¡Hosanna al hijo de David!

Fotos: Centro de Comunicaciones Diócesis de Cúcuta

Este 5 de abril, con el Domingo de Ramos se dio apertura a las celebraciones de la Semana Mayor, la cual no contará con la presencia de la feligresía en los Templos.

La Diócesis de Cúcuta, desde declarada la emergencia sanitaria por la pandemia del Covid-19, intensificó su cercanía con los fieles de esta Iglesia Particular, gracias a los diferentes medios de comunicación. De esta forma, se llevó a cada hogar la transmisión de la Santa Misa de la Pasión del Señor, celebrada en la Catedral San José y presidida por el Obispo, Monseñor Víctor Manuel Ochoa Cadavid.

Monseñor expresó su tristeza por ver el Templo sin el “pueblo santo de Dios”, pero ánimo a los televidentes y oyentes a reflexionar sobre el “drama terrible de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo”, cuando la humanidad no comprendió al Hijo de Dios y lo condena. El Obispo hace acotación acerca de “la tiniebla y la oscuridad que aparece delante de nuestros ojos (…) la tragedia de la enfermedad y del dolor del hombre, en los distintos pueblos de la tierra, que se une a otras oscuridades del mal, de la injusticia, de los dolores de tantos hombres y mujeres, del pecado mismo de la Iglesia y de sus hijos, de la tragedia de tantos sufrimientos del hombre”. Monseñor explica que todos estos males los sufre Cristo en la Cruz, y los cristianos deben reconocer y aclamarlo como el Salvador.

En este domingo se recuerda la entrada triunfante de Jesús a Jesuralén, hoy, “en el silencio y vacío de nuestras ciudades, se levanta claramente la voz de los niños hebreos que acogen aclaman a Jesús: ¡Hosanna al Hijo de David! Bendito el que viene en nombre del Señor”, manifiesta Monseñor Víctor Manuel, reconociendo el puesto de Cristo en la historia de los hombres y el mundo entero.

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Semana Santa con la esperanza que Cristo Resucitado nos concede

Vivimos un tiempo de prueba, como cristianos, hemos experimentado una Cuaresma sin precedentes, la humanidad ha sido azotada por la enfermedad del Coronavirus, convertida en pandemia. Por tal motivo, la Organización de las Naciones Unidas la define como la peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial.  Precisamente en estos días celebramos la PASCUA gloriosa de Jesucristo, resucitado de entre los muertos.

Al cierre de esta edición especial de SEMANA SANTA del periódico LA VERDAD, se reportaban 51.515 muertes, 25 de ellas, en Colombia, donde además, el número de contagiados superaban los 1.267. Son cifras dramáticas, que tocan el alma y la llenan de sufrimiento.  En nuestro país nos encontramos en un confinamiento obligatorio, directriz que ha impartido el Gobierno Nacional para prevenir la propagación de este virus que aún no tiene vacuna y se expande con rapidez por el mundo enero.

Así como en Colombia, en muchos países se optó por estar en cuarentena, es la mejor medida para que el virus no encuentre “huéspedes” y se extinga. La Iglesia Católica ha asumido con responsabilidad todas las medidas necesarias, la más dolorosa, el cierre de los Templos, con la ausencia de los fieles, pero sabemos que en cada uno de los corazones cristianos la Iglesia vive, crece y palpita.

Como signo de esperanza, hemos recibido de Su Santidad, el PAPA FRANCISCO, la bendición extraordinaria ‘Urbi et Orbi’, otro hecho histórico. En su oración, le dice al Señor: “Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de eleccioìn. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es”. Es verdaderamente un tiempo de prueba para todos, creyentes y no creyentes, la enfermedad nos ha quitado la venda de los ojos, ¿a cuántos les sirve la riqueza en sus bolsillos, si no pueden salir de sus casas? La riqueza la encuentran en los ojos de sus padres, hijos, la familia que no es valorada, pero es la única compañía (terrenal) en el aislamiento. Por otra parte, están quienes son perjudicados económicamente por no poder salir a trabajar porque “viven del diario”; que nuestra caridad pueda ayudar en estos momentos a quienes podrían pasar días sin servir un plato de comida en su mesa.

Esta será sin duda, una Semana Santa en FAMILIA, no hay posibilidad que tomen estos días festivos para salir de vacaciones o distraerse, DIOS tiene distintas maneras de obrar, ahora, todos desde casa viviremos los misterios centrales de nuestra fe. La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, publicó un decreto titulado: En tiempo de Covid-19, donde se aclara que la fecha de la PASCUA no puede ser trasladada y están consignadas todas las indicaciones para que los Obispos y presbíteros celebremos los ritos de la SEMANA SANTA sin la presencia del pueblo y en un lugar adecuado, “evitando la concelebración y omitiendo el saludo de paz”, entre otras pautas para que, primero que todo, los fieles reciban los sacramentos y vivan la liturgia, y, segundo, para que nos cuidemos entre nosotros mismos.

Por esto, LA VERDAD, dispone para ustedes, en formato digital, el material preciso para encontrarnos con el Evangelio en este momento especial y extraordinario en la historia de la humanidad. La Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, nos encuentra en esta ocasión con un corazón contrito y sedientos de que nos conceda una nueva vida, una vida de Salvación.

En esta Semana Santa los invito a vivir una experiencia de amor, cada día junto a nuestra familia, vamos a darle un sentido aún más profundo desde el Domingo de Ramos, hasta la Pascua. En el contenido de esta revista encontrarán la programación de las celebraciones, que gracias a los modernos medios de comunicación de la DIÓCESIS DE CÚCUTA, pueden seguir las transmisiones en video en vivo por internet o transmisión radial; contamos con página web, redes sociales, emisora, todo el equipamiento para unirnos en este tiempo de gracia, donde vamos a reconocer el gran amor de Dios.

Jesús nos dice -a esta Iglesia Particular- en abril: “Por sus frutos los conocerán”, ¡estamos llamados a dar frutos para el Señor! Creciendo en el conocimiento de la Palabra y realizando buenas obras, lo lograremos. Que durante la Semana Mayor nos empeñemos en renovar nuestra existencia y agradar a Dios. En esta oportunidad, rezo para que Cristo Resucitado permanezca en sus hogares, que los motive a que las buenas obras empiecen por actuar con responsabilidad moral y civil, que se cumplan todas las medidas necesarias para protegerse y proteger al prójimo de ser contagiados por el Coronavirus; que en el confinamiento las familias se reencuentren y juntos reavivan su fe, que confíen en que en la CRUZ el Señor venció el pecado y la muerte.

Por último, hago la invitación a que realicen con profunda espiritualidad los SIGNOS para los días Santos, que se indican en esta guía digital; es una forma de no sólo vivir, meditar, orar, sino de participar como Iglesia en cada una de las celebraciones.

“Todo está cumplido” (Jn 19, 30), hermanos, abracemos la Cruz, llenémonos de su esperanza.  Que la Virgen Santa, María de Nazareth, nos mantenga firmes en la esperanza, junto a la Cruz, en la espera de la alegría de la Pascua.

¡Alabado sea Jesucristo!

Rezar “por la liberación de la adicciones”, pide el Papa Francisco en abril

La Red Mundial de Oración del Papa, publicó el video correspondiente a la intención de oración de Su Santidad, para el mes de abril: Liberación de las adicciones.

El Papa Francisco pide que “recemos para que todas las personas bajo la influencia de las adicciones sean bien ayudadas y acompañadas”. También se refiere a “nuevas adicciones”, como lo son los peligros en el espacio virtual.

Obispos católicos reciben con esperanza noticia de cese de hostilidades

El Ejército de Liberación Nacional (ELN), anunció a través de un comunicado, que debido a la emergencia sanitaria que afronta el país por el Coronavirus, suspenderá ataques desde el primero hasta el 30 de abril del presente año.

Al parecer, el grupo insurgente acató los múltiples llamados a un gesto de paz por Colombia, realizado por activistas políticos y de derechos humanos; una petición de la Organización de las Naciones Unidas y también, de Su Santidad, el Papa Francisco, quienes exigieron detener la violencia, para que el país pueda llevar la ayuda humanitaria necesaria a poblaciones vulnerables y se concentre en atender las situaciones de salud pública que implica la pandemia.

Frente al cese de hostilidades, los Obispos Católicos de Colombia, expresaron recibir el anuncio “como una esperanza de alivio” para el país, especialmente para “quienes sufren con mayor rigor las consecuencias del conflicto armado”.

Afirman que esta situación revela “los cambios y opciones radicales que debemos hacer para favorecer el bien común”. Finalmente, reiteran su apoyo al Gobierno Nacional en la creación de escenarios de diálogo que susciten la reconciliación.

Descargar comunicado.

Metanoia (μετάνοια) ¿Qué significa?

Por: Pbro. Jesús Alberto Esteban Robles.

“Señor, Dios grande y terrible, que guardas la alianza y eres leal con los que te aman y cumplen tus manda­mientos. Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y precep­tos. No hicimos caso a tus siervos, los profetas, que hablaban en tu nombre” (Dn 9, 4).

“La metanoia” se ha entendido en occi­dente como cambio de mentalidad, sin embargo, desde el oriente cristiano en cuyo origen tiene esta palabra, se tradu­ce por arrepentimiento. Comienza con un entrar en sí mismo reflexionando sobre los actos confrontados a la luz de la Pala­bra y los Mandamientos Divinos.

Los santos padres de la Iglesia ven en el Bautismo la regeneración de la vida, es el acoger en el ser los efectos de la encarna­ción del Hijo de Dios, es la iluminación que hacen la energías divinas en cada cristiano.

Pero, lamentablemente en la debilidad y la falta de sentido poco a poco desviamos la ruta trazada por Dios en su camino y nos alejamos. Esta palabra griega tam­bién puede ser traducida como la actitud del que caminando se da cuenta que ha errado en la dirección y se devuelve para retomar el camino justo. La Cuaresma, es un Tiempo que ofrece Dios por medio de la Iglesia para que recordemos hacia dónde vamos y si nos damos cuenta que hemos desviado la ruta, retrocedamos en nuestros malos pasos para volver al sen­dero que lleva al encuentro del Padre.

El evangelista san Lucas nos regala como fruto de la inspiración divina y los datos que ha recogido, una parábola muy her­mosa y bien conocida por todos, en los la­bios del Señor Jesús nos da el ejemplo del hijo pródigo. Él nos representa, que segu­ramente en algún momento hinchados de egoísmo hemos querido hacer nuestros propios planes sin tener en cuenta el amor y la voluntad de Dios. Nos hemos ido le­jos y como aquel que se distancia de la luz, hemos comenzado a vivir en las tinie­blas, entre los cerdos, hemos despreciado el banquete para pretender saciarnos de las algarrobas. No obstante, en nuestro interior permanece ese ser de hijos que reclama la compañía y el amor del Padre, es la gracia bautismal la que se agita en nosotros y nos hace “recapacitar”. Como un ejercicio de la conciencia, la voluntad queda motivada para regresar: “sí, me le­vantaré y volveré junto a mi Padre” dice el hijo, nosotros también decididos, nos apuramos en volver.

Muchos seguramente hemos hecho expe­riencia de irnos y envueltos en la tristeza de la lejanía hemos sido valientes para re­gresar… la vergüenza nos cubre el rostro, la humillación hacen pesados los pasos del regreso pero nuestro corazón poco a poco vuelve a arder por la llama de este amor que nos atrae. ¡Regresemos! No hay caso para el “qué dirán” porque solo nos alientan los brazos del Padre que siempre aguardó nuestro retorno. Eso es metanoia, es el proceso que inicia en aquella peque­ña grieta que Dios hace en nuestro obsti­nado corazón de piedra para hacer brotar el agua de las lágrimas del arrepentimien­to que limpian, que sanan, y consuelan.

Dios ama a la humanidad, es un filántropo sin fin. Así que no digas: “Yo solía pros­tituirme, cometer adulterio, pequé. Y no una vez, sino muchas. ¿Me perdonará? ¿Me liberará de la condena?” Escuche lo que dice el salmista: “¡Qué grande, Se­ñor, es tu bondad!” (Salmo 30, 20). Tus pecados nunca vencen la magnitud de la misericordia de Dios. Tus heridas nunca exceden su poder curativo. Solo ríndete a Él con fe. Confiesa tu pasión. Di también con el profeta David: “Confesaré sincera­mente mi iniquidad al Señor”. Luego será seguido por lo que el versículo dice: “Y tú, Señor, perdonaste la iniquidad de mi corazón” (Salmo 31, 5).

San Simeón el Nuevo Teólogo dice que “la metanoia es la puerta que nos saca de la oscuridad y nos introduce a la luz”. Gregorio Palamás, refiriéndose a este es­tado, dice que la metanoia es el volver a la gloria original y, en consecuencia, la sanación del hombre. Por eso, dice: “Al nacer en el alma la metanoia, apartamos nuestra mente del hábito pérfido y del conocimiento pecaminoso… sanando nuestra maldad, pero sin dejarnos matar por esta”. El arrepentimiento es la piedra angular de la vida espiritual. El reconoci­miento de nuestra pecaminosidad, el dolor de afligir a Dios, la decisión de cambiar y la confesión son el comienzo de nuestra salvación. El Honorable Precursor (Juan el Bautista) y el Señor mismo comenza­ron a predicar el arrepentimiento. Nadie puede salvarse a menos que se arrepienta. Solo con arrepentimiento un gran ladrón incluso robó el paraíso. El arrepentimien­to ha sido llamado por los Padres de la iglesia “segundo bautismo” o “renova­ción del bautismo”. El arrepentimiento es necesario para recibir el perdón, de no ser así eres imperdonable.

Hermanos, no caigamos en las vanas pre­dicaciones que apuntan a considerar solo la misericordia divina sin tener en cuenta el arrepentimiento, son realmente tenta­ciones del enemigo, porque la llave no basta solo con tenerla en mano para abrir la puerta, es necesario meterla en la cerra­dura, girarla y empujar para poder entrar. La misericordia divina es la llave, la puer­ta es Cristo, el arrepentimiento (μετάνοια) es todo lo demás que nos hace entrar.

Este es el tiempo de la misericordia, un ofrecimiento que hace del buen Dios para que los hijos recapacitemos, nos arre­pintamos, confesemos nuestro pecado y volvamos. ¡Hagámoslo! Con una gran confianza, apoyados en el bastón de la hu­mildad no caigamos en la desesperación de Judas el Iscariote sino que por el con­trario, como Pedro, lloremos y dejemos que el Señor nos confirme en la dignidad de hijos para heredar su gloria. Arrepenti­dos volvamos a casa.

“Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones”: Papa Francisco imparte la bendición Urbi et Orbi

Foto: infovaticana.com

El mundo entero vivió un momento histórico al recibir de manera extraordinaria la bendición ‘Urbi et Orbi’ (a la ciudad y el mundo) por parte del Papa Francisco.

La pandemia del Covid-19 ha matado a miles de personas en diferentes países, por lo que este viernes 27 de marzo, a las 12:00 m. hora Colombia (6:00 p.m. en Roma), Su Santidad presidió una meditación y oración en el Vaticano, con la Plaza de San Pedro vacía, pero dirigiéndose al mundo entero, gracias a los medios de comunicación que transmitieron el histórico hecho.

De acuerdo al Evangelio del día (Mc 4, 35), el Papa resaltó que “nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente”.

“En esta barca estamos todos”, expresó el Papa y asegura que en medio de esta tempestad, se “desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades”. Y como en el Evangelio, pregunta: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. Pues bien, todo radica en que “no nos hemos detenido ante tus llamadas (del Señor), no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo”.

Este difícil momento que atraviesa la humanidad, es para el Sumo Pontífice “una llamada a la fe”, una fe que no sólo se trata de creer en que Dios existe, sino hay que ir hacia Él y confiar. En su oración, el Papa le confirma al Señor: “En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: Convertíos, «volved a mí de todo corazón» (…) Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás”.

Con el Santísimo Sacramento, el Papa Francisco bendijo a cada enfermo de Coronavirus, a quienes los atienden y a todas las personas que unieron en oración, creyentes de la fe Católica y no creyentes. Además les otorgó la posibilidad de obtener la indulgencia plenaria.

En el evento estuvieron el icono mariano de la ‘Salus Populi Romani’ (Salud del pueblo romano) de la Basílica Santa María la Mayor, y ante quien se presenta cuando va a realizar algún viaje Apostólico; y el Cristo milagroso de San Marcelo, ante el que también rezó pidiendo el fin de la pandemia.

El Sumo Pontífice finalizó pidiendo: “Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones (…) Nos pides que no sintamos temor, pero nuestra fe es débil y tenemos miedo”.

Hoy 27 de marzo: Bendición ‘Urbi et Orbi’ e indulgencia plenaria

Imagen: Centro de Comunicaciones Diócesis de Cúcuta

El mundo entero recibirá hoy, de manera extraordinaria, la bendición del Papa Francisco desde la Basílica de San Pedro, con la plaza vacía.

La Santa Sede informó que el Papa dedicará un momento de oración por la pandemia del Coronavirus que afecta la humanidad. Tras la escucha de la Palabra, Su Santidad hará una meditación y súplica, luego seguirá el rito de la bendición eucarística ‘Urbi et Orbi’.

‘Urbi et Orbi’ es la bendición más solemne que imparte el Papa, la cual realiza durante el año en dos fechas: el Domingo de Pascua y el 25 de diciembre, en la Natividad del Señor. Hoy se hará de manera extraordinaria, para que el mundo se una en oración para implorar por el fin de la pandemia, y así, conceder indulgencia plenaria a los fieles que padezcan Covid-19 (Coronavirus), al personal sanitario que se encarga de sus cuidados y a todos lo que piden por el alivio de los afligidos.

Dice el comunicado oficial, que “el Pontífice ha invitado a todos a participar espiritualmente, a través de los medios de comunicación, a escuchar la Palabra de Dios, a elevar una súplica en este tiempo de prueba y a adorar al Santísimo Sacramento”.

Los fieles de esta Iglesia Particular están invitados a unirse a la transmisión en vivo a través de la página de Facebook Diócesis de Cúcuta o en la emisora Vox Dei 1.120 A.M.

“Responsabilidad y confianza en Dios”: Mensaje de la Iglesia Católica en Colombia ante pandemia

En la Solemnidad de la Anunciación del Señor, este miércoles 25 de marzo, los Obispos Católicos del país ponen a los colombianos bajo la protección de la Santísima Virgen María y los invita acatar con “buena voluntad y compromiso” todas las normas establecidas por el Gobierno Nacional para evitar la propagación del Covid-19 (Coronavirus).

A través de un mensaje emitido por la Conferencia Episcopal de Colombia, la Iglesia afirma que no es “momento para polarizaciones y divisiones por cuenta de intereses ideológicos o particulares”, sino de unidad y responsabilidad moral.

Por otra parte, se especifica cómo se llevará a cabo la celebración de la Semana Santa en el contexto del confinamiento obligatorio. Las ceremonias litúrgicas se presidirán como actualmente lo están haciendo los Obispos y sacerdotes, a puerta cerrada; los feligreses tienen la oportunidad de unirse a ellas a través de los medios de comunicación que disponen las diferentes jurisdicciones eclesiásticas.

Expresan los Obispos que esta realidad es un “tiempo de confianza en Dios, responsabilidad y fraternidad”.

Descargar mensaje.

Bajo tu amparo, Santa Madre de Dios

Con gran esperanza y fe, escribo estas palabras para el periódico diocesano LA VERDAD, que en esta ocasión llega a ustedes por medio de los modernos medios de comunicación social, en forma virtual.

Para todos es bien conocida la situación en la cual nos encontramos por un gran riesgo sanitario, ocasiona­do por un agente biológico, el virus CORONAVI­RUS, que ha ocasionado más de 240.000 contagios, superando las 10.000 personas fallecidas en más de 170 países del mundo, en cantidades diversas pero que ya es una PANDEMIA declarada.

Con nuestros ojos y con nuestra particular forma de comprender las cosas vamos viendo ya los signos de esta gran preocupación para toda nuestra comunidad. También en Colombia, al momento de escribir estas palabras los infectados positivos al virus, son 145 personas y esta cifra está en crecimiento.

Es una triste realidad, que por las condiciones de glo­balización y de posibilidad de movimiento y viajes que tienen las personas hoy, ha permitido el avance y contagio de este virus, que amenaza la vida humana.

Seguramente hay otros virus y enfermedades que glo­balmente, ocasionan más muertes entre nosotros, pero la difusión que han hecho los medios de comunica­ción social y la virulencia y agresividad de este agente biológico, hacen temer un gran número de muertes en nuestro medio, especialmente las personas ancianas, con dificultades y problemas en sus defensas o que tienen otros problemas graves de salud los amenazan grandemente.

Esta situación nos ha tocado también en la fe, en la vivencia de nuestra vida cristiana, privándonos de la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos, decisión dolorosa pero necesaria para no arriesgar la vida de muchos hermanos o la vida personal de quien se expone al virus, que es de muy fácil propagación.

Debemos como comunidad de fe, reflexionar también en esta situación y en las enseñanzas que podemos adquirir todos en medio de esta prueba.

Para muchos de nosotros la renuncia a la celebración de la Eucaristía, los sacerdotes la siguen celebrando en privado, nos hace reconocer la centralidad e im­portancia de este encuentro personal con Jesucris­to, donde le recibimos real y personalmente presente en el Pan y el Vino, que son su Cuerpo y su Sangre. También sentimos la ausencia de la comunidad de fe, de los hermanos que juntos se encuentran y viven comunitariamente su fe en la vivencia de los sacra­mentos, en la formación y catequesis que acompañan la vida cristiana.

También tenemos que entender el sacrificio, la cari­dad, el dolor de muchos en este momento que están privados de lo necesario por la ausencia de trabajo o de bienes, por la dedicación inmensa que tienen que hacer de su vida y de sus acciones al servicio de los hermanos que viven la prueba.

Esta gran emergencia tiene que hacernos pensar en muchos de los criterios que aplica la economía y el mercado imperante, los salarios de los jugadores son exorbitantes, como las ganancias de los artistas, que seguramente corresponden a su esfuerzo, pero se nos muestra que la compensación de los agentes sanita­rios (médicos, especialistas, investigadores, perso­nal de los hospitales, enfermeros) no corresponde a su trabajo generoso y riesgos asumidos en el servicio de los otros.

La situación que enfrentamos, que ape­nas comienza, tiene que hacernos pen­sar en valores superiores, el cuidado y la dedicación a los ancianos que te­nemos que proteger y acompañar, la dolorosa realidad de los pobres y nece­sitados, la difícil situación de los que viven en condiciones precarias por la falta de trabajo, de justas oportuni­dades y remuneración.

Muchos dedicarán su tiempo, su es­fuerzo, su tarea con un gran riesgo para atender la emergencia, en pri­mer lugar los Gobernantes, a nivel mundial y a nivel nacional, en nuestra región, de ellos esperamos gran decisión, claridad y precisión en sus decisiones. Para ellos pedimos a Dios las luces del Espíritu Santo. En sus decisiones está el futuro y el rumbo que tomen los volúmenes de contagio de esta enfermedad, que no perdonará a muchos.

En momentos de la historia humana, donde el hom­bre consideraba que estaba a salvo y se consideraba el amo y señor de la naturaleza y del ambiente, un pequeño virus, ha tomado al descubierto a las nacio­nes más importantes de la tierra, poniéndolas de rodi­llas. Esta enfermedad nos recuerda la fragilidad de la vida humana, de su naturaleza superior por la inteligencia y capacidades decisionales, propias de su alma, pero también la fragilidad de la condición biológica de la persona humana. Un pequeño virus tiene en vilo a la humanidad entera. Se unen en el hombre su gran naturaleza y valor, pero también su gran fragilidad.

De frente a esta gran pandemia, tenemos que entender que el hombre hace parte también de una realidad bio­lógica muy compleja, que no conocemos totalmente y que muestra la debilidad del hombre.

Tenemos que aprender que el hombre es limitado, y no tiene las respuestas a todos los retos de la vida y existencia humana. La fragilidad y la debilidad de estos momentos nos tienen que llevar a respetar y a defender la vida humana en todas sus dimensiones, desde la concepción, desde el pri­mer instante, hasta el término na­tural de la existencia, esta es una de las grandes enseñanzas.

El hombre y su inteligencia ha hecho adelantos inmensos en los últimos decenios, especialmente en la medicina, pero en esta situa­ción concreta se encuentra débil y con las manos vacías.

En estas circunstancias aprende­mos muchas cosas, una de ellas la necesidad de la caridad y el servi­cio que debemos todos vivir, para ayudar a los enfermos, a los ne­cesitados, para propiciar la ayuda a quien esté en dificultades. En primer lugar los médicos, las autoridades, las fuerzas del orden -Ejercito y Policía Nacional- que están des­plegando su ingente tarea y acción. Es de valorar el esfuerzo de nuestros hospitales, clínicas, lugares de atención médica, a ellos tenemos que ayudar y prote­ger, de ellos depende nuestra vida.

Gratitud para quienes nos siguen brindando la po­sibilidad del alimento, la provisión de lo necesario para la vida. Tenemos que ayudarnos y cuidarnos todos, mutuamente, en familia, permaneciendo en nuestros hogares y espacios seguros, para evi­tar ser transmisores de la enfermedad. Gran res­ponsabilidad en el aprovisionamiento de alimentos y bienes de primera necesidad, caridad hacia los pobres y necesitados, donde podamos ayudar y completar lo necesario a niños y ancianos.

Saludo afectuosamente a los sacerdotes, quienes viven un particular momento de prueba en estos momentos por la ausencia de sus comunidades. Los invito a cui­dar a los enfermos, a los pobres, a los necesitados en estos momentos de prueba. A los religiosos y religio­sas, también un saludo para que continúen viviendo la caridad de Cristo en sus carismas y llamadas recibidas de Dios. A los seminaristas los exhorto a continuar su proceso formativo con gran responsabilidad, con la oración y el estudio.

En esta grave crisis, como Obispo diocesano de Cú­cuta, he repetido la consagración que esta ciudad hizo al Sagrado Corazón de Jesús en ocasión del gran terremoto y que se cumplió en la construc­ción del Monumento de Cristo Rey que preside la ciudad. A Él, con fe cierta, pedimos la protección de la ciudad y de sus hijos, de Norte de Santander y de Colombia entera, también del hermano pueblo de Venezuela en momentos bien difíciles de su histo­ria. He querido llevar con devoción y solemnidad el Santísimo Sacramento por las calles de nuestra ciudad y bendecir cada uno de sus espacios, implorando la protección del Señor sobre nosotros.

Los invito a que no cesemos en la oración, en la pe­tición a la protección de Dios sobre nosotros y sobre todo el mundo. Con devoción pidamos también a la Santa Madre de Dios que salvó a Roma de la peste negra en el año 590 que nos proteja. Oremos todos con devoción y fe:

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, de todo peligro líbranos oh Virgen Gloriosa y Bendita. Amén.

San José, nuestro celeste Patrono nos proteja como protegió a su Santa Familia, Jesús y María Santísima.

¡Alabado sea Jesucristo!