El Espíritu de la Navidad

La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (Juan 1, 14)

Estos días nos llevan a todos a vivir el espíritu de la NAVIDAD. Es un momento particular en el cual nos encontramos en familia y compartimos momentos de especial alegría y familiaridad. No olvidemos que la Navidad es encontrar a Jesucristo, que nació para nuestra salvación. Celebrar la Navidad es permitirle al corazón la inmensa alegría de recibir la visita de la Vida, la esperanza, la alegría, la luz y la verdad que el Señor nos regala con abundancia.

Es muy humano añorar tiempos de fiesta y de regocijo. En nuestra realidad cultural, este tiempo es de fiesta y, a veces de excesos. Los dolores de cada día deben encontrar, sobre todo en este tiempo, el alivio de la alegría y el ambiente gozoso que produce el encuentro de las familias, la vivencia espontánea y reconfortante de las tradiciones que en estos días nos animan y fortalecen. Compartimos muchas cosas, alimentos, regalos, momentos de encuentro, a veces con demasiado ruido que no nos permite escuchar y vivir el sentido de este tiempo de gracia.

Nuestras tradiciones navideñas evidencian la fuerza y la hondura de los procesos de evangelización que han grabado en el alma de la cultura la presencia del Señor en su nacimiento, el reencuentro de los hogares, la experiencia maravillosa de orar alegremente delante del Portal de Belén, “admirable signo” como lo llama el Papa Francisco en su última Carta Apostólica, porque nos presenta la bondad de Dios y la cercanía de su amor en la persona de su Hijo, Señor nuestro y Dios de todo consuelo, que llega al corazón de quienes lo aguardan con fe. Este tiempo tiene que ser espacio de profunda vida espiritual.

Debemos retornar a la identidad cristiana de estas fiestas, a la alegría que cada mañana nos proporciona acudir a la Novena de Navidad llenando la alborada de cada día con el canto de la esperanza de un pueblo que sigue diciéndole al Señor: ven, no tardes tanto.   Las celebraciones de la Novena, en las primeras horas del alba, conservan ese profundo sentido espiritual de la Navidad.

Volvamos a Dios, volvamos a Belén, abramos la puerta del corazón al Señor. Oremos juntos en las casas, en el trabajo, en la vida pública que, por fortuna, aún conserva la dicha de recordar con tantos signos la encarnación y el nacimiento del Salvador.

Recojamos la herencia de dulzura, de esperanza, de bondad gozosa que se vuelve caridad, fraternidad, alegría iluminada por el Señor que comparte nuestra historia, que la llena de vida y de paz, justamente cuando cruzamos diariamente la mirada y la vida con tantos sufrimientos, con tantas expresiones de soledad, de desarraigo, de desesperación. Recordemos en estos días a los que sufren, a los enfermos, a los tristes, a los que están en la cárcel.

No perdamos de vista el ejercicio gozoso de la misericordia que nos permite compartir con los necesitados, ayudar a los que necesitan una voz de aliento en estos días en los que se añora la patria, la familia, la paz que el mundo aguarda y que tenemos que seguir construyendo con la fuerza de la justicia y de la fraternidad.

Sintamos que es preciso saber que la Navidad con sus luces, colores, alegrías, debe ser el reflejo de una comunidad que crece en humanidad, que hace suyo el camino que Jesús también recorrió al poner su vida, su amor, su tienda entre nosotros.

En Belén, encontramos la LUZ de los pueblos, a Cristo que viene a iluminar a los pueblos que caminan en oscuridad. El humilde y alegre hogar de Jesús, de María y de José, nos ayude a celebrar la esperanza y a vivir estas fiestas con sinceridad, con misericordia, con generosidad.

No olvidemos que no sólo debemos pedir, hay que dar gracias por tantas bondades, por ser Iglesia viva que camina con todos y que a todos anuncia el amor y la esperanza. No dejemos que empiece el año nuevo 2020 sin pedirle al Señor que nos asista con su amor, que nos regale la fe de María, la bondad de San José, la paz que irradia el Niño que, por nosotros bajó del cielo y se hizo hermano de quienes le acogen con sencillez y alegría.

Feliz Navidad para todos los queridos lectores de LA VERDAD, los mejores deseos y bendiciones de Dios para el año 202W0.

¡Alabado sea Jesucristo!

La Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá en San Luis de Cúcuta

La bondad del Papa Francisco y su constante cuidado por la Iglesia que peregrina en Cúcuta, puerto de la esperanza para tantos hermanos, y casa de comunión y de evangelización, nos ofrece ahora un signo de especial afecto: El Título de Basílica Menor para una Iglesia muy nuestra, la Casa de la Virgen de Chiquinquirá, la Kacika, fue proclamado el 7 de octubre de 2019, con una Carta Apostólica, el Breve Pontificio, firmado por el Cardenal Robert Sarah en nombre del Santo Padre.

La palabra “basílica” proviene del latín basílica, que deriva del griego basiliké que significa “casa real”. En los tiempos del Imperio Romano, las basílicas eran edificios desde donde se ejercía la justicia o se administraba la sociedad en nombre del Emperador. Cuando cesaron las persecuciones, cuando la libertad religiosa, primero, y luego las distintas concesiones imperiales abrieron al culto cristiano algunos espléndidos espacios, el título de Basílica le fue dado no solo al lugar sino a la experiencia de reconocer que el Señor resucitado, glorificado y reinante es el verdadero Señor, al que celebran los creyentes reuniéndose en su nombre, escuchando su Palabra, viviendo la comunión.

La Kacika, título tan popular, define la presencia y el amor de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá por sus hijos aquí en esta tierra bendita en la que, la protección de nuestra Señora recibe como respuesta el amor fervoroso de sus hijos que la han engalanado con detalles de fe y de piedad y le han edificado una casa que ahora se llama Basílica no sólo porque allí es honrado el único Señor y Rey, sino porque el pueblo santo, pueblo de reyes, puede encontrarse con su Reina, La Señora de Casa, la Madre bondadosa que desde remotos tiempos es faro de luz y de esperanza para su gozosos hijos.

Ahora la Basílica debe ser un centro de evangelización en el que se siga proclamando la fe, en la que el Magisterio del Papa sea luz para el camino espiritual, en la que los distintos servicios apostólicos nos recuerden que somos una Iglesia dinámica, una familia que,  aún en medio de las no pocas contingencias de la historia, sigue caminando en la fe y en la esperanza, sigue proclamando el Reino de Jesucristo, la gloria de la Trinidad, la amorosa intercesión de la Madre del Salvador.

Las Basílicas Menores se distinguen con unos signos: Un escudo de que pende una campanita, recordándonos que el Sello del Papa, las llaves que Jesús le confió a San Pedro, siguen abriendo no sólo las puertas del Reino, sino también las puertas del corazón solidario y fraterno en el que todos encuentren paz y alegría.

También se pone en las Basílicas una ‘Umbrela’, una especie de gran quitasol, que en sus colores oro y rojo indica la unión de gloria y caridad con las que la Iglesia cubre amorosamente la vida de sus hijos y la protege y cobija con la amorosa bendición de Dios.

En las Basílicas ha de celebrase siempre el culto con especial dignidad, es decir, se ha de vivir la liturgia como expresión de la fe y revelación armoniosa de la vida eclesial que congrega, evangeliza, glorifica y sirve con amor fecundo y con gozosa alegría todo el amor de Dios.

En Norte de Santander es la primera Iglesia que recibe este título, pero el título no sólo dice que la Iglesia de san Luis es la Casa del Rey sino que todo el Pueblo de Reyes que allí se congrega, es una familia de hermanos que tiene en La Reina Chiquinquireña de Cúcuta, la dulce madre que lidera y acompaña el camino de todos.

¡Alabado sea Jesucristo!

Defendamos la vida humana

«Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado» (Jeremías 1, 5).

La vida humana es sagrada siempre, toda, en todas partes, para todos.  Aparece nuevamente en el horizonte de nuestra comunidad el delicado tema de la VIDA HUMANA.  Se ha presentado por parte del Ministerio de Salud y Protección Social, el proyecto de una resolución sobre  la “Interrupción Voluntaria del Embarazo” -que no es otra cosa que el aborto- en Colombia, mostrado antes de su firma a la comunidad. También en el Congreso se ha expuesto y aprobado en primer debate, un proyecto de ley que reglamenta la eutanasia, que no es otra cosa que un atentado a la vida humana. Se pone pues ante nuestros ojos un delicadísimo tema, el irrespeto y el ataque a la vida humana desde sus primeros momentos de existencia -la concepción- hasta su término natural con la muerte.

La humanidad, sobre todo en las últimas décadas, tiene una rara tendencia al desprecio de la vida. Esta es una constante que ha ido creciendo progresivamente.  También entre nosotros, se ha abierto esta puerta con algunas sentencias de la Corte Constitucional, despenalizando el aborto y abriendo la puerta para su realización.  Justamente cuando los adelantos de la ciencia han descubierto la admirable maravilla de la vida humana en todas sus facetas, se genera un movimiento que ataca y destruye la grandeza de la existencia humana, que niega el derecho natural a la vida, que atenta contra los que empiezan o contra los que, por una u otra razón, están ante el drama de la muerte, pretendiendo legislar y normativizar acerca de un derecho inalienable e indeclinable como es el de la existencia.

Es oportuno que nosotros, como católicos, reflexionemos profundamente sobre este tema, que es fundamental y toca lo más sagrado de la existencia humana. Todos, tendríamos que entrar profundamente en el misterio de la vida, de sus fundamentos y realidades, en la dimensión de profundo valor que posee y, sobre todo, entrar claramente en su defensa. Se está tocando lo más fundamental de cuanto el hombre tiene, como regalo del Creador.

La esencia misma de la fe, la misma naturaleza humana nos pide defender la vida en su totalidad. En la Sagrada Escritura encontramos claramente el precepto de Dios: “No matarás” (Éxodo 20, 13). El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña:  “La vida humana ha de ser tenida como sagrada, porque desde su inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente” (Número 2258).

Los primeros cristianos, desde los primeros años, entraron claramente a defender la vida humana, respetando este don de Dios. Incluso, en la primera literatura cristiana, al comenzar la predicación del Evangelio, se nos ofrecen ejemplos de esta defensa autorizada de la vida en su origen mismo. En los dos primeros siglos encontramos esta enseñanza: «No matarás el embrión mediante el aborto, no darás muerte al recién nacido» (Didajé, 2, 2; cf. Epistula Pseudo Barnabae, 19, 5; Epistula ad Diognetum 5, 5; Tertuliano, Apologeticum, 9, 8). Estas referencias no son únicamente una erudición, nos muestran que la lucha por la vida y su defensa hacen parte de la doctrina misma de los Santos Padres.

Nos extraña profundamente que el mismo Estado, en sus autoridades del poder ejecutivo y del legislativo, tome estas decisiones que atentan contra la persona humana.  Es claro que nuestra Constitución, respeta claramente la vida (Artículo 11 de la Constitución) el mismo que argumenta ampliamente la defensa de la vida, que en muchísimos apartes de la Constitución se defiende la existencia humana. Es doloroso, y creo que contra el espíritu de la misma y de los constituyentes, que se vaya abriendo la puerta a un verdadero crimen agravado por la plena convicción que dicen tener quienes proponen la destrucción de la vida, argumentando que la vida puede ser interrumpida, tanto en el momento mismo del nacimiento, como terminarla antes de su término natural.

La gravedad del deseo de reglamentar lo que en mala hora fue aprobado por personas que, sobrepasando los límites de la autoridad, permitieron la práctica del aborto, instruyendo sin cansancio sobre la necesidad de generar leyes en las que se termina abusando de la propia libertad, de la libertad de los demás, de la libertad de la criatura que se está formando y que está en estado absoluto de indefensión.

La Iglesia, Madre solícita, tiene el deber y la obligación de enseñar y actuar, por lo que nos enseña en la ‘Instrucción Donum Vitae’:

“Cuando una ley positiva priva a una categoría de seres humanos de la protección que el ordenamiento civil les debe, el Estado niega la igualdad de todos ante la ley. Cuando el Estado no pone su poder al servicio de los derechos de todo ciudadano, y particularmente de quien es más débil, se quebrantan los fundamentos mismos del Estado de derecho […] El respeto y la protección que se han de garantizar, desde su misma concepción, a quien debe nacer, exige que la ley prevea sanciones penales apropiadas para toda deliberada violación de sus derechos” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum Vitae 3).

Por ello, los estados no pueden, por principio, negar el común criterio de defensa de la vida, legislando acerca de cómo suprimirla, extinguirla, suspenderla, negarla. Las leyes emanadas en tal sentido, incluso las propuestas que permitirían el Aborto, son intrínsecamente lesivas de la dignidad humana, ya que no pueden destruir lo que dicen defender, ni negar el derecho a vivir especialmente a los más vulnerables.

El ABORTO, incluso si le cambian el nombre o definición a esta acción inhumana, es un homicidio en toda su realidad, agravado porque se comete contra quien no se puede defender y porque una legislación que va contra el principio fundamental de la vida, contra la vida misma, no es humana y pierde todo el sentido de su autoridad al propiciar la muerte, el dolor, la negación de la vida misma.

La EUTANASIA, el suicidio asistido, es un atentado a la vida humana, una negación del derecho fundamental a la vida, que tiene cada persona y que es inviolable.

Con estas decisiones se está destruyendo y atacando algo que es fundamental para los derechos de la persona humana, su derecho fundamental a la vida y a la existencia.

No dejemos de pensar en la belleza de la persona humana, en la ternura de un niño, en la bondad y alta carga ética de valor de la vida humana. Somos hoy muy sensibles a los derechos de la persona humana, decimos todos defenderlos y promoverlos.   Empeñémonos todos en la defensa de la vida humana en todos los momentos de su existencia.

En esta edición de LA VERDAD encontrarán algunos elementos que entran claramente en estos temas, concretamente la Carta que la Conferencia Episcopal de Colombia ha escrito al Señor Ministro de Salud, sobre este delicado argumento.

Gritemos y manifestemos claramente nuestra posición, con un ¡SÍ A LA VIDA!

 ¡Alabado sea Jesucristo!

El voto de los católicos

Estamos mos a las puertas de un momento muy importante en la vida de nuestra comunidad: Las elecciones a los cargos de las autoridades locales, aquellos que tienen la responsabilidad directa del entorno cercano a nuestras comunidades. Seremos llamados a expresar nuestra elección en los próximos días, y es necesario entrar a reflexionar sobre la gran responsabilidad que tenemos al escoger a quienes tienen que cuidar y gestionar los recursos de la comunidad.

Deseo presentar en estas sencillas reflexiones, algunos elementos para los lectores de LA VERDAD, que susciten una profunda lectura de esta realidad social que nos toca. Con las elecciones entramos en el ejercicio de la democracia, el sistema político que hemos elegido para nuestra expresión como estado; por el voto, elegimos a algunos que tienen que administrar y buscar el bien de todos. En nuestra comunidad, los gobernantes deben buscar el desarrollo humano integral, un compromiso con las realidades superiores que animan nuestra sociedad, pero que se concretizan en las necesidades de los hombres y mujeres de nuestra comunidad.  Como ciudadanos, pero también como cristianos, seguidores de Jesús y de su Evangelio, tenemos que asumir con mucha responsabilidad este momento decisivo.

En la democracia, algunos son encargados por la comunidad de velar por los derechos y los deberes de todos. La democracia es también participación, fortaleciendo formas y modos en los cuales se lleve a que todos los ciudadanos participen con su aporte, y con el cumplimiento de las normas y leyes entregando su valioso aporte a la vida del entorno en el cual vivimos, ayudando a que todos tengan lo necesario y fundamental para su existencia.

Esa decisión que tomamos con las elecciones, deben ser libres, garantizando que este proceso elija a los mejores, a aquellos que por sus valores y capacidades respondan a todas las necesidades. No debe ser sólo una elección basada en agrupamiento de ideas o de principios políticos, siguiendo solo una bandera o una persona. Deben manifestarse principios y elementos superiores en esta elección, repasando ideas, propuestas, programas de acción y de gobierno. Esta elección no puede estar marcada por beneficios políticos, por dádivas o cosas que creen una corrupción de la escogencia que hacen los ciudadanos. Tendríamos que superar esta forma de buscar la expresión del voto por los miembros de nuestra comunidad.  Debemos extirpar toda forma de pago o de intercambio por el voto, además de ser un delito, rompe con los altos principios éticos de este delicado momento de la comunidad.

La elección de los mejores, es el principio, tener claramente marcada la verificación que los ciudadanos deben realizar en el tiempo.  Los responsables del Gobierno deben rendir cuentas de forma clara y constante a todos, incluso aquellos que no han votado por ellos. Algunos principios deben estar siempre presentes: quien administra la realidad de los bienes públicos tiene que mostrar que su obrar y acción son correctos y responden a la construcción de un ideal social.

Al momento de expresar nuestra voluntad en las urnas, debemos tener en cuenta que la acción de los gobernantes tiene que defender temas y principios que para nosotros los cristianos son fundamentales:

  • La defensa de la vida humana (desde su concepción en el primer instante de la fecundación, hasta el término natural de su fin), esto comporta claramente un NO al aborto y a la eutanasia, a los experimentos médicos en el campo de la vida humana.
  • La defensa de la familia humana (constituida por un hombre y una mujer, abierta a la vida, con acceso a los bienes fundamentales para su realización en la vivienda, la justa remuneración, la educación).
  • La educación y acceso a los bienes que como cristianos defendemos en la doctrina social de la Iglesia, la libertad religiosa y el respeto de los espacios para los que somos creyentes (en todas las condiciones religiosas y de vida espiritual).
  • Que todos puedan participar de los beneficios de la salud, sus desarrollos y medicamentos; comenzando con los más pobres.
  • Los gobernantes tienen también que procurar la ejecución de los recursos públicos con total eficiencia y honestidad, buscando el bien común en obras que sirvan a todos y no a unos pocos o a segmentos de una determinada comunidad.
  • Deben igualmente garantizar que todos los miembros de la comunidad reciban los bienes y beneficios sociales, especialmente los que por razones históricas o los complejos momentos de nuestra Patria, están excluidos de ellos. Es la búsqueda del ejercicio de la justicia social (Números 81, 82).

Estos principios y elementos están muy bien expuestos en el Compendio de la doctrina social de la Iglesia, publicado por mandato de San Juan Pablo II en 2004 (números 408 y siguientes).

Es necesaria la participación de todos con una afluencia masiva a las urnas, así garantizamos que exista verdaderamente una representación de todos en la elección de nuestros gobernantes. Un voto necesario, pero que también tiene que ser respetado y acompañado con gran honestidad por las autoridades responsables de su registro y conteo.

Nuestro país, Colombia, vive una polarización política desde hace muchos decenios.  Es justo que en las elecciones y en la lectura de las realidades políticas (que comporta la lectura de hechos económicos, sociales, de derecho y justicia), se garantice  el derecho de la agrupación de ideas y de líneas de acción (partidos políticos), pero debe tenerse en cuenta también la búsqueda del bien común y de la construcción del desarrollo humano integral.

Existen bienes superiores que tenemos que buscar con urgencia: el bien de todos, la paz, el orden y la adecuada aplicación de las leyes, la reconciliación y la reparación de los derechos de las víctimas de la violencia, la verdad (en todos los espacios) para construir sólidamente el futuro. Los discursos y las palabras del Papa FRANCISCO en su visita apostólica a Colombia, son un precioso tesoro que tenemos que repasar cada vez más, buscando su profunda enseñanza.

El servicio político en el Gobierno y la representación que se ejerce, tiene una importante tarea y horizonte: BUSCAR EL BIEN COMÚN, donde se ayude a todos.  San Juan Pablo II, hablando de los fieles laicos, nos dio algunas características para este servicio en la comunidad política: la paciencia, la modestia, la moderación, la caridad, la generosidad (Carta Apostólica Christifidelis laici, n. 42).

De frente a nosotros, en nuestra comunidad concreta, tenemos grandes retos y grandes problemas en el horizonte, no podemos alejarnos de ellos y no tenerlos en cuenta a la hora de expresar nuestra voluntad en las urnas: la emigración y retorno de tantos a esta región, la pobreza en nuestras periferias, la falta de empleo y de oportunidades para muchos, la pérdida de valores cristianos y de fe, la corrupción, la violencia e irrespeto de la vida humana -don sagrado de Dios-, la falta de vivienda digna y de oportunidades.

A la hora de emitir nuestro voto, pensemos en la alta responsabilidad de todos. Cada voto es importante y necesario, debe ser animado por principios de altos principios del bien común. Un voto que debe ser animado no por intereses de parte o por beneficios materiales debe contribuir al beneficio de todos, y al desarrollo de una comunidad en forma integral.

Nos asista Dios, con su Espíritu Santo en esta elección al expresar nuestra voluntad  escogiendo los gobernantes que necesitamos.

¡Alabado sea Jesucristo!

En estado de misión

Este año tenemos en nuestra Diócesis de Cúcuta un precioso lema ANUNCIAR A JESUCRISTO, que anima toda la acción pastoral y la tarea evangelizadora de nuestra Iglesia que trata de ponerse en plena sintonía con el Papa FRANCISCO, que nos invita a caminar en una ruta misionera en este año, en la celebración del centenario de la publicación de la Carta Apostólica Maximum Illud, del Papa Benedicto XV (30 noviembre 1919), que anima y fortalece el trabajo misionero “Ad gentes” (Para ir a las gentes).

Comenzamos con el mes de octubre, el MES MISIONERO EXTRAORDINARIO que ha convocado el Papa FRANCISCO en toda la Iglesia Universal, es una llamada concreta para que todos participemos en la tarea inaplazable de COMUNICAR LA VERDAD DE CRISTO, de su salvación y redención ofrecida a todos los hombres y mujeres en la historia humana.  Como Iglesia estamos llamados a participar en esta inmensa tarea, en diversos modos y formas.

De esto tenemos que estar convencidos totalmente, de que en Jesucristo resucitado, encontramos al único y verdadero Salvador del mundo, que en Él, está nuestra esperanza de vida eterna, y que Él nos invita a vivir en un proyecto de vida maravilloso.

Esta tarea no está solo para que la cumpla el clero, son todos los fieles, hombres y mujeres, jóvenes y niños, religiosas y religiosos, sacerdotes y diáconos, Obispos, los que tenemos que asumir esta misión.  Es una tarea inaplazable que no podemos eludir porque el momento actual lo urge.

El gran momento que vivió la Iglesia, hace un siglo, del desarrollo de la misión “Ad gentes”, entre los pueblos del mundo, se repite hoy, pero en condiciones y situaciones nuevas, en un mundo que vive lejos de Dios y de su Evangelio.  En medio de tantas y tan dolorosas noticias en las que se nos cuenta que el mundo ha olvidado el amor, Dios ha querido que esta Iglesia, comunidad viva y llena de esperanza, venga y tome un camino misionero, un camino de testimonio de vida, con el cual ANUNCIE A JESUCRISTO. Del anuncio del Señor, y de su aceptación en la vida diaria, surge la ALEGRÍA DEL EVANGELIO y la alegría de vivir la fe. Esta es la verdadera vocación del cristiano en un mundo dividido que pone su mirada en las cosas materiales, en el bienestar económico y material, en el placer, en el poder: construyendo nuevos ídolos que Cristo destruye, renovando la vida de todos.

En la Iglesia universal este mes tendrá como lema “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en Misión en el mundo”, es el espíritu de este año misionero un lema, para animar el trabajo de nuestra Iglesia diocesana, en cada uno de sus frentes.

La tarea que la Iglesia recibió de su Divino Maestro, que nos reporta el Evangelio de san Mateo es clara: “Id, pues, y haced discípulos entre todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir lo que yo os he encomendado. Y sabed esto: que yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20).

Fuimos bautizados: Un día fuimos llevados a la Casa de Dios por nuestros padres. Allí, acogidos por la maternal bondad de la Iglesia, con el signo del Bautismo, sacramento que es puerta y principio de un camino de fe, fuimos incorporados al mismo amor de Dios, fuimos injertados en el árbol fecundo que es Cristo, fuimos ungidos con la gracia del Espíritu Santo para ser pueblo de Dios, comunidad de peregrinos, familia de discípulos que deben formarse en una fe sencilla y madura, en una vida sacramental en la que Dios alimenta y consolida la vida de su pueblo.

En la primera parte de este lema, volvemos sobre el propio bautismo, que nos compromete con Cristo, con su Evangelio, suscitando continuamente la conversión y la muerte al pecado, para renacer a una nueva vida en Cristo. El bautismo es un compromiso de toda la vida, en la renuncia al pecado, en la inserción dentro de una comunidad de fe y de vida según las enseñanzas de Cristo. Bautizados para renunciar y morir al pecado, pero también para proclamar gozosamente nuestra fe en la Trinidad, en Dios Padre creador, en el Hijo Redentor y Salvador, en el Espíritu Santo Vivificador y fuerza que nos amina a cumplir este proyecto en el mundo y en la historia, donde alcanzamos la vida eterna.

Somos enviados: El Señor Jesús nos envía al mundo para anunciar el Evangelio, para llevar su buena noticia a todos los hombres y mujeres de la historia humana, para llevarlos a Dios, bautizándolos y ofreciéndoles participar en ese proyecto y forma de vida, que es el Evangelio.

Antes de ser glorificado, mientras acompañaba resucitado y glorioso a sus discípulos, Jesús les recordó y nos recuerda a nosotros, que Él mismo fue enviado por el Padre para ser luz del mundo y alegría de todos.

Al inicio de su predicación, en la Sinagoga de Nazaret, (Lucas 4) Cristo dijo que Él mismo había sido enviado a traer una Buena Noticia. Ese es nuestro envío, nuestra llamada a ir a anunciar el Evangelio. Nosotros estamos llamados a encender de nuevo y con fuerza el fuego del amor de Dios que luego hemos de llevar al helado corazón de una humanidad que nos necesita vivos, gozosos, iluminados por la luz de la verdad que es Cristo, fortalecidos con la gracia del Espíritu Santo para ser testigos del amor de Dios.

La misión es bien precisa, anunciar a todos los hombres el Reino, las promesas, la nueva vida establecida con la predicación del Evangelio y con la pasión y muerte, unidas a la gloriosa resurrección del Señor.  Esta es la tarea de la Iglesia, de su acción.

Los invito a todos a participar en la MISIÓN que realizaremos en las parroquias, en los colegios, en todos los espacios de nuestra Diócesis, que ya hemos comenzado en la Zona Rural de San Rafael, con gran acogida y esfuerzo de muchos. Llevemos a Cristo a los espacios concretos, de nuestra vida, de nuestra sociedad  que necesitan hoy más que nunca del Evangelio de Cristo, de su Palabra, de la forma de vida propuesta en el mensaje del Divino Salvador.

Asumamos con gran alegría esta tarea de ANUNCIAR A JESUCRISTO. Nos dice el Papa FRANCISCO: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. En esta Exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años” (Exhortación Apostólica LA ALEGRÍA DEL  EVANGELIO, n. 1).

Que la Santísima Virgen, Nuestra Señora de Cúcuta y su Santo esposo, San José nos protejan desde la gloria del Cielo.

Que la Patrona de las Misiones, Santa Teresita del Niño Jesús, nos acompañe e interceda por nosotros.

¡Alabado sea Jesucristo!

La Caridad de Cristo nos urge

La presencia de la Iglesia en el contexto social

“Al atardecer de la vida te examinarán del amor”, decía san Juan de la Cruz en uno de sus escritos, aludiendo al Evangelio de san Mateo en el que se nos advierte que el pan compartido, el techo ofrecido, el amor entregado, serán nuestra corona en la gloria y serán la expresión de nuestra fidelidad a la revelación amorosa de Dios, que nos pide encontrarlo también en el hermano que sufre y en el dolor humano que el mismo Jesús quiso compartir.

En el contexto social del nororiente del país, la Iglesia católica ha estado presente desde la colonización del territorio y ha entregado el tesoro precioso de la fe a todos los hermanos y hermanas que tienen su hogar en este espacio geográfico. La fe y la opción por Jesucristo ha animado nuestro caminar y nuestra acción.  Es clara también la tarea de los sacerdotes, religiosos y religiosas, además de los laicos en el desarrollo integral de la persona humana. Queremos dedicar este número especial de LA VERDAD al estudio y al análisis de esta realidad y tarea social de la Iglesia, que no es otra cosa que el ejercicio de la caridad que Cristo nos propone.

La Iglesia es una comunidad viva. Su nombre será siempre comunión y su meta, que es la gloria, se empieza a alcanzar cada vez que se hace vivo el gesto de amor que vence fronteras, la alegría de la fe que tiende puentes donde tantos quisieran construir trincheras de dolor y de amargura.  Desde esta tierra, en el camino y en la vía queremos tener a Jesucristo y a su Evangelio como guía y orientación para la lectura de los espacios sociales en los cuales vive el hombre, caminando y viviendo cerca a sus necesidades.

La Iglesia que peregrina en esta parte de Colombia, en este nororiente en el que se dan tantos y tan dolorosos sucesos que nos reclaman acciones vivas, ha sido siempre un signo vivo del amor de Dios y de una caridad activa, con iniciativas concretas y acciones iluminadas siempre por la Palabra del Señor y por el amplio y sólido magisterio social de la Iglesia.

La Provincia Eclesiástica de Nueva Pamplona,  con la Sede Arzobispal a la cabeza, con las Iglesias  diocesanas de Cúcuta, Arauca, Ocaña, Tibú, son signos de acciones claras y concretas.  Sus pastores y fieles han querido responder concretamente a las grandes urgencias y retos de esta zona del país.

Como la primera amenazada en toda situación de vulneración es la vida, es este el primero de los frentes en el que hemos actuado con decisión proclamando la santidad y sacralidad de toda existencia humana desde su mismo comienzo hasta su final natural, proclamando con firmeza nuestra condena a las prácticas inhumanas del aborto y la eutanasia.  También en la defensa de la vida humana que ha sido destruida y vilmente asesinada en muchos de los hijos de esta región, a ellos y a sus familiares, víctimas del conflicto, se ha dirigido la atención y el cuidado de la Iglesia.

En la dolorosa situación de los hermanos migrantes, hemos desplegado también todo el esfuerzo de asistencia que supera la misma actividad solidaria porque nuestras acciones están fortalecidas por la constante predicación del Evangelio, porque en cada pan que se ofrece y en cada vaso de agua que se entrega hay siempre una palabra de Dios, una palabra de aliento y de esperanza, porque unimos al don de la caridad el misterio amoroso de la evangelización que transmite la fe al tiempo que acompaña el dolor humano con el consuelo de Dios, con el aliento y la esperanza, con la acogida personalizada de cada hermano.

Con muchas iniciativas sociales, la Iglesia ha querido acompañar a los campesinos, a los que cuidan de la tierra y nos regalan el alimento y cuanto es necesario para mantener nuestra vida material.  En un contexto rural en su mayor parte, la Iglesia ha promovido acciones y tareas a favor de ellos, para que puedan vivir dignamente.

Las víctimas de la violencia han sido siempre nuestra prioridad y, arriesgando hasta la vida misma, no han faltado las acciones concretas que busquen una presencia activa, una voz constante de esperanza, una palabra de aliento y de fe. Un mártir, monseñor Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, el Beato Obispo de Arauca, es la evidencia de una acción evangelizadora que quiere decirle al mundo que la violencia y la muerte nunca tendrán la última palabra, que los violentos siempre encontrarán una llamada a la reconciliación y a la superación de los odios en el lenguaje del Evangelio que es perdón, verdad y misericordia.

En una región en la que la creación se ve constantemente amenazada por la hostilidad con la que los seres humanos destruyen la vida, hemos mostrado que la Ecología va más allá de la conservación de los recursos, pues su objetivo, a la luz de la fe, es hacer que el hombre conviva en armonía con los seres que constituyen su entorno porque todo es obra de Dios y porque en todo ha de manifestarse el respeto por el medio ambiente que es más que un bien material, es un bien espiritual en el que el hombre vive y convive con sus hermanos.

En nuestro contexto social, hemos hecho una profunda opción por la PAZ, por establer en la acción pastoral diaria, criterios, formas, espacios para la vivencia de la fraternidad, de la comunión y de la defensa de una vida de hermanos que rechace la violencia y abra espacios de convencia fraterna entre nosotros.

En la acción de la Iglesia está la opción por la Justicia social, por el derecho y el deber de proporcionar a todos un espacio para la convivencia, en la cual todos tengan derecho a los bienes fundamentales para su vida.  Sobre estas bases tiene que contruirse la verdadera PAZ, fundamentada en la Reconciliación entre hermanos, buscando horizontes de diálogo y de convivencia fraterna basada en la Caridad de Cristo que nos Urge (2 Cor 5, 14).

Somos anuncio vivo del Evangelio en las realidades del ser humano, en el mundo del trabajo, de la educación, de la cultura porque la Iglesia es experta milenaria en humanidad y ha sido defensora de la vida y de la convivencia humana, fraterna, consciente, iluminada por la revelación de Dios en su Palabra y por las enseñanzas de los Papas, especialmente desde León XIII, quien propició el desarrollo del magisterio sobre lo Social, ya evidente en la enseñanza de los Padres de la Iglesia y ya concretado en las acciones caritativas que, desde las primeras comunidades cristianas, han proclamado la grandeza de la caridad, manifestada especialmente en modelos de santidad que han concretado los mandatos del Señor en favor de los pobres y de los últimos.  Al enfrentar estos temas, la presencia social de la Iglesia, queremos que los lectores de LA VERDAD, puedan conocer y apreciar y, especialmente, empeñarse también en la construcción de la dignidad de la persona humana, inspirados en el Evangelio de Jesucristo.

¡Alabado sea Jesucristo!

Con Justicia y Paz, anunciamos a Jesucristo

En Estos días todos sentimos profunda tristeza y estamos preocupados por el camino que algunos de los miembros de los hombres que hacían parte de las FARC han asumido, al tomar nuevamente la opción por las armas.

Todos tenemos esperanza de poder recorrer y consolidar las opciones por la PAZ, que tanto necesita Colombia. Con grandes dificultades, con una confrontación ordenada y larga, con la participación de muchos que de buena fe buscaban consolidar un proyecto social y económico para hacer callar las armas, se logró un espacio para la PAZ.  Los acuerdos alcanzados en La Habana, abrieron un horizonte de entrada en la democracia y en un camino de reconciliación para muchos de los alzados en armas, que superan hoy los diez mil.   Ciertamente, tenemos que reconocer las falencias y las imperfecciones del proceso, pero es más importante el horizonte de la reconciliación, la novedad del tiempo de consolidación de la paz que se abrió con estos acuerdos.

En este sentido, las nuevas situaciones de rebelión contra el Estado, no dejan de preocupar a la comunidad entera, también a los hijos de la Iglesia. Deseo compartir, con ustedes, queridos lectores de LA VERDAD, estas sencillas reflexiones, fundamentadas en las palabras del Papa FRANCISCO durante su Viaje Apostólico a Colombia en el año 2017.

Con los ojos puestos en el sufrimiento de las personas concretas

Estas situaciones a las cuales nos enfrentamos tocan al hombre concreto, al colombiano que vive en los territorios alejados y en las grandes ciudades. El Papa FRANCISCO nos invitó a tener la mirada puesta en el hombre concreto, nos decía el Santo Padre:

“Les ruego tener siempre fija la mirada sobre el hombre concreto. No sirvan a un concepto de hombre, sino a la persona humana amada por Dios, hecha de carne, huesos, historia, fe, esperanza, sentimientos, desilusiones, frustraciones, dolores, heridas, y verán que esa concreción del hombre desenmascara las frías estadísticas, los cálculos manipulados, las estrategias ciegas, las falseadas informaciones, recordándoles que «realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Gaudium Et Spes, 22). (FRANCISCO, Discurso del  7 de septiembre 2017, encuentro con los Obispos de Colombia).

Es necesario fortalecer el camino de la PAZ, de frente a los grandes sufrimientos de tantas personas, en el recuerdo de las víctimas que han perdido su vida en esta lucha entre hermanos. Cuanto sufrimos, y seguimos sufriendo, con proyectos violentos en nuestra patria tiene que hacernos pensar en que hay un nuevo horizonte posible, un trabajo y tarea a favor de la PAZ en nuestra comunidad.

En estos momentos no podemos olvidar a las víctimas, a todos los que han sufrido en estos decenios de guerra, a tantos hombres y mujeres sencillos que han caído en esta locura de la violencia y de posiciones confrontadas, desde todos los ángulos. Situaciones que han dejado huellas y marcas que no se borrarán fácilmente en el corazón y en la vida de tantos hombres y mujeres de nuestra comunidad. Necesitamos entrar profundamente en la verdad, en los hechos, para encontrar sus causas y con ello, recorrer el camino de la RECONCILIACIÓN.

Un itinerario de Paz y Reconciliación

El Santo Padre FRANCISCO nos invitó a caminar en un itinerario de PAZ y RECONCILIACIÓN, un camino posible para todos nosotros, una llamada que no puede aplazarse más, ni encontrar excusas, tal vez con lecturas políticas, para vivir esta novedad de vida y de esperanza:

“Vengo para anunciar a Cristo y para cumplir en su nombre un itinerario de paz y reconciliación. ¡Cristo es nuestra paz! ¡Él nos ha reconciliado con Dios y entre nosotros! “(FRANCISCO, Discurso del  7 de septiembre 2017, Encuentro con los Obispos de Colombia)

La PAZ y su fortalecimiento pasan necesariamente por la RECONCILIACIÓN, que es una actitud de perdón, de comprensión, de búsqueda de la fraternidad entre hermanos. Siempre con pasos claros hacia la justicia y la consolidación de modelos de vida justa que vaya a dar a cada uno de los ciudadanos la posibilidad de disfrutar de bienes materiales, para completar todas sus necesidades y urgencias, como lo enseña la Doctrina social de la Iglesia.

Es una tarea, la RECONCILIACIÓN, a la que tenemos que apostar todos y empeñarnos en primera persona para vivir realmente espacios de PAZ.  Dice el Papa FRANCISCO:

“Cristo es la palabra de reconciliación escrita en sus corazones y tienen la fuerza de poder pronunciarla no solamente en los púlpitos, en los documentos eclesiales o en los artículos de periódicos, sino más bien en el corazón de las personas, en el secreto sagrario de sus conciencias, en el calor esperanzado que los atrae a la escucha de la voz del cielo que proclama «paz a los hombres amados por Dios»” (Lc 2, 14). (FRANCISCO, Discurso del  7 de septiembre 2017, encuentro con los Obispos de Colombia).

Todos tenemos que hacer esta opción por la reconciliación, en lo profundo de nuestros corazones, opción que nos renueva y rehace la capacidad de diálogo entre todos nosotros, buscando caminos en los cuales de verdad se dejen atrás las armas y las opciones violentas.

La reconciliación pasa necesariamente por la vivencia de la Justicia, en la cual cada uno debe recibir lo que le corresponde, según sus actos y acciones. Una JUSTICIA que pasa por la verdad y por el reconocimiento de los propios errores y fallas, por una  clara opción por dejar la violencia y el recurso a las armas.

Esta opción tiene que ser una opción por la vida, por el respeto de las personas y de ese don sagrado que es el derecho a la vida humana.  Todavía hoy siguen cayendo tantos hermanos y hermanas, hombres y mujeres que están al servicio de la comunidad.  Esto nos llena de tristeza y rompe la esperanza.

La llamada del Santo Padre a dar el PRIMER PASO A LA PAZ, tiene que consolidarse entre nosotros, tiene que hacer que todos hagamos esta opción por la justicia y la misericordia, por el perdón y la reconciliación.

“Aun cuando perduren conflictos, violencia o sentimientos de venganza, no impidamos que la justicia y la misericordia se encuentren en un abrazo que asuma la historia de dolor de Colombia. Sanemos aquel dolor y acojamos a todo ser humano que cometió delitos, los reconoce, se arrepiente y se compromete a reparar, contribuyendo a la construcción del orden nuevo donde brille la justicia y la paz”. (FRANCISCO, Discurso, Parque Las Malocas, Villavicencio,  8 de septiembre de 2017).

Es el momento de grandes opciones para fortalecer, cuidar, animar a quienes han hecho la opción por la PAZ, haciendo callar las armas y abriendo espacios para la participación en la construcción de una comunidad llena de esperanza y de oportunidades para todos. Es el momento de unirnos todos en torno a la PAZ y la RECONCILIACIÓN.

También es el momento de llamar a la cordura, a una profunda reflexión a quienes han optado por las armas.  En la violencia no hay futuro, hay solo muerte, desorden, violación de los derechos de las personas y el crecimiento de las víctimas.  Todavía hay espacio para consolidar la PAZ y las opciones por ese nuevo tiempo de esperanza en nuestra Patria Colombia.  Es necesario cerrar la “horrible noche” que toca a los colombianos.  El camino de la PAZ es irrenunciable, es el único que podemos recorrer y del cual todos tenemos que convencernos a potenciar y fortalecer.

Para quienes somos creyentes, es bien importante la fe y el claro reconocimiento que CRISTO ES NUESTRA PAZ (Efesios 2, 14-16), con sencillez y humildad pidamos este don precioso.

Con la oración y la confianza en Dios podemos contribuir todos, pidiendo a Dios el don de la PAZ  y la RECONCILIACIÓN.

¡Alabado sea Jesucristo!

Mensaje de los Obispos al pueblo colombiano con ocasión del bicentenario de la independencia

Los Obispos católicos que, por gracia de Dios y encargo de la Iglesia, acompañamos y cuidamos como pastores al pueblo de Dios que peregrina en Colombia, celebramos gozosos con todos nuestros hermanos el Bicentenario de nuestra Independencia.

  1. “Ustedes, hermanos, han sido llamados a la libertad… sírvanse unos a otros por amor” (Gál 5,13). Al hacer juntos memoria de los acontecimientos que nos condujeron a la Independencia, invitamos al pueblo de Colombia a dar gracias a Dios como lo hizo nuestro libertador Simón Bolívar con el Te Deum ofrecido en la capilla del Sagrario de la Catedral de Santa fe de Bogotá el 15 de agosto de 1819, una semana después de la victoria en el puente de Boyacá.

Todas las personas que participaron en la gesta libertadora, los que con generosidad albergaron el sueño de la libertad, los que colaboraron en la difusión de los ideales de los Derechos Humanos y de la Independencia, los que trabajaron por la consecución de los recursos, los que aportaron desde su pobreza a la campaña libertadora y, sobre todo, los que ofrecieron sus vidas por la libertad del pueblo, con sus ideales, sus luchas y sus sacrificios, son para nosotros un regalo de Dios.  La libertad que entonces nos alcanzaron es un don y también una gran tarea que debemos realizar.

  1. La fe cristiana iluminó y acompañó los procesos que nos llevaron a la Independencia. Debemos agradecer a Dios la vida, la entrega y los esfuerzos de tantos sacerdotes, religiosos y fieles comprometidos que colaboraron con verdadero heroísmo en las luchas por la libertad. El don de la fe ha seguido inspirando y moldeando nuestras costumbres, valores e ideales como nación.  Así describió el Papa Francisco a Colombia en su Visita: “Tiene algo de original, algo muy original…, su riqueza humana, sus vigorosos recursos naturales, su cultura, su luminosa síntesis cristiana, el patrimonio de su fe y la memoria de sus evangelizadores, la alegría gratuita e incondicional de su gente, la impagable sonrisa de su juventud, su original fidelidad al Evangelio de Cristo y a su Iglesia y, sobre todo, su indomable coraje de resistir a la muerte, no sólo anunciada, sino muchas veces sembrada”.
  1. La tarea de la libertad está inconclusa y frecuentemente se ve amenazada. Contamos con todas las riquezas naturales, humanas y de fe, para continuar la construcción de nuestra nación. Pero denunciamos con todo vigor que existen nuevos enemigos de la libertad, entre ellos, el individualismo imperante en nuestra cultura actual, que exige el disfrute de los derechos pero olvida el compromiso con los deberes para construir el bien común; la polarización que nos sigue enfrentando entre hermanos; la brecha económica resultante de la injusticia social y de la concentración del capital; la falta de oportunidades de trabajo, tierra y techo; la corrupción que condena a los más vulnerables y empobrecidos a mayores miserias; los procesos económicos y culturales que agreden la naturaleza, nuestra casa común; el narcotráfico que genera terror en las poblaciones, destruye la juventud y produce economías paralelas al servicio del delito y de la muerte; la destrucción de la vida humana y la inconsciencia de su valor sagrado.
  1. La lucha contra las esclavitudes que nos amenazan empieza en el corazón de cada colombiano. Pero no bastan las propias fuerzas para vencerlas. Es necesario abrir nuestras vidas para acoger a Cristo y su Evangelio.  Él ha venido a nosotros con todo el poder del amor de Dios para destruir el egoísmo y la soberbia, el odio, la violencia y la codicia.  Su amor que siempre nos perdona nos impulsa a reconciliarnos con Él, con los hermanos y con la creación.  Su misericordia nos sana de las heridas del mal y su pascua nos levanta de la muerte.  Solo Él puede renovar nuestras vidas y hacernos sal y luz en la sociedad.
  1. El Bicentenario de la Independencia es oportunidad propicia para mirar el pasado con gratitud y con objetividad. Es también el momento para asumir nuestro presente con suma responsabilidad, conscientes de la tarea inmensa que tenemos en la transformación de nuestra realidad. Sobre todo, esta celebración es una invitación para mirar el futuro con esperanza, que para los cristianos no es mera ilusión ni simple optimismo, sino que nace de la confianza en Dios y en su Hijo Jesús, que nos prometió: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28,20).

Esta celebración nos debe llevar, sobre todo, a promover una transformación cultural que nos permita continuar el camino de la libertad.  No basta ser una geografía, ni una sociedad, ni un país.  Es necesario ser una comunidad nacional con un espíritu, con un gran proyecto, con una solidaria responsabilidad de los unos por los otros.  Hace doscientos años, un pueblo, unido en los mismos ideales, sacudió el dominio de otra nación que lo oprimía.  Después de lograr tantas cosas positivas, es preciso ahora sellar la independencia frente a otras realidades que nos tiranizan y destruyen.

  1. Para alimentar esta esperanza y para que se haga realidad debemos acogernos, caminar juntos, perdonarnos, no permitir que continúe el espíritu de la división. Nuestra nación necesita el impulso permanente del diálogo para poner fin a la violencia, encontrar caminos de reconciliación, construir la unidad por encima de obstáculos, convertir en riquezas comunitarias las diferencias, erradicar las causas estructurales de la corrupción que engendra muerte y colocar en el centro de toda la vida política, social y económica la dignidad de la persona humana y el bien común. La familia, la escuela, la Iglesia y la sociedad están llamadas a generar una cultura del encuentro en los niños y en los jóvenes, pues ellos son esperanza para el país.  El Papa nos hizo esta invitación: “¡Colombia, abre tu corazón de Pueblo de Dios, Déjate reconciliar, no temas a la verdad y a la justicia!”.
  1. Nosotros, pastores del Pueblo de Dios que peregrina en esta nación bendecida con una sorprendente riqueza étnica y cultural, ofrecemos nuestro compromiso de comunicar a Cristo, Camino, Verdad y Vida, y de trabajar sin descanso para que la reconciliación reine en nuestra sociedad. Sin la auténtica reconciliación es imposible la paz, la justicia, el desarrollo integral y la vida digna para todos.
  1. Coincide el Bicentenario de la Independencia con el Centenario de la coronación de la Imagen de la Virgen de Chiquinquirá. Ella, desde 1586, hizo visible su presencia entre nosotros con el singular milagro de la renovación de su imagen. Su intercesión y también las joyas que los fieles le habían ofrendado ayudaron a la campaña libertadora.  Pidámosle que nos acompañe en la tarea de la renovación de nuestra Patria. 

+ Óscar Urbina Ortega                                            

Arzobispo de Villavicencio

Presidente de la Conferencia Episcopal

 

+ Ricardo Tobón Restrepo

Arzobispo de Medellín

Vicepresidente de la Conferencia Episcopal

 

+ Elkin Fernando Álvarez Botero

Obispo Auxiliar de Medellín

Secretario General de la Conferencia Episcopal

Cristo es nuestra PAZ

En estos días el tema de la PAZ  surge como algo natural en la reflexión y en la vida de todos los colombianos. Resurgen situaciones y hechos que nos hacen entrar nuevamente en este argumento de fundamental importancia para la nación. La PAZ es un bien que nos urge a todos los colombianos, creando espacios y situaciones concretas para la construcción de una vida digna y de condiciones óptimas para todos.  La situación de nuestra región geográfica es compleja, experimentamos un deterioro progresivo en temas de violencia y atentados contra la vida humana, por ello pongo a ustedes, queridos lectores de LA VERDAD este tema.

En muchos momentos y desde perspectivas diversas, hemos reflexionado sobre esta condición de vida, y especialmente sobre lo que fundamentalmente es la PAZ, que anhelamos todos, en las distintas circunstancias y medios de nuestra comunidad humana.  Colombia ha hecho una gran apuesta por la paz, con sinceridad y esta es la esperanza de todos: vivir en PAZ.

Con ocasión del bicentenario que celebramos de nuestra independencia, podemos repasar los tristes momentos que han manchado de sangre nuestra Patria.  Colombia vive, desde hace más de un siglo, momentos muy difíciles, que iniciaron precisamente con persecuciones religiosas, con la guerra de los mil días (con pocos decenios de una relativa tranquilidad), momentos de dolor y de tristeza, de violencia y de sangre que han marcado totalmente nuestras relaciones sociales y la vida de todos. La sangre manchó la Patria en muchos momentos del siglo pasado y, también ahora, vemos brotes de violencia y de muerte entre nosotros.  Seguimos viviendo el derramamiento de sangre, con la pérdida de muchas vidas humanas: líderes sociales, miembros de las fuerzas armadas, policías, gente sencilla.

La PAZ está en el centro de la reflexión  y del discurso de todas las clases sociales y, también, de los grupos políticos. Durante la Visita Apostólica del Papa FRANCISCO, nos invitó a dar el primer paso para ir hacia la PAZ.

Muchas de las reflexiones que se hacen en los últimos días, están marcadas por opciones políticas y por las elecciones que se avecinan y, que también usan este argumento como búsqueda de los votos de los ciudadanos.  Es sensible y notorio el fenómeno de la división en torno a este argumento de fundamental importancia para el futuro.

Quisiera en este momento de reflexión y de análisis, invitarlos a considerar lo importante que es para todos nosotros, mirando al presente y al futuro, poder establecer un ambiente de PAZ, de serenidad en nuestra Patria. La condición de serenidad, paz, están en el origen del progreso y del avance de nuestra comunidad. No es fácil alcanzarla, la PAZ se construye con justicia social, con oportunidades para todos, con el respeto a la vida humana y, asumiendo con respeto y decisión cuanto ha ocurrido en el pasado (en la necesaria búsqueda de la verdad y la reparación del mal y la violencia que se han sufrido por inocentes).

Los hermanos mayores en la fe, los hebreos, usaban el término SHALOM, paz, para determinar el estado en el cual todos cumplen con la Ley Santa de Dios y establecen unas condiciones precisas de vida.  El pueblo de Israel, esperaba la llegada de un “Príncipe de la Paz” (Isaías 9, 6) que establecería un reino de justicia, de progreso, en el respeto y la vivencia de los preceptos de Dios.  Esta palabra, formada con la raíz SLM (ShaLoM), significaba en sus origines, completar, terminar de hacer, siempre referido al plan y la voluntad de Dios.  La intención de este saludo es desear el bienestar, el bien, el tiempo que viene de Dios, realidad en la cual se ha completado el designio de Dios.

El pueblo romano, como imperio potente y lleno de fuerza económica, que por la fuerza imponía sus leyes y condiciones, supo también imponer la PAZ, la serenidad y la condición de la vida en que por la fuerza social y cultural o por la imposición militar, hicieran vivir esta condición de vida.

Todo discurso en el cual se hable de PAZ, desde la fe, tiene que estar profundamente anclado en el designio amoroso de Dios, en el respeto de sus leyes y en la aplicación de esas perspectivas de vida y de realización del hombre al cual está llamado desde siempre la persona humana.

La PAZ es reconciliación y fortalecimiento de las relaciones personales, entre los hombres y mujeres de nuestro tiempo, entre nosotros, que como comunidad caminamos y fortalecemos nuestras condiciones personales de vida y de intercambio. Para Colombia es urgente la reconciliación, un encuentro sereno, desde la comprensión y el perdón (tiene que pasar necesariamente por el aflorar de la verdad, y la reparación). La PAZ es verdad y justicia, sinceridad y compromiso garantía de no repetición.

La afirmación de la PAZ es ausencia de violencia y del reconocimiento de los derechos de todos, la disponibilidad a dar a cada uno de los miembros de una comunidad según sus derechos en el respeto del trabajo y de las iniciativas personales de cada uno.  Es urgente fortalecer los espacios para la PAZ, para el diálogo, para el crecimiento de una perspectiva de participación de todos los colombianos.    Es fundamental en este contexto, la participación de todos, el que la voz de los pobres, enfermos, desamparados, campesinos sea escuchada y tenga efectivamente el respaldo de algunos que les representen y den a ellos cuanto corresponde.  La PAZ es pues el espacio para el ejercicio preciso y concreto de la  justicia, dando a cada uno lo suyo, aquello que merece, restituyendo derechos y deberes.

La enseñanza del Apóstol san Pablo en la carta a los Efesios: “Cristo es nuestra Paz” (Efesios 2,14) nos tienen que hacer reflexionar y pensar que la PAZ, es una condición de vida que se alcanza con el cumplimiento y el respeto de la voluntad de Dios, con el ejercicio amable de vivir cumpliendo los preceptos y los mandatos del Señor.

Todos, cada uno de nosotros, debemos ser artífices de PAZ, en nuestras familias, en los lugares de trabajo y de formación humana, en los distintos espacios sociales en los cuales nos encontramos. Pedir la PAZ es actuar el plan de Dios, establecer su tiempo y el reino de su santa voluntad entre nosotros. Pidamos a Dios el don de la PAZ, de convertirnos todos en artesanos y constructores de PAZ.

¡Alabado sea Jesucristo!

Un siglo como reina y madre de Colombia

Celebramos el pasado 9 de julio, los cien años de la Coronación Pontificia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, como Reina de Colombia, en momentos muy difíciles de la Patria.  Este acontecimiento nos unió y fortaleció la devoción del pueblo de Dios a la Virgencita de Chiquinquirá como la llaman los sencillos del nororiente de Colombia.

En los misteriosos designios de Dios, ha querido que en Chiquinquirá, la tierra de las lagunas y pantanos y la neblina, se manifestase su amor misericordioso y su benevolencia para nuestra tierra colombiana con el milagro de la renovación de una pintura colonial que, deteriorada por el tiempo, se manifestó llena de esplendor y radiante de los colores con los cuales había sido pintada por la mano de los hombres.

“¡Mire, mire señora…! decía una humilde persona, llamando la atención de María Ramos el día  26 de diciembre de 1586. “¡Mire, mire…!” le dice hoy la Virgen Santísima del Rosario al pueblo colombiano,  justamente cuando se necesita tanto que la fe y la esperanza renueven las voluntades de todos y sientan que esta nación que mi coterráneo,  Don Marcos Fidel Suárez -hombre de fe, de probadas virtudes cristianas e intelectual católica-, consagró a la Dulce Señora, para que ella vuelva su mirada a la verdad, a la vida, a la alegría del Evangelio como camino de reconciliación y de unidad, en estos momentos cruciales para la construcción de la PAZ, que tanto necesitamos.

La Virgen Chiquinquireña está unida a la historia de Colombia, a la vida de una nación que se formó a la luz de la fe y que sigue su camino en los tiempos presentes, mirando con gratitud a tantos años de gloria y a tantos momentos en los que sólo la fe nos ha permitido sortear los dramas de nuestra realidad.

En la Colonia su imagen se multiplicó admirablemente. Entre nosotros tiene también su Santuario y es para nuestros hermanos de tantos lugares de Colombia y del mundo, un referente de esperanza.   Boyacá, Santander, Antioquia, la Colonial Santa Fe de Bogotá, el entorno de la capital, Popayán, Ecuador y especialmente Venezuela en sus zonas del Táchira y el Zulia, con Maracaibo y San Cristóbal veneran a la Madre del Rosario, como Patrona e intercesora.

“Eres toda hermosa, amada mía, ni existe mancha en Ti Me robaste el corazón con una sola mirada de tus ojos”, dice de varios y preciosos modos el Cantar de los Cantares (Cantar 1,5  y 4,9).

Tales palabras, nacidas del alma cristiana de este pueblo y puestas en los labios autorizados y místicos de quien aguarda la resurrección a unos pasos de aquí, nos comprometen con la Madre y por ella con su Hijo, a transformar nuestras vidas y hacer de cada momento la edificación del reino de la verdad, de la esperanza, de la paz y de la alegría.

La Reina a quien hoy honramos es la virgen fiel, la que, como nos lo pide el Evangelio de hoy, tomó su cruz, estuvo junto a la cruz, asumió los rigores del dolor humano con una alegría generosa, y en su fidelidad nos muestra cómo se recorre el camino de la vida entregando con amor la esperanza y la verdad.  Ella hoy es un signo de renovación y de restauración para nuestra Patria, invitándonos a obtener la PAZ, luchando todos por ella.

Nuestra Señora ha sido peregrina de la esperanza. Muchas veces ha salido de su Santuario, hoy Basílica Menor, para acudir presurosa a consolar la vida de sus hijos, para acompañar la Campaña Libertadora, para ofrendar sus joyas para la causa de la libertad, cuando e Tribuno del Pueblo, Don José Acevedo y Gómez recibió de los Frailes de la Orden de Santo Domingo las joyas el bendito cuadro imagen de la Reina del Cielo para usarlas en la causa de la libertad.  Ella ha venido para servir de consuelo al pueblo tantas veces azotado por las calamidades físicas y morales en las que se ha movido nuestra historia.   Sus hijos peregrinan todavía jornadas enteras para visitarle y orar a sus pies.  Su Santuario es faro de luz y restauración para la fe.

Acompañada por las preces del pueblo fie ha sido, como dijimos, peregrina y misionera que lleva a Jesús en sus brazos para ofrecerlo como única esperanza y como camino verdadero para todos.

En nuestra Iglesia Diocesana ella hace de puente amoroso para unir el corazón de dos pueblos hermanos, ya que en Venezuela se le ama con el cariñoso título de la Chinita, recordando que su réplica, también colmada de signos milagrosos, en su Santuario de San Luis, es signo de que hay un único corazón maternal abierto como casa de acogida y de esperanza para todos.   Entre nosotros en su Casita de San Luis, nos hace ir espiritualmente a Chiquinquirá, aquí es nuestra Reina y suscita la devoción y amor de sus hijos.

Honrar a María es el camino más bello y seguro para ir hasta el mismo Señor de la Gloria.  Celebremos a la Madre de Cristo, vivamos con el Santo Rosario la devoción a ella y reiteremos cada día que es la Reina de nuestros hogares y de Colombia.

Ella, Renovada, debe ser el modelo de la necesaria renovación del corazón de los colombianos para que, cesando el vendaval de males que nos agobian, podamos caminar en paz, podamos vivir la verdadera dimensión de nuestra filiación mariana que nos mueve a trabajar con pasión y con generosidad en el bien de todos, en la paz para todos, en la comunión de corazones que se saben hermanos y que deben agotar todos los esfuerzos para conseguir una verdadera convivencia en la que la luz de los valores de la fe, nos transforme, nos santifique, nos acompañe para servir mejor, para anunciar mejor el evangelio de la esperanza, para hacer presente el reinado de Dios que es justicia, paz y gracia para todos.

“¡Mire, mire señora…!”   Ahora es esta gran Señora, Reina del Cielo, que nos sigue llamado mientras que nosotros le seguimos rogando: “desde tu Santuario a nosotros ven, pues eres la egregia Virgen del Rosario”. Ahora ella aguarda, que le podamos ceñir la corona del amor y de la alegría en la que las joyas son los hijos de Colombia que se saben hermanos y que sienten que la Reina Chiquinquireña es el amor de Dios que nos cobija y que nos cubre con su misericordia.

¡Reina de Colombia, por siempre serás!   ¡Es prenda tu nombre de júbilo y PAZ!

¡Alabado sea Jesucristo!