La Virgen María, sin entender comple­tamente la misión que el Señor le con­fió, con gran esperanza en Dios que no defrauda, dijo a la misión y lo que no comprendía lo guardaba en su cora­zón, así lo expresa el Evangelio: “Ma­ría, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 16-21); esto nos muestra que el camino para vivir la esperanza, es una vida interior que se relacione con Dios en constante oración con­templativa junto a su Cruz.

Contemplar a María orante y con es­peranza, es un alivio para el momento de cruz por el que pasamos. En medio de esta tormenta y de tantos conflic­tos que agobian a la humanidad por la pandemia y por la violencia que se está desatando en todas partes, nos acogemos al amparo de María Santísi­ma, para no desviarnos de lo esencial y permanecer centrados en Jesucristo, que da sentido y sostiene toda nuestra vida.

La profunda vida interior y contem­plativa de nuestra Madre del cielo, nos exhorta a mirar fijamente a Jesucristo, a vivir con serenidad y paz las incerti­dumbres y tormentas diarias, poniendo nuestra vida en las manos del Padre y caminando como peregrinos en esta tierra en la gracia del Señor, hasta que lleguemos a la Gloria de Dios, lugar donde está la Virgen María, después de su Asunción al Cielo.

Los convoco a poner la vida personal y familiar bajo la protección y amparo de la Santísima Virgen María, en to­das las circunstancias de la existencia, aún en los momentos de cruz. Que el Glorioso Patriarca San José, unido a la Madre del cielo, alcancen de Nuestro Señor Jesucristo, nuestra esperanza, gracias y bendiciones para cada uno de ustedes y sus familias.

Para todos, mi oración y mi bendición.

“El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús” (Santo Cura de Ars)

Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve, Administrador Apostólico de la Diócesis de Cúcuta

El próximo 4 de agosto recorda­mos en la liturgia de la Iglesia a san Juan María Vianney, co­nocido como el Santo Cura de Ars, patrono de los párrocos y de los sa­cerdotes. Un sacerdote sencillo y humilde, que supo entregar su vida a Dios y a los hermanos, en un servicio abnegado sobre todo en el sacramen­to de la confesión, logrando desde el confesionario muchas conversiones de personas que llegaban de todas partes a la aldea de Ars, a pedir per­dón al Señor por sus pecados y a reci­bir la gracia de Dios.

“El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”, es una frase que el Santo Cura de Ars repetía y meditaba con frecuencia; nos invita a todos a reco­nocer con gratitud a Dios el don tan grande que representan los sacerdo­tes, para la Iglesia y para cada una de las comunidades parroquiales; quie­nes recibiendo el llamado del Señor y dando una respuesta generosa a su plan de salvación, cada día repiten las palabras y los gestos de nuestro Señor Jesucristo para que pastores y fieles tengan el pan de la Palabra y de la Eucaristía que es el camino a la vida eterna.

El Santo Cura de Ars enseñaba a sus fieles con la propia vida. Siempre lo veían en el templo dedicando muchas horas de su tiempo a la oración. Con gran fervor se ponía de rodillas frente al Santísimo Sacramento presente en el sagrario, en actitud contemplativa, y estaba allí sin necesidad de hablar mucho, sino entrando en el secreto de su corazón y orando al Señor como lo pide el Evangelio: “Tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te re­compensará” (Mt 6, 6). De su oración contemplativa brotaba un amor pro­fundo por la Eucaristía, pues estaba convencido que todo el celo pastoral en la vida del sacerdote depende de la Eucaristía. Por eso celebraba su misa diaria con gran fervor y unción.

Su profunda vida espiritual y fer­vor en el ejercicio de su ministerio sacerdotal, lo llevó a abrazar la Cruz del Señor cada día y a entre­gar su vida en un ser­vicio constante en el confesionario, de tal manera que su alimen­to era la Eucaristía y su lugar de trabajo era el trono de la gracia, donde escuchaba a los penitentes y los lleva­ba hasta Dios. Al conmemorar a este gran santo patrono y modelo de los sacerdo­tes, volvemos la mirada a cada uno de los sacerdotes de la Iglesia y de nues­tra Diócesis, orando por su ministerio para que cada día la fidelidad sea la nota central de los ministros del Se­ñor y así puedan tener un corazón ar­diente de pastores para entregar toda su vida a la evangelización, identi­ficando su vida con la de Jesucristo Buen Pastor. El Concilio Vaticano II hablando de los sacerdotes expresa: “encontrarán en el mismo ejercicio de la caridad pastoral el vínculo de la perfección sacerdotal que reduce a unidad su vida y su actividad. Esta caridad pastoral fluye sobre todo del sacrificio eucarístico” (Presbyte­rorum Ordinis #14), esto significa en el sacerdote una vida interior que se expresa en un corazón ardiente de pastor, con la conciencia de llevar en su vida el misterio de Amor que tiene que ser la fuente de su vida de oración y de todo su apostolado.

Un sacerdote al estilo de Jesús, a ejemplo del Santo Cura de Ars, animador de una comunidad pa­rroquial es capaz de renovar y convertir una parroquia, en una comunidad de discípulos misione­ros al servicio del Evangelio. Así lo expresa Aparecida cuando afirma: “La renovación de la parroquia exige actitudes nuevas en los párrocos y en los sacerdotes que están al servicio de ella. La primera exigencia es que el párroco sea un auténtico discípulo de Jesucristo, porque sólo un sacer­dote enamorado del Señor puede renovar una parroquia; pero, al mismo tiempo, debe ser un ardoroso misio­nero que vive el cons­tante anhelo de buscar a los alejados y no se contenta con la simple administración” (Do­cumento de Aparecida #201).

Este fue el itinera­rio espiritual y pastoral de san Juan María Vianney para la aldea de Ars, quien, enamorado de Nuestro Señor Jesucristo, se dedicó a anunciarlo con su vida y con el ejercicio de su ministerio, que privilegió en el confe­sionario, entregando la gracia de Dios a tantos alejados que acudían a reci­bir el perdón misericordioso y desde allí se fue renovando la parroquia y también su entorno. Hoy el Papa Francisco nos invita a una conversión pastoral y misionera como la que em­prendió el Santo Cura de Ars, con el anhelo de que todas las comunidades lleguen a conocer y amar a Jesucristo. Así lo expresa el Papa cuando dice: “Espero que todas las comunidades procuren poner los medios necesa­rios para avanzar en el camino de una conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como están. Ya no nos sirve una ‘simple adminis­tración’. Constituyámonos en todas las regiones de la tierra en un ‘esta­do permanente de misión” (Evangelii Gaudium #25).

El cura de Ars vivió la buena noticia del Evangelio de Nuestro Señor Jesu­cristo y se la hizo descubrir a sus fe­ligreses permaneciendo en medio de su pueblo, como lo afirmó san Juan XXIII en ‘Sacerdotii Nostri Primor­dia’: “como un modelo de ascesis sacerdotal, modelo de piedad y sobre todo de piedad eucarística, y modelo de celo pastoral”, de tal manera que su parroquia rápidamente se fue reno­vando, siendo para los fieles ejemplo de respuesta en la fe, la esperanza y la caridad.

En este momento histórico como sa­cerdotes tenemos un gran desafío de iniciar nuevos cristianos y reiniciar a los que se han alejado, mediante un proceso evangelizador que tenga a Jesucristo como centro, para hacer realidad el sueño del Papa Francisco que pide una nueva evangelización donde “el anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario” (EG #35), que es el mismo Jesucristo, Nuestro Señor.

Que la intercesión del Santo Cura de Ars, de la Santísima Virgen María y del glorioso Patriarca san José, alcan­cen del Señor muchas bendiciones y gracias, que ayuden a todos los sa­cerdotes a vivir en fidelidad a Cristo y a la Iglesia. A todos los fieles, les concedan seguir unidos en oración y en colaboración con sus sacerdotes en las comunidades parroquiales.

Para todos, mi oración y bendición.

Hagan lo que Él les diga

Por: Monseñor José Libardo Garcés Monsalve, Administrador Apostólico de la Diócesis de Cúcuta

En el mes de julio celebramos con gozo dos advocaciones de la Virgen muy queridas por todos: Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá y Nuestra Señora del Carmen. La devoción a la Virgen María en todas sus advocaciones, es un fuerte llamado a la vida interior, que es de modo muy especial contemplar la vida de María, siguiendo sus pasos en lo que nos presenta el Evangelio. Una vida interior de total unión con Dios Ella proclamó ante el anuncio del ángel: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu Palabra” (Lc 1, 38) y en las bodas de Caná: “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2, 5).

La Santísima Virgen María nos quiere cristianos semejantes a Ella en la vida de oración, de recogimiento interior, de contacto continuo, unión íntima con el Señor y de entrega permanente a la voluntad de Dios. El corazón de María siempre fue un santuario reservado solo a Dios, donde ninguna criatura humana le robó esta atención, reinando solo el amor y el fervor por la gloria de Dios, colaborando así, con la entrega de su vida a la salvación de toda la humanidad, en total unión con su Hijo Jesucristo. Así lo expresa el Catecismo de la Iglesia Católica: “Al pronunciar el Fiat de la Anunciación y al dar su consentimiento al misterio de la Encarnación, María colabora ya en toda la obra que debe llevar a cabo su Hijo. Ella es madre allí donde Él es Salvador y Cabeza del Cuerpo místico” (CCE 973).

Hacer lo que el Señor nos dice, es cumplir cada día con la voluntad de Dios a ejemplo de María, tal como lo oramos varias veces al día en el Padre Nuestro: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo” (Mt 6, 10), en actitud de oración contemplativa, en una vida por entero dedicada a la búsqueda de Dios. Así nos lo enseñó el Concilio Vaticano II: “La máxima realización de la existencia cristiana como un vivir trinitario de ‘hijos en el Hijo’ nos es dada en la Virgen María quien, por su fe (Cf. Lc 1, 45) y obediencia a la Voluntad de Dios (Cf. Lc 1, 38), así como por su constante meditación de la Palabra de Dios y de las acciones de Jesús Lc 2, 19.51), es la discípula más perfecta del Señor” (LG 53).

En este mundo con tanto ruido y confusión exterior, donde se ha perdido el horizonte y la meta de la vida, se necesita el corazón de los creyentes fortalecido por el silencio interior, que hace posible el contacto continuo con Dios; en actitud contemplativa vamos descubriendo en cada momento la Voluntad de Dios, con una vida en total entrega a la misión, como María nos lo enseña permanentemente. Es esta la gracia que debemos pedir a la Virgen, cada vez que nos dirigimos a Ella y en los momentos en los que celebramos una de sus advocaciones, renovar nuestro deseo de tenerla  siempre como patrona y maestra de nuestra vida interior.

Cuando el discípulo de Cristo desarrolla su vida interior, a ejemplo de María, es capaz de discernir todos los momentos de la vida, aún los momentos de cruz, a la luz del Evangelio. María precisamente, enseña al creyente a mantener la fe firme al pie de la Cruz, Ella estaba allí con dolor, pero con esperanza, en ese lugar Ella estaba en total comunión de mente y de corazón, con su Hijo Jesucristo, así lo explica el Catecismo de la Iglesia Católica cuando dice:

“La Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie, sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de madre que, llena de amor, daba amorosamente su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima que Ella había engendrado. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la Cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19, 26-27) (LG 58)”. (CCE 964).

De un corazón que aprende a hacer lo que el Señor diga, brota también la capacidad para vivir los momentos difíciles y tormentosos de la vida como una oportunidad para fortalecer la fe, mantener viva la esperanza y acrecentar la caridad cristiana. María al pie de la Cruz, da a la Iglesia y a cada uno, la esperanza para iluminar cada momento de la existencia humana, aún los más dolorosos. Estamos pasando por situaciones difíciles en el mundo, en Colombia y en las familias a causa de la pandemia y de otros sufrimientos que afrontamos. Sin embargo, no todo está perdido, en medio de tantos dolores, incertidumbres y cruces, ahí está la Madre, la Santísima Virgen María, animando a cada uno de sus hijos y a cada familia, para no desfallecer; Ella, Madre de la Esperanza está acompañando el caminar de todos. También en la cruz y la dificultad, estamos llamados a descubrir qué nos está pidiendo Dios y hagamos lo que Él nos vaya diciendo en el silencio del corazón.

Jesús hoy nos dice que confiando en su gracia escuchemos su Palabra, recibamos los sacramentos, oremos y pongamos de nuestra parte toda la fe, toda la esperanza y toda la caridad, y Él se encargará del resto, de darnos su gracia y su paz, en todos los momentos de la vida; en los más fáciles y también en las tormentas que llegan a la existencia humana y todos en comunión hacernos servidores los unos de los otros. Sólo poniendo al servicio de Dios y de los demás lo que somos y tenemos, todo irá mejorando a nuestro alrededor, en la familia, en el trabajo, en la comunidad parroquial y en el ambiente social.

Los convoco a poner la vida personal y familiar bajo la protección y amparo de la Santísima Virgen María, en todas las circunstancias de la vida, aún en los momentos de cruz, tengamos siempre presente el llamado de María: “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2, 5). Que el Glorioso Patriarca san José, unido a la Madre del Cielo, alcancen de Nuestro Señor Jesucristo, muchas gracias y bendiciones para cada uno de ustedes y sus familias. 

Para todos, mi oración y bendición.

Tú eres Pedro

Por: Monseñor José Libardo Garcés Monsalve, Administrador Apostólico de la Diócesis de Cúcuta

Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará” (Mt 16, 18), son las palabras de Jesús a Pedro después de su profesión de fe, cuando el Señor les preguntó quién era Él para los discípulos que lo seguían. Esta es una ver­dad fundamental de nuestra fe, sobre la cual se basa la certeza que Jesucristo fundó la Iglesia y eligió a Pedro y a sus sucesores como piedra angular de la misma. “Te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tie­rra, quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo” (Mt 16, 19). Esto es lo que le da fuerza y soli­dez a la fe, por eso proclamamos con fervor que nuestra Iglesia es Apostólica.

En Pedro tenemos un testigo de Jesucristo y una columna viva de la Iglesia, cuyo ejemplo de fe, servicio y entrega total a la voluntad de Dios debe inspirar­nos a responder debidamente a la vocación recibida en la vida sacerdotal, religiosa, matrimo­nial y familiar. Pedro fue elegi­do para ser el primero entre los Apóstoles, él es la piedra sobre la cual se edificó la Iglesia; por ello, se le considera el primer Papa, que junto con los demás Após­toles y luego con los sucesores garantizan la Apostolicidad de la Iglesia, que llega hasta el Papa Francisco, quien actualmente es Pedro, para cada uno de los cre­yentes en Cristo, en comunión con todos los Obispos.

En el Papa, los católicos tene­mos un punto firme y seguro de nuestra fe, porque Jesucristo quiso edificar su Iglesia sobre Pedro y sus sucesores. En sus enseñanzas y en su Magisterio pontificio hallamos una roca fir­me, frente a los oleajes de confu­sión doctrinal que hoy en día apa­recen en muchos ambientes, que desorientan a los cristianos.

En el Papa, en los Obispos y en los sa­cerdotes fieles, que reconocen la autori­dad del Romano Pon­tífice, siguen su Ma­gisterio y transmiten sus enseñanzas, en­contramos al mismo Cristo, Buen Pastor, que guía a sus ovejas a la salva­ción eterna. Escuchemos su voz, sigamos sus huellas, imitemos su ejemplo de amor, de santidad y de entrega incondicional, para el bien de toda la humanidad y la Iglesia.

También cada uno de los cató­licos tienen hoy el compromiso de vivir, defender y proclamar la fe Católica, en obediencia al Papa y a los pastores de la Igle­sia, asumiendo en la propia vida a Nuestro Señor Jesucristo y dando testimonio de Él en los diferentes contextos en los que cada uno se encuentra a nivel familiar, parro­quial y laboral. De esta manera, cada uno se hace testigo de Cris­to, diciendo sí a Dios y deposi­tando plenamente su confianza en Él, dejándose guiar por la Iglesia que es madre y maestra del Evangelio, aun abrazando la Cruz del Señor, en medio de las dificultades y contradicciones que hoy conlleva defender la fe Cató­lica en obediencia a la Voluntad de Dios y en comunión de mente y de corazón con el Papa Francis­co y el Colegio Apostólico.

Así lo expresa Aparecida cuando dice: “No hay discipulado sin comu­nión. Ante la tentación muy pre­sente en la cultura actual, de ser cristianos sin Iglesia y las nuevas búsquedas espirituales individua­listas, afirmamos que la fe en Je­sucristo nos llegó a través de la comunidad eclesial y ella ‘nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia Católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión. Esto sig­nifica que una dimen­sión constitutiva del acontecimiento cris­tiano es la pertenen­cia a una comunidad concreta, en la que podemos vivir una experiencia permanente de discipulado y de comunión con los sucesores de los Apóstoles y con el Papa” (DA 156).

Esta comunión que tenemos que vivir todos los católicos, nos lleva a asumir y abrazar la Cruz del Se­ñor, que nos hace verdaderos dis­cípulos de Jesucristo y testigos de su Palabra, llenos de esperanza y de paz y en comunión con la Igle­sia Católica. Así como Jesucristo no estuvo en la Cruz desespera­do y angustiado, sino que abrió sus brazos serenamente, en co­munión perfecta con el Padre, el cristiano que sube a la Cruz con Cristo, tiene paz en el corazón, aprendiendo vivencialmente que la esperanza tiene sus raíces en la Cruz del Señor. Esforzarse por vivir en comunión, asumiendo la Cruz del Señor, significa vivir el martirio, antes que causar divi­sión en la Iglesia.

Esta verdad viene reforzada con el testimonio y ejemplo de vida de los últimos Papas que hemos teni­do, quienes han mantenido la fe, esperanza, paz y comunión, aún en medio de muchos sufrimientos y momentos de cruz en el cum­plimiento de su misión apostóli­ca, recibiendo del Espíritu Santo la fortaleza para no temer subirse a la Cruz con Cristo, en las con­trariedades de cada día que trae predicar y defender el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, en comunión con toda la Iglesia.

En este tiempo, celebrando a los santos Apóstoles Pedro y Pa­blo, nos unimos a la jornada del Óbolo de San Pedro y ora­mos particularmente por las intenciones del Papa Francisco, de modo que, en todo momento reciba la gracia del Espíritu San­to, que lo llene de sabiduría para continuar conduciendo a la Igle­sia, en este momento histórico de nuestro caminar, asumiendo la Cruz del Señor con fe, esperanza y paz, iluminando todas la reali­dades con la luz del Evangelio y trabajando por la comunión y la unidad de toda la Iglesia.

Que Nuestro Señor Jesucristo, por intercesión de la Santísima Virgen María y del glorioso Pa­triarca san José, nos concedan la gracia de vivir en comunión con la Iglesia Universal, unidos al Papa Francisco -hoy Pedro-, roca de la Iglesia para nosotros y que, ofrezcamos en este tiempo, nuestra oración y ayuda al Sumo Pontífice, para que el Señor lo ilumine en el cumplimiento de su misión.

Para todos, mi oración y bendición.

El perdón y la reconciliación que llevan a la paz

Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve, Administrador Apostólico de la Diócesis de Cúcuta

A nivel mundial, particularmente en Colombia y en nuestras fami­lias, el ser humano está pasando por una crisis de convivencia, manifes­tado esto en corazones llenos de odio y resentimiento que generan cada día más violencia y confusión al interno del grupo familiar y de la sociedad. Se escucha desde distintos enfoques que es necesario un proceso de perdón y recon­ciliación para llegar a la paz. Sin embar­go, no se llega a la tan anhelada paz, tan querida por todos, porque en la huma­nidad prevalece el uso de la fuerza y la violencia para resolver sus conflictos, al tiempo que se desea vivir en paz.

Al hablar de perdón y reconciliación se está tocando un aspecto central de la fe cristiana. Muchas situaciones persona­les, familiares, sociales, etc., que se viven en conflicto, hacen necesario un proceso de perdón y reconciliación, pero no se concreta quitando a Dios del centro de la vida, de tal manera, que la virtud de la fe es definitiva cuando se quiere hablar de perdón y reconciliación y por eso es que a las comunidades cristianas en Colom­bia, hay que pedirles como primera obra en el trabajo de la reconciliación, que se encuentren para rezar. La oración es el clamor de quien no se resigna a vivir en el odio, el resentimiento, la violencia y la guerra.

El perdón y la reconciliación son virtu­des cristianas que brotan de un corazón que está en gracia de Dios, nos permi­te ver la dimensión del don de Dios en nuestras vidas. Nacen estas virtudes de la reconciliación con Dios, mediante el perdón de los pecados que recibimos, cuando arrepentidos nos acercamos al sacramento de la penitencia a implo­rar la misericordia que viene del Padre y que mediante el perdón nos deja re­conciliados con Él. Estar en gracia de Dios, perdonados y reconciliados son características fundamentales de la fe cristiana.

El perdón y la reconciliación son gra­cias de Dios y por eso no son fruto de un mero esfuerzo humano, sino que son dones gratuitos de Dios, a los que el cre­yente se abre, con la disposición de reci­birlos, haciéndose el cristiano testigo de la Misericordia del Padre y convirtién­dose en instrumento de la misma, frente a los hermanos. Un cora­zón en paz con Dios, que está en gracia de Dios, es capaz de transmitir este don a los demás, mediante el perdón y la reconciliación en la vi­vencia de las relaciones con los otros.

No hay reconciliación y paz sin perdón, y todo tiene su origen en Dios Padre que envió a su Hijo Jesu­cristo, para que nos reconciliara con Él y efectivamente así lo hizo desde la Cruz, cuando nos otorgó su perdón y nos dejó el mandato de perdonar a los hermanos. El origen del perdón es la experiencia que Jesús tiene de lo que es la Misericor­dia infinita del Padre y por eso desde la Cruz lanza esa petición de perdón para toda la humanidad pecadora y necesita­da de reconciliación: “Padre, perdóna­les porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).

Es por esto que ninguna ley civil y nin­gún poder humano podrá obligar a nadie a conceder y pedir el perdón. Solo la ley moral lo hace porque tiene su funda­mento en Dios mismo que siembra en nosotros la semilla del perdón y la re­conciliación, en el perdón que Él mismo nos ofrece, del cual somos testigos y por gracia de Dios y desde la fe, somos instrumentos de la misericordia del Padre.

Para los creyentes la reconciliación con Dios es condición básica y necesaria para la reconciliación humana. Hemos de estar reconciliados con Dios si que­remos vivir reconciliados entre los seres humanos, así lo decimos en la oración del Padre Nuestro: “Perdónanos nues­tras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6, 12).

Como cristianos creemos que el agente principal del perdón y la reconciliación es Dios. Orar por el per­dón y la reconciliación es mostrar que estamos convencidos que esto no es una lucha humana, sino un don de Dios. Esto, no declina nuestra dedicación activa por vivir perdona­dos y reconciliados, sino que nos dispone abrien­do el corazón a esta gracia de Dios. La oración estimula nuestra actividad y creatividad en trabajar por un mundo y una Colombia perdonada y reconcilia­da. Siempre en el mundo los grandes ar­tífices y trabajadores de la paz han sido personas de oración ferviente al Señor, pidiendo constantemente el perdón y la reconciliación que nos lleva a la verda­dera paz.

Con Dios al centro de la vida y vivien­do en su gracia y en oración fervien­te, un instrumento fundamental en el proceso del perdón y la reconciliación es el diálogo, tan añorado en estos tiempos de violencia y dificultad en nuestra patria, válido para resolver conflictos familiares, vecinales, socia­les, políticos, etc. El diálogo ha evitado muchos enfrentamientos violentos a lo largo de la historia, en todos los sectores sociales. Dialogar implica escuchar de verdad las razones del adversario y estar dispuestos a modificar nuestra posición.

Con la gracia de Dios en el corazón, el diálogo que lleva al perdón y la recon­ciliación se busca como un beneficio para el otro, sin Dios al centro se bus­ca el perdón y la reconciliación como un beneficio egoísta para sí mismo. La paz que nos trae el Señor, no como la que da el mundo sino Dios, implica una búsqueda continua del bien del otro, que lleva finalmente a trabajar de manera incansable por el bien común. Esto es un aprendizaje que se hace desde la fe, dejándonos educar por Dios mismo, que quiere que seamos sus hijos y entre no­sotros verdaderos hermanos. Aparecida expresó esta verdad diciendo:

“Es necesario educar y favorecer en nuestros pueblos todos los gestos, obras y caminos de reconciliación y amistad social, de cooperación e integración. La comunión alcanzada en la sangre recon­ciliadora de Cristo nos da fuerza para ser constructores de puentes, anunciadores de verdad, bálsamo para las heridas. La reconciliación está en el corazón de la vida cristiana. Es iniciativa propia de Dios en busca de nuestra amistad, que comporta consigo la necesaria reconci­liación con el hermano. Se trata de una reconciliación que necesitamos en los diversos ámbitos, en todos y entre todos los países. Esta reconciliación fraterna presupone la reconciliación con Dios, fuente única de gracia y de perdón, que alcanza su expresión y realización en el sacramento de la penitencia que Dios nos regala a través de la Iglesia” (DA 535).

Que Nuestro Señor Jesucristo, por in­tercesión de la Santísima Virgen María y del glorioso Patriarca san José, nos concedan la gracia de vivir en Colombia perdonados, reconciliados y en paz.

En unión de oraciones, reciban mi bendición.

¡Sagrado Corazón de Jesús; en Vos confío!

Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve, Administrador Apostólico de la Diócesis de Cúcuta

En el mes de junio, la Iglesia dedi­ca especial atención al Sagrado Corazón de Jesús, fortaleciendo la vida espiritual de los creyentes en torno a Nuestro Señor Jesucristo. La imagen del Sagrado Corazón nos recuerda el núcleo central de nuestra fe: todo lo que Dios nos ama con su corazón y todo lo que nosotros le debemos amar, como respuesta de nuestra parte a ese amor in­condicional.

Esto significa, que debemos vivir de­mostrándole a Jesús con nuestras obras que lo amamos, que correspondemos al gran amor que Él nos tiene y que nos ha demostrado entregándose a la muerte por nosotros, quedándose en la Eucaris­tía y enseñándonos el camino a la vida eterna. Todos los días podemos acercar­nos a Jesús o alejarnos de Él. De noso­tros depende estar cerca del Señor, ya que Él permanece fiel a sus promesas para con nosotros y siempre nos está esperando y amando.

Debemos vivir recordando en cada ins­tante, el amor de Jesús que brota de su corazón y pensar cada vez que actua­mos: ¿Qué haría Jesús en esta situación, ¿qué le dictaría su corazón? Y eso, es lo que debemos hacer ante un problema en la familia, en el trabajo, en nuestra comu­nidad, con nuestras amistades, etc. Debe­mos, por tanto, revisar constantemente si las obras o acciones que vamos a hacer nos alejan o acercan del amor de Dios.

De parte del Señor, Él siempre perma­nece fiel brindándonos su amor pleno, el cual brota de su corazón, con actitud de acogida en todas las circunstancias y sufrimientos por los que pasamos. Vivi­mos momentos difíciles, a causa de esta pandemia que ha dejado sufrimiento y dolor. También en Colombia, estamos pasando por situaciones complejas de violencia y dificultad que nos hacen sufrir. Todas estas situa­ciones difíciles, nos tienen que ayudar para volver nuestra vida a Dios, para mirar su corazón traspa­sado y reconciliarnos, primeramente, con el Se­ñor, para recibir su perdón misericordioso y vivir en paz con Él, con nosotros mismos y con los demás. Él siempre nos espera, como el Padre misericordioso del Evangelio esperó al hijo pródigo, a cada uno de nosotros nos dice permanentemente: “Vengan a mí, los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y hu­milde de corazón, y encontrarán des­canso para su vida. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11, 28 -30).

No hay nada más agobiante que el peca­do en la propia vida, que causa desastres y destruye la propia existencia, dete­riorando la relación con Dios y con los demás; por eso hay que descansar en las manos de Dios, recibiendo la gracia del perdón por nuestros pecados y el alivio que brota del corazón amoroso de Jesús.

El Papa Francisco en la festividad del Sagrado Corazón de Jesús del 2014, nos ha enseñado que el amor y la fidelidad del Señor manifiesta la humildad de su corazón, que no vino a conquistar a los hombres como los reyes y los po­derosos de este mundo, sino que vino a ofrecer amor con mansedumbre y hu­mildad. Así se definió el Señor: “Aprendan de mí, que soy manso y humil­de de corazón” (Mt 11, 29). En este sentido, hon­rar al Sagrado Corazón de Jesús, es descubrir cada vez más la fidelidad hu­milde y la mansedumbre del amor de Cristo, reve­lación de la misericordia del Padre. Podemos expe­rimentar y gustar, dice el Papa Francisco, la ternura de este amor en cada estación de la vida, en el tiempo de alegría, en el de tristeza, en el tiempo de la salud, en el de la en­fermedad y la dificultad. La fidelidad de Dios nos enseña a acoger la vida como acontecimiento de su amor y nos permi­te testimoniar este amor a los hermanos mediante un servicio humilde y sencillo.

Se necesita de la humildad y la manse­dumbre del corazón de Jesús para volver a tomar el rumbo de Colombia frente a tanta dificultad y confusión por la que pasamos. Todos necesitamos del per­dón y la reconciliación que vienen del corazón amoroso de Jesús para vivir en Paz en nuestras familias y en Colombia. Cuánto bien nos hace dejar que Jesús vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a amarnos los unos a los otros, con el corazón de Jesús. Esto es lo que ne­cesitamos todos los colombianos en esta hora de confusión y de dolor.

La Revelación nos manifiesta que el Hijo único de Dios quiso asumir un corazón de carne, precisamente para convertirse en el mediador deseoso de la realización de nuestra reconciliación. Este corazón quiso conocer y experimentar la des­integración de la muerte y el odio de la humanidad a fin de cumplir en nosotros su voluntad redentora, reconciliándonos con nosotros mismos, con nuestros her­manos y con Él mismo y con su Padre. Aceptó, pues, detener, en la muerte, sus latidos amorosos para darnos, con la san­gre y el agua de los sacramentos, el Es­píritu, que es la reconciliación en forma de remisión de los pecados (Jn 19, 30.34; 20, 22-23), el Espíritu de Amor, que es el soplo vivificante de su corazón, que nos lleva a la verdadera paz.

Cristo no murió para dispensarnos de sufrir y morir, sino para que pudiésemos con Él, amar al Padre, incluso en nues­tros sufrimientos, en nuestras dificulta­des y en los momentos de Cruz, a pesar de nuestras debilidades y de nuestros pe­cados. De aquí, la institución del sacra­mento de la penitencia reparadora de la gracia, que nos da la capacidad de amar con un corazón manso y humilde como el de Jesús.

La gracia que nos da la absolución sacra­mental, la recibimos como una palabra que nos libera de la esclavitud del peca­do que nos divide y vacía el corazón del odio y resentimiento, para darnos la ca­pacidad de amar con el corazón de Jesús. El penitente que carga sobre sí el yugo de Cristo, experimenta su suavidad, lo liviano del peso que su mandamiento del amor pone en sus hombros. Todo viene de Dios, que nos ha reconciliado consigo por el corazón de Cristo. Dios Padre, en efecto, es quien, en el corazón de Cris­to nos perdona, no tomando en cuenta nuestros pecados. Es por esto, que la Iglesia nos suplica, por las entrañas de Cristo: Dejémonos reconciliar con Dios y nos invita a confiar en el Señor, repi­tiendo siempre: ¡Sagrado Corazón; en Vos confío!

En unión de oraciones, reciban mi bendición.

De Babel a Pentecostés

Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve, Administrador Apostólico de la Diócesis de Cúcuta

Babel, en la Sagrada Escri­tura, es lugar de confusión y desorden, donde la pre­potencia, orgullo y egoísmo del hombre lo condujeron a creer que podía construir una torre para lle­gar hasta el cielo, olvidándose que el camino era la vivencia de los mandamientos.

En Babel todos hablan y nadie se entiende, todos mandan y nadie obedece, todos gritan y nadie hace silencio, se exige justicia y ho­nestidad mientras se comulga con la injus­ticia y la corrupción, se pide hablar con la verdad mientras se di­funde la mentira. En Babel no hay espacio para el diálogo y la concertación, todos buscan imponer sus ideas a costo de lo que sea. En Babel la men­te y el corazón del ser humano se embotan de tal manera que, le es imposible reconocer en el otro al hermano, sólo ve adversarios a los que tiene que vencer, porque los considera una amenaza.

Colombia, tierra consagrada al Sa­grado Corazón de Jesús, no puede ni debe ser la Babel donde el mie­do venza a la confianza, el odio al amor, la violencia a la paz, la di­visión a la unidad. El Santo Padre Francisco nos ha dicho que es en la fraternidad y con la solidaridad como lograremos vencer juntos la pandemia de la COVID-19, que, por estos días, entre otras cosas, ha encontrado en las aglomeracio­nes de personas presentes en las movilizaciones y protestas, espa­cios para su rápida propagación.

Volvamos a reunirnos en una sola casa como lo hicieron los discípu­los de Jesús que, sin perder la fe y la esperanza en las palabras de su Maestro, perseveraron en la ora­ción, en la fracción del pan, y en el ejercicio de la caridad. Esa casa común es Colombia, lugar donde debe darse el Pentecostés, donde la presencia del Espíritu Santo nos una a todos y transforme la confusión en comunión, tienda puentes para el encuentro y de­rribe los muros de la indiferencia, del odio y de la violencia.

Con un nuevo Pente­costés, los colombia­nos llenos del Espíritu Santo, seremos capa­ces de comprender la lengua de todos, pues hablaremos la lengua que hombres y mu­jeres entienden sin importar raza, credo o clase social: el len­guaje del amor, del perdón, la re­conciliación y la paz. Este nuevo lenguaje nos permite sentarnos a dialogar para escucharnos, reco­nocer con humildad que, en deter­minados momentos, por tratar de construir una torre a nuestro ca­pricho y antojo para sentirnos más fuertes y vernos más altos que los demás, he­mos olvidado el sentido de ser hermanos y la importancia de construir el bien común.

Es el momen­to de pedirle al Espíritu Santo que así, como se posó en cada uno de los após­toles, encienda en cada colom­biano el fue­go de su amor, indispensable para asumir con valentía y deci­sión el compro­miso de trabajar juntos por la transformación de un país que necesita un pro­yecto integral de vida en el que se respete la dignidad del ser humano y se promueva el desa­rrollo de los pueblos.

Este avivamiento, llenará nues­tros corazones de fe y esperan­za, hará posible que lo torcido se enderece, lo escabroso se allane, los adversarios se den la mano, y la búsqueda del bien común sea responsabilidad y compromiso de todos.

De Babel son los capítulos negros de la historia de Colombia que se repiten cuando los colombianos se alejan y no aceptan la volun­tad de Dios, al contrario, constru­yen torres gigantes que terminan desmoronándose y aplastando en su caída a los más débiles e inde­fensos. En cambio, Pentecostés es una nueva creación con líneas en blanco para escribir a la luz del Espíritu Santo los nuevos ca­pítulos de los colombianos que se reconocen hijos de un mismo Padre y se hacen conscientes de que, si permanecen en el amor que Jesucristo les enseñó, vencen al pecado que genera caos, dolor y muerte, para vivir en la gracia que produce abundantes frutos.

En unión de oraciones, reciban mi bendición.

Para ser buen pastor, se necesita amar

Desde el Antiguo Testamen­to ante la presencia de tantos malos pastores que condujeron al pueblo a la desgra­cia, al exilio, a la dispersión, surge el deseo tanto en el pueblo como en los profetas, de tener a Dios como Pastor, que Dios mismo venga a guiar a su rebaño. Anhelo que Dios recibe como una súplica a la cual responde: “les daré pas­tores según mi corazón que los apacienten con conocimiento e inteligencia” (Jr 3, 15).

Dentro de los signos que presenta el evangelista san Juan, está el de Jesús como el Buen Pastor, que anuncia públicamente el sentido de su misión: “he venido para que tengan vida y la tengan en abun­dancia” (Jn 10, 10).

Jesús Buen Pastor conoce, escu­cha, cuida y da la vida por las ove­jas. No es un asalariado que vive de las ovejas, sino que vive con y para las ovejas. No las engaña prometiéndoles lo que nunca va a darles. Más bien, las consuela y si se pierden sale en su búsqueda, y al encontrarlas, las trae sobre sus hombros nuevamente al redil.

El único camino para ser un buen pastor al estilo de Jesús, es amar. El que ama, escucha, conoce, cuida y llega a dar la vida por lo que ama. Así, se lo hizo conocer Jesús a su amigo Pedro a quien iba a poner de pastor al frente de su rebaño: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Él le respondió: “Sí, Señor, Tú sa­bes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos” (Jn 21, 15-25).

Cuando el sacerdote ama a Dios y se deja amar por Él, se gasta y se desgasta por el rebaño que el Señor le ha encomendado. La prioridad es la comunidad, sufre y se alegra con ellos, los anima, acompaña y defiende de cuanto pueda hacerle daño. El buen Pas­tor no calla ante las injusticias que se cometen en contra de los más pobres e in­defensos de su rebaño, denuncia públicamente todo lo que atente con­tra la vida y la dignidad de quienes claman mi­sericordia.

En la Diócesis de Cúcuta hay bue­nos pastores que acompañan a los migrantes, asisten a los enfermos, visitan a los internos de la cárcel, dan de comer a los hambrientos, cuidan a los niños y mujeres, y capacitan técnicamente a quienes necesitan de un arte para contar con mejores oportunidades de tra­bajo, celebran la Eucaristía donde parten y comparten el Cuerpo de Jesús como alimento de vida eter­na.

La pregunta de Jesús sigue sien­do la misma: “¿Me amas más que éstos?” y esta pregunta es para los jóvenes de los colegios y uni­versidades que en su pensamiento tienen como deseo cambiar el mundo a mejores condiciones de como lo han encontrado. Estos jóvenes han de ser buenos pasto­res, buenos ciudadanos, buenos profesionales, buenos padres de familia, buenos servidores públi­cos. El llamado es a ser buenos y eso implica aprender a amar la obra que nos han enco­mendado. Pues no hay nada más angustioso y deprimente que hacer las cosas porque toca y no porque nacen de un corazón lleno de amor.

El que quiera ser buen pastor debe vivir la gratuidad. En palabras del Papa Francisco: “quien no vive la gratuidad fraterna, convierte su existencia en un comercio ansio­so, está siempre midiendo lo que da y lo que recibe a cambio” (Fra­telli Tutti #140). El buen pastor se da sin medidas, sin reservas, su vida es como un cirio encendido que entre más luz ofrece más se desgasta.

En unión de oraciones, reciban mi bendición.