Pascua, ¡Alegría misionera!

¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado” (Lucas 24, 5-6).

Estamos en el tiempo de la Pascua, el acontecimiento fundamental de la fe. Jesucristo ha resucitado y nos ha redimido. Esta afirmación nos llena de alegría y de esperanza, es el fundamento de nuestra identidad de cristianos.

Cuanto hemos celebrado en los días de la Pascua, pueden aparecer en nuestra realidad como un lugar común, celebrar la pasión y resurrección de Cristo. Hechos que conocemos y tenemos impresos en nuestra mente, también por un fuerte componente de cultura y realidad social. Los invito para que reflexionemos en la centralidad de esta verdad y de este acontecimiento de salvación. Sólo entrando profundamente en esta verdad de fe, podemos obtener la salvación y encontrar una nueva vida en Cristo

Podemos mirar signos y símbolos, historias y hechos que nos parecen comunes y casi parte de la cultura o del entorno social en el cual nos hemos educado.

Hay un misterio profundo que hemos vivido y que marca la historia de los hombres: La salvación que Cristo nos ofrece. Estos días hemos recorrido con Jesús su camino de dolor y de sufrimiento; lo hemos visto crucificado y experimentando el dolor humano, como ningún otro ser. De la muerte del Señor, de Él mismo surge una fuente de vida y de misericordia para todos nosotros. La muerte de Jesucristo y su sacrificio lavan y borran el pecado de todos los hombres, en todos los momentos de la historia humana, restableciendo una comunión con Dios que se había perdido por el pecado de los primeros hombres, que había roto el plan de Dios para la creación y para el sujeto humano.

Esta verdad de fe, toca la existencia de cada uno de nosotros, profundamente, exigiendo una respuesta concreta y una forma de vida, un comportamiento existencial que corresponda a la fe que hemos aceptado.

Hemos contemplado a Cristo que derrama su sangre, la entrega libremente por los pecados de los hombres. Uno de los grandes directores de cine de nuestro tiempo, M. Gibson en la “Pasión de Cristo”, nos ha hecho contemplar esta escena con gran fuerza y crudeza, incluso, llegando a escandalizar a muchos por las fuertes escenas que transmiten el dolor y la muerte de Cristo.

Estos días son los días de la alegría y de la luz, de la esperanza y del gozo por esta nueva existencia que hemos recibido de Cristo, especialmente por el bautismo, por ese concreto signo sacramental, en el cual participamos del Señor y de su victoria.

En la Cruz, hemos visto el “amor hasta el extremo” (Juan 13,1) El misterio de Cristo doliente es un misterio de amor, en el cual Él, sufriendo, restaura y renueva la vida de todos los hombres, haciéndonos capaces del cielo. En ese madero merecemos todos la justificación, al aceptar ese don de Cristo.

Pascua es restauración, renovación, actualización del plan de Dios para los hombres, en el tiempo y en la historia Él, Jesucristo, hace nuevas todas las cosas (Apocalipsis 21, 5).

Es una buena noticia, que se sigue con el mejor de los anuncios: Dios ha cumplido sus promesas al resucitar a Jesús de entre los muertos (Hechos 13, 32-33). Esta es la verdad, el centro de nuestra fe cristiana. Cristo con su resurrección de entre los muertos, ha vencido a la muerte y nos ha dado una nueva vida. Cada uno debe vivir esta experiencia de aceptación, en la fe, de la salvación que Jesucristo ofrece a todos los hombres en el tiempo y en la historia. Allí debe presentarse la respuesta generosa de cada hombre al plan de Dios.

Querido lector, querido hermano en la fe, este es el centro de nuestra fe. No creemos en un muerto, no miramos solamente el misterio grandioso y redentor de la Cruz, sino que creemos en Cristo Glorioso y resucitado, vencedor del mal y de la muerte. Este es el ANUNCIO DE JESUCRISTO, que hacemos a todos los hombres de nuestro tiempo.

De este anuncio gozoso, alegre, de la alegría que regala Cristo Vencedor de la muerte, surge la DIMENSION MISIONERA de nuestra Iglesia, tenemos que ser misioneros y difusores de este mensaje de vida, para que todos en la tierra tengan vida y una vida que es eterna, que no pasa, que supera las condiciones humanas y de limitaciones del hombre.

Los relatos bíblicos de la resurrección de Cristo nos regalan premura para anunciar a Cristo (Magdalena va a buscar un muerto y se encuentra la noticia gozosa de Cristo viviente (Marcos 16, 1; Lucas 24, 1). Pedro y Juan corren también al sepulcro a corroborar el sepulcro vacío (Lucas 24, 9ss) y San Pedro confirma esta verdad de fe.

La fe fue transmitida por la palabra y el testimonio de vida de los Apóstoles y de los primeros cristianos. Hoy en nuestro tiempo, en nuestras circunstancias tenemos que ANUNCIAR A CRISTO y con gran celeridad llevar su mensaje a todos los hombres.

Cristo es nuestra Paz (Efesios 2, 14), que nos regala la alegría de la esperanza (Romanos 12, 12). Cantemos todos la alegría de Cristo Resucitado verdaderamente de entre los muertos, para salvarnos y darnos nueva vida.

¡Alabado sea Jesucristo!

Con María Santísima en la Alegría de la Pascua

En la tradición y en la fe sencilla del Pueblo de Dios este mes es de María, el mes que, con especiales signos de afecto, se honra a la Madre del Señor.

En el hemisferio norte, corresponde al tiempo de la primavera, el momento en el cual la naturaleza despierta y muestra lo mejor de su belleza, las flores que animan y alegran con su color los campos y los jardines. Ello llevó al pueblo de Dios a venerar con la belleza de las flores a la Santísima Virgen María. De la evangelización española hemos recibido esta profunda devoción a la Madre de Dios que cooperó en la salvación del mundo. En este mes de mayo los cristianos van a visitar a la Virgen Santa cargados de flores y de oraciones llenas de piedad.

En el gozo del tiempo de la Pascua, contemplamos gozosamente la victoria de Jesús sobre el pecado y sobre la muerte; además, este mes nos ofrece el modelo de gloriosos testigos de la fe. Lo abre San José, Obrero -el carpintero de Nazareth- y Señor de su casa, modelo de dedicación y de laboriosidad unidas a la oración.

El hombre justo y piadoso que cumple con la voluntad de Dios, cooperando en todo al plan de Dios para salvar al hombre. Luego la mirada se dirige a la Cruz, trono de la vida y de la paz en el que Cristo nos enseña a vivir en clave de entrega y sacrificio, la Cruz que es el trono victorioso de Cristo y que ponemos como signo de fe en nuestros campos y en nuestras casas.

El 13 de mayo veneramos a Nuestra Señora en Fátima, allí se nos propondrá la voz de María llamándonos a la penitencia, a la conversión y a la búsqueda de la paz. Luego un gran olvidado: San Isidro, campesino y santo que hizo de su simple vida un llamado a la humildad y a la bondad y cuya devoción permanece en nuestra comunidad como ejemplo de trabajo y confianza en Dios.

Más adelante se suceden momentos hondamente espirituales: María Auxiliadora de los Cristianos nos motivará a prepararnos para vivir, bajo su protección, nuestro camino de Bautizados y Enviados. Como hijos piadosos confiaremos a Ella, la protectora y auxiliadora de los cristianos nuestros dolores y esperanzas.

Celebrar en la vida la vida misma es ahora nuestro reto. María, modelo de santidad y de fidelidad, nos alienta a perfeccionar nuestra fe, a crecer en la caridad, a amar con amor verdadero al Dios de la vida y al prójimo que nos interpela constantemente y nos llama a algo más que la solidaridad: a la fraternidad iluminada por la gracia de Dios que todo lo eleva y santifica. Es un tiempo para retornar al rosario en familia, para orar con devoción a la Virgen Santa, contemplando los misterios del Evangelio.

También en mayo se nos propone pensar en la santificación del trabajo humano y en el vivir el hondo significado de fechas entrañables como el día de las Madres, celosas custodias de la fe y de la vida en los hogares. También recordaremos que nuestros Maestros han de ser no solo informadores: son modeladores de los valores que quedarán grabados en la medida en que estén respaldados por una vida coherente y fiel.

Nuestra Iglesia diocesana tiene un particular amor a la Santísima Virgen María, Madre del Salvador y Redentor, a ella miremos con fe y devoción en estos días, retornando al Santo Rosario, que en cada uno de nuestros santuarios diocesanos, lugares de amor a la Virgen Santísima, los primeros el de Nuestra Señora de Chiquinquirá, en Cúcuta y el de Nuestra Señora de Lourdes en Lourdes, además de todas las parroquias y familias se levante al unísono el saludo del Santo Rosario a la llena de gracia.

“Salve, Mayo florido”, cantábamos en otro tiempo, poniendo en cada día una flor de ternura y de confianza a los pies de María.

Qué bueno fuera que el volver la mirada a estos días de gracia, Dios nos conceda la dicha de amarlo más, de encontrarlo en la grandeza de sus signos de misericordia y de bendición, para que nuestro trabajo, nuestra vida, nuestros afectos más trascendentales, nuestra experiencia de fe y nuestras esperanzas, se iluminen con la maternal protección de la Virgen Fiel y traigan paz y esperanza a esta Iglesia que sigue su camino acogiendo, enseñando, santificando, haciendo presente el Reino del Señor Resucitado.

¡Alabado sea Jesucristo!

Emaús, encuentro con la esperanza

En estos días cantamos alegremente la resurrección de Jesucristo nuestro Señor y Salvador. Hemos caminado y reflexionado sobre la gloriosa Pasión del Señor. Con todo el pueblo cristiano repetimos: “Verdaderamente ha resucitado el Señor”.

La Pascua ilumina nuestra vida de fe, esta es la fiesta central de los creyentes y es el inicio de la misión de la Iglesia que tiene como tarea proclamar que su Señor y Salvador está vivo, como se canta, anuncia y celebra desde que en la Vigilia Pascual se enciende la luz de la vida y de la alegría que es Cristo. Es el anuncio más gozoso que podemos experimentar porque llena nuestra vida de luz y de alegría cristiana.

En este tiempo se repite el anuncio de la Victoria de Cristo, promesa de la victoria de los creyentes que tienen que ser en el mundo mensajeros de la justicia y de la verdad, portadores de un mensaje de fe y de consuelo, constructores de la paz con la que el Resucitado saluda a su Iglesia, a sus discípulos. Es cuanto Jesús transmite a sus discípulos, al aparecer por primera vez: “La paz sea con vosotros” (Juan 20,21-23).

El día de la Pascua de resurrección, los discípulos encuentran a Cristo, le escuchan y les llena el corazón de alegría y ellos le dicen claramente: ¡Quédate con nosotros! (Lucas 25, 29). Esto dijeron a Jesús unos discípulos suyos que iban en la tarde de Pascua a una aldea llamada Emaús.

Ese camino que recorrieron con Jesús aquellas personas se convierte para nuestra Iglesia en una propuesta de vida. Ellos, los Peregrinos de Emaús iniciaron su camino en el dolor. También hoy nosotros partimos de la realidad que vivimos para comprender que el Resucitado nos invita a vencer la desesperanza y a acoger la Palabra que anuncia y proclama que Cristo está vivo. ANUNCIAMOS A JESUCRISTO, vivo, resucitado, glorioso, Salvador y Redentor.

Una Iglesia que nace de la Pascua, que brota del costado abierto y glorificado del vencedor de la muerte, sigue caminando con la humanidad sembrando vida y sembrando paz.

La Pascua genera testigos -misioneros- que toman conciencia de su carácter de Bautizados y Enviados, hace de toda la Iglesia una comunidad viva de misioneros que salen a anunciar a todos que la muerte fue vencida y que el Señor “brilla sereno para el linaje humano” como canta el Pregón Pascual.

Nuestra Iglesia es sembradora de vida, de paz, de alegría. Hay que venir con Jesús a partir el Pan, es decir, a hacer que lo que celebramos en la Eucaristía se haga servicio, proclamación de la Palabra, conformación de comunidades que se construyen y se realizan mirando al Resucitado que quiere comunicar vida a cuantos siguen caminando a la sombra de su cruz victoriosa y de su triunfo sobre la muerte.

La lección de esta semana, la que vivieron aquellas personas que encontraron a Jesús, es que seamos familia de fe que vive en hechos concretos la Resurrección de su Maestro, trabajando por la unidad, construyendo puentes de fraternidad, renovando las acciones que nos hacen familia de Dios. Cristo vive y la muerte ha sido vencida con la fuerza del amor.

Los que hemos sido salvados por el amor del Salvador, victorioso Señor de la historia, no cesaremos de cantar hoy y siempre con la Virgen de la Pascua, con los discípulos del Señor: “resucitó de veras mi amor y mi esperanza” (Secuencia de Pascua).

Felices Pascuas de resurrección para todos los queridos lectores de LA VERDAD.

¡Alabado sea Jesucristo!

San José, justo y custodio

Hemos celebrado, el pasado 19 de marzo, la Solemnidad de San José, Esposo de la Santísima Virgen María, un día de júbilo y de fiesta en nuestra Iglesia Particular de Cúcuta, ya que no solo veneramos su figura como padre adoptivo de Jesús y modelo de fe en la Iglesia, sino que por él, nuestra Diócesis tiene además un particular cariño, puesto que es el Patrono, de nuestra Ciudad, nuestra Diócesis, el Seminario Mayor, Seminario Menor, y la Catedral.

Al poner nuevamente la mirada en San José, debemos descubrir en este hombre sencillo la capacidad que tuvo de asumir en su vida los planes de Dios. Como hombre justo no solo quiso repudiar en secreto a la Virgen María (Mt 1, 19), sino que antes de cumplir una ley humana fue cumplidor de la voluntad divina, como lo afirma San Bernardino de Siena, en uno de sus sermones: “Esa es la actitud justa que admiramos en José, pero es justo no ante la ley de su pueblo, es ante Dios, aceptando totalmente su voluntad, y lo demuestra al alejarse de María en silencio, en secreto. El nos revela el misterio de la concepción virginal del Hijo de Dios en María”. No por ello debemos excluir que humanamente José no siente dudas ante el misterio que está envolviendo su vida y la de su Esposa la Santísima Virgen María, existen dudas sí, pero su amor y su fe en Dios, le llevan a vivir sus dudas en el silencio amoroso de esperar que la obra de Dios se realice en favor de la humanidad y del plan de Salvación que el Padre quiere realizar en su único Hijo.

San José como hombre justo (Mt 1, 19), fue elegido por Dios, para que hiciese las veces de padre de Nuestro Señor Jesucristo, y fuese fiel custodio, no solo de la Santísima Virgen María, sino un fiel custodio del Verbo Eterno del Padre, un custodio por amor que desde el momento en que se realiza en la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, la concepción virginal, asume con absoluta fidelidad el encargo de Dios. José trabaja en el oficio de artesano para alimentar y cuidar de su Hijo putativo Jesús y de su esposa María procurándoles todo lo necesario y conveniente para vivir con dignidad. Pero también en el peligro inminente asume su rol de custodio, escucha con fe las palabras del ángel: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo” (Mt 2, 13). Al escuchar atento estas palabras del ángel, se levanta y de noche cuida y protege su hogar emprendiendo camino a Egipto.

Sin duda que San José es un modelo de virtudes tanto para la Iglesia universal, como para nuestra Iglesia particular de Cúcuta, puesto que el mismo San José revela el gran misterio de la paternidad del Padre Celestial sobre Jesucristo y sobre cada uno de nosotros. San José puede enseñarnos a vivir en el amor al Padre confiando en su bondadosa paternidad. Hoy a muchos padres de familia en esta zona de frontera, San José les muestra el camino para amar, custodiar y cuidar a sus familias, tal como lo afirmó Su Santidad Benedicto XVI: “él, que custodió al Hijo del Hombre. También cada padre recibe de Dios a sus hijos, creados a imagen y a semejanza de Él. San José fue el esposo de María. A cada padre de familia se le confía igualmente, mediante su propia esposa, el misterio de la mujer. Como San José, queridos padres de familia, respetad y amad a vuestra esposa, y guiad a vuestros hijos hacia Dios, hacia donde deben ir (Lc 2, 49), con amor y con vuestra presencia responsable”.

Que San José haga de nosotros, hombres y mujeres llenos de Dios, que nos caractericemos por vivir la justicia, asumiendo con fe y amor la voluntad de Dios, para que en el silencio de nuestra oración, en este tiempo de cuaresma, descubramos cuanto nos pide el Padre Celestial, siendo custodios amorosos de los dones, carismas y ministerios, que el mismo Dios nos ha infundido y nos ha confiado. Terminemos esta sencilla reflexión orando a San José con las mismas palabras de San Bernardino de Siena: “Acuérdate, pues, de nosotros, bienaventurado José, e intercede con tus oraciones ante tu Hijo; haz también que sea propicia a nosotros la santísima Virgen, tu esposa, que es madre de aquel que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos infinitos”. Amén.

¡Alabado sea Jesucristo!

La Cuaresma: Ayuno, Oración, Caridad

La liturgia de la Iglesia nos ha llevado de la mano, con un signo precioso, para comenzar la Cuaresma. La Ceniza nos ha recordado que somos polvo y que un día retornaremos a Él. Al recibir el signo de la Ceniza hemos comenzado un tiempo de esperanza y de confianza en el amor de Dios. Este es el sentido profundo de la Cuaresma, que nos regala un tiempo de reflexión y de silencio. Los cuarenta días que Jesús pasa en el desierto, son vividos en la Iglesia desde hace siglos, con la intención de preparar a los creyentes para la Pascua gloriosa de Cristo. Es un tiempo de una profunda dimensión espiritual, que nos lleva a buscar a Dios, a convertirnos, a tener signos concretos de nuestra conversión.

La Cuaresma es un camino. Un camino vivido como Iglesia peregrina que va encontrando en los domingos luces para iluminar su fe y disponer su vida: Las tentaciones vencidas, la transfiguración, la higuera que reverdece, la parábola del Padre Misericordioso, el perdón de la mujer adúltera, nos llevarán luego a la Gran Semana, la de la Redención. La Palabra de Dios nos acompañará con su fuerza, como alimento vivo para nuestro camino espiritual.

Mirar en este tiempo nuestra condición de pecadores nos lleva a confesar la misericordia del Padre que está en los cielos, nos conduce al sacramento de la Penitencia, a la confesión valerosa de nuestras culpas, a la proclamación de la esperanza en el amor de Dios. Posteriormente nos abre a la alabanza y acción de gracias.

La llamada a la Caridad nos ayuda a ser benévolos con el prójimo, a compadecerlo en sus fragilidades y perdonarlo también, para que se pueda vivir la alegría de la reconciliación ya que es preciso tomar en serio la invitación de Jesús de reconciliarnos con el hermano antes de llevar la ofrenda al altar (Mt 5, 23-24), y acoger con gozo la llamada del apóstol Pablo a examinar nuestra conciencia antes de participar en la Eucaristía (cada uno se examine a sí mismo y después coma el pan y beba el cáliz: 1Cor 11, 28) para que cada celebración sea también sacrificio pascual de reconciliación y de paz.

La limosna nos hace salir de nosotros mismos, de nuestro acumular bienes y realidades materiales, nos hace pensar en los necesitados (pobres materialmente y necesitados de nuestra ayuda material y en tiempo).

El Ayuno es una privación voluntaria que genera solidaridad y nos forma en la austeridad. El Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, ayunamos, dejamos los alimentos para centrarnos en la Palabra de Dios y en la reflexión de nuestra condición transitoria. También renunciamos a la carne los días viernes de Cuaresma. Son muchos los sacrificios que unimos a nuestra vida diaria en estos días, para mostrar que ponemos en un segundo plano las cosas del mundo frente al llamado de Dios. Centramos la atención no en las cosas del mundo, sino que con signos concretos manifestamos nuestro camino hacia Dios.

La Oración en este tiempo se vuelve escuela de fe y de esperanza que nos une con Dios en la plegaria, pero nos permite también escuchar en el corazón la voz de Dios. La oración es nuestro encuentro con Dios, es el diálogo sereno y sencillo con nuestro Padre Dios. En este tiempo fortalecemos esta oración con ayuda de la riqueza de la Palabra de Dios, que en su lectura y meditación fortalecemos un “Encuentro con Jesucristo vivo”.

La Limosna no es simplemente dar cosas, es dar con el alma, con el corazón, compartir los bienes en la discreción de la verdadera caridad, para que Dios nos “abone” en su corazón estos gestos que nos hacen fraternos y nos enseñan a amar de verdad. Con un gesto concreto, en la Comunicación Cristiana de Bienes queremos decir en nuestra Diócesis que “El amor a los niños no tiene fronteras”, ayudando a los niños de la Fundación Pía Autónoma Asilo Andresen.

Las prácticas piadosas son iluminadoras. Recorrer con Jesús el Camino de la Cruz (Vía Crucis) nos forma en la fidelidad, mirar con amor a la Madre del Señor junto a Jesús nos recuerda la fe y la esperanza de la que ella es maestra.

Bienvenida, Santa Cuaresma, camino sacramental de comunión, reconciliación y de esperanza. Todo este esfuerzo nos llevará con alegría a la Pascua de Jesucristo, a la vivencia de los misterios fundamentales de la fe. “Él hace nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5), celebraremos la resurrección de Cristo, la viviremos en la bella liturgia bautismal de la Pascua, llenando nuestra vida de luz y alegría.

¡Alabado sea Jesucristo!

Ser la profecía de la caridad en la frontera

Es un drama humano, de tristeza y dolor el que vivimos actualmente en la frontera. La Diócesis de Cúcuta tiene dos de los puentes que unen a Venezuela y a nuestra nación, Colombia: los puentes Simón Bolívar y el General Santander, tenemos también el nuevo puente de “Tienditas”. Por ellos pasan diariamente entre 45 y 70 mil personas para aprovisionamiento de alimentos o para buscar atención médica y hospitalaria, como para hacer provisión de todo cuanto falta en la hermana nación, también para emigrar a Colombia o a otras naciones de América Latina.

Desde el inicio de esta crisis, en agosto de 2015, hemos querido poner a Cristo en el corazón y en la vida de estos hermanos que sufren, dando esperanza y aliento a sus urgencias y necesidades. La caridad de Cristo nos ha inspirado y el Padre José David Caña y un grupo de más de 800 servidores, miembros de grupos apostólicos y Movimientos Eclesiales han asumido este servicio a los necesitados.

Precisamente, este drama ha comenzado desde el día 17 de agosto de 2015, cuando inició la deportación de más de 22 mil colombianos desde Venezuela. Es esta la historia que nos ha unido fuertemente, la frontera en esta zona es algo “vivo”, donde familias están emparentadas desde siglos pasados, se cruzaba con libertad y fraternidad en ambos lados del territorio. Ciertamente esta situación de dolor del pueblo venezolano nos afecta a todos.

Nuestra Diócesis y especialmente nuestra ciudad de San José de Cúcuta han aumentado notoriamente el asentamiento de personas en las periferias pobres de la ciudad. Muchas parroquias han recibido centenares de familias. Solo una parroquia, la Parroquia Nuestra Señora de la Esperanza ha tenido el asentamiento de más de 1500 familias en el transcurso de un año. Esta emergencia ha suscitado también la urgencia de otras necesidades que tienen que resolverse: son más de 6.000 niños venezolanos que vienen a las escuelas en nuestra ciudad. El área metropolitana de Cúcuta tiene más del 20% de desempleo y una tasa de informalidad del 75%, personas que trabajan sin sus aportes a seguridad social, buscando de alguna manera completar sus necesidades.

En nuestros centros de atención, la Casa de Paso y los comedores de caridad, entregamos unos 10.000 almuerzos diarios. Solo la Casa de Paso la ‘Divina Providencia’ entrega unas 5.000 raciones calientes cada día, sin contar cuanto entregamos al final de estas, lo que llamamos con gracia, “el repele”, que es pasta , atún y alverjas, con un pan. Entregamos también otro tanto en ocho (8) parroquias de Cúcuta: Parroquia Nuestra Señora del Rosario, Nuestra Señora de los Dolores, Jesús Cautivo, La Sagrada Familia, San Antonio, Inmaculado Corazón de María, Nuestra Señora de Fátima, Comedor La Misericordia, San Alberto Hurtado.

Esta situación ha sacado lo mejor de nuestra Diócesis, son 800 voluntarios que atienden esta emergencia de humanidad y de caridad. Los agentes pastorales, los miembros de los movimientos apostólicos, los sacerdotes, los diáconos y religiosas atienden a estos hermanos con necesidades. Hemos repartido un millón de raciones en 18 meses, ordenadamente, a personas en grandes necesidades. También hemos procurado atender en un dispensario médico a unas 800 personas diariamente, con cuatro médicos, solo para la entrega de medicinas en atención y direccionamiento hacia los hospitales. Nuestro gran aliado es San José, que procura los alimentos y trae a los servidores que entregan su tiempo y su amor a estos hermanos en “la caridad de Cristo”.

La Iglesia Católica, está dando esta ayuda desde hace más de tres años, hemos entregado muchos alimentos a hermanos que sufren y tienen necesidad, muchas toneladas de amor y caridad. En ocasión de la Navidad 2018, el Nuncio Apostólico, Monseñor Luis Mariano Montemayor, entregó más de tres toneladas de alimentos en nombre del Papa Francisco a familias venezolanas en Cúcuta, para hacerles vivir el nacimiento de Cristo con más alegría.

También, un grupo de médicos y enfermeras que trabajan por los enfermos y necesitados han prestado su ayuda para el cuidado de los enfermos y de los niños, entregando medicinas gratuitamente.

Esa ayuda es urgente, necesaria, esperada por muchas madres de familia, por ancianos. Muchos venezolanos sienten cansancio, manifiestan la tristeza por ver a su nación en estas circunstancias, esperan con fe en Dios que puedan retornar a condiciones de vida digna, donde no les falte el pan y la atención médica. Tenemos delante de nosotros el drama de familias enteras que caminan por Colombia buscando el pan y un poco de abrigo.

Es la hora de la oración y la petición a Dios por estos hermanos que tanto necesitan. Sigamos todos apoyando la caridad y el cuidado a estos hermanos que en otros momentos nos ayudaron y acogieron.

¡Alabado sea Jesucristo!

La dimensión social de la evangelización

En estos días hemos estado reunidos los obispos católicos de Colombia para la realización de la 107ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal de Colombia, en ella nos hemos encontrado los pastores de la Iglesia colombiana para reflexionar y compartir en torno a un gran tema: La dimensión social de la evangelización y el compromiso socio-político del cristiano. Los Arzobispos, Obispos y Vicarios Apostólicos han llegado desde los distintos rincones de Colombia, de las grandes ciudades y de los territorios más alejados, de contextos urbanos o rurales. Como pastores del Pueblo de Dios, nos hemos propuesto reflexionar sobre la situación y compromiso que la Iglesia tiene para afrontar la realidad social de nuestra Patria.

El tema afrontado es bien importante, pues la Iglesia realiza su tarea de anuncio del Señor en medio del mundo y, además pastores y fieles viven y están insertos en una realidad social concreta a la cual tienen que aportar necesariamente en su condición de ciudadanos.

La fe nos lleva a mirar a Cristo y a responderle con generosidad en hechos concretos de nuestra realidad diaria. Necesariamente la aceptación del mensaje de salvación nos lleva a dar generosamente a otros ese mensaje de vida, mostrando que Cristo es el camino, la verdad y la vida.

La tarea de la Iglesia es el anuncio alegre de Cristo, que no es otra cosa que la evangelización, dar razón de la buena noticia del maestro. Esta tarea fue recibida de Cristo: Id al mundo entero y predicad el evangelio (Marcos 16, 15). Es la buena noticia de Dios que se nos manifiesta en Jesús, una nueva perspectiva de lo social y del mundo que está contenida en la Doctrina social de la Iglesia. San Pablo, en la Carta a los Gálatas (1, 16) nos presenta cómo hay que dar razón de esa buena noticia del Señor a todos los hombres. Esta tarea evangelizadora quiere hacer participar del mensaje salvador a los hombres y mujeres de todo el tiempo y en condiciones muy diversas. La evangelización es hacer participar de esta buena noticia, de vida eterna a todos los hombres.

La acción evangelizadora se realiza en el mundo, en la historia, en las condiciones concretas de los hombres y mujeres. La aceptación del mensaje de Cristo, comporta también una adecuación de los comportamientos y formas de vida a las enseñanzas del Maestro. El texto del Evangelio de Mateo en el capítulo 28, nos da claridad sobre esto: “Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos; bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 18-20).

Esta invitación es a participar en la misión, con la generosidad para ir a todos los rincones de la tierra, con una verdadera generosidad y esfuerzo, como lo ha hecho la Iglesia y sus misioneros. También el mandato del Maestro comporta el “hacer los discípulos” llevándolos a vivir según este modelo particular de vida. En tercer momento es necesario enseñar a obedecer al Señor, poniendo en la vida, en los hechos y en la acción diaria de los cristianos, sus palabras.

El trabajo de nuestra Conferencia Episcopal nos llevó en estos días a poner la atención en la realidad del país, como lo ha hecho siempre en su historia, en las realidades del nuevo contexto social en el cual nos movemos. Un análisis profundo y serio que se refleja en el mensaje que ha sido publicado.

Son muy grandes los retos de este momento, para la construcción de la paz, para el análisis de grandes temas que ocupan el panorama nacional: la corrupción, el narcotráfico, el micro-tráfico, la pobreza, la urgencia del fenómeno migratorio de los venezolanos, la crisis educativa.

Algunos elementos son parte de nuestro análisis de la realidad social, llevándonos a leer en clave evangelizadora: las referentes a la economía, la evangelización de la política, el cuidado del mundo y del entorno en el cual vivimos.

La palabra de la Iglesia quiere iluminar la realidad social con la luz del Evangelio de Cristo, llevando a que la experiencia del Maestro marque profundamente la forma con la cual se analice, cuide y explicite la construcción de un mundo en el cual se cumpla el plan de Dios para la historia humana.

¡Alabado sea Jesucristo!

Anunciar a Jesucristo

Este año del Señor 2019, se abre con el precioso lema ANUNCIAR A JESUCRISTO, que animará toda la acción pastoral y la tarea evangelizadora de nuestra Diócesis de Cúcuta en plena sintonía con el Papa FRANCISCO, que nos invita a caminar en una ruta misionera en este año, en la celebración del centenario de la publicación de la Carta Apostólica Maximum Illud, del Papa Benedicto XV (30 noviembre 1919), que anima y fortalece el trabajo misionero “ad gentes” (para ir a las gentes). Este año es pues la oportunidad de descubrir nuevamente nuestra dimensión misionera para “ir” a proclamar las verdades de la fe a los hermanos.

En la Iglesia universal este mes, octubre 2019, tendrá como lema “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en Misión en el mundo”, y por ello, hemos escogido este lema, para animar el trabajo de nuestra Iglesia diocesana, en cada uno de sus frentes.

Este lema nos hace centrar la atención en lo fundamental de la predicación, de la Iglesia, el anuncio gozoso de Jesucristo que, muerto y sufriente, ha resucitado para salvarnos y regalarnos una nueva vida. Jesucristo es el centro, el centro concreto de nuestra tarea evangelizadora, es decir, la tarea para llevar la buena noticia a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo. La fe es un don precioso que no podemos esconder o enterrar, tenemos que anunciarlo, llevarlo a todos, con alegría y fuerza, como nos enseña el Papa FRANCISCO.

La tarea que la Iglesia recibió de su Divino Maestro, que nos reporta el Evangelio de San Mateo es clara: “Id, pues, y haced discípulos entre todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir lo que yo os he encomendado. Y sabed esto: que yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20).

La misión es bien precisa, anunciar a todos los hombres el Reino, las promesas, la nueva vida establecida con las predicaciones del Evangelio y con la pasión y muerte, unidas a la gloriosa resurrección del Señor. Esta es la tarea de la Iglesia, de su acción.

Los lemas que se complementan en cada uno de los meses nos llevarán a encontrar formas concretas para anunciar al Señor haciendo de nuestra comunidad una Iglesia comprometida con el evangelio y con su transmisión a todos los hombres. El anuncio de Cristo tiene que ser claro y ordenado, sistemático, para que pueda llegar a los hermanos. Todos los frentes de la pastoral y de la predicación de la iglesia tienen que llevarnos a esta realidad: un encuentro personal con Jesús, con su Evangelio.

Los espacios concretos, de nuestra vida, de nuestra sociedad necesitan hoy más que nunca del Evangelio de Cristo, de su Palabra, de la forma de vida propuesta en el mensaje del Divino Salvador. Son muchos los fenómenos sociales que nos afectan, en diversas situaciones: desigualdad, injusticia, narcotráfico, corrupción, desorden moral, crisis de la familia, atentados contra la vida, violencia. Todos ellos, encuentran en Cristo y en su enseñanza el camino y la guía para resolverlos.

Los quiero animar a todos para asumir un compromiso renovado de evangelización y de participación en distintas tareas que fortalezcan la vida pastoral de la Diócesis de Cúcuta. Misión aquí y ahora, para todos, los presbíteros, diáconos, religiosos, religiosas y laicos. Un empeño misionero para todos nosotros, en el que tenemos que ayudarnos, para poner a Jesucristo en el corazón y en la vida de todos y cada uno de los que viven en la Diócesis de Cúcuta y ayudar también a que los hombres del mundo entero puedan conocer al Único y verdadero Salvador del mundo.

Asumamos con gran alegría esta tarea de ANUNCIAR A JESUCRISTO. Nos dice el Papa FRANCISCO: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. En esta Exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años” (Exhortación Apostólica LA ALEGRIA DEL EVANGELIO, n. 1). Este es el reto para el año 2019. Que la Santísima Virgen, Nuestra Señora de Cúcuta y su Santo esposo, San José nos protejan desde la gloria del Cielo.

¡Alabado sea Jesucristo!

Navidad: La Encarnación del Verbo nos compromete radicalmente

Estos días sentimos en nuestro entorno la llegada de la Navidad. Luces, arreglos navideños, publicidad, alimentos propios de este tiempo, nos hablan del nacimiento de Cristo. Pero vivimos un gran riesgo, del cual nos hablaba recientemente el Papa FRANCISCO, la mundialización de la Navidad.

Tenemos que volver a repasar y entender el profundo sentido de la Navidad. Los días de la novena nos hacen madrugar, en nuestra realidad tradicional. La Aurora de cada día de preparación para la Navidad nos quiere disponer el corazón para que nazca la vida y la esperanza en cada uno, en todos los que seguimos a Jesús, en la Iglesia Diocesana que quiere reconstruirse desde la fe y desde la esperanza, teniendo firmes los cimientos de su vida en el Señor de la gloria. Queremos anunciar a Jesucristo en cada una de nuestras familias, espacios de nuestra comunidad.

Así como madrugamos a suplicar la llegada del Salvador, debe permanecer en nosotros ese espíritu vigilante que pide que el Reino del pequeño Jesús se realice en esperanza en esta sociedad necesitada de vida, de paz, de fraternidad, de verdad, de amor. Esta es la primera invitación: estar vigilantes ya que el Señor llega.

Cuanto añoramos estos días de fiesta y de bendición, cuántos detalles, las luces, los signos, el mismo Pesebre, nos evocan la primera llegada del Señor en la humildad de Belén, en el silencio, en la discreta presencia de quien sólo es reconocido por los que, con corazón humilde, se acercaron a la cuna del Mesías impulsados por la fuerza del amor.

En nuestra realidad hablar de NAVIDAD, es conocer claramente lo que ha sucedido, el nacimiento de Cristo. Ya conocemos este misterio tantas veces cantado con las voces de todos, con los ritmos y las expresiones de nuestra cultura, del arte, de la belleza. Ahora nos toca llevar a plenitud el objetivo de la Encarnación: Redimir plenamente al ser humano que, herido por tantas formas de pecado, ha perdido su original vocación a la verdad y a la vida que Dios le regaló.

Este tiempo es para la Iglesia un retorno fructífero al comienzo de nuestra salvación, al cumplimiento de las promesas de Dios, a la fiesta de la humanidad que se honra con el misterio de un Dios que comparte la vida misma de sus creaturas para que ellas tengan vida, se llenen de alegría.

Más la fiesta va a pasar y, si perdemos su sentido, sería una navidad con minúscula, reducida a lo externo, encasillada en lo intrascendente, cerrada en las cosas que pasan. La Encarnación del Verbo nos compromete radicalmente. Nos propone una vida acorde con la nobleza y grandeza de sabernos hermanos del que por nosotros se hizo uno de nosotros para restaurar la llamada original de Dios a ser imagen y semejanza de su amor.

Hemos de cultivar esa humanidad. Valorar de tal modo toda vida, toda realidad humana, que sintamos que el rostro de Jesús, niño humilde y simple, Señor de la piedad y la ternura, se retrata en cada hermano que sufre y nos reclama cercanía y esperanza. Cuánta alegría siente el corazón de quien ha llamado a ser Pastor de esta comunidad, al ver cómo todos los días crecemos en solidaridad cristiana, en cercanía y en acogida de todos los dolores de la humanidad. A veces y de alguna manera, el mundo nos distrae en este tiempo. La NAVIDAD se ha convertido en el mero afán comercial, en el desenfreno de la condición humana, con el abuso del licor, de la sensualidad, de una música que distrae y aleja del silencio y meditación que este tiempo debe hacernos experimentar.

Pero también cuánta esperanza debe reinar en esta comunidad, que va creciendo en una fe realizada en obras de amor y de vida. Cuántas veces ha pasado Jesús oculto entre las lágrimas de los desterrados, en el palpitante dolor de los que sienten que todo lo han perdido. Allí le seguiremos encontrando a Jesucristo que necesita de nuestra acogida.

Su amor sigue reclamándonos una vida santa, actitudes que evidencien aún mas el alma de este pueblo que, por saber de sufrimientos, es capaz de brindar la acogida que muchos le negaron al Señor, pero que quienes le acogieron tienen como misión encarnarse, acompañados con la verdad y con la fe, allí donde las ausencias de amor y de esperanza han provocado hondas amarguras.

Luces, gozos, alboradas con el tono humilde de los villancicos, deben encender en el corazón de los amados de Dios una fuerza renovada para seguir trabajando con decisión en la humanización de la cultura en la que la fe moldea al ser humano, lo llena de luces de verdad y de esperanza, lo colma de verdad con la grandeza de los valores y con la cálida acción de la Caridad con la que seguimos viendo a Jesús envuelto en pañales de dolor, de soledad, de marginación, de desplazamiento.

Así como madrugamos a suplicar la llegada del Salvador, debe permanecer en nosotros ese espíritu vigilante que pide que el Reino del pequeño Jesús se realice en esperanza en esta sociedad necesitada de vida, de paz, de fraternidad, de verdad, de amor.

Cuanto añoramos estos días de fiesta y de bendición, cuántos detalles, las luces, los signos, el mismo Pesebre, nos evocan la primera llegada del Señor en la humildad de Belén, en el silencio, en la discreta presencia de quien sólo es reconocido por los que, con corazón humilde, se acercaron a la cuna del Mesías impulsados por la fuerza del amor.

Ya conocemos este misterio tantas veces cantado con las voces de todos, con los ritmos y las expresiones de nuestra cultura, del arte, de la belleza. Ahora nos toca llevar a plenitud el objetivo de la Encarnación: Redimir plenamente al ser humano que, herido por tantas formas de pecado, ha perdido su original vocación a la verdad y a la vida que Dios le regaló.

La Madre de Jesús, la virgen fiel, nos muestre el rostro del Señor. San José, silencioso testigo de estos días de gloria, nos ayude a creer y a ser Iglesia viva que da vida, esperanza, paz, bendición y, sobre todo, sabe que Jesús niño sigue siendo príncipe de paz y Señor de la vida.

Una feliz y santa Navidad para todos, y los mejores deseos y bendiciones del Señor para todos nuestros lectores en el año 2018.

¡Alabado sea Jesucristo!

Cristo Rey

La solemnidad de Cristo Rey del Universo cierra el Año Litúrgico y nos compromete a revisar con fe los acontecimientos de este año en el que hemos recorrido, con el Señor, nuestra vida en la Iglesia. Esta fiesta centra nuestra atención en Jesucristo Señor del tiempo y de la historia

La realeza de Jesús no es como la realeza de este mundo, tantas veces expresada en la sed de gloria o en las vanidades que, de por sí, están conectadas a las coronas humanas, tan volátiles, tan intrascendentes.

Jesús es Rey en una altísima dimensión que, para bien nuestro, se expresa en la simplicidad, en la humildad.

El Reino de Jesús no es de este mundo, precisamente así lo dirá delante de Pilato en el Evangelio que se leerá el domingo (Juan 18, 33-37).

No puede confundirse esta realeza con la que, incluso sus mismos apóstoles, esperaban ver despuntar en Jerusalén. Jesús enseña que su reino y su reinado entran en una dinámica que debe ser también el camino de la Iglesia.

Es un Reino en el que es esencial escuchar al Señor no solo para conocerlo sino para hacer de su mensaje tan vivo, tan concreto, tan eficaz, un camino de vida que ilumine a las personas y a las comunidades que creemos en el Señor.

Es un Reino que se expande no solo hacia los confines del mundo, sino hacia la vida interior, proponiéndonos un camino en el que hay que convertirse, hay que ser discípulo del Señor de la vida, hay que entrar en el camino del seguimiento de un maestro exigente y a la vez compasivo que nos pide vivir en la entrega amorosa a los demás, en la construcción de comunidades fraternas y generosas, en la proclamación de la esperanza y de la alegría.

Es un Reino que transforma la sociedad mediante la acción de una Iglesia que pasa de ser servidora de los órdenes pasajeros de este mundo a la gloriosa tarea de ser servidora de la vida, don de Dios; ser servidora de la Identidad Cristiana que permite reconocer al Señor en los últimos, en los pequeños, en los que más sufren.

Cuánto celebro que en esta Iglesia estemos ya comprometidos con la fraternidad que acoge, comparte, ilumina, consuela.

Cristo es Rey. Su corona nunca dejará de ser de espinas, porque en el amor del Señor estarán presentes siempre los dolores de su pueblo amado. Nuestro Rey no nos esclaviza, nos libera; no nos empobrece en el resentimiento y la amargura, sino que nos reconstruye desde dentro para que seamos vida y paz para todos.

Al vivir en estos días iluminados por la figura del Rey Sacrificado, sintamos que el sigue extendiendo “su reino de salvación”, como cantamos en las fiestas de la Cruz.

Que podamos servir con esperanza a causa de la salvación, mirando con confianza al Señor de la Gloria que predicó a los pobres, a los pequeños y a los sencillos, como María, la madre del Hijo de David.

El Reino de la Alegría que nadie nos podrá arrebatar; el Reino de la Esperanza que encontrará su meta en la Patria Celeste; el Reino de la Justicia que sana los corazones rotos por el desamor; el Reino de la Verdad que vence las tinieblas de la mentira; el Reino de la Paz que reconcilia y une a los divididos por el pecado; el Reino del Amor que transforma en caridad viva y eficaz las buenas obras; el Reino Eterno que vence los dolores de la historia humana; el Reino Universal en el que todos serán uno en tu Hijo amado.

Que, mientras decimos “venga tu Reino”, vivamos en el Evangelio de la Esperanza la gozosa alegría de seguir haciendo presente tu amor y tu paz.

Venga la alegría a nosotros el Reino Infinito y a la vez humilde, del que tuvo por trono la cruz y por corona, las espinas.

¡Alabado sea Jesucristo!