Mensaje de los Obispos al pueblo colombiano con ocasión del bicentenario de la independencia

Los Obispos católicos que, por gracia de Dios y encargo de la Iglesia, acompañamos y cuidamos como pastores al pueblo de Dios que peregrina en Colombia, celebramos gozosos con todos nuestros hermanos el Bicentenario de nuestra Independencia.

  1. “Ustedes, hermanos, han sido llamados a la libertad… sírvanse unos a otros por amor” (Gál 5,13). Al hacer juntos memoria de los acontecimientos que nos condujeron a la Independencia, invitamos al pueblo de Colombia a dar gracias a Dios como lo hizo nuestro libertador Simón Bolívar con el Te Deum ofrecido en la capilla del Sagrario de la Catedral de Santa fe de Bogotá el 15 de agosto de 1819, una semana después de la victoria en el puente de Boyacá.

Todas las personas que participaron en la gesta libertadora, los que con generosidad albergaron el sueño de la libertad, los que colaboraron en la difusión de los ideales de los Derechos Humanos y de la Independencia, los que trabajaron por la consecución de los recursos, los que aportaron desde su pobreza a la campaña libertadora y, sobre todo, los que ofrecieron sus vidas por la libertad del pueblo, con sus ideales, sus luchas y sus sacrificios, son para nosotros un regalo de Dios.  La libertad que entonces nos alcanzaron es un don y también una gran tarea que debemos realizar.

  1. La fe cristiana iluminó y acompañó los procesos que nos llevaron a la Independencia. Debemos agradecer a Dios la vida, la entrega y los esfuerzos de tantos sacerdotes, religiosos y fieles comprometidos que colaboraron con verdadero heroísmo en las luchas por la libertad. El don de la fe ha seguido inspirando y moldeando nuestras costumbres, valores e ideales como nación.  Así describió el Papa Francisco a Colombia en su Visita: “Tiene algo de original, algo muy original…, su riqueza humana, sus vigorosos recursos naturales, su cultura, su luminosa síntesis cristiana, el patrimonio de su fe y la memoria de sus evangelizadores, la alegría gratuita e incondicional de su gente, la impagable sonrisa de su juventud, su original fidelidad al Evangelio de Cristo y a su Iglesia y, sobre todo, su indomable coraje de resistir a la muerte, no sólo anunciada, sino muchas veces sembrada”.
  1. La tarea de la libertad está inconclusa y frecuentemente se ve amenazada. Contamos con todas las riquezas naturales, humanas y de fe, para continuar la construcción de nuestra nación. Pero denunciamos con todo vigor que existen nuevos enemigos de la libertad, entre ellos, el individualismo imperante en nuestra cultura actual, que exige el disfrute de los derechos pero olvida el compromiso con los deberes para construir el bien común; la polarización que nos sigue enfrentando entre hermanos; la brecha económica resultante de la injusticia social y de la concentración del capital; la falta de oportunidades de trabajo, tierra y techo; la corrupción que condena a los más vulnerables y empobrecidos a mayores miserias; los procesos económicos y culturales que agreden la naturaleza, nuestra casa común; el narcotráfico que genera terror en las poblaciones, destruye la juventud y produce economías paralelas al servicio del delito y de la muerte; la destrucción de la vida humana y la inconsciencia de su valor sagrado.
  1. La lucha contra las esclavitudes que nos amenazan empieza en el corazón de cada colombiano. Pero no bastan las propias fuerzas para vencerlas. Es necesario abrir nuestras vidas para acoger a Cristo y su Evangelio.  Él ha venido a nosotros con todo el poder del amor de Dios para destruir el egoísmo y la soberbia, el odio, la violencia y la codicia.  Su amor que siempre nos perdona nos impulsa a reconciliarnos con Él, con los hermanos y con la creación.  Su misericordia nos sana de las heridas del mal y su pascua nos levanta de la muerte.  Solo Él puede renovar nuestras vidas y hacernos sal y luz en la sociedad.
  1. El Bicentenario de la Independencia es oportunidad propicia para mirar el pasado con gratitud y con objetividad. Es también el momento para asumir nuestro presente con suma responsabilidad, conscientes de la tarea inmensa que tenemos en la transformación de nuestra realidad. Sobre todo, esta celebración es una invitación para mirar el futuro con esperanza, que para los cristianos no es mera ilusión ni simple optimismo, sino que nace de la confianza en Dios y en su Hijo Jesús, que nos prometió: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28,20).

Esta celebración nos debe llevar, sobre todo, a promover una transformación cultural que nos permita continuar el camino de la libertad.  No basta ser una geografía, ni una sociedad, ni un país.  Es necesario ser una comunidad nacional con un espíritu, con un gran proyecto, con una solidaria responsabilidad de los unos por los otros.  Hace doscientos años, un pueblo, unido en los mismos ideales, sacudió el dominio de otra nación que lo oprimía.  Después de lograr tantas cosas positivas, es preciso ahora sellar la independencia frente a otras realidades que nos tiranizan y destruyen.

  1. Para alimentar esta esperanza y para que se haga realidad debemos acogernos, caminar juntos, perdonarnos, no permitir que continúe el espíritu de la división. Nuestra nación necesita el impulso permanente del diálogo para poner fin a la violencia, encontrar caminos de reconciliación, construir la unidad por encima de obstáculos, convertir en riquezas comunitarias las diferencias, erradicar las causas estructurales de la corrupción que engendra muerte y colocar en el centro de toda la vida política, social y económica la dignidad de la persona humana y el bien común. La familia, la escuela, la Iglesia y la sociedad están llamadas a generar una cultura del encuentro en los niños y en los jóvenes, pues ellos son esperanza para el país.  El Papa nos hizo esta invitación: “¡Colombia, abre tu corazón de Pueblo de Dios, Déjate reconciliar, no temas a la verdad y a la justicia!”.
  1. Nosotros, pastores del Pueblo de Dios que peregrina en esta nación bendecida con una sorprendente riqueza étnica y cultural, ofrecemos nuestro compromiso de comunicar a Cristo, Camino, Verdad y Vida, y de trabajar sin descanso para que la reconciliación reine en nuestra sociedad. Sin la auténtica reconciliación es imposible la paz, la justicia, el desarrollo integral y la vida digna para todos.
  1. Coincide el Bicentenario de la Independencia con el Centenario de la coronación de la Imagen de la Virgen de Chiquinquirá. Ella, desde 1586, hizo visible su presencia entre nosotros con el singular milagro de la renovación de su imagen. Su intercesión y también las joyas que los fieles le habían ofrendado ayudaron a la campaña libertadora.  Pidámosle que nos acompañe en la tarea de la renovación de nuestra Patria. 

+ Óscar Urbina Ortega                                            

Arzobispo de Villavicencio

Presidente de la Conferencia Episcopal

 

+ Ricardo Tobón Restrepo

Arzobispo de Medellín

Vicepresidente de la Conferencia Episcopal

 

+ Elkin Fernando Álvarez Botero

Obispo Auxiliar de Medellín

Secretario General de la Conferencia Episcopal

Cristo es nuestra PAZ

En estos días el tema de la PAZ  surge como algo natural en la reflexión y en la vida de todos los colombianos. Resurgen situaciones y hechos que nos hacen entrar nuevamente en este argumento de fundamental importancia para la nación. La PAZ es un bien que nos urge a todos los colombianos, creando espacios y situaciones concretas para la construcción de una vida digna y de condiciones óptimas para todos.  La situación de nuestra región geográfica es compleja, experimentamos un deterioro progresivo en temas de violencia y atentados contra la vida humana, por ello pongo a ustedes, queridos lectores de LA VERDAD este tema.

En muchos momentos y desde perspectivas diversas, hemos reflexionado sobre esta condición de vida, y especialmente sobre lo que fundamentalmente es la PAZ, que anhelamos todos, en las distintas circunstancias y medios de nuestra comunidad humana.  Colombia ha hecho una gran apuesta por la paz, con sinceridad y esta es la esperanza de todos: vivir en PAZ.

Con ocasión del bicentenario que celebramos de nuestra independencia, podemos repasar los tristes momentos que han manchado de sangre nuestra Patria.  Colombia vive, desde hace más de un siglo, momentos muy difíciles, que iniciaron precisamente con persecuciones religiosas, con la guerra de los mil días (con pocos decenios de una relativa tranquilidad), momentos de dolor y de tristeza, de violencia y de sangre que han marcado totalmente nuestras relaciones sociales y la vida de todos. La sangre manchó la Patria en muchos momentos del siglo pasado y, también ahora, vemos brotes de violencia y de muerte entre nosotros.  Seguimos viviendo el derramamiento de sangre, con la pérdida de muchas vidas humanas: líderes sociales, miembros de las fuerzas armadas, policías, gente sencilla.

La PAZ está en el centro de la reflexión  y del discurso de todas las clases sociales y, también, de los grupos políticos. Durante la Visita Apostólica del Papa FRANCISCO, nos invitó a dar el primer paso para ir hacia la PAZ.

Muchas de las reflexiones que se hacen en los últimos días, están marcadas por opciones políticas y por las elecciones que se avecinan y, que también usan este argumento como búsqueda de los votos de los ciudadanos.  Es sensible y notorio el fenómeno de la división en torno a este argumento de fundamental importancia para el futuro.

Quisiera en este momento de reflexión y de análisis, invitarlos a considerar lo importante que es para todos nosotros, mirando al presente y al futuro, poder establecer un ambiente de PAZ, de serenidad en nuestra Patria. La condición de serenidad, paz, están en el origen del progreso y del avance de nuestra comunidad. No es fácil alcanzarla, la PAZ se construye con justicia social, con oportunidades para todos, con el respeto a la vida humana y, asumiendo con respeto y decisión cuanto ha ocurrido en el pasado (en la necesaria búsqueda de la verdad y la reparación del mal y la violencia que se han sufrido por inocentes).

Los hermanos mayores en la fe, los hebreos, usaban el término SHALOM, paz, para determinar el estado en el cual todos cumplen con la Ley Santa de Dios y establecen unas condiciones precisas de vida.  El pueblo de Israel, esperaba la llegada de un “Príncipe de la Paz” (Isaías 9, 6) que establecería un reino de justicia, de progreso, en el respeto y la vivencia de los preceptos de Dios.  Esta palabra, formada con la raíz SLM (ShaLoM), significaba en sus origines, completar, terminar de hacer, siempre referido al plan y la voluntad de Dios.  La intención de este saludo es desear el bienestar, el bien, el tiempo que viene de Dios, realidad en la cual se ha completado el designio de Dios.

El pueblo romano, como imperio potente y lleno de fuerza económica, que por la fuerza imponía sus leyes y condiciones, supo también imponer la PAZ, la serenidad y la condición de la vida en que por la fuerza social y cultural o por la imposición militar, hicieran vivir esta condición de vida.

Todo discurso en el cual se hable de PAZ, desde la fe, tiene que estar profundamente anclado en el designio amoroso de Dios, en el respeto de sus leyes y en la aplicación de esas perspectivas de vida y de realización del hombre al cual está llamado desde siempre la persona humana.

La PAZ es reconciliación y fortalecimiento de las relaciones personales, entre los hombres y mujeres de nuestro tiempo, entre nosotros, que como comunidad caminamos y fortalecemos nuestras condiciones personales de vida y de intercambio. Para Colombia es urgente la reconciliación, un encuentro sereno, desde la comprensión y el perdón (tiene que pasar necesariamente por el aflorar de la verdad, y la reparación). La PAZ es verdad y justicia, sinceridad y compromiso garantía de no repetición.

La afirmación de la PAZ es ausencia de violencia y del reconocimiento de los derechos de todos, la disponibilidad a dar a cada uno de los miembros de una comunidad según sus derechos en el respeto del trabajo y de las iniciativas personales de cada uno.  Es urgente fortalecer los espacios para la PAZ, para el diálogo, para el crecimiento de una perspectiva de participación de todos los colombianos.    Es fundamental en este contexto, la participación de todos, el que la voz de los pobres, enfermos, desamparados, campesinos sea escuchada y tenga efectivamente el respaldo de algunos que les representen y den a ellos cuanto corresponde.  La PAZ es pues el espacio para el ejercicio preciso y concreto de la  justicia, dando a cada uno lo suyo, aquello que merece, restituyendo derechos y deberes.

La enseñanza del Apóstol san Pablo en la carta a los Efesios: “Cristo es nuestra Paz” (Efesios 2,14) nos tienen que hacer reflexionar y pensar que la PAZ, es una condición de vida que se alcanza con el cumplimiento y el respeto de la voluntad de Dios, con el ejercicio amable de vivir cumpliendo los preceptos y los mandatos del Señor.

Todos, cada uno de nosotros, debemos ser artífices de PAZ, en nuestras familias, en los lugares de trabajo y de formación humana, en los distintos espacios sociales en los cuales nos encontramos. Pedir la PAZ es actuar el plan de Dios, establecer su tiempo y el reino de su santa voluntad entre nosotros. Pidamos a Dios el don de la PAZ, de convertirnos todos en artesanos y constructores de PAZ.

¡Alabado sea Jesucristo!

Un siglo como reina y madre de Colombia

Celebramos el pasado 9 de julio, los cien años de la Coronación Pontificia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, como Reina de Colombia, en momentos muy difíciles de la Patria.  Este acontecimiento nos unió y fortaleció la devoción del pueblo de Dios a la Virgencita de Chiquinquirá como la llaman los sencillos del nororiente de Colombia.

En los misteriosos designios de Dios, ha querido que en Chiquinquirá, la tierra de las lagunas y pantanos y la neblina, se manifestase su amor misericordioso y su benevolencia para nuestra tierra colombiana con el milagro de la renovación de una pintura colonial que, deteriorada por el tiempo, se manifestó llena de esplendor y radiante de los colores con los cuales había sido pintada por la mano de los hombres.

“¡Mire, mire señora…! decía una humilde persona, llamando la atención de María Ramos el día  26 de diciembre de 1586. “¡Mire, mire…!” le dice hoy la Virgen Santísima del Rosario al pueblo colombiano,  justamente cuando se necesita tanto que la fe y la esperanza renueven las voluntades de todos y sientan que esta nación que mi coterráneo,  Don Marcos Fidel Suárez -hombre de fe, de probadas virtudes cristianas e intelectual católica-, consagró a la Dulce Señora, para que ella vuelva su mirada a la verdad, a la vida, a la alegría del Evangelio como camino de reconciliación y de unidad, en estos momentos cruciales para la construcción de la PAZ, que tanto necesitamos.

La Virgen Chiquinquireña está unida a la historia de Colombia, a la vida de una nación que se formó a la luz de la fe y que sigue su camino en los tiempos presentes, mirando con gratitud a tantos años de gloria y a tantos momentos en los que sólo la fe nos ha permitido sortear los dramas de nuestra realidad.

En la Colonia su imagen se multiplicó admirablemente. Entre nosotros tiene también su Santuario y es para nuestros hermanos de tantos lugares de Colombia y del mundo, un referente de esperanza.   Boyacá, Santander, Antioquia, la Colonial Santa Fe de Bogotá, el entorno de la capital, Popayán, Ecuador y especialmente Venezuela en sus zonas del Táchira y el Zulia, con Maracaibo y San Cristóbal veneran a la Madre del Rosario, como Patrona e intercesora.

“Eres toda hermosa, amada mía, ni existe mancha en Ti Me robaste el corazón con una sola mirada de tus ojos”, dice de varios y preciosos modos el Cantar de los Cantares (Cantar 1,5  y 4,9).

Tales palabras, nacidas del alma cristiana de este pueblo y puestas en los labios autorizados y místicos de quien aguarda la resurrección a unos pasos de aquí, nos comprometen con la Madre y por ella con su Hijo, a transformar nuestras vidas y hacer de cada momento la edificación del reino de la verdad, de la esperanza, de la paz y de la alegría.

La Reina a quien hoy honramos es la virgen fiel, la que, como nos lo pide el Evangelio de hoy, tomó su cruz, estuvo junto a la cruz, asumió los rigores del dolor humano con una alegría generosa, y en su fidelidad nos muestra cómo se recorre el camino de la vida entregando con amor la esperanza y la verdad.  Ella hoy es un signo de renovación y de restauración para nuestra Patria, invitándonos a obtener la PAZ, luchando todos por ella.

Nuestra Señora ha sido peregrina de la esperanza. Muchas veces ha salido de su Santuario, hoy Basílica Menor, para acudir presurosa a consolar la vida de sus hijos, para acompañar la Campaña Libertadora, para ofrendar sus joyas para la causa de la libertad, cuando e Tribuno del Pueblo, Don José Acevedo y Gómez recibió de los Frailes de la Orden de Santo Domingo las joyas el bendito cuadro imagen de la Reina del Cielo para usarlas en la causa de la libertad.  Ella ha venido para servir de consuelo al pueblo tantas veces azotado por las calamidades físicas y morales en las que se ha movido nuestra historia.   Sus hijos peregrinan todavía jornadas enteras para visitarle y orar a sus pies.  Su Santuario es faro de luz y restauración para la fe.

Acompañada por las preces del pueblo fie ha sido, como dijimos, peregrina y misionera que lleva a Jesús en sus brazos para ofrecerlo como única esperanza y como camino verdadero para todos.

En nuestra Iglesia Diocesana ella hace de puente amoroso para unir el corazón de dos pueblos hermanos, ya que en Venezuela se le ama con el cariñoso título de la Chinita, recordando que su réplica, también colmada de signos milagrosos, en su Santuario de San Luis, es signo de que hay un único corazón maternal abierto como casa de acogida y de esperanza para todos.   Entre nosotros en su Casita de San Luis, nos hace ir espiritualmente a Chiquinquirá, aquí es nuestra Reina y suscita la devoción y amor de sus hijos.

Honrar a María es el camino más bello y seguro para ir hasta el mismo Señor de la Gloria.  Celebremos a la Madre de Cristo, vivamos con el Santo Rosario la devoción a ella y reiteremos cada día que es la Reina de nuestros hogares y de Colombia.

Ella, Renovada, debe ser el modelo de la necesaria renovación del corazón de los colombianos para que, cesando el vendaval de males que nos agobian, podamos caminar en paz, podamos vivir la verdadera dimensión de nuestra filiación mariana que nos mueve a trabajar con pasión y con generosidad en el bien de todos, en la paz para todos, en la comunión de corazones que se saben hermanos y que deben agotar todos los esfuerzos para conseguir una verdadera convivencia en la que la luz de los valores de la fe, nos transforme, nos santifique, nos acompañe para servir mejor, para anunciar mejor el evangelio de la esperanza, para hacer presente el reinado de Dios que es justicia, paz y gracia para todos.

“¡Mire, mire señora…!”   Ahora es esta gran Señora, Reina del Cielo, que nos sigue llamado mientras que nosotros le seguimos rogando: “desde tu Santuario a nosotros ven, pues eres la egregia Virgen del Rosario”. Ahora ella aguarda, que le podamos ceñir la corona del amor y de la alegría en la que las joyas son los hijos de Colombia que se saben hermanos y que sienten que la Reina Chiquinquireña es el amor de Dios que nos cobija y que nos cubre con su misericordia.

¡Reina de Colombia, por siempre serás!   ¡Es prenda tu nombre de júbilo y PAZ!

¡Alabado sea Jesucristo!

La economía al servicio de la dignidad humana y del bien común

En dos ocasiones, cada año, todos los Obispos de Colombia, de las distintas arquidiócesis y diócesis, así como de los Vicariatos Apostólicos, provenientes de todas las zonas de Colombia nos encontramos fraternalmente en la Sede de nuestra Conferencia Episcopal en Bogotá para revisar la situación de la realidad nacional y entrar en temas que son de fundamental importancia para la evangelización y la actividad de la Iglesia de Cristo en nuestra Patria, para animar y fortalecer el camino de nuestras comunidades.

Este año, en la semana del 1 al 6 de julio 2019, celebraremos la (CVIII) Centésima octava Asamblea Plenaria, para estudiar el tema: La Economía al servicio de la dignidad humana y el bien común.  Estamos dedicando tres años al estudio de la incidencia de la evangelización en los distintos ambientes sociales.  La Iglesia quiere entrar en lo profundo de la realidad social y, desde el Evangelio de Cristo, tratar de comprender e iluminar el camino de nuestra acción social y de anuncio de las verdades de la fe.

Esta temática nos hace entrar en lo profundo de la Doctrina social de la Iglesia, en la lectura que se hace desde el evangelio de los distintos temas que se han ido creando en el último siglo, para comprender la lectura que los cristianos han hecho de los distintos temas que tocan la vida humana y las realidades del hombre, que vive en común con otros hombres y tiene particulares modos de reflexión y vida.

La Doctrina social de la Iglesia se ha desarrollado a partir del Magisterio de los Pontífices desde el papa León XIII, con la publicación de la Encíclica Rerum Novarum (1891) y que ha continuado a lo largo de los decenios con enseñanzas muy precisas y claras para los cristianos, orientando su  forma de comprender las realidades sociales.  En los últimos años hemos tenido dos Encíclicas sociales de mucha importancia, Caritas in Veritate (Caridad en la verdad) de Benedicto XVI y Laudato si (Alabado seas) del Papa Francisco.  Ellas nos han hecho entrar en el tema de la caridad y el servicio a los hermanos y la vivencia de la caridad en primer lugar y, en el cuidado de la casa común y del entorno en el cual vive el hombre.

El objeto de nuestro encuentro nos hará entrar en una dimensión muy importante de la Doctrina social de la Iglesia, la Dignidad de la persona humana.  La Iglesia en su enseñanza a lo largo de los siglos, no ha dejado de indicar al hombre, su realidad, sus derechos, su ser, como objeto de la reflexión y de las respuestas que deben darse desde la fe.  El hombre, su ser, ha alcanzado una respuesta clara y precisa en el evangelio de Cristo, en la misión y tarea que se le ha confiado y en el horizonte para el desarrollo de su ser, según la voluntad de Dios.

La dignidad humana surge de la acción de Dios, pues el hombre es creatura de las manos del Altísimo, habiendo recibido del creador su alma y su cuerpo, además de una tarea y una misión concreta en la realidad y en el mundo.  El hombre fue creado de las manos de Dios y de su acción, recibiendo ser “imagen” de El (Génesis 1, 26).

En virtud de su dignidad el hombre ha recibido una tarea una misión, que realizar en el mundo, tanto en sus relaciones interpersonales, como en el cuidado y el desarrollo, además del aprovechamiento de lo creado.  Este es uno de nuestros grandes retos en la humanidad que vivimos y experimentamos hoy.

El Concilio Vaticano II, en la Constituciòn pastoral Gaudium et Spes (Gozo y esperanza) nos enseña:  «Todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y vértice de todos ellos (…) La Biblia enseña que el hombre ha sido creado «a imagen y semejanza de Dios» (…) y que por Dios ha sido constituido señor de la entera creación visible para gobernarla y usarla glorificando a Dios (…) Pero Dios no creó al hombre en solitario (…) El hombre es, en efecto, por su íntima naturaleza, un ser social y no pue­de vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás»  (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 12).

Precisamente en este orden es que queremos revisar y estudiar el tema de la economía, de las distintas relaciones sociales que se establecen en torno al trabajo, a la compensación justa y necesaria para el trabajo humano, en la propiedad a la cual tiene derecho el hombre y, también al acceso que todos tienen como derecho fundamental al uso de los bienes materiales.

En este contexto social en el cual vivimos, la economía a veces parece algo lejano, destinada a ser estudiada y dirigida por unos pocos técnicos, que establecen normas y leyes que nos alejan de la justicia y de los derechos de las personas.

La Doctrina social de la Iglesia ha enseñado siempre que hay unas cuestiones fundamentales en la lectura del orden social (base de la economía).  Ya el Papa León XIII en la Encíclica  Rerum Novarum, había puesto tres valores fundamentales que debían ser tenidos en cuenta: el uso de los bienes materiales para todos; el valor del trabajo -su respeto, fortalecimiento, justa compensación-; y los derechos de la familia en la justicia y la garantía de salarios y derechos justos  (Este tema es ratificado por San Juan XIII en la Encíclica Mater et Magistra (Madre y Maestra) n. 42.

En nuestros días se va fortaleciendo la propuesta de una nueva economía, que tenga al hombre y sus derechos como fundamento, con la propuesta de un nuevo modelo alternativo de economía y de sociedad.   La Iglesia en Colombia ha valorado y apoyado en muchos momentos estos temas, con el fortalecimiento del cooperativismo; con la creación y fortalecimiento del SENA, como oportunidad de formación de los jóvenes; con la creación de un comercio equitativo, solidario y respetuoso de la naturaleza y de los bienes comunes.

El tema de la economía, de los parámetros sociales de lectura de los bienes económicos,  de los medios de producción y de sus ganancias, tiene que pasar necesariamente por el bien común y destino social que estos bienes tienen, la Iglesia lo ha llamado una hipoteca social   (San Juan Pablo II, Encíclica Sollicitudo Rei Socialis (Solicitud por las cosas sociales, n. 42).

Los bienes, la propiedad privada tienen también su valor y deben ser respetadas, pero es necesario que se fortalezca un camino de justicia y de participación de los bienes para todos, sin distinción, evitando la inequidad y la injusticia para muchos.

Es necesario proponer una respuesta a la realidad social, en el ejercicio y cumplimiento de cuanto la Iglesia ha enseñado que es la justicia social, el derecho a todos a acceder a los bienes de la naturaleza, de la producción económica, al satisfacer sus necesidades primarias y fundamentales.  El Evangelio de Cristo, está claramente en la base de estas opciones y de estas respuestas que son tan necesarias.  Les pido queridos lectores de LA VERDAD que pongan esta intención en sus oraciones, pidiendo las luces del Espíritu Santo sobre el trabajo que realizaremos.

¡Alabado sea Jesucristo!

Dos Solemnidades que fortalecen nuestra fe

La liturgia de la Iglesia nos propone en estos días dos solemnidades  que tienen gran importancia para nuestra fe y que nos pueden ayudar a comprender mejor cuánto Dios quiere de nosotros.  Quisiera reflexionar con ustedes, queridos lectores de LA VERDAD.

La primera gran Solemnidad es la de la Santísima Trinidad que celebramos este domingo, después del domingo de Pentecostés.  Es una fiesta popular, que tiene su origen en una gran peregrinación en Italia a un lugar donde son conservados «iconos», imágenes de la Santísima Trinidad, de Cristo, de la Santísima Virgen y de los Santos, para protegerlas de frente a los que las querían destruir (los iconoclastas).  Una fiesta popular, una peregrinación que llevó a que en este día centremos nuestra atención en el misterio de la Unidad De Dios.

Una única realidad de Dios, pero que se manifiesta en tres personas distintas, en tres dimensiones: Dios Padre que es creador de todo lo que existe, el hacedor supremo de toda la realidad del mundo, de su Palabra creadora ha surgido todo cuanto existe y cuanto podemos contemplar y experimentar.  Un Dios Padre que ha creado al hombre, le ha dotado de inteligencia y libertad, regalándole su cuerpo y sus capacidades para que tenga el dominio sobre todas las cosas.  Un Dios que con su Palabra, guía y habla al hombre en momentos diversos de la historia para llevarle a si, para manifestarle su designio creador, luego del pecado y la decisión libre con la cual se separó de su voluntad.  El Supremo hacedor, que es quien ha ordenado, distribuido y establecido las leyes de la física y el ordenamiento del mundo en su infinitud.  El Altísimo que ha querido salvar al hombre y mirarlo con misericordia y con clemencia, sin castigarlo por su actitud al separarse de su designio y de su amor.  Dios que quiere llevar a plenitud su creación, concediendo al hombre un espacio particular y la supremacia sobre el mundo.

Celebramos a Dios Hijo, que es increpado y que es engendrado por el Padre, para ponerle como centro de todo lo creado y por su encarnación, salvar al hombre del pecado y del mal, para realizar su plan de salvación y redención del hombre que ha salido de las manos del Altísimo.   En un designio de amor y de vida, en un plan de salvación ha tomado la condición humana para salvarnos y reconstruir cuánto había creado un día.  Asume Dios Padre la humanidad del hombre en su realidad concreta.

Celebramos al Espíritu Santo, que no ha sido creado, no ha sido engendrado, sino que procede del Padre y el Hijo De Dios, fruto de su amor y realidad de profunda comunión entre ellos.

A la Santísima Trinidad ofrecemos nuestro culto, nuestra adoración y gloria, a ella, a la Trinidad Santa elevamos nuestra oración y nuestra acción de gracias, a ellos se dirige la creación entera y es la razón y realidad de nuestra existencia.

El jueves siguiente a la Santísima Trinidad celebraremos la Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, con devoción y fe, nos centraremos en este gran misterio de la presencia real de Jesucristo en su precioso Cuerpo y Santísima Sangre, en el gran misterio de la Eucaristía.

Desde el siglo undécimo, por dos grandes milagros, el de Orvieto y el Bolsena, donde se manifestó prodigiosamente la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas, la Iglesia deseo establecer esta Solemnidad para que adoráramos con fe y atención la presencia de Cristo en el pan y en el vino, después de la consagración.

Esta particular celebración nos lleva a mirar el amor de Dios manifestado en la Eucaristía, Pan de Vida, como el mismo Jesús nos enseña en los Evangelios (Juan 6), que es prenda de vida eterna.

El Cuerpo de Cristo que sufre y nos redime, nos perdona, lleva sobre si los pecados de la humanidad, pero que es también el cuerpo glorioso del resucitado.   Cuerpo de Cristo que es salvación y vida, el nuevo mana, que nos regala la vida eterna.

La Sangre preciosa de Cristo que nos redime y lava nuestros pecados y nuestra mandad, haciéndonos entrar en el Reino De Dios, estableciendo la nueva creación y el nuevo tiempo de Dios en la historia humana.

Por una bellísima tradición, la Hostia consagrada, el Cuerpo de Cristo, recorre nuestras calles, los invito a adorar al Señor y a pedir su bendición sobre nosotros, animando el espíritu de caridad y de servicio que debemos tener entre nosotros.

Aprovechemos con gran fe estas celebraciones, para fortalecer nuestra fe y nuestro camino de esperanza, con los cuales queremos ANUNCIAR A JESUCRISTO, CON AMOR.

¡ALABADO SEA JESUCRISTO!

Id al mundo entero y proclamad el Evangelio

Este domingo celebramos la Solemnidad de la Ascensión del Señor. En los evangelios encontramos dos textos que nos relatan este acontecimiento de fe, 40 días después del domingo de la Resurrección. San Lucas en el capítulo 24 (Lucas 24, 50-53) y San Marcos en el capítulo 16 (Marcos 16, 19) nos relata este acontecimiento particular en el cual Jesús, acompañado de los 11 discípulos Asciende glorioso hacia el cielo. El relato de este acontecimiento de la vida del Salvador es presentado, con más amplitud de detalles, por San Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hechos 1, 9-11). En este relato, abunda en detalles y elementos precisos de este momento de la vida de Cristo y su despedida de esta tierra.

En los relatos hay una clara y sentida realidad teológica: El envío de los Apóstoles a evangelizar y a predicar en toda la tierra. Es el mandato misionero de Jesús.

Al oriente de la ciudad de Jerusalem, en la cúspide de una pequeña montaña, que comienza en el llamado Huerto de los Olivos, en el camino hacia Betania, se encuentra el monte de la Ascensión, donde el Señor vuelve al Padre, lugar significativo y de gran belleza, hoy ocupado por un lugar religioso de los musulmanes.

Para nosotros es la oportunidad de celebrar esta Solemnidad en la liturgia, que trae a nuestra historia este hecho de la vida del Maestro. La Ascensión del Señor abre a la comunidad creyente las puertas de un bello y largo camino, el camino de la vida de la Iglesia y de la Evangelización, que terminará cuando se acabe esta historia dramática, llena de gozos y esperanzas, de pruebas y de dolor, en la que se mueve nuestra vida y la vida de la Iglesia.

Dicen los Evangelios que Jesús fue preparando este momento de dos modos:

En la Última Cena tras ofrecerse como alimento y vida de sus apóstoles, les prometió de diversos modos que cuando retornara al Padre les regalaría el don admirable del Espíritu Santo, como consta en los capítulos 14, 15, 16 del Evangelio de San Juan. Es la promesa del Consolador, del Paráclito, que nos servirá de abogado y que regala a la Iglesia la fuerza evangelizadora para predicar a Jesucristo como Salvador del mundo entero.

En los Evangelios Sinópticos, en varias presencias suyas les anunció que el retorno al Padre era inminente y, finalmente los citó para despedirse y para enviarlos a anunciar la verdad y la vida a todos los pueblos. Podemos leer esto con atención y cuidado en el texto que hemos citado en los Hechos de los Apóstoles.

Aquel día glorioso, la Ascensión, la celebrábamos en jueves, ahora, en la esperanza, el Domingo de la Ascensión nos centra en la familia que celebra la Pascua de Jesús, como cada semana, pero en el clima de envío y de misión que hace de los Bautizados. Un elemento central de esta fiesta y de los relatos de la Palabra de Dios, es que somos enviados a proclamar la vida de Jesús, a santificar la historia de la humanidad, a conversar con las culturas para hallar en cada pueblo las huellas del amor divino que el Espíritu Santo ha inscrito en cada ser humano. Estamos llamados a ANUNCIAR A JESUCRISTO, salvación y vida para todos los hombres y mujeres en la historia de la humanidad.

Es aquí donde adquiere sentido la belleza de una Iglesia peregrina que proclama la fe, que muestra al mundo que Jesús, el Hijo de Dios, Dios verdadero, nos ha traído la misericordia que sana y salva, que ilumina y acompaña la vida. En esta fiesta tenemos que sentirnos comprometidos y, sobre todo, parte de la Iglesia que es misionera y anuncia una gran verdad, la Redención.

Quiero resaltar esta dimensión, aquella jornada de la Ascensión inaugura la realidad misionera de una Iglesia que nació del costado traspasado del Señor para ser enviada al mundo, para ser puesta como la servidora más abnegada, más viva, más cercana al corazón de la humanidad, de una Iglesia en la que María sigue acompañando el camino de todos con la misma alegría con la que acompañó, en el cenáculo a los Apóstoles en la espera del Espíritu Santo (Hechos 2, 1-4).

Este es el contexto de esta Celebración, de importancia litúrgica y misionera para nuestra Diócesis. Somos “Peregrinos” también en un mundo confuso en el que los enemigos de Cristo se empeñan en frustrar la obra de la salvación, en una sociedad sedienta de verdades auténticas, en una familia humana en la que, si bien no faltan los dolores, esta comunidad de creyentes que somos los Bautizados y Enviados, tiene la gloriosa tarea de ser el cuerpo vivo cuya cabeza, que es Cristo glorificado, ha abierto para siempre la puerta de la esperanza y tiene la perentoria indicación del Señor que la consagra como testigo del amor de Dios siempre, en todas partes, aun en medio de la adversidad.

La Ascensión, con su carácter de SER ENVIADOS, es también día de oración por los comunicadores, para que, fieles a la verdad que salva, anuncien la esperanza, proclamen la paz, muestren cómo Dios sigue acompañando el camino de la historia y venciendo el poder de la mentira, del pecado, de la muerte, cada vez que se anuncia la salvación.

Esta Solemnidad nos pone en la espera del don maravilloso del ESPÍRITU SANTO, que recibiremos en PENTECOSTÉS, donde el Don maravilloso de la fuerza de Dios vendrá para animarnos, fortalecernos y llevarnos a todos a dar testimonio de Cristo.

Bautizados y Enviados, vayamos a ANUNCIAR A JESUCRISTO al mundo, a ser testigos del amor del Maestro, para dar vida a todos.

¡Alabado sea Jesucristo!

Pascua, ¡Alegría misionera!

¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado” (Lucas 24, 5-6).

Estamos en el tiempo de la Pascua, el acontecimiento fundamental de la fe. Jesucristo ha resucitado y nos ha redimido. Esta afirmación nos llena de alegría y de esperanza, es el fundamento de nuestra identidad de cristianos.

Cuanto hemos celebrado en los días de la Pascua, pueden aparecer en nuestra realidad como un lugar común, celebrar la pasión y resurrección de Cristo. Hechos que conocemos y tenemos impresos en nuestra mente, también por un fuerte componente de cultura y realidad social. Los invito para que reflexionemos en la centralidad de esta verdad y de este acontecimiento de salvación. Sólo entrando profundamente en esta verdad de fe, podemos obtener la salvación y encontrar una nueva vida en Cristo

Podemos mirar signos y símbolos, historias y hechos que nos parecen comunes y casi parte de la cultura o del entorno social en el cual nos hemos educado.

Hay un misterio profundo que hemos vivido y que marca la historia de los hombres: La salvación que Cristo nos ofrece. Estos días hemos recorrido con Jesús su camino de dolor y de sufrimiento; lo hemos visto crucificado y experimentando el dolor humano, como ningún otro ser. De la muerte del Señor, de Él mismo surge una fuente de vida y de misericordia para todos nosotros. La muerte de Jesucristo y su sacrificio lavan y borran el pecado de todos los hombres, en todos los momentos de la historia humana, restableciendo una comunión con Dios que se había perdido por el pecado de los primeros hombres, que había roto el plan de Dios para la creación y para el sujeto humano.

Esta verdad de fe, toca la existencia de cada uno de nosotros, profundamente, exigiendo una respuesta concreta y una forma de vida, un comportamiento existencial que corresponda a la fe que hemos aceptado.

Hemos contemplado a Cristo que derrama su sangre, la entrega libremente por los pecados de los hombres. Uno de los grandes directores de cine de nuestro tiempo, M. Gibson en la “Pasión de Cristo”, nos ha hecho contemplar esta escena con gran fuerza y crudeza, incluso, llegando a escandalizar a muchos por las fuertes escenas que transmiten el dolor y la muerte de Cristo.

Estos días son los días de la alegría y de la luz, de la esperanza y del gozo por esta nueva existencia que hemos recibido de Cristo, especialmente por el bautismo, por ese concreto signo sacramental, en el cual participamos del Señor y de su victoria.

En la Cruz, hemos visto el “amor hasta el extremo” (Juan 13,1) El misterio de Cristo doliente es un misterio de amor, en el cual Él, sufriendo, restaura y renueva la vida de todos los hombres, haciéndonos capaces del cielo. En ese madero merecemos todos la justificación, al aceptar ese don de Cristo.

Pascua es restauración, renovación, actualización del plan de Dios para los hombres, en el tiempo y en la historia Él, Jesucristo, hace nuevas todas las cosas (Apocalipsis 21, 5).

Es una buena noticia, que se sigue con el mejor de los anuncios: Dios ha cumplido sus promesas al resucitar a Jesús de entre los muertos (Hechos 13, 32-33). Esta es la verdad, el centro de nuestra fe cristiana. Cristo con su resurrección de entre los muertos, ha vencido a la muerte y nos ha dado una nueva vida. Cada uno debe vivir esta experiencia de aceptación, en la fe, de la salvación que Jesucristo ofrece a todos los hombres en el tiempo y en la historia. Allí debe presentarse la respuesta generosa de cada hombre al plan de Dios.

Querido lector, querido hermano en la fe, este es el centro de nuestra fe. No creemos en un muerto, no miramos solamente el misterio grandioso y redentor de la Cruz, sino que creemos en Cristo Glorioso y resucitado, vencedor del mal y de la muerte. Este es el ANUNCIO DE JESUCRISTO, que hacemos a todos los hombres de nuestro tiempo.

De este anuncio gozoso, alegre, de la alegría que regala Cristo Vencedor de la muerte, surge la DIMENSION MISIONERA de nuestra Iglesia, tenemos que ser misioneros y difusores de este mensaje de vida, para que todos en la tierra tengan vida y una vida que es eterna, que no pasa, que supera las condiciones humanas y de limitaciones del hombre.

Los relatos bíblicos de la resurrección de Cristo nos regalan premura para anunciar a Cristo (Magdalena va a buscar un muerto y se encuentra la noticia gozosa de Cristo viviente (Marcos 16, 1; Lucas 24, 1). Pedro y Juan corren también al sepulcro a corroborar el sepulcro vacío (Lucas 24, 9ss) y San Pedro confirma esta verdad de fe.

La fe fue transmitida por la palabra y el testimonio de vida de los Apóstoles y de los primeros cristianos. Hoy en nuestro tiempo, en nuestras circunstancias tenemos que ANUNCIAR A CRISTO y con gran celeridad llevar su mensaje a todos los hombres.

Cristo es nuestra Paz (Efesios 2, 14), que nos regala la alegría de la esperanza (Romanos 12, 12). Cantemos todos la alegría de Cristo Resucitado verdaderamente de entre los muertos, para salvarnos y darnos nueva vida.

¡Alabado sea Jesucristo!

Con María Santísima en la Alegría de la Pascua

En la tradición y en la fe sencilla del Pueblo de Dios este mes es de María, el mes que, con especiales signos de afecto, se honra a la Madre del Señor.

En el hemisferio norte, corresponde al tiempo de la primavera, el momento en el cual la naturaleza despierta y muestra lo mejor de su belleza, las flores que animan y alegran con su color los campos y los jardines. Ello llevó al pueblo de Dios a venerar con la belleza de las flores a la Santísima Virgen María. De la evangelización española hemos recibido esta profunda devoción a la Madre de Dios que cooperó en la salvación del mundo. En este mes de mayo los cristianos van a visitar a la Virgen Santa cargados de flores y de oraciones llenas de piedad.

En el gozo del tiempo de la Pascua, contemplamos gozosamente la victoria de Jesús sobre el pecado y sobre la muerte; además, este mes nos ofrece el modelo de gloriosos testigos de la fe. Lo abre San José, Obrero -el carpintero de Nazareth- y Señor de su casa, modelo de dedicación y de laboriosidad unidas a la oración.

El hombre justo y piadoso que cumple con la voluntad de Dios, cooperando en todo al plan de Dios para salvar al hombre. Luego la mirada se dirige a la Cruz, trono de la vida y de la paz en el que Cristo nos enseña a vivir en clave de entrega y sacrificio, la Cruz que es el trono victorioso de Cristo y que ponemos como signo de fe en nuestros campos y en nuestras casas.

El 13 de mayo veneramos a Nuestra Señora en Fátima, allí se nos propondrá la voz de María llamándonos a la penitencia, a la conversión y a la búsqueda de la paz. Luego un gran olvidado: San Isidro, campesino y santo que hizo de su simple vida un llamado a la humildad y a la bondad y cuya devoción permanece en nuestra comunidad como ejemplo de trabajo y confianza en Dios.

Más adelante se suceden momentos hondamente espirituales: María Auxiliadora de los Cristianos nos motivará a prepararnos para vivir, bajo su protección, nuestro camino de Bautizados y Enviados. Como hijos piadosos confiaremos a Ella, la protectora y auxiliadora de los cristianos nuestros dolores y esperanzas.

Celebrar en la vida la vida misma es ahora nuestro reto. María, modelo de santidad y de fidelidad, nos alienta a perfeccionar nuestra fe, a crecer en la caridad, a amar con amor verdadero al Dios de la vida y al prójimo que nos interpela constantemente y nos llama a algo más que la solidaridad: a la fraternidad iluminada por la gracia de Dios que todo lo eleva y santifica. Es un tiempo para retornar al rosario en familia, para orar con devoción a la Virgen Santa, contemplando los misterios del Evangelio.

También en mayo se nos propone pensar en la santificación del trabajo humano y en el vivir el hondo significado de fechas entrañables como el día de las Madres, celosas custodias de la fe y de la vida en los hogares. También recordaremos que nuestros Maestros han de ser no solo informadores: son modeladores de los valores que quedarán grabados en la medida en que estén respaldados por una vida coherente y fiel.

Nuestra Iglesia diocesana tiene un particular amor a la Santísima Virgen María, Madre del Salvador y Redentor, a ella miremos con fe y devoción en estos días, retornando al Santo Rosario, que en cada uno de nuestros santuarios diocesanos, lugares de amor a la Virgen Santísima, los primeros el de Nuestra Señora de Chiquinquirá, en Cúcuta y el de Nuestra Señora de Lourdes en Lourdes, además de todas las parroquias y familias se levante al unísono el saludo del Santo Rosario a la llena de gracia.

“Salve, Mayo florido”, cantábamos en otro tiempo, poniendo en cada día una flor de ternura y de confianza a los pies de María.

Qué bueno fuera que el volver la mirada a estos días de gracia, Dios nos conceda la dicha de amarlo más, de encontrarlo en la grandeza de sus signos de misericordia y de bendición, para que nuestro trabajo, nuestra vida, nuestros afectos más trascendentales, nuestra experiencia de fe y nuestras esperanzas, se iluminen con la maternal protección de la Virgen Fiel y traigan paz y esperanza a esta Iglesia que sigue su camino acogiendo, enseñando, santificando, haciendo presente el Reino del Señor Resucitado.

¡Alabado sea Jesucristo!

Emaús, encuentro con la esperanza

En estos días cantamos alegremente la resurrección de Jesucristo nuestro Señor y Salvador. Hemos caminado y reflexionado sobre la gloriosa Pasión del Señor. Con todo el pueblo cristiano repetimos: “Verdaderamente ha resucitado el Señor”.

La Pascua ilumina nuestra vida de fe, esta es la fiesta central de los creyentes y es el inicio de la misión de la Iglesia que tiene como tarea proclamar que su Señor y Salvador está vivo, como se canta, anuncia y celebra desde que en la Vigilia Pascual se enciende la luz de la vida y de la alegría que es Cristo. Es el anuncio más gozoso que podemos experimentar porque llena nuestra vida de luz y de alegría cristiana.

En este tiempo se repite el anuncio de la Victoria de Cristo, promesa de la victoria de los creyentes que tienen que ser en el mundo mensajeros de la justicia y de la verdad, portadores de un mensaje de fe y de consuelo, constructores de la paz con la que el Resucitado saluda a su Iglesia, a sus discípulos. Es cuanto Jesús transmite a sus discípulos, al aparecer por primera vez: “La paz sea con vosotros” (Juan 20,21-23).

El día de la Pascua de resurrección, los discípulos encuentran a Cristo, le escuchan y les llena el corazón de alegría y ellos le dicen claramente: ¡Quédate con nosotros! (Lucas 25, 29). Esto dijeron a Jesús unos discípulos suyos que iban en la tarde de Pascua a una aldea llamada Emaús.

Ese camino que recorrieron con Jesús aquellas personas se convierte para nuestra Iglesia en una propuesta de vida. Ellos, los Peregrinos de Emaús iniciaron su camino en el dolor. También hoy nosotros partimos de la realidad que vivimos para comprender que el Resucitado nos invita a vencer la desesperanza y a acoger la Palabra que anuncia y proclama que Cristo está vivo. ANUNCIAMOS A JESUCRISTO, vivo, resucitado, glorioso, Salvador y Redentor.

Una Iglesia que nace de la Pascua, que brota del costado abierto y glorificado del vencedor de la muerte, sigue caminando con la humanidad sembrando vida y sembrando paz.

La Pascua genera testigos -misioneros- que toman conciencia de su carácter de Bautizados y Enviados, hace de toda la Iglesia una comunidad viva de misioneros que salen a anunciar a todos que la muerte fue vencida y que el Señor “brilla sereno para el linaje humano” como canta el Pregón Pascual.

Nuestra Iglesia es sembradora de vida, de paz, de alegría. Hay que venir con Jesús a partir el Pan, es decir, a hacer que lo que celebramos en la Eucaristía se haga servicio, proclamación de la Palabra, conformación de comunidades que se construyen y se realizan mirando al Resucitado que quiere comunicar vida a cuantos siguen caminando a la sombra de su cruz victoriosa y de su triunfo sobre la muerte.

La lección de esta semana, la que vivieron aquellas personas que encontraron a Jesús, es que seamos familia de fe que vive en hechos concretos la Resurrección de su Maestro, trabajando por la unidad, construyendo puentes de fraternidad, renovando las acciones que nos hacen familia de Dios. Cristo vive y la muerte ha sido vencida con la fuerza del amor.

Los que hemos sido salvados por el amor del Salvador, victorioso Señor de la historia, no cesaremos de cantar hoy y siempre con la Virgen de la Pascua, con los discípulos del Señor: “resucitó de veras mi amor y mi esperanza” (Secuencia de Pascua).

Felices Pascuas de resurrección para todos los queridos lectores de LA VERDAD.

¡Alabado sea Jesucristo!

San José, justo y custodio

Hemos celebrado, el pasado 19 de marzo, la Solemnidad de San José, Esposo de la Santísima Virgen María, un día de júbilo y de fiesta en nuestra Iglesia Particular de Cúcuta, ya que no solo veneramos su figura como padre adoptivo de Jesús y modelo de fe en la Iglesia, sino que por él, nuestra Diócesis tiene además un particular cariño, puesto que es el Patrono, de nuestra Ciudad, nuestra Diócesis, el Seminario Mayor, Seminario Menor, y la Catedral.

Al poner nuevamente la mirada en San José, debemos descubrir en este hombre sencillo la capacidad que tuvo de asumir en su vida los planes de Dios. Como hombre justo no solo quiso repudiar en secreto a la Virgen María (Mt 1, 19), sino que antes de cumplir una ley humana fue cumplidor de la voluntad divina, como lo afirma San Bernardino de Siena, en uno de sus sermones: “Esa es la actitud justa que admiramos en José, pero es justo no ante la ley de su pueblo, es ante Dios, aceptando totalmente su voluntad, y lo demuestra al alejarse de María en silencio, en secreto. El nos revela el misterio de la concepción virginal del Hijo de Dios en María”. No por ello debemos excluir que humanamente José no siente dudas ante el misterio que está envolviendo su vida y la de su Esposa la Santísima Virgen María, existen dudas sí, pero su amor y su fe en Dios, le llevan a vivir sus dudas en el silencio amoroso de esperar que la obra de Dios se realice en favor de la humanidad y del plan de Salvación que el Padre quiere realizar en su único Hijo.

San José como hombre justo (Mt 1, 19), fue elegido por Dios, para que hiciese las veces de padre de Nuestro Señor Jesucristo, y fuese fiel custodio, no solo de la Santísima Virgen María, sino un fiel custodio del Verbo Eterno del Padre, un custodio por amor que desde el momento en que se realiza en la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, la concepción virginal, asume con absoluta fidelidad el encargo de Dios. José trabaja en el oficio de artesano para alimentar y cuidar de su Hijo putativo Jesús y de su esposa María procurándoles todo lo necesario y conveniente para vivir con dignidad. Pero también en el peligro inminente asume su rol de custodio, escucha con fe las palabras del ángel: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo” (Mt 2, 13). Al escuchar atento estas palabras del ángel, se levanta y de noche cuida y protege su hogar emprendiendo camino a Egipto.

Sin duda que San José es un modelo de virtudes tanto para la Iglesia universal, como para nuestra Iglesia particular de Cúcuta, puesto que el mismo San José revela el gran misterio de la paternidad del Padre Celestial sobre Jesucristo y sobre cada uno de nosotros. San José puede enseñarnos a vivir en el amor al Padre confiando en su bondadosa paternidad. Hoy a muchos padres de familia en esta zona de frontera, San José les muestra el camino para amar, custodiar y cuidar a sus familias, tal como lo afirmó Su Santidad Benedicto XVI: “él, que custodió al Hijo del Hombre. También cada padre recibe de Dios a sus hijos, creados a imagen y a semejanza de Él. San José fue el esposo de María. A cada padre de familia se le confía igualmente, mediante su propia esposa, el misterio de la mujer. Como San José, queridos padres de familia, respetad y amad a vuestra esposa, y guiad a vuestros hijos hacia Dios, hacia donde deben ir (Lc 2, 49), con amor y con vuestra presencia responsable”.

Que San José haga de nosotros, hombres y mujeres llenos de Dios, que nos caractericemos por vivir la justicia, asumiendo con fe y amor la voluntad de Dios, para que en el silencio de nuestra oración, en este tiempo de cuaresma, descubramos cuanto nos pide el Padre Celestial, siendo custodios amorosos de los dones, carismas y ministerios, que el mismo Dios nos ha infundido y nos ha confiado. Terminemos esta sencilla reflexión orando a San José con las mismas palabras de San Bernardino de Siena: “Acuérdate, pues, de nosotros, bienaventurado José, e intercede con tus oraciones ante tu Hijo; haz también que sea propicia a nosotros la santísima Virgen, tu esposa, que es madre de aquel que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos infinitos”. Amén.

¡Alabado sea Jesucristo!