Vayan y hagan discípulos misioneros

Por: Monseñor José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta 

Comenzamos el mes de octubre, cuando nos enfocamos en reflexionar sobre la tarea y misión de la Iglesia, que es llevar el Evangelio a todos, porque “evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” (‘Evangelii Nuntiandi’ #14), cumpliendo de esa manera con el mandato del Señor “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo… y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 19-20). Con esta certeza podemos abrirnos a ser obreros del Señor en salida misionera.

En nuestra Diócesis de Cúcuta estamos en estado permanente de misión, el Obispo, los sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaris­tas y fieles bautizados, estamos en salida misionera, dispuestos a pro­clamar por todas partes a Jesucristo Nuestro Salvador, cumpliendo con fidelidad el mandato del Señor que el Documento de Aparecida expre­sa diciendo que: “todos nosotros como discípulos de Jesús y misio­neros, queremos y debemos pro­clamar el Evangelio, que es Cris­to mismo. Anunciamos a nuestros pueblos que Dios nos ama, que su existencia no es una amenaza para el hombre, que está cerca con el poder salvador y liberador de su Reino, que nos acompaña en la tribulación, que alienta incesante­mente nuestra esperanza en medio de todas las pruebas” (DA 30).

Asistimos a un momento histórico en donde muchos en la sociedad viven sin Dios y a veces quieren imponer esta manera de pensar y de vivir a los creyentes, pero con la convicción y el fervor que nos da el Espíritu Santo, caminamos juntos escuchando la voz de Dios con la disponibilidad de hacer en todo momento su voluntad, siendo auténticos misioneros del Señor, anunciándolo en todos los ambien­tes y sectores, aún en los más difíci­les, abiertos a la gracia del Espíritu Santo que nos da la fortaleza nece­saria para dar testimonio de Jesu­cristo por todas partes, porque “el Espíritu en la Iglesia forja misioneros deci­didos y valientes como Pedro (Cf. Hch 4, 13) y Pablo (Cf. Hch 13, 9), señala los lugares que deben ser evange­lizados y elige a quie­nes deben hacerlo (Cf. Hch 13, 2)” (DA 150), para que se cumpla el mandato misionero de ir por todas partes a transmitir la Persona, el mensaje y la Palabra de Nuestro Señor Jesucristo.

Esta tarea que es mandato del Señor no es para unos pocos en la Igle­sia, sino para todos los bautizados, pues con el bautismo somos elegi­dos por Dios como discípulos mi­sioneros y a la vez llamados y en­viados por la Iglesia a la acción misionera en el mundo, que debe ser iluminado por la Palabra de Dios. Así lo recuerda el Papa Fran­cisco cuando afirma: “En todos los bautizados, desde el primero hasta el último, actúa la fuerza santifi­cadora del Espíritu que impulsa a evangelizar” (‘Evangelii Gaudium #119), de tal manera que, cada día debemos tomar mayor conciencia de esta misión que es para todos, no importando el lugar y el estado de vida en que se encuentra cada uno, basta simplemente tener a Dios en el corazón y estar lleno de su gracia y presencia para salir con alegría a dar testimonio de Él.

Por lo anterior, entendemos que la evangelización no se hace con mucha ciencia humana, sino con la sabiduría que viene de Dios, que es un don del Espíritu Santo, que hace que habite en nuestro corazón la gracia y que tengamos fervor in­terior para transmitirla, porque “si uno de verdad ha he­cho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de pre­paración para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den mu­chos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús” (EG 120).

Esta fue la experiencia de los pri­meros discípulos del Señor, ellos después de experimentar el amor de Dios, de inmediato salieron con gozo a transmitir lo que estaban vi­viendo en sus vidas y lo hacían con gozo y convicción “hemos encon­trado al Señor” (Jn 1, 41), y esta es la misión nuestra, vivir el amor de Dios en la propia vida y querer extender ese amor a otros, siendo auténticos misioneros del Reino de Dios, porque “todos somos llama­dos a ofrecer a los demás el testi­monio explícito del amor salvífico del Señor, que más allá de nuestras imperfecciones nos ofrece su cer­canía, su Palabra, su fuerza, y le da un sentido a nuestra vida” (EG 121).

Para un mundo sin Dios, la misión de todos nosotros los bautizados se hace más necesaria y urgente, por­que la humanidad sin Dios, pierde toda esperanza. Así lo expresó el Papa Benedicto XVI cuando dijo: “El hombre necesita a Dios, de lo contrario queda sin esperanza” (‘Spe Salvi’ 23), cayendo en el abismo más sombrío y tenebroso, donde puede sacarlo solamente el amor de Dios manifestado a través de nuestra presencia misionera. Se trata de no perder la motivación para evangelizar, recordando que la “primera motivación para evan­gelizar es el amor de Jesús que he­mos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él, que nos mueve a amarlo siempre más” (EG 264).

Como creyentes en Jesucristo, si­gamos en salida misionera hacien­do discípulos misioneros del Señor, comenzando ese anuncio en el pro­pio hogar y en el entorno en el que vivimos. Que este mes misionero que vamos a vivir juntos, sea un momento especial de gracia para conocer y amar más a Jesucristo, dándolo a conocer a nuestros her­manos, incluyendo a aquellos que no lo conocen o lo rechazan abier­tamente. Que la Santísima Virgen María y el glorioso Patriarca San José, alcancen del Nuestro Señor Jesucristo el fervor misionero para cumplir con el mandato del Señor de ir por todas partes a hacer discí­pulos misioneros del Señor. 

En unión de oraciones, reciban mi bendición.

Antioqueños, boyacenses y ‘vallenatos’, serán los rivales del ‘Triplemente glorioso clero diocesano’ en la Copa de la Fe 2022

Imagen: cec.org.co

El pasado viernes 16 de septiembre, en la ciudad de Bogotá, se realizó el sorteo de los grupos que se enfrentarán en la séptima edición de la Copa de la Fe, en donde el ‘Triplemente glorioso clero diocesano’ (equipo de la Diócesis de Cúcuta) quedó ubicado el grupo E, teniendo como rivales a las Diócesis de Sonsón-Río Negro, Duitama-Sogamoso y Valledupar.

En total se establecieron seis grupos, donde jugarán los 24 equipos de fútbol, conformados por más de 500 sacerdotes de Colombia, México y Ecuador, quienes participan de este torneo, como expresión pública de la fraternidad y la comunión de la Iglesia.

Durante el sorteo, el padre Martín Sepúlveda Mora, director del departamento de comunicaciones de la Conferencia Episcopal de Colombia y coordinador del evento, expresó que «este será un espacio de fraternidad, donde la espiritualidad de comunión será el eje transversal de esta apuesta deportiva».

Copa de la Fe 2019

El campeón actual es la Diócesis de Cúcuta, quien obtuvo el primer puesto en la sexta edición que se jugó en el municipio de Chiquinquirá (Boyacá) en el año 2019. Para los años 2020 y 2021, no se pudo realizar este espectáculo deportivo, a causa de las restricciones por la pandemia de la COVID-19. 

Sacerdotes que conforman el equipo de la Diócesis de Cúcuta 

  • Benedicto Vaca Cáceres
  • Carlos Arturo Flórez Gómez
  • Ender Gabriel Ruiz Villamarín
  • Fabián Pacheco Llanes
  • Félix Ramón Celis Gómez
  • Gabriel Peña Arciniegas
  • Germán Augusto Dallos García
  • Henry Escalante Arias
  • Jesús Alonso Rodríguez Veloza
  • Jesús Alonso Ibarra Montejo
  • Jesús Esteban Osorio Solano
  • Jorge Jeimir Yáñez Jaimes
  • José Vicente Rodríguez García
  • Leonardo Mendoza Gélvez
  • Luis Armando Quintero Tarazona
  • Pedro Julio Correa Molina
  • Samuel García Botello
  • William Aguilar Vargas
  • Ángel Francisco Pesca Pita, S.D.B.

Visita pastoral a la comunidad carcelaria de Cúcuta: Una obra de misericordia que siembra esperanza

Las fotografías fueron tomadas con consentimiento informado. Fotos: Centro de Comunicaciones de la Diócesis de Cúcuta

El Obispo de la Diócesis de Cúcuta, Monseñor José Libardo Garcés Monsalve, preocupado por todo su rebaño, incluyó entre sus visitas pastorales de esta semana, el encuentro con toda la comunidad carcelaria de Cúcuta, para llevar a Jesús Eucaristía y el sacramento de la confirmación. Un encuentro fraterno que expresa la cercanía de la Iglesia con todas las poblaciones.

La comunidad carcelaria incluye tanto a las personas privadas de la libertad, como a sus familiares y a todo el personal administrativo y miembros del Instituto Carcelario y Penitenciario (INPEC), quienes hacen parte de una realidad de sufrimiento y abandono, pero también de misericordia y esperanza. Por esto, este viernes 23 de septiembre, en el marco de la fiesta de la Bienaventurada Virgen de la Merced, patrona de las personas privadas de la libertad, Monseñor José Libardo Garcés Monsalve, se dirigió al complejo Carcelario y Penitenciario de Cúcuta, para reafirmar el compromiso de la Iglesia con esta rama de la sociedad.

La jornada se dividió en tres momentos: primero, Monseñor José Libardo se dirigió a los funcionarios del INPEC, a quienes invitó a dignificar la vida, que es sagrada, y vincularse en los procesos de reconciliación, para que las personas privadas de la libertad puedan llevar a cabo una reinserción en la sociedad. En un segundo momento, Monseñor compartió con los hombres internos, a quienes animó a ser constructores de paz y a seguir un camino de conversión serio y verdadero. Y tercero, se encontró con las mujeres, quienes, en una celebración eucarística, recibieron por parte del señor Obispo, el sacramento de la confirmación, invitándolas a escuchar activamente el Espíritu Santo que han recibido, para formar comunidades en el amor.

La jornada estuvo acompañada por el sacerdote Rhonald Sttyd Suárez Carrillo, delegado de la pastoral de justicia y libertad de la Diócesis de Cúcuta, el presbítero Luis Enrique Sequeda Marín, quien también anima la pastoral y el diácono Yessid Fernando Rubio Rolón, colaborador del Centro de Comunicaciones diocesano.

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“Estoy en la cárcel, ¿has venido a verme?” (Mt 25, 36)

Por: Pbro. Eliecer Montañez Grimaldos, coordinador del Grupo de Apoyo Espiritual de la Pastoral de Justicia y Libertad nacional; capellán general del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (INPEC)

Foto: Pastoral de Justicia y Libertad de la Conferencia Episcopal de Colombia

Todos los días para la Pastoral Justicia y libertad, es un nuevo día lleno de esperanza, por la sencilla razón que, en las 128 cárceles del país, se encuentran rostros concretos, que han “perdido su libertad”, pero no su dignidad; un promedio de 112 mil almas, que claman a la Iglesia Universal su derecho a ser acompañados, como hijos de un mismo Padre, que camina junto a ellos. Es ahí, que nuestro testimonio y servicio, cobra realce, porque en cada amanecer, hay nuevos horizontes, donde Cristo nos convoca diciendo: «Vengan, benditos de mi Padre, reciban la herencia del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, me lo hicieron a mí» (Mt 25, 34.40).

Fortalecimiento de la dignidad humana y la espiritualidad en el ámbito penitenciario

Estamos llamados a incidir en cada persona privada de la libertad, en sus familias, entornos, en su proceso de dignificación como ser humano, perteneciente al mundo penitenciario, con el anuncio del Evangelio (1 Corintios 9, 16) y la promoción humana integral (EG 178). Esto, en articulación con otras entidades que promueven la dignidad del ser humano. Las cárceles tienen rostro, y es el rostro de Dios, que es misericordia y compasión divina, que acoge a cada privado de la libertad y lo redime. Que hermosa misión a la que nos ha invitado el Señor: “sean misericordiosos, como mi Padre Celestial es misericordioso” (Lc 6, 36). Ver a nuestros hermanos tras las rejas o en condición domiciliaria, nos debe llevar a abrazar la Cruz de Cristo, dejándolo a Él ser su soporte, porque en muchos de estos casos de vida, será lo único que podrán abrazar, después de ser abandonados, por aquellos que consideraban ser su fortaleza. Necesitamos en las cárceles manos cálidas que aprendan abrazar con ternura las heridas, muchas veces producidas por la desesperanza. Les aseguro, que ese abrazo fraterno da calor al corazón; ese abrazo, produce cambio, porque emerge de la justicia. Justicia, entendida y asumida, como caminar hacia a la libertad. La libertad que no es estar al otro lado de la reja. Es libertad entendida como la plena autonomía de la persona para asumir las riendas de su propia vida; la persona que se sabe libre porque la mueve el amor, el servicio, el deseo en todo momento de dar lo mejor de sí a los demás: familia, comunidad, sociedad.

Por la reconciliación y la paz

Es oportuno retomar alguna de las expresiones del Apóstol san Pablo, cuando en la segunda carta a los Corintios, nos dice: “El amor de Cristo nos apremia” (2 Co 5,14); y como nos invita el Santo Padre Francisco, cuando nos dice en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium: “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”. Alegría, que puede ser interpretada como expresión de liberación de nuestro egoísmo, porque “cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien”. La Pastoral, está llamada desde Cristo, a ser luz y sal en este mundo, donde la sociedad tiende al individualismo y hacer a un lado al hermano que sufre. En cada cárcel, nos encontramos con las realidades de las que adolece nuestra sociedad, violencias de todo tipo, homicidios, hurto, delitos sexuales, concierto para delinquir, secuestro, lesiones personales, extorsión, injuria, calumnia, abuso de confianza, falsificación de documentos, entre otros. Allí está la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo, en medio del que sufre y sus familias, llevando a Cristo, que ve, no juzga, y que actúa frente a cada desafío diario tras las rejas.

Un servicio articulado a nivel nacional

Entrega de útiles de aseo donados en la campaña de Nuestra Señora de las Mercedes, promovida por la pastoral de justicia y libertad de la Diócesis de Cúcuta

Viene a mi mente, las palabras del Santo Padre el Papa Francisco, a los participantes del Encuentro sobre el Desarrollo Humano Integral y la Pastoral Penitenciaria Católica, llevado a cabo en Roma el 7 y 8 de noviembre de 2019; exhortando se “hiciera patente la preocupación de la Iglesia por las personas en particulares situaciones de sufrimiento, quise que se tuviera en cuenta la realidad de tantos hermanos y hermanas encarcelados”. Interpelación total, especialmente cuando dice: “toda la Iglesia en fidelidad a la misión recibida de Cristo, la que está llamada a actuar permanentemente la misericordia de Dios en favor de los más vulnerables y desamparados en quienes está presente Jesús mismo (cf. Mt 25, 40). Vamos a ser juzgados sobre esto”.

Como para la Iglesia, es prioridad acompañar a las personas que sufren, con preferencia en el ámbito carcelario, existen otras personas y entidades, aunque profesen o no nuestra fe, están dedicadas y buscan articularse, para unir sinergias, en pro de la misión penitenciaria. Es así, que en coordinación con el Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM), la Confederación Latinoamericana de Religioso (CLAR), el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (INPEC) y la Conferencia Episcopal de Colombia (CEC); los días miércoles del mes de septiembre de 2022, la Dirección de Pastoral Justicia y Libertad CEC, en camino Sinodal, se ha programado un itinerario de charlas en el marco de la celebración de Nuestra Señora de la Merced, Patrona de los Cautivos. “Estoy en la cárcel, ¿has venido a verme?” (Mt 25, 36), ha sido el lema escogido, con la finalidad de profundizar en cómo seguir incidiendo en la resignificación de las personas en el ámbito penitenciario, que contribuya al perdón, fortaleciendo su dignidad humana y espiritualidad, brindando herramientas, para contribuir en los procesos de reconciliación y paz. Durante este mes, hemos tenido invitados especiales que nos aportan desde sus experiencias de vida y misionales, la riqueza y desafíos a los que nos lanzan las cárceles, para seguir llevando a cabo la misión.

La misión de la Iglesia es anunciar la Palabra de Dios

Por: Monseñor José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta

Avanzamos en este mes de septiembre que en sus co­mienzos ha estado dedica­do a orar por la paz, recibirla en el corazón como don de Dios y llamados a trasmitirla a nuestros hermanos, y ahora seguimos con esa intención, reforzando nuestro compromiso con la escucha aten­ta de la Palabra de Dios, con el llamado que nos hace la Iglesia y nuestra Diócesis de Cúcuta a re­flexionar sobre el contenido de las Escrituras en la próxima Semana Bíblica para la que nos prepara­mos, que fortalecerá el Proceso Evangelizador de la Iglesia Par­ticular, que este mes tiene como lema: “El amor todo lo puede, sigamos adelante”.

El llamado insistente que el Papa Francisco nos sigue haciendo es el fortalecimiento en la Iglesia de la conciencia misionera, que es el mandato de Jesucristo des­de los orígenes: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos para consagrar­los al Padre, al Hijo y al Espí­ritu Santo, enseñándoles a po­ner por obra todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días has­ta el final de los tiempos” (Mt 28, 19-20), como una invitación a compartir la fe con los herma­nos, que hoy se hace realidad en nuestra Iglesia particular que está en salida misionera y desea trans­mitir la Palabra de Dios por todas partes.

La misión de la Iglesia es anun­ciar la Palabra de Dios a tantas personas que no conocen a Jesús, para ello, el Papa Francisco lo re­cuerda como la tarea prioritaria de la Iglesia: “quiero recordar aho­ra la tarea que nos apremia en cualquier época y lugar, porque no puede haber auténtica evan­gelización sin la proclamación explícita de que Jesús es el Se­ñor, y sin que exista un prima­do de la proclamación de Jesu­cristo en cualquier actividad de evangelización” (EG 110), que está contenido en la Palabra de Dios y por esta razón, la fuente de la predicación y la evangelización se encuentra en las Sa­gradas Escrituras, que contienen la fuente de nuestra salvación.

La Evangelización es tarea de la Iglesia, entendiendo aquí el llamado a todos los bautizados a trasmitir el Evangelio de Nues­tro Señor Jesucristo a los demás, porque ese tesoro que se recibe no puede quedar escondido, hay que comunicarlo a otros para que también tengan la alegría de cono­cer a Jesús. Así nos lo enseñó el Papa Benedicto XVI en ‘Verbum Domini’: “No podemos guardar para nosotros las palabras de vida eterna que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo: son para todos. Toda persona de nuestro tiempo, lo sepa o no, ne­cesita de este anuncio. El Señor mismo, suscita entre los hom­bres nueva hambre y sed de las palabras del Señor. Nos corres­ponde a nosotros la responsabi­lidad de transmitir lo que, a su vez, hemos recibido por gracia” (VD 91).

Con esto, todos los cristianos entendemos que la misión de la Iglesia de transmitir la Palabra de Dios, no puede ser algo opcio­nal, ni un agregado a nuestra vida de fe, esperanza y caridad, sino que es el núcleo de nuestro ser de cristianos que estamos llama­dos a comunicar como prioridad en nuestra vida, pues se trata de participar en la vida y misión de la Iglesia, escuchando la voz del Espíritu Santo que nos ilumina la manera como debemos comu­nicar hoy a Nuestro Señor Jesu­cristo.

Se hace necesario para los cristianos redescubrir cada vez más la prioridad y la urgencia de anunciar la Palabra de Dios, para que el Reino de Jesucristo llegue y crezca en todos los corazones y familias de nuestras comunida­des cristianas. Esta tarea corres­ponde a cada uno de nosotros, así lo repite el Papa Benedicto XVI cuando afirma que “la misión de anunciar la Palabra de Dios es un cometido de todos los discí­pulos de Jesucristo, como con­secuencia de su bautismo. Nin­gún creyente en Cristo puede sentirse ajeno a esta responsa­bilidad que proviene de su per­tenencia sacramental al Cuer­po de Cristo. Se debe despertar esta conciencia en cada familia, parroquia, comunidad, asocia­ción y movimiento eclesial. La Iglesia como misterio de comu­nión, es toda ella misionera y, cada uno en su propio estado de vida, está llamado a dar una contribución incisiva al anun­cio cristiano” (VD 94).

Con este llamado que hace Bene­dicto XVI a todos a participar en la misión de la Iglesia de trasmitir la Palabra de Dios por todas par­tes, invito a todos los bautizados, familias, parroquias, comunida­des cristianas, asociaciones y mo­vimientos apostólicos de nuestra Diócesis de Cúcuta a redoblar los esfuerzos por la evangelización y cada uno desde su carisma y don que ha recibido del Espíritu San­to se ponga en salida misionera, para transmitir la fe a otros que no conocen a Jesús, porque “la actividad misionera representa aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia y la causa misio­nera debe ser la primera” (EG 15).

Como cristianos comprometi­dos sigamos en salida misionera, anunciando la Palabra de Dios por todas partes. Que esta Sema­na Bíblica (del 25 de septiembre al 2 de octubre) que vamos a vi­vir juntos, sea un momento espe­cial de gracia para interiorizar la Palabra de Dios, conocer y amar más a Jesucristo y comunicarlo a nuestros hermanos, incluyendo a aquellos que no lo conocen o lo rechazan abiertamente. Que la Santísima Virgen María y el glo­rioso Patriarca san José, alcan­cen del Nuestro Señor Jesucristo el fervor misionero para cumplir con la misión de la Iglesia de anunciar la Palabra de Dios por todas partes.

En unión de oraciones, reciban mi bendición.

VIII Bibliatón, por el conocimiento y la vivencia de la Sagrada Escritura

En el atrio de la Catedral San José, frente al parque Santander de la ciudad de San José de Cúcuta, se desarrolló la VIII Bibliatón, expresión pública de fe que promueve el conocimiento y la vivencia de la Sagrada Escritura.

Fotos: Centro de Comunicaciones de la Diócesis de Cúcuta

Después del confinamiento y la pandemia, nuevamente se realizó la ‘Bibliatón’ de forma abierta, en este espacio céntrico, para llegar al corazón de muchas más personas. El año pasado se llevó a cabo en la casa de la Animación Bíblica (Calle 18 # 1-43 barrio Blanco) y en el año 2020 fue a puerta cerrada en la parroquia Espíritu Santo, en ambas ocasiones se compartió a través de transmisión en vivo por las redes sociales de la Animación Bíblica de la Pastoral de la Diócesis de Cúcuta.

En jornada continua desde las 8:00 a.m. hasta las 4:00 p.m., la comisión diocesana de Animación Bíblica, estuvo liderando esta “actividad maratónica”, como la describe el padre Jairo Cárdenas Vega, delegado de esta pastoral, quien explica que el nombre ‘Bibliatón’, hace referencia a una maratón, donde “se espera gran afluencia de personas, contribuyendo con su donación, ya sea en especie o económica”; el objetivo: recolectar Biblias, para dar a conocer la Palabra de Dios, amarla, difundirla, y sobre todo, centralizarla. “La Palabra debe estar en el centro de nuestra vida, porque en ella, está Jesucristo”, explica el presbítero.

En la ‘Bibliatón’ no solo se regala una Biblia, sino que se inicia un proceso de acompañamiento y formación, para que, quien la reciba, “no se pierda en esa cantidad de letras, sino que pueda entender y comprender la Palabra de Dios”, señala el padre Jairo y añade: “La Iglesia Católica se ha distinguido por ser solidaria con el pan físico, pero también llevamos el alimento espiritual, el pan de la Palabra; por esto, también quiero invitarlos a participar en la próxima Semana Bíblica (del 25 de septiembre al 2 de octubre), para poder seguir descubrir juntos que Jesucristo está con nosotros en la Eucaristía y en la Sagrada Escritura”.

Por su parte, Claudia Patricia Angarita, miembro de la comisión, asegura que, con la Animación Bíblica de la Pastoral, se ha llegado a las periferias, zona rural y urbana de San José de Cúcuta, visitando a las comunidades más vulnerables y vinculando desde los más pequeños de la casa, hasta a las personas mayores, en la formación bíblica; por lo que, lo recaudado en la ‘Bibliatón’, “es muy importante, para continuar llegando a cada uno de estos lugares, con la Palabra de Dios en las manos y con la experiencia de 20 de años de la Animación, podemos brindar así las pautas adecuadas para que en cada hogar sepan usar la Biblia y entenderla a través de la ‘Lectio Divina’”, expresa Angarita.

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Así se vivió la 35° versión de la ‘Semana por la Paz’ en la Diócesis de Cúcuta

Por: Oficina de Comunicaciones y Sistemas de la Corporación de Servicio Pastoral Social (COSPAS) de la Diócesis de Cúcuta

Fotos: Oficina de Comunicaciones y Sistemas de COSPAS de la Diócesis de Cúcuta

Desde el año 1987 se conmemora la ‘Semana por la Paz’, un espacio en el que, como Iglesia Católica, se resalta la importancia de este don de Dios precioso para toda la humanidad, a través de actividades que permiten romper barreras individualistas a cambio de un pensamiento colectivo que construya el bien común.

La Semana por la Paz, nace en el marco del ‘Programa por la paz’ de la Compañía de Jesús, con el objetivo de mantener viva en el seno de la sociedad colombiana la idea de solución política al conflicto armado interno, e incentivar la construcción de paz por parte de la sociedad, desde cada uno de los municipios y regiones del país. Esto en compañía de Redepaz y el Secretariado Nacional de Pastoral Social Cáritas Colombiana.

Pbro. Abimael Bacca Vargas, director de COSPAS

Este año, la Diócesis de Cúcuta bajo su lema de proceso pastoral del mes de septiembre: “El amor todo lo puede, sigamos adelante”, se unió a la Semana por la Paz: “Territorios en movimiento por la paz, reconociendo, resignificando y reivindicando”. 

Como lo menciona Monseñor José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta, “la misión de Nuestro Señor Jesucristo en esta tierra, fue conducirnos a la paz, reunir a los que están dispersos y divididos, y establecer la paz entre los que crean división”.  Con estas palabras del señor Obispo, como Iglesia particular, la Diócesis de Cúcuta a través de la Corporación de Servicio Pastoral Social (COSPAS), del 4 al 11 de septiembre desarrolló la Semana por la Paz, desde diferentes espacios de participación que permitieron no solo encontrarse como Iglesia, sino como hermanos con un mismo fin: la búsqueda de la paz.

Toda esta semana se llevaron a cabo foros, conversatorios y espacios radiales (a través de la Emisora Vox Dei), donde se trataron temáticas sobre la paz territorial, el reconocimiento de las víctimas en su dignidad, la reconstrucción de memoria histórica, el reconocimiento como reconciliación, y la resignificación de la vida en Cristo para construir paz desde el amor.

Además, se realizaron actividades de integración que llevan a construir paz, como la visita al Salón de la Memoria en la Biblioteca Pública Julio Pérez Ferrero, donde asistieron personas de diversas instituciones, incentivando el conocimiento de la historia del conflicto armado, para la no repetición; y el ciclopaseo, que permitió desde el deporte, unirse como hijos de Dios.

En el desarrollo de cada encuentro se recordaba las enseñanzas del Obispo de Cúcuta, quien afirma que “debemos aceptar que la paz es una responsabilidad de todos, y es compromiso aceptarla como propia y extenderla a los hermanos”.

En el marco de la Semana por la Paz también fueron partícipes miembros de las instituciones de educación superior de la ciudad, como la Universidad Francisco de Paula Santander (UFPS), la Universidad de Santander (UDES) y la Universidad Simón Bolívar (Unisimón); miembros de organizaciones de cooperación internacional  en la región como la Misión de Verificación para las Naciones Unidas y la Misión de Apoyo al Proceso de Paz en Colombia (MAPP-OEA); y la Agencia de Cooperación Cáritas Alemana, desde su proyecto PARTICIPAZ que incide en el municipio de Sardinata, región del Catatumbo, desde donde se busca promover el desarrollo humano integral, fundamentado desde la Doctrina Social de la Iglesia, a organizaciones de base comunitaria de la región del Catatumbo, fortaleciendo sus estructuras, y promoviendo acciones desde lo político, y socioeconómico que construyen paz y el tejido social afectado por el conflicto armado a lo largo de los años.

Este proyecto centra su objetivo en la búsqueda del bien colectivo, y tiene retos importantes como la reconstrucción del tejido social afectado por el conflicto a lo largo del tiempo, a través de asociaciones productivas que Participaz ha guiado en todo su proceso de formación y comercialización, lo que ha sido una oportunidad laboral para muchas familias productivas, en donde no se da cabida para la ilegalidad; al igual que su trabajo con las Juntas de Acción Comunal, a las que brindaron acompañamiento con ciclos formativos y ser legalmente constituidas. Ahora tanto asociaciones como Juntas de Acción Comunal del municipio de Sardinata y corregimientos aledaños, van tras el bien común y la consolidación de la paz territorial.

Como Diócesis de Cúcuta y como Pastoral Social, para el trabajo de la evangelización de lo social, continúa el reto de motivar a las comunidades a seguir practicando el ejercicio de la paz desde la dinámica de avanzar hacia los valores de la Doctrina Social de la Iglesia, donde hay que dejar entrar las virtudes al corazón para que, desde la fe, la esperanza y la caridad se procuren ambientes de paz.

Como menciona Monseñor Héctor Fabio Henao Gaviria, delegado de la Conferencia Episcopal de Colombia para las relaciones Iglesia-Estado, “la Iglesia cumple el rol de acompañar y apoyar los procesos de paz en las comunidades; siendo un puente para que las negociaciones avancen, ya que desde el sentido pastoral, la Iglesia genera un clima de confianza, transparencia, respeto y democracia. Desde estos valores se logra transformar el país que todos los colombianos anhelan.

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¿Cómo los santos escuchan e interceden, si no son Dios?

Por: Pbro. Marcos Martínez Quintero, Arquidiócesis de Puebla de los Ángeles (México)

Foto: Internet

En diversos momentos se ha cuestionado acerca del poder intercesor que los santos tienen para hacer milagros o conceder gracias a los hombres. Sin embargo, debemos recordar que los santos son hombres y mujeres que a lo largo de la historia han configurado su vida con Dios, uniéndose a Cristo que interviene ante el Padre Dios. Presentan a través del único mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra. Podemos afirmar entonces, que los santos son intercesores con el poder y la gracia de Dios.

San Pablo, aquel hombre que se con­venció que debía configurarse ínti­mamente cada día a Cristo, nos da ejemplo de ello, pues entendía que al morir estaría junto a Jesús en el Cielo, es decir, que aquellos que alcanzaran esta perfección, estarían gozando de su presencia en el cielo. Y esta unión con Cristo no se pierde al morir. Pues al estar unido a Cristo forma parte de su pueblo santo.

No es que los santos tengan algún po­der para hacer milagros, o tomen el rol de Jesús como Mediador, sino que la presencia del Señor se hace patente a través de los santos, como escribe el Papa Benedicto XVI: “Los santos manifiestan de diversos modos la pre­sencia poderosa y transformadora del Resucitado; han dejado que Cris­to aferrara tan plenamente su vida que podían afirmar como san Pablo: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí»” (Ga 2, 20). Seguir su ejem­plo, recurrir a su intercesión, entrar en comunión con ellos, «nos une a Cristo, del que mana, como de fuen­te y cabeza, toda la gracia y la vida del pueblo de Dios» (Lumen gentium, 50).

Esta es la relación con la familia de los santos. Al acercarnos a ellos lo ha­cemos con la finalidad de que interce­dan por nosotros, ya que han alcanza­do la gracia de estar en la presencia de Dios. San Pablo nos invita diciendo “Manténganse siempre en la oración y la súplica, orando en toda ocasión por medio del Espíritu, velando jun­tos con perseverancia e intercediendo por todos los santos” (cf. Ef 6, 18).

Por tanto, estas palabras del Apóstol de los gentiles, nos hacen comprender la necesidad de la oración e interce­sión.

Recordemos cómo Nuestro Señor Je­sucristo escuchó la oración del ladrón arrepentido en el momento de la cru­cifixión (Lc 23, 42), o la petición de su Santísima Madre en Caná de Gali­lea. Lo mismo realizará con aquellos amigos suyos los santos, atendiendo a lo que dice el Evangelio de san Juan: “Yo les concederé todo lo que pidan en mi nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me piden algo en mi nombre yo lo concederé” (Cf. Jn 14, 13).

Desde la Iglesia primitiva se profe­saba en la intercesión de los santos, reconociendo que los santos no tienen la capacidad de conceder nuestras pe­ticiones o milagros, sino que su fun­ción es la de intervenir por nosotros, pues ya gozan del cielo, ellos solo presentan nuestras oraciones frente a Dios. Por tanto, esta razón nos lleva a entender la intervención de los santos frente a Dios, ellos no tienen el po­der, sino solo son intermediarios ante Dios.

Así podemos decir que la intercesión de los santos es real y verdadera, ya que ellos ya gozan de la presencia de Dios en la gloria eterna y desde allí median por nosotros ante Dios. San­to Domingo de Guzmán, antes de su muerte decía que ayudaría más efi­cazmente después de ella, que lo que ayudó durante su vida.

Desde esta perspectiva es que los san­tos interceden por nosotros ante Dios. No son ellos quienes realizan algún milagro, sino que siempre actúan en nombre de Jesús el Señor, no son méritos propios, sino por mandato di­vino. Al interceder por nosotros nos alientan a darnos cuenta de que no es­tamos solos, que formamos parte de la gran familia de Dios, ya que somos hijos de Dios y existe una estrecha re­lación entre nosotros. Este es el papel tan importante que desempeñan los bienaventurados, que gozan de la ple­nitud, que son partícipes de la eterna felicidad, que han sido perdonados, que pueden contemplar a Dios.

Los roles de la Iglesia en los diálogos de paz: Acompañamiento y apoyo

La Iglesia significa presencia, puente y confianza. Entrevista con Monseñor Héctor Fabio Henao Gaviria.

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Tras la victoria de Gustavo Fran­cisco Petro Urrego como pri­mer mandatario de la República de Colombia, se espera reanudar la negociación de paz con la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN); asimismo, poder dialogar con facciones de las Fuerzas Armadas Re­volucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC-EP) que no firma­ron el acuerdo de paz; con quienes re­gresaron a las armas luego de firmar el acuerdo, con las Autodefensas Gaita­nistas y demás bandas criminales.

El mes pasado, el presidente de Co­lombia se refirió a las cartas que reci­be constantemente de dichos grupos: “Estamos llenos de cartas y palabras escritas pidiendo paz, pidiendo nego­ciar. Hay que pasar indudablemente a acciones y deberían significar que si se quiere la paz pues se deje de matar, que se deje de tener conflictos entre ellos mismos, que se ponga la volun­tad desarmada para negociar con los diferentes funcionarios del Estado co­lombiano, tanto del poder Ejecutivo como Judicial, y podamos andar ha­cia las posibilidades de la paz total”.

Por su parte, Álvaro Leyva Durán, mi­nistro de Relaciones Exteriores y Paz de Colombia –quien junto a una gran comitiva- viajó a La Habana, Cuba, a comienzos del mes de agosto para compartir con este gobierno el propó­sito de reconciliación en Colombia, aseguró que se aspira a “reanudar los diálogos con el Ejército de Liberación Nacional, en esta tierra de paz a fin de iniciar el camino propuesto por el presidente Petro Urrego de alcanzar la paz total”.

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La comitiva estuvo conformada por: Carlos Ruiz Massieu, representante especial del Secretario General de Na­ciones Unidas en Colombia; Jon Otto Brodholt, enviado especial del Reino de Noruega; Monseñor Héctor Fabio Henao Gaviria, delegado de la Confe­rencia Episcopal de Colombia (CEC) para las Relaciones Iglesia-Estado; Iván Danilo Rueda Rodríguez, Alto Comisionado para la Paz; Iván Cepe­da Castro, senador de la República; y Álvaro Leyva Durán, ministro de Re­laciones Exteriores y Paz.

Según lo anterior, la presencia de la Iglesia Católica colombiana es funda­mental en los procesos de paz, porque “ella está dispuesta a colaborar en todo, hay una tradición con respecto a los diálogos con el Eln y natural­mente, los diálogos humanitarios en la Costa Pacífica y en otros sitios del país que son altamente complicados”, aseguró Leyva Durán. El Periódico La Verdad se comunicó con el dele­gado de la CEC para las Relaciones Iglesia-Estado, Monseñor Héctor He­nao, ya que justamente, se celebró del 4 al 11 de septiembre, la Semana por la Paz en su versión número 35, bajo el lema: “Territorios en movimiento por la paz”, donde se visibilizó el esfuerzo cotidiano de miles de personas por reconstruir el tejido so­cial, asimismo, se abrieron espacios de diá­logo y profundización en lo que sería un exitoso proceso de paz.

La Verdad: Monseñor, ¿cuál es el papel de la Iglesia Católica en los diálogos de paz? 

Monseñor Héctor Fabio Henao Ga­viria: Debemos aclarar que no cum­plimos un papel mediador, sino que ejecutamos dos roles: acompañamien­to y apoyo al proceso, el cual tendrá otras expresiones a nivel nacional y territorial, porque se trata de acompa­ñar a las comunidades y a los sectores que han sufrido el impacto de las con­frontaciones y los conflictos; en ese sentido, la palabra acompañamiento tiene un valor con una enorme impor­tancia, porque fortalece la presencia de la Iglesia y apoya en un momento en el cual el país comienza a enrutar­se en las sendas de la construcción de paz, dando nuevamente oportunidad al diálogo. 

V.: Cuáles son los parámetros que cumple la Iglesia Católica para ha­cer parte de esta comitiva de paz? 

M.H.F.H.G.: Lo defino en tres pun­tos:

  1. La Iglesia significa presencia junto a las comunidades.
  2. Es puente para que las negociacio­nes avancen o se logren.
  3. Crea un clima de confianza en la mesa de negociación, para que se avance de manera exitosa en la bús­queda de la paz.

L.V.: Desde cada jurisdicción eclesiás­tica, ¿cómo se participa en un diálo­go y posible acuerdo de paz? 

M.H.F.H.G.: Se ha definido un cri­terio y es la participación ciudadana, que sea muy fuerte en varios sentidos; por una parte, en la construcción del Plan Nacional de Desarrollo, ya que esas discusiones nos van a llevar a reflexionar sobre las situaciones de desigualdad, exclusión en los terri­torios, para tratar de aclimatar la paz y que esta sea posible; pero, por otra parte, se han hablado de unas formas de participación ciudadana sobre las temáticas propias de lo que serán las negociaciones. Esa metodología aún no está definida, no tenemos claridad sobre cuál es el mecanismo que se va a implemen­tar, y que seguramente será en la mesa de ne­gociación donde se to­men esas decisiones de participación ciudada­na, pero en principio, este es el criterio fun­damental.

L.V.: Cómo se garantiza que un diá­logo de paz no se tiña con tintes po­líticos? 

M.H.F.H.G.: La negociación de paz siempre será un asunto político, que tiene que ver con la construcción de política a alto nivel. Lo que debemos hacer es evitar que caiga en polariza­ción, porque debe apuntar como bien común, bien general de la nación y en ese sentido, sería una sana política, pensada no en intereses particulares, pensando en lo que es el país como tal y la construcción de un proyecto de nación compartida. Eso sería un gran servicio a la democracia y al país sin lugar a dudas.

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L.V.: Un acuerdo de paz, ¿cómo se ga­rantiza más allá de una firma? 

M.H.F.H.G.: Los acuerdos de paz tie­nen una fase de implementación y esta es muy importante, porque se asegu­ra que los acuerdos a los que se han llegado, se lleven efectivamente a la práctica. Entonces, está la parte de la negociación y la firma, sin embargo, se adoptan unas decisiones de común acuerdo para que hallan unas trans­formaciones en la realidad social, en la política del país, y esta es la imple­mentación de los acuerdos, que hacen parte del proceso de paz en un largo plazo. Esto conlleva a unos mecanis­mos propios, luego vendrá otra fase que es el mantenimiento de la paz, indudablemente es la prevención para que no se den nuevas conflictividades con los mismos grupos o con otros. Son etapas que van con características particulares, cada una profundamente entrelazadas.

L.V.: A la luz del Evangelio y el magis­terio del Papa Francisco, ¿cómo se guía un diálogo de paz? 

M.H.F.H.G.: El Papa Francisco en su Carta Encíclica ‘Fratelli Tutti’ nos habla de una cultura del diálogo y del encuentro, donde indudablemente el diálogo debe tener las características de cercanía, transparencia, que supera una simple conversación, para ir hacia un reconocimiento de lo que son las otras posiciones de las demás perso­nas, y en ese reconocimiento, el diálo­go cree espacios para que la dignidad de cada quien sea reconocida de ma­nera profunda.

El Papa nos insta a que el diálogo no sea una metodología transitoria, nos pide que sea una forma permanente de convivencia en la sociedad, que cree formas permanentes de encuen­tro, porque según lo que nos enseña la Doctrina Social de la Iglesia, será un proceso de largo plazo, de escucha, aceptación de la dignidad humana de los demás, donde descubrimos que cada persona con la que estamos en diálogo, es imagen y semejanza de Dios y esa cultura de largo plazo es la que nos ayuda a realizar la voca­ción más profunda que el Señor nos ha dado.

L.V.: San Francisco de Asís, hablaba de la paz y manifestó un profundo amor por la Casa Común, la misma que ha sido gravemente afectada por el conflicto armando, ¿cómo podremos lograr vivir y compartir esta Casa Común en paz?

M.H.F.H.G.: En definitiva, uno de los temas que el país tendrá que abordar para la construcción de la paz tiene que ver con el cuidado de la Casa Común y la forma cómo vamos a realizar las metas propias de nuestra sociedad, en términos de que somos una sociedad bendecida por Dios con una biodiver­sidad muy importante y una geografía impresionante. La paz pasa también a ser reconciliación con la naturaleza. Nuestro medio ambiente requiere que nos reconciliemos, las tierras han sido destruidas a través de los conflictos, que afectan a las comunidades y todos los entornos.

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L.V.: Monseñor, finalmente, la invita­ción para ser artesanos de paz.

M.H.F.H.G.: Seamos verdaderamen­te artesanos de la paz, de la reconci­liación y el perdón, eso es una meta que nos ha dado la Iglesia: compro­meternos de una manera decidida, porque la Iglesia considera que van de la mano la paz, la reconciliación y el perdón, y en ese sentido, nos pone esa meta como artesanos, y nos pide que trabajemos en ello de manera decidi­da.