Palabras de Vida

Evangelio (Mt 5,17-19)):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos».

Queridos hermanos:

Cuando Israel regresa del exilio babilónico, se encuentra con que su tierra está en buena medida habitada por paganos, como lo estaba cuando sus antepasados llegaron de Egipto. Y las advertencias supuestamente del tiempo del Éxodo sirven igual para la nueva situación: El Deuteronomio exhorta a no contaminarse con la idolatría del nuevo lugar geográfico, a no sucumbir al riesgo de una excesiva acomodación, hoy diríamos “inculturación”, que a veces es un ponerse a la moda o identificarse acríticamente con el nuevo medio sociológico. Esto sucedió frecuentemente en la Europa de los años 50-60: el desplazamiento desde los pueblos a las grandes ciudades industriales, o a otros países con mejores perspectivas económicas; ¡cuántos hasta entonces practicantes dejaron rápidamente de serlo! Pensaron que era preciso “modernizarse”, sin molestarse en distinguir valores y contravalores. Tal vez la religiosidad vivida hasta entonces, que tan rápida y fácilmente se esfumó, era más de barniz que de convicciones profundas. Eso la catequesis actual, tanto de niños como de adultos, debiera tenerlo en cuenta; y cada uno debemos también preguntarnos hasta dónde cala en nosotros lo religioso.

En España, y quizá en algunos otros países, se ha dado posteriormente otra acomodación acrítica, la de la política: “¿cómo voy a seguir yendo a la Iglesia si me he afiliado a tal partido, y hasta me he presentado para concejal?” Es muy oportuna la advertencia bíblica: “cuidado con olvidar los sucesos que vieron tus ojos”.

Jesús desconcertó a muchos de sus contemporáneos (eso explica su final). Algunos le vieron “demasiado de manga ancha” en lo referente al descanso sabático, o en la interpretación de otras prescripciones legales, algunas un tanto ridículas: estaba permitido arrancar espigas en sábado, pero no desgranarlas… Jesús fue crítico con tales minucias, pero no fue un esnobista frívolo: miró hacia el fondo de las cosas, no a la superficie, y subrayó lo que podía responder a la Alianza y lo que no. Sus innovaciones mostraban su búsqueda apasionada de la voluntad del Padre en profundidad. No se inquietó por lo “novedoso” ni por lo “desfasado”, sino por lo auténtico. A algunos superficiales les pareció un ácrata; no percibieron a tiempo que pretendía purificar, además de los miembros físicos, los sentimientos del corazón y enderezar hasta las intenciones que pueden enturbiar una mirada.

Para Jesús ningún detalle era despreciable; no le iba lo de brocha gorda o trazo grueso, sino el pincel fino, el detalle que perfecciona la obra de arte, hasta “el mandamiento más pequeño”, hasta “la última tilde de la ley”. Lo que estaba en juego era el respeto a Dios y la perfección humana, y en esos campos nada da lo mismo.

SAN PEDRO DAMIÁN, obispo y doctor de la Iglesia, 1007-1072

Pedro Damián, al morir sus padres fue tratado muy mal por un hermano suyo. La siguiente anécdota narra el carácter noble del muchacho: se encontró una pequeña moneda, que le pareció una fortuna y se la entregó a un sacerdote para que celebrara una misa por su padre difunto.
Pedro DamianiSu hermano mayor, Damián, ya ordenado sacerdote, lo rescató por fin de su situación miserable, y se hizo cargo de él, lo ayudó en sus estudios, hasta que pudo ocupar el cargo de profesor en Ravena.

Pedro, en agradecimiento a su hermano, tomó su nombre: Damián. Pedro Damián nació en 1007 y le tocó vivir una época de inmoralidad y degeneración, tanto dentro como fuera de la Iglesia. Desde joven tenía el deseo de hacerse santo. Toda su vida está impregnada de esta exigencia: La santidad es posible y es necesaria para cada miembro del cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia.

A los 28 años entra, en el convento de Fonte Avellana, en donde san Ronaldo (950-1012) había reformado la regla benedictina buscando una mayor austeridad, con flagelaciones y otras penitencias físicas.

Nuestro santo se enfermó gravemente en el convento y sufrió insomnio, probablemente por la práctica de excesivas vigilias. Por sus virtudes, los ermitaños lo eligieron abad. Con ese mismo espíritu de humildad y de entrega a la observancia de los consejos evangélicos, fundó otras cinco comunidades de frailes. Estos conventos se convirtieron en centros ejemplares de renovación.
Varios sumos pontífices llamaron a Pedro Damián, en contra de su voluntad, al servicio de la Iglesia para aprovechar sus dotes extraordinarias. En primer lugar se debían combatir los vicios que estaban socavando la disciplina entre los miembros del clero secular y regular: la simonía (compra y venta de beneficios eclesiásticos), el concubinato, la codicia y el afán de riquezas y poder. Por esto, el papa lo eligió cardenal y obispo de Ostia; sin embargo los honores no llenaban el corazón de Pedro Damián y muy pronto solicitó regresar a su celda de ermitaño. En estas circunstancias conoció el subdiácono Hildebrando, futuro papa Gregorio VII, reformador de la disciplina eclesiástica.

Como secuela de aquellos vicios había otros que ensombrecían la imagen de la Iglesia de entonces, como las profundas divisiones, pleitos y guerras, entre el pueblo, el clero, los obispos y los representantes de la curia romana.

Desde el año de 1051 se le confió a nuestro santo la delicada y difícil misión, como delegado apostólico, de pacificar esas facciones y lograr así mayor unidad en la Iglesia. Inspirado por la Biblia, nuestro santo vivía el heroísmo y lo exigía a los demás; por estas mismas razones evangélicas no permitió que el clero y menos los frailes, dejando su disciplina, se dedicaran a las ciencias y las artes humanas.

Su carácter se manifestó también en sus escritos y sermones, cartas y poemas, por cuyo alto nivel recibió el 1828 el título de «doctor de la Iglesia».

Muy importante es la formulación: «Cada fiel es una pequeña Iglesia, lo que él hace u omite, influye sobre todos.
Murió el 22 de febrero de 1072 en Faenza, al regresar de Ravena, en donde el arzobispo había destruido, con sus atrocidades, la comunión con el papa Alejandro II. La reconciliación de su ciudad natal con la sede apostólica, fue la última misión de este hombre luchador y a la vez pacificador.

Homilia Dominical