Palabras de Vida

Evangelio (Lc 7,31-35):

En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo: ‘Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonado endechas, y no habéis llorado’. Porque ha venido Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: ‘Demonio tiene’. Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: ‘Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Y la Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos».

«¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación?»

Hoy, Jesús constata la dureza de corazón de la gente de su tiempo, al menos de los fariseos, que están tan seguros de sí mismos que no hay quien les convierta. No se inmutan ni delante de Juan el Bautista, «que no comía pan ni bebía vino» (Lc 7,33), y le acusaban de tener un demonio; ni tampoco se inmutan ante el Hijo del hombre, «que come y bebe», y le acusan de “comilón” y “borracho”, es más, de ser «amigo de publicanos y pecadores» (Lc 7,34). Detrás de estas acusaciones se esconden su orgullo y soberbia: nadie les ha de dar lecciones; no aceptan a Dios, sino que se hacen su dios, un dios que no les mueva de sus comodidades, privilegios e intereses.

Nosotros también tenemos este peligro. ¡Cuántas veces lo criticamos todo: si la Iglesia dice eso, porque dice aquello, si dice lo contrario…!; y lo mismo podríamos criticar refiriéndonos a Dios o a los demás. En el fondo, quizá inconscientemente, queremos justificar nuestra pereza y falta de deseo de una verdadera conversión, justificar nuestra comodidad y falta de docilidad. Dice san Bernardo: «¿Qué más lógico que no ver las propias llagas, especialmente si uno las ha tapado con el fin de no poderlas ver? De esto se sigue que, ulteriormente, aunque se las descubra otro, defienda con tozudez que no son llagas, dejando que su corazón se abandone a palabras engañosas».

Hemos de dejar que la Palabra de Dios llegue a nuestro corazón y nos convierta, dejar cambiarnos, transformarnos con su fuerza. Pero para eso hemos de pedir el don de la humildad. Solamente el humilde puede aceptar a Dios, y, por tanto, dejar que se acerque a nosotros, que como “publicanos” y “pecadores” necesitamos que nos cure. ¡Ay de aquél que crea que no necesita al médico! Lo peor para un enfermo es creerse que está sano, porque entonces el mal avanzará y nunca pondrá remedio. Todos estamos enfermos de muerte, y solamente Cristo nos puede salvar, tanto si somos conscientes de ello como si no. ¡Demos gracias al Salvador, acogiéndolo como tal!

SAN JUAN MACÍAS, hermano dominico

Juan Macías, que fue pobre y vivió para los pobres, es un testimonio admirable y elocuente de pobreza evangélica: el joven huérfano que con su escasa soldada de pastor ayuda a los pobres «sus hermanos», mientras les comunica su fe; el emigrante que, guiado por su protector san Juan evangelista, no va en busca de riquezas como tantos otros, sino para que se cumpla en él la voluntad de Dios; el mozo de posada y el mayoral de pastores que prodiga secretamente su caridad en favor de los necesitados, a la vez que les enseña a orar; el religioso que hace de sus votos una forma eminente de amor a Dios y al prójimo; que «no quiere para sí más que a Dios»; que desde su portería combina una intensísima vida de oración y penitencia con la asistencia directa y la distribución de alimentos a una verdadera muchedumbre de pobres, que se priva de buena parte de su propio alimento para darlo al hambriento, en quien su fe descubre, la presencia palpitante de Jesucristo: en una palabra, la vida toda de este «padre de los pobres, de los huérfanos y necesitados. ¿no es una demostración palpable de la fecundidad de la pobreza evangélica, vivida en plenitud?

Cuando decimos que Juan Macías fue pobre, no nos referimos ciertamente a una pobreza -que nunca podría ser querida ni bendecida por Dios- equivalente a culpable miseria, o inoperante inercia en la consecución del justo bienestar. sino a esa pobreza llena de dignidad, que debe buscar el humilde pan terreno, como fruto de la propia actividad.

¡Con cuánta exactitud y eficacia se dedicó a su deber, antes y después de ser religioso! Sus patronos y sus superiores dan claro testimonio de ello. Fueron siempre sus manos las que supieron ganar el propio pan, el pan para su hermana, el pan para la multiplicada caridad. Ese pan, fruto de un esfuerzo socialmente creador y ejemplar, que personaliza, redime y configura a Cristo, mientras deja en lo íntimo del alma la filial confianza de que el Padre que alimenta a las aves del cielo y viste a los lirios del campo, no dejará de dar lo necesario a sus hijos: Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura. (Mt. 6, 25-34)

Por otra parte, la ardua tarea de Juan Macías no distraía su alma del Pan celestial. Él, que desde su niñez había sido introducido en el mundo íntimo de la presencia de Dios, fue, en medio de su actividad, un alma contemplativa. El campo, el agua, las estrellas, los pájaros le hablaban de Dios y le hacían sentir su cercanía: «Oh Señor, qué mercedes y regalos me hizo Dios en aquellos campos, mientras guardaba el rebaño», así exclamaba, cuando ya era anciano. Y recordando su vida en el convento y aquel jardín donde con frecuencia se retiraba a orar de noche, dirá: «Muchas veces orando a deshora de la noche, llegaban los pajarillos a cantar, y yo apostaba con ellos a quién alababa más a Dios.» ¡Frases de encantadora poesía, que dejan entrever las largas horas dedicadas a la oración, a la devoción a la Eucaristía, al rezo del rosario!

Esta vida interior nunca representó para Juan Macías una evasión frente a los problemas de sus hermanos; antes bien, partiendo de la vida religiosa llegaba a la vida social. Su contacto con Dios, no sólo no le hacía retraerse de los hombres, sino que lo llevaba a ellos, a sus necesidades, con renovado empeño y fuerza para remediarlos y conducirlos a una vida cada vez más digna. más elevada, más humana y más cristiana. No hacía con ello sino seguir las enseñanzas y deseos de la Iglesia, la cual con su preferencia por los pobres y su amor a la pobreza evangélica jamás quiso dejarlos en su estado, sino ayudarlos y levantarlos a formas de vida cada vez mejores y más conformes con su dignidad de hombres y de hijos de Dios.

A través de estos trazos parciales, aparece ante nuestros ojos la figura maravillosa y atractiva de nuestro santo. Una figura actual; un ejemplo preclaro para nosotros, para nuestra sociedad.
Juan Macías supo en su vida honrar la pobreza con una doble ejemplaridad: con la búsqueda confiada del pan cotidiano para los pobres y con la búsqueda constante del Pan de los pobres, Cristo, que a todos conforta y conduce hacia la meta trascendente. ¡Estupendo mensaje para nosotros. para nuestro mundo materializado, tarado con frecuencia por un consumismo desenfrenado y por egoísmos sociales! Ejemplo elocuente de esa «unidad interior que el cristiano debe realizar en su tarea terrena, imbuyéndola de fe y caridad.

Homilia Dominical