Jesucristo ilumina y unifica la vida familiar

Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta

Comenzamos la semana de reflexión y oración por la familia al celebrar en nues­tra Diócesis de Cúcuta la Semana de la Familia, con el propósito de tomar conciencia del llamado de Dios a cada hogar para defender, proteger y custodiar la vida huma­na y la familia, como base esencial para construir persona y sociedad desde las virtudes del Evangelio, con la certeza que Jesucristo nues­tra esperanza ilumina y unifica la vida familiar y con la gracia que derrama cada día sobre los hoga­res, fortalece la unidad y la comu­nión, que dan bienestar y estabi­lidad a la vida familiar, sabiendo que “el bien de la familia es de­cisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia” (‘Amoris Laetitia’ #31), bienestar que está en manos de nuestras familias cristianas para construir un mundo perdonado, re­conciliado y en paz.

Con Jesucristo al centro de la fami­lia, la vida se hace más llevadera y aún los dolores y los sufrimien­tos, con las alegrías y aciertos, van ayudando al crecimiento y fortale­cimiento del hogar. Así lo expresa el Papa Francisco cuando afirma: “La presencia del Señor habita en la familia real y concreta, con todos los sufrimientos, luchas, alegrías e intentos cotidianos. Cuando se vive en familia, allí es difícil fingir y mentir, no po­demos mostrar una máscara. Si el amor anima esa autenticidad, el Señor reina allí con su gozo y su paz” (AL #315), de tal mane­ra que la vida familiar se santifica mediante la vivencia de la caridad, que debe tener como núcleo el per­dón, que da capacidad para seguir adelante.

Una familia cristiana, donde los padres han entendido la misión que Dios les ha confiado de dar la vida, protegerla y custodiarla, ayu­dando a los hijos en su formación y desarrollo, se hace servidora del Señor, anunciadora del Evangelio de la familia, que sirve a otros ho­gares que pueden estar en dificul­tades, a centrar su vida en el Señor. El Documento de Aparecida (DA) reconoce esta misión de los padres cuan­do afirma: “El gran tesoro de la educa­ción de los hijos en la fe consiste en la experiencia de una vida familiar que recibe la fe, la con­serva, la celebra, la transmite y la testi­monia. Los padres deben tomar nueva conciencia de su go­zosa e irrenunciable responsabilidad en la formación integral de los hi­jos” (DA #118), convirtiéndose en servidores del Señor, discípulos misioneros, que comunican dentro y fuera del hogar el Evangelio de la vida y la familia.

La familia que edifica su vida so­bre la roca firme de Jesucristo, re­cibirá la fuerza diaria para afrontar los desafíos y tareas en la misión que ha recibido de Dios y podrá también convertirse en luz que ilu­mina el caminar de otras familias, que se ven desanimadas en con­tinuar con la lucha diaria, porque “la familia cristiana, hoy, sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza Pascua de Cristo, mediante la constan­te irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la espe­ranza, de la que debe dar razón. La familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtu­des del Reino de Dios como la es­peranza de la vida bienaventura­da” (‘Familiaris Consortio’ #52), incluyendo el testimonio cristiano al abrazar la cruz del Señor y con­templarla en medio de las dificul­tades que se viven en cada hogar.

La cruz hace parte de la vida hu­mana y también de la vida familiar, en esto tenemos que apren­der de la Santísima Virgen María, a es­tar junto a la cruz del Señor, a veces con dolor, pero de pie y con esperanza en Je­sús que no defrauda, porque “los dolores y las angustias se experimentan en co­munión con la cruz del Señor, y el abra­zo con Él permite sobrellevar los peores momentos. En los días amargos de la familia hay unión con Jesús abandona­do que puede evitar una ruptu­ra. Las familias alcanzan poco a poco, con la gracia del Espíritu Santo, su santidad a través de la vida matrimonial, participando también en el misterio de la cruz de Cristo, que transforma las di­ficultades y sufrimientos en una ofrenda de amor” (AL #317).

Los desafíos son grandes, porque no es fácil hacer frente en el mo­mento actual a todas las situacio­nes de adversidad por las que atra­viesan las familias, sin embargo, cuando tenemos conciencia que Jesucristo ilumina y unifica la vida familiar, podemos seguir adelante, abiertos a la gracia de Dios y al don que viene de lo alto que nos forta­lece, alienta, llena de esperanza y nos da la certeza que “Dios ama nuestras familias, a pesar de tan­tas heridas y divisiones. La pre­sencia invocada de Cristo a tra­vés de la oración en familia nos ayuda a superar los problemas, a sanar las heridas y abre caminos de esperanza” (DA #119), con la certeza que no estamos solos en la vida familiar, ya que la gracia de Dios y la compañía de la Iglesia, nos ayudan a fortalecer los víncu­los de comunión familiar, como expresión de la auténtica caridad que debe reinar en el hogar.

Convoco a todas las familias a encontrar unos minutos cada día para estar unidos ante el Señor, ro­gar por las necesidades familiares, orar por los miembros del hogar que estén pasando situaciones difí­ciles, pedirle la gracia de la caridad y del amor conyugal, darle gracias a Dios todos los días por la vida y todo lo que acontece en la fami­lia. Pongamos la vida personal y familiar bajo la protección y am­paro de la Santísima Virgen María, en todas las circunstancias de la existencia, aún en los momentos de cruz. Que el glorioso Patriar­ca san José, unido a la Madre del Cielo, alcancen de Nuestro Señor Jesucristo la fortaleza en la fe, la esperanza y la caridad, para vivir en el hogar iluminados y unifica­dos por Él, para que construyamos hogares perdonados, reconciliados y en paz.

En unión de oraciones, sigamos adelante. Reciban mi bendición.

Casa de Paso ‘Divina Providencia’ cumplió cinco años haciendo frente al fenómeno migratorio en la zona de frontera de Villa del Rosario

Fotos: Centro de Comunicaciones de la Diócesis de Cúcuta

Aunque por la pandemia, ya no se pueden atender a las más de 5.000 personas que llegaban anteriormente a diario, por un plato de comida, atención espiritual, psicológica y/o jurídica; actualmente, se reciben 600 personas, entre mujeres gestantes, lactantes, madres cabezas de hogar, niños, adultos mayores y personas con discapacidades, previamente caracterizados, con quienes se mantienen los protocolos de bioseguridad.

La Casa de Paso ‘Divina Providencia’ fue inaugurada el 5 de junio del año 2017, para hacer frente al fenómeno migratorio que estalló una crisis social y económica en la región; confiando en la misericordia de Cristo y con la ayuda de la caridad del Papa Francisco, se han atendido durante cinco años a los hermanos migrantes venezolanos y colombianos retornados.

El pasado viernes 10 de junio, en las instalaciones se celebró este quinto aniversario, con la compañía del Vicario General de la Diócesis de Cúcuta, el padre William Aguilar Vargas, y el sacerdote Freddy Martín Celis Celis, coordinador de la Casa de Paso, iniciando la jornada con la Sagrada Eucaristía, presidida por el presbítero William.

El Vicario General anunció que próximamente se asumirá un nuevo reto en la Casa de Paso ‘Divina Providencia’: la promoción social. Por iniciativa del señor Obispo, Monseñor José Libardo Garcés Monsalve, se formarán a los beneficiarios en cursos y talleres de belleza, modistería y panadería, entre otros, con el objetivo de preparar a los migrantes a enfrentarse a una sociedad que exige, pero también a brindarles las herramientas para que puedan ser el día de mañana, personas emprendedoras.

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Trinidad, tres personas distintas y un solo Dios verdadero

Por: Pbro. Víctor Manuel Rojas Blanco, Biblista y párroco de Santa Laura Montoya

Cuando llamamos a Dios “per­sona” nos remitimos al dog­ma de la Santísima Trinidad: Dios es uno y trino. Un Dios y tres personas; Padre, Hijo y Espíritu San­to. Este artículo no pretende dar una explicación exhaustiva del misterio­so dogma de la Santísima Trinidad, que en la sagrada escritura no se en­cuentra la palabra “Trinidad” pero sí muchísimas menciones del Padre, del Hijo y del Espìritu Santo. Mi objetivo es realizar una formación apologéti­ca desde la fundamentación bíblica y algunos elementos de la doctrina cristiana (Católica) a partir de unas preguntas muy elementales.

¿Dios es persona? ¿Por qué lo afirmamos?

La respuesta es sí, Dios es persona. Con esta afirmación no se quiere decir que Él es ser humano. Lo que se quie­re afirmar es que Dios tiene “persona­lidad” y que Él es un ser racional con autoconciencia. Los teólogos suelen definir la persona como “un ser in­dividual con una mente, emociones y voluntad”. Dios definitivamente tiene un intelecto (Sal 139, 17), emociones (Sal 78, 41), y voluntad (1 Cor 1, 1). Por lo tanto, Dios sí es una persona. La expresión “Dios es persona”, hace referencia a la creencia que la divinidad posee atributos propios de una persona (mente, emociones y voluntad), con la cual es posible establecer una relación. Esto con­trasta con otras concepciones de un Dios que lo ven como una fuerza impersonal o un ser abstracto. Por lo tanto, afirmamos que Dios es persona en cuanto que se perciben en Él estos tres atributos antes mencionados.

Con esta afirmación no se quiere decir que Él es ser humano. Lo que se quie­re afirmar es que Dios tiene “persona­lidad” y que Él es un ser racional con autoconciencia. Los teólogos suelen definir la persona como “un ser in­dividual con una mente, emociones y voluntad”. Dios definitivamente tiene un intelecto (Sal 139, 17), emociones (Sal 78, 41), y voluntad (1 Cor 1, 1). Por lo tanto, Dios sí es una persona. La expresión “Dios es persona”, hace referencia a la creencia que la divinidad posee atributos propios de una persona (mente, emociones y voluntad), con la cual es posible establecer una relación. Esto con­trasta con otras concepciones de un Dios que lo ven como una fuerza impersonal o un ser abstracto. Por lo tanto, afirmamos que Dios es persona en cuanto que se perciben en Él estos tres atributos antes mencionados.

En la medida que leemos la Sagrada Escritura, vemos a Dios comportán­dose e interactuando con las personas como una persona. Él nos enseña (Sal 32, 8; Is 2, 3), nos consuela (2 Cor 1, 3-4), nos fortalece (Is 41, 10) y nosguía por sus caminos (Sal 73, 23-24; Prov 3, 5-6). Somos capaces de orar a Dios y escuchar su voz (Jn 10, 27). La personalidad de Dios se discute a tra­vés de los textos canónicos sagrados y su ser en tres personas: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. A esto se llama la “tri-unidad” de Dios, tres en uno. Esto es un concepto difí­cil de considerar.

Reflexionemos sobre algunos tex­tos:

En Isaías 48, 16 “Acercaos a mí y es­cuchad esto: Desde el principio no he hablado en oculto, desde que sucedió estoy yo allí. Y ahora el Señor Dios me envía con su Espíritu.” Is 61, 1: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto que me ha ungido. A anun­ciar la buena nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la li­beración, y a los reclusos la libertad”.

En Lucas 4, 14-19 el Hijo está ha­blando al hacer referencia al Padre y al Espíritu Santo: “Jesús volvió a Ga­lilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región. Él iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos. Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el vo­lumen, halló el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anun­ciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Se­ñor”.

Dios muestra su naturaleza personal en que Él expresa ira (Sal 7, 11), se ríe (Sal 2, 4), tiene compasión (Sal 135, 14), ama (1 Jn 4, 8), odia (Sal 11, 5), enseña (Jn 14, 25), reprueba (Jn 16, 8), y guía (Rom 8, 14). Todas estas acciones implican el hecho de que Dios es una persona.

Su naturaleza personal es una de las características de la fe del pueblo de Israel en la divinidad. En los libros sagrados del judaísmo, islam y cris­tianismo, Dios es concebido y des­crito como un creador personal, que sigue un propósito en su creación. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo trabajan juntos para cumplir los pro­pósitos y planes de Dios (Heb 9, 14). “Que la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espí­ritu Santo sean con todos ustedes.” (2 Cor 13, 14).

¿Padre, Hijo y Espíritu Santo son tres personas distintas? ¿Por qué afirmamos que son un solo Dios verdadero?

Mateo 3, 16-17; 28,19 y 2 Corintios 13,14: hablan de tres personas distin­tas haciendo referencia a Dios. Dios Padre es una persona con una mente (Is 55, 8-9), emociones (Sal 78, 40), y una voluntad (1 Pe 2, 15).

Dios Hijo es una persona con una mente (Lc 2, 52), emociones (Jn 11, 35), y una voluntad (Lc 22, 15). Dios Espíritu Santo es una persona con una mente (Rom 8, 27), emociones (Ef 4, 30), y una voluntad (Gál 5, 17). Las tres personas de la Trinidad, poseen todos los atributos de Dios (Jn 6, 37- 40; 8, 17-25; Col 1, 13-20; Sal 90, 2; 139, 7-10; Job 42, 2; 26, 13; 1 Cor 2, 9-11; Heb 9, 14).

Cuando hablamos de la existencia de Dios en tres personas, queremos decir que la existencia de Dios se compone de tres niveles distintos de intelecto, emoción y voluntad. Cada persona de la Trinidad tiene un papel único en la creación y en la salvación de la hu­manidad. El Espíritu Santo es único y no es el Padre o el Hijo (procede del Padre y del Hijo, Jn 15, 26). El Padre y el Hijo también son únicos (cuando Jesús oró al Padre, no es­taba orando a sí mismo, Lc 23, 34). Cada uno es Dios, pero cada uno es una “Persona” independiente. El uso de la palabra persona es una de las únicas maneras que tiene el lenguaje humano para describir este concepto. Las tres personas de la Trinidad cons­tituyen el único y perfectamente Dios uno. Comparten la misma naturaleza y esencia, y son todos el mismo Dios, pero cada persona individual de la Trinidad es distinta y única.

El Padre

A Él le atribuimos la Crea­ción de todas las cosas “visibles e invisibles”, pero de manera especial la creación del ser humano, hecho a su imagen y semejanza. El Padre nos creó a todos los seres humanos por amor.

El Hijo, Jesucristo

Al Hijo de Dios, segunda persona de la Trinidad Santa, lo llamamos, el Verbo, es decir: la Pa­labra, para dar a entender que expresa la inteligencia, la sabiduría del Padre por quien fue engendrado como Hijo único. No es creatura del Padre ni es posterior a él. El cual se encarnó en el seno virginal de María. Ella es su madre física, biológica; pero no tie­ne más Padre que el mismo Dios. El Verbo existía antes de su concepción desde la eternidad. A Jesús le atribui­mos la obra maravillosa de nuestra redención por la cual nos salvó del pecado y de la muerte para devolver­nos la gracia.

El Espíritu Santo

De Él deci­mos que “procede” del Padre y del Hijo; tampoco fue creado ni, engendrado. Es el amor del Pa­dre y el amor de Jesús e igual en eternidad al Padre y al Hijo. A Él le atribuimos la santificación de los que han sido redimidos. También es el alma que anima a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y que le da uni­dad. Es el dador de todas las gra­cias divinas. Habita en noso­tros como en un templo y nos mueve a la alabanza continua al Padre por Jesucristo nuestro Se­ñor. Creemos los cris­tianos que, cuando hacemos oración, es el Espíritu Santo el que ora en noso­tros.

A cada una de las personas divinas les damos “un mismo honor y gloría”, porque creemos que los tres son igua­les en dignidad, en eternidad y en glo­ria. Son distintos entre sí; no son una misma persona que se disfraza de otra para representar un papel, pero en las tres personas hay una unidad total.

Dijo san Juan Pablo II, en la audiencia general del miércoles 4 de diciembre de 1985: “La razón comprende que no hay contradicción en afirmar que son tres personas divinas y un solo Dios verdadero, porque la trinidad es de las Personas y la unidad de la Na­turaleza divina”. Pero queda la difi­cultad: cada una de las Personas es el mismo Dios, entonces ¿cómo pueden distinguirse realmente? La respuesta se apoya en el concepto de “relación”. Las tres Personas divinas se distin­guen entre sí únicamente por las re­laciones que tienen Una con Otra; y precisamente por la relación de Padre a Hijo, de Hijo a Padre; de Padre e Hijo a Espíritu, de Espíritu a Padre e Hijo. En Dios, pues, el Padre es pura Paternidad, el Hijo pura Filiación, el Espíritu Santo puro “Nexo de Amor” de los Dos, de modo que las distincio­nes personales no dividen la misma y única Naturaleza divina de los Tres.

¿Cómo influye en nuestra vida saber que Dios es persona?

Nos relacionamos de manera personal con el mundo. ¿Te has preguntado por qué algo que te gusta o te parece in­teresante, no necesariamente le gusta o le parece interesante a otra persona? Fácilmente podrás contestar que se trata simplemente de gustos, los cua­les son diferentes entre las personas. Y es cierto. Justamente por ello la ma­nera de relacionarnos con la realidad es de carácter personal. La experien­cia que tenemos en contacto con lo que está fuera de nosotros es singular; nadie experimenta por cada uno de nosotros. De la misma manera nues­tra relación con Dios se da en la diná­mica personal. Las mismas palabras del Evangelio, por ejemplo: “Dios es amor” (1 Jn 4, 7), guardan para cada uno un significado único. Y no me re­fiero a la literalidad de la frase, sino a la resonancia interior que se da en cada oyente, también en nosotros, la cual está sujeta al estado personal de relación con Dios que cada persona haya cultivado, o a las circunstancias vividas en un momento determinado.

Estoy completamente convencido que la relación con Dios mejora y se fortalece si se le considera persona y no como un ser abstracto, un es­píritu, una energía, un objeto o una idea. La fe cristiana consiste en creer a un Dios que es persona. Dice Bene­dicto XVI en su encíclica Deus Cari­tas Est: «No se empieza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un aconte­cimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». Hay per­sonas sin las cuales nuestra vida sería distinta, hay personas que nos marcan para siempre. Para el creyente, Dios es una Persona que no pasa desaper­cibida a lo largo de la vida, más bien debe ser fundamental su presencia. Él quiere, está presente, no solo como un Dios omnipotente y omnisciente, sino como un Dios que me conoce y me ama (o nos conoce y nos ama), a quien puedo confiarme como confío en mis familiares y amigos.

En junio: “El amor en la familia es un camino personal de santidad para cada uno de nosotros”

En el marco del Encuentro Mundial de las Familias 2022, que se llevará a cabo en Roma del 22 al 26 de junio, la Red Mundial de Oración del Papa, dio a conocer el video-mensaje del Papa Francisco con la intención de oración para el mes de junio: por las familias.

“El amor en la familia es un camino personal de santidad para cada uno de nosotros”, afirma Su Santidad, quien también asegura que “no existe la familia perfecta. Siempre hay ‘peros’. Pero no pasa nada. No hay que tenerles miedo a los errores; hay que aprender de ellos para seguir adelante”, rescatando el lugar donde “aprendemos a convivir, convivir con los más jóvenes y con los más mayores”.

Recomendaciones para la segunda vuelta de elecciones presidenciales

A través de un video-mensaje, Monseñor Héctor Fabio Henao Gaviria, delegado de la Conferencia Episcopal de Colombia (CEC) para las relaciones Iglesia-Estado, reflexionó acerca de las recientes elecciones presidenciales y mencionó tres recomendaciones para participar en la segunda vuelta de comicios.

Fortalecimiento de la democracia, empoderamiento de los programas de gobierno y excluir todo lenguaje de odio o violencia, son las tres pautas a tener en cuenta al momento de elegir al candidato en las urnas.

“Estamos de frente a un proceso con una importancia muy grande y debemos vivirlo de una manera activa, tenemos que participar conscientemente”, concluyó Monseñor Henao, pidiendo que el Señor ilumine y guíe este proceso electoral.

Diócesis de Cúcuta participó en el Encuentro Nacional de Liturgia

Del 24 al 26 de mayo estuvieron reunidos en la sede de la Conferencia Episcopal de Colombia (CEC), Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, como representantes de la promoción litúrgica de sus Arquidiócesis y Diócesis, participando en el Encuentro Nacional de Liturgia 2022.

“La asamblea que celebra: la mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía”, fue el lema bajo el cual se desarrollaron estas jornadas de formación que buscaban fortalecer el conocimiento y la vivencia del misterio celebrado en la liturgia, con sus respectivas normas.

En representación de la Diócesis de Cúcuta, estuvo presente el sacerdote Juan Carlos Lemus Torres, delegado de la comisión diocesana de pastoral litúrgica, quien destacó los momentos que les permitieron reflexionar en la realidad concerniente a la liturgia de cada Diócesis: “tenemos que fundamentar nuestra vida litúrgica en la Palabra, que nos llevará siempre a la presencia de Dios, a reconocerlo y celebrarlo en la liturgia”. Señaló que uno de los retos es la formación de los laicos, seminaristas, religiosos y presbiterio, para poder hacer de la liturgia una verdadera alabanza a Dios” y no algo personal, cargado de “misticismos”.

Iglesia en camino sinodal: balance de la fase diocesana del Sínodo 2021 – 2023

Por: Pbro. Fredy Ramírez Peñaranda, Vicario de Pastoral; párroco de Santa Ana

El pasado octubre de 2021 en co­munión con el Papa Francisco, iniciamos el camino hacia la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos que tendrá lu­gar en 2023 y cuyo lema es «Por una Iglesia sinodal: comunión, participa­ción y misión» y busca ser el funda­mento para proyectar, con el aporte de todos, la Iglesia del tercer milenio.

 

Para llegar a dicho acontecimiento, se definieron 4 fases: una diocesana, una a nivel de cada Conferencia Episco­pal, luego a nivel continental y final­mente la fase universal.

La fase diocesana fue una oportuni­dad para que diferentes actores del entorno interno y externo de la Dió­cesis se encontraran, experimentaran y vivieran juntos una experiencia de camino sinodal, discerniendo sobre el propio contexto local, para impulsar la sinodalidad como el nuevo estilo de las Iglesias particulares en virtud de su dinamismo y proyección pasto­ral.

El desarrollo de esta fase permitió la consulta de diversos actores en dos grandes grupos:

Foto: Centro de Comunicaciones de la Diócesis de Cúcuta
  • Grupo 1 – Vida interna de la Iglesia diocesana, compuesta por los con­sagrados, seminaristas, los fieles y laicos, organismos y estructuras que participan del proceso evangelizador como líderes o beneficiarios activos de las acciones eclesiales y pastora­les que tiene como centro a Jesús vi­venciado desde el primer anuncio, la catequesis, la comunión y la misión permanente.
  • Grupo 2 – El Pueblo de Dios que ca­mina junto a la entera familia huma­na, compuesto por las personas aleja­das de la fe, así como el mundo de la política, de la cultura, de la economía, de las finanzas, del trabajo, sindicatos y asociaciones empresariales, organi­zaciones no gubernamentales y de la sociedad civil, movimientos popula­res, minorías de varios tipos, los po­bres y excluidos, entre otros.

Para desarrollar la consulta al pri­mer grupo, utilizamos estos métodos o mecanismos:

  1. Pregunta fundamental: Utilizando la novena de Navidad del año 2021, se propuso a todos los fieles laicos del campo y la ciudad, responder la pre­gunta fundamental del Sínodo como acción introductoria.
  2. Grupos sinodales: Para realizar las actividades definidas en la fase dio­cesana de consulta, se organizaron grupos sinodales en las parroquias, centros de evangelización y capillas, también en los decanatos y vicarías territoriales. 
  1. Encuentro sinodal: Podía ser desa­rrollado utilizando la guía elaborada. Tenía un sentido espiritual, bíblico y eclesial para conocer el Sínodo 2021 – 2023. 
  1. Consultas sinodales: Las consul­tas eran de carácter voluntario, com­puestas de siete (7) preguntas abiertas elaboradas con base en las que propo­nían el Documento Preparatorio y el Vademecum del Sínodo 2021 – 2023.

Para desarrollar la consulta al segun­do grupo, utilizamos este método o mecanismo:

  1. Consulta sinodal: Fue diseñada una consulta compuesta de siete (7) preguntas abiertas elaboradas con base en los lineamientos del Documento Preparatorio y el Vademecum del Sí­nodo 2021 – 2023. La encuesta podía ser aplicada a cualquier bautizado perteneciente a uno de los actores priorizados en este grupo. Particularmente, esta consulta tuvo mayor aplicación a los bautizados congregados en las diversas parro­quias, centros de evangelización y capillas de la Diócesis.

A partir del resultado de cada una de las consultas sinodales realizadas en cada nivel pastoral fueron elaboradas síntesis que sirvieron de base para construir la síntesis diocesana, remi­tida a la Conferencia Epis­copal de Colombia en el mes de mayo de 2022, y que primero fueron socializadas en un encuentro diocesano, llevado a cabo el 20 de mayo.

La síntesis elaborada, muestra un pa­norama de experiencias vividas que nos fortalecen, pero también de retos que nos hacen pensar en el futuro bajo la guía del Espíritu Santo, a fin de to­mar decisiones que en consenso lleva la Diócesis a responder con claridad las necesidades de su entorno inter­no y externo, de todos los bautizados que viven su fe, en este territorio cuyo epicentro es la ciudad de Cúcuta.

Nos corresponde ahora como Dióce­sis en cabeza del señor Obispo, em­prender algunas acciones que, con base en los resultados de la síntesis, integre el proceso sinodal en la vida de la Iglesia local de forma creativa, y así promover una comunión más pro­funda, una participación más plena y una misión más fructífera.

A medida que se sigan desarrollando las cuatro fases restantes, estamos invita­dos a orar por el Santo Padre y toda la Iglesia Católica, a fin de que, en el año 2023, el Sínodo de los Obispos, ponga en valor los aportes consegui­dos con esta fase de consulta a las diócesis en el mundo y trace el cami­no que seguiremos en el futuro.

“Escuchar con los oídos del corazón”

Mensaje del Papa Francisco para la 56° Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

Hoy 29 de mayo se celebra la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales en su versión número cincuenta y seis, ocasión donde el Papa Francisco insta a los medios de comunicación a poner a la persona en el centro y no a los intereses de las partes. En su mensaje, el Papa subraya la importancia de la escucha para promover una buena comunicación a todos los niveles. Esta necesidad es aún más apremiante en un momento, marcado por la pandemia, en el que crece la necesidad de la gente de ser escuchada.

«Tenemos dos oídos y una sola boca, porque debemos escuchar más y hablar menos». Esta célebre expresión atribuida al historiador Plutarco y al filósofo Zenón de Cizio, está bien relacionada con el mensaje del Papa para la Jornada de las Comunicaciones Sociales de este año, que se centra precisamente en la escucha. Este es un tema que el Pontífice ha señalado repetidamente como central para los profesionales de la información, pero que ahora se hace aún más urgente, en una época marcada por la pandemia en la que el distanciamiento y el aislamiento social no han hecho sino aumentar la necesidad de escucharse a sí mismo y a los demás.

Por tanto, ha crecido aquel «deseo ilimitado de ser escuchado» evocado por el psiquiatra Eugenio Borgna hace varios años: “La escucha exige silencio. No puedes escuchar realmente si el ruido tapa la voz de la persona que te habla”. Fue el 21 de abril de 2020, en pleno confinamiento, cuando el Papa dijo en la misa de la mañana en Santa Marta: «En este tiempo hay tanto silencio. También se puede escuchar el silencio. Que este silencio, un poco nuevo en nuestras costumbres, nos enseñe a escuchar, nos haga crecer en la capacidad de escucha». Una capacidad, «un arte» como hubiera dicho Goethe, del que se sigue sintiendo la necesidad.

La manifestación citada anteriormente, que se remonta a más de dos mil años, subraya cómo esta necesidad de dar cabida a la escucha paciente, a veces laboriosa, de los demás ha acompañado siempre el camino de la humanidad. Primero escucha, luego habla. Esto es aún más cierto cuando se escucha al otro.

Shemá Israel, «Escucha, Israel»: el comienzo del primer mandamiento de la Torah -observa el Papa en el mensaje- «se reitera continuamente en la Biblia, hasta el punto de que San Pablo dirá que «la fe viene de la escucha» (Rom 10, 17). La iniciativa, en efecto, es de Dios que nos habla, al que respondemos escuchándole. Por lo tanto, la escucha conlleva natural e inevitablemente el tema del encuentro. Se trata de una cuestión crucial en la vida del hombre, que en la era de los medios sociales cada vez más omnipresentes, la desintermediación digital y la llegada de la inteligencia artificial se ha enriquecido con significados y desarrollos especialmente complejos.

Entonces, ¿qué pueden hacer los medios de comunicación, o más bien los operadores de la información, para responder a este «desafío» de la escucha, en un contexto tan fluido y sujeto a rápidos y a menudo turbulentos cambios de dirección? La «brújula» que el Papa ofrece para orientarse es básicamente sencilla: la persona (palabra mencionada seis veces en el documento).

De hecho, si en el mensaje del año pasado animaba a los periodistas a ir a ver las historias de la gente allí donde están -a «gastar las suelas de los zapatos»- este año subraya que «para ofrecer una información sólida, equilibrada y completa es necesario haber escuchado largo y tendido». El Papa propone una especie de terapia de escucha también para curar esos males de la información que él mismo ha denunciado repetidamente. Escuchar quiere decir escuchar a hurtadillas «explotando a los demás en nuestro propio beneficio», advierte en este mensaje. Y con sensibilidad periodística, el Santo Padre señala que «para contar un hecho o describir una realidad en un reportaje, es imprescindible haber sabido escuchar, dispuesto también a cambiar de opinión, a modificar la hipótesis inicial».

No faltan las experiencias positivas. Desde programas de radio que escuchan el malestar de los jóvenes, hasta periódicos locales (la experiencia local es fundamental) que sirven de megáfono para los que no tienen voz, pasando por «experimentos sociales» en el ámbito de la comunicación digital donde la creatividad encuentra espacios inexplorados.

No menos significativo, como subrayó Noel Curran, director general de la ‘European Broadcasting Union’ (EBU – Unión Europea de Radiodifusión), en una entrevista con los medios de comunicación del Vaticano, es el renovado protagonismo del servicio público de radiodifusión, que está llamado, por su propia naturaleza y estatuto, a escuchar las necesidades de las personas y las comunidades. Durante la pandemia, el jefe de la EBU está convencido de que los medios públicos «se han convertido en un portal para la población». El Papa pide a los medios de comunicación, como a cada uno de nosotros (porque todos somos comunicadores), que vuelvan a poner a la persona al centro. Y apostar por la relación que siempre comienza inclinando el «oído del corazón», para hacernos cercanos a quienes encontramos en la encrucijada de nuestra existencia.

Tomado de: vaticannews.va

Descargar mensaje completo.

Domingo de la Ascensión: Seremos glorificados en Jesucristo Resucitado

Por: Seminarista Víctor Alfonso Noriega Portillo

Durante cuarenta días, después de su triunfante Resurrección de entre los muertos, y de haber devuelto al género humano la relación filial con Dios Padre, perdida por el pecado de Adán y Eva; el Señor Jesús se aparece constantemente a sus discípulos para culminar su misión y enviarles a predicar la “buena nueva a todo el mundo” (Cf. Mc 16, 15).

“Si por un hombre entró la muerte a la humanidad, por un hombre gozamos de la vida eterna”

La misión de Jesucristo en la tierra buscaba que el hombre, alejado de Dios por el pecado, participara de la gloria divina; y a lo largo de la historia de salvación, Dios suscitó en el corazón de los hombres y mujeres la necesidad de volver a su estado natural -la santidad-; pero por la concupiscencia nos desviábamos de su voluntad y nos extraviamos, rechazando el querer divino. Ya que fue la humanidad quien pecó y decidió romper la relación con Dios, era necesario que la misma humanidad se redimiera, es por eso que Dios Padre en el acto de amor supremo, envío a su Hijo Único para que, mediante la kénosis se hiciera hombre, y así, ahora Dios hecho hombre verdadero, redimiría a la humanidad, “pues, como el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia de uno solo procura toda la justificación que da la vida” (Rm 5, 18).

El Papa emérito Benedicto XVI nos dice que “La Ascensión del Señor marca el cumplimiento de la salvación iniciada con la Encarnación” (Regina Coeli, domingo 20 de mayo de 2012); Jesucristo no renuncia a la naturaleza humana luego de su muerte en la Cruz, sino que la glorifica; le devuelve a la humanidad su estado natural, el ser creados a imagen y semejanza de Dios. Él, sentado a la diestra de Dios Padre, y nos muestra nuestro fin último: “la participación en la vida divina”.

Somos llamados a vivir en la tierra como ciudadanos del Cielo

“Galileos, ¿Por qué permanecen mirando al cielo? Este Jesús, que de entre ustedes ha sido llevado al Cielo, volverá así tal cual como le han visto marchar” (Hch 1, 11). El Señor ha instituido la Sagrada Eucaristía como “Pignus futurae gloriae” (prenda de la gloria futura), para que nosotros experimentemos el gozo de sentirnos en su presencia y ofrezcamos alabanzas a Dios Padre; el cielo y la tierra se unen en adoración y vemos realizado nuestro fin último, ser unos en Dios; eso ya es vida eterna. El acontecimiento de la Ascensión del Señor, no termina con el “pueden ir en paz” de la solemnidad; sino que es una invitación a una vida en esperanza, así como Jesucristo en cuerpo glorioso asciende, nosotros iremos con Él a la gloria del Padre celestial. No podemos ser simples espectadores de la gloria de Dios, de eso no se trata la esperanza; la comunicación de la vida eterna que Jesús nos dio, debe sacarnos a nosotros de nuestras realidades; el cristiano como lo dice el Papa Francisco no se apoltrona, sino que se pone en camino, comunicando a los demás con valentía y sin temor las maravillas de Dios, viviendo desde ya como ciudadanos del cielo. En todos los ambientes existenciales debemos anunciar al Señor; que nuestro testimonio de vida exprese “la vida en Cristo”; la vivencia de las virtudes cristianas, acompañados del obrar conforme a la moral, ayudan al crecimiento del Reino de Dios en la tierra. No se concibe un cristiano católico, cuyo fin es la vida eterna, que este a favor del aborto o la eutanasia; así como tampoco se comprende que no se obre de conformidad con la justicia y la búsqueda del bien común; a propósito de las próximas elecciones presidenciales, un católico que vive con la esperanza de la vida eterna, debe procurar que ya desde nuestra sociedad se comiencen a dar vestigios de esa vida, por ende no debemos vender nuestra conciencia, como tampoco elegir mandatarios que buscan imponer leyes contra los principios evangélicos. La Ascensión del Señor es el último acto de liberación del pecado, y con ella se proclama la eternidad del hombre completo; el hombre debe poner su mirada en el infinito, como dice el Papa Francisco: “la Ascensión dirige nuestra mirada hacia lo alto, más allá de las cosas terrenales”, y nos invita a salir de nuestro comportamiento de pecado y muerte. No nos contentemos con una vida sin Dios, pues debemos vivir como Cristo vivió, y después de la resurrección, Él nos llevará al cielo para que seamos entregados al Padre celestial -¡que majestuoso misterio!-.